Nº21
revista de literatura
 
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creación
 
Pedro E. Moreno Vásquez
  El Plan K
 


Para Sandy Talaga Afamasaga, con amor

That I surpass desire for transcendence
and enter the calm water of the universe
That I ride out this wave, not drown forever
in the flood of my imagination.
Magic Psalm, Allen Ginsberg

 

Cuando observó el aviso, Amador ya llevaba una semana postrado en su Lecho. Había abandonado su dosis diaria de Mosinol, el fármaco que el Consejo Universal le había impuesto. A esta instancia, sus protestas habían sido inútiles. Como bien lo especificó en sus peticiones, la acidez del Mosinol le provocaba arcadas. Requería otro medicamento con urgencia. Pero el Consejo le indicó que no había alternativas: si abandonaba su prescripción, se le recortaría la nutrición intravenosa (NI) de su Sillón. Amador se preguntó: ¿Cómo era posible que no dispusieran de otra medicina?

Era el año 2283 y la ciencia no había progresado en este aspecto. Desde  inicios de siglo el avance tecnológico se estancó por la falta de capital humano. Debido al tedio del mundo real, la población había desertado hacia el universo abstracto otorgado por “La Fuente”, y la ausencia de estudiantes era un problema. Las leyes económicas, regidas por el interés del público, conllevaron a la desaparición de las dos últimas universidades. Por entonces, los “Dispositivos” inundaron el mercado a un precio mínimo. En esa época Amador solo tenía cinco añitos. Recordaba la desazón de sus abuelos, anticuados como ellos eran, ante aquella imparable revolución psicodigital. Seguro ambos se habrían horrorizado cuando, diez y siete años después, el Consejo decretó que el uso de los “Dispositivos” era obligatorio. Aquel que lo desacatase, sería procesado por el Consejo de Justicia. Casi nadie se rebeló. La mayoría quedó enganchada con la programación y oficios virtuales que les permitían ganarse la (NI) sin levantarse del Sillón.

El Dispositivo contenía una pantalla ocular llamada Monitor. La imagen tridimensional, el sonido en alta definición, y los aromas producidos por aqueleran cautivadores. Los sentidos humanos se afinaron. El insalvable abismo entre la vida imaginaria y la vida real finalmente desapareció. La vida imaginaria, la ideal, fue materializada por el sofisticado Monitor. El repudio por la vida real se intensificó. Poco después, los Dispositivos registraron que el noventa por ciento de la población pasaba su vida conectada entre el Sillón y el Lecho. El Consejo entonces diseñó un programa denominado Purge. En este, el conectado podía perpetrar virtualmente toda clase de salvajismo: sodomía, incestos, parricidio, torturas, etc. La popularidad de Purge rebasó los límites. El ochenta y seis por ciento de gente lo usaba diariamente. El Consejo asintió: todo era parte del plan. Trece años después, el uso de Purge decayó. La población acordó en que ya aburría odiar, infligir dolor y asesinar. No había gracia en eliminar las prohibiciones. Siempre era lo mismo, el tedio. La nueva moda era rescatar lo olvidado. El amor y el placer volvieron a ser populares. Los usuarios de Purge fueron desertando. Hasta que un día el programa dejó de usarse. Fue considerado obsoleto y eliminado.

El Consejo comprendió que la implementación de Purge fue fútil. Después de regodearse en el sadismo, la población mantuvo la misma manía hostil: enfocarse en sus diferencias e ignorar lo mucho que tenían en común. Era necesario remediar eso. Era urgente expandir esas mentes; aunque no tanto. Diseñaron entonces un programa que distorsionaba todas las relaciones humanas. Aquel interceptaba toda conversación y, apenas asomaba la hostilidad, el sistema les recordaba las miles de afinidades que todos compartían. El programa fue un éxito.

Meses después, el Consejo anuló a la Comisión de Justicia. Valgan verdades, la Comisión era superflua. La última querella entre dos personas sucedió a principios de siglo. El Consejo ya se ufanaba de su eficiencia. En sus avisos de programación publicitaban que la crueldad había sido erradicada. En un evento virtual-alucinógeno, celebraron el centenario de la clausura de la última prisión. “La humanidad es generosa por naturaleza, y el instinto de maldad ha sido extirpado. Ya nunca existirán prisiones”, decretó el Consejo.

Gracias a la tecnología, el Consejo sabía todo sobre la población. Todo. Sabía que el desprecio por la información era tan intenso como su adicción por “La Fuente”. Mientras más entretenida fuera la programación, más intensa la repulsión hacia la información. La población se divertía en la Fuente; y el Consejo absorbía más información. Un día, el Consejo alcanzó la omnisciencia. Su poder se tornó irreversible. Fue así que las fuerzas ocultas que dirigían la historia fueron derrocadas. Términos como fortuna, buena suerte, destino, y Dios desaparecieron del diccionario. Estos conllevaron al olvido de otras palabras. La docilidad civil se reforzó con nuevas convenciones: las “buenas formas” y “la modernidad”. El Consejo se vanaglorió: la humanidad se moldeaba conforme a sus dictámenes.

Surgió un cambio transcendental. El Consejo resolvió que, debido a la desolación callejera, el término “ciudadano” era anacrónico. Los miembros de la conciencia colectiva del “Nuevo Mundo” ahora se llamarían “Internautas.” La nutrición intravenosa (NI) y el “Dispositivo” eran su derecho, y todos serían proveídos acorde a su necesidad. Habían alcanzado, pues, la utopía de la igualdad y la Justicia. Debido a la desolación callejera, acordaron también en clausurar las puertas de toda residencia. Desde entonces, nadie podía abandonar su recinto. No hubo protestas; todos andaban enfrascados en sus vidas virtuales. En esa semana la única biblioteca fue eliminada de la Fuente. Nadie se enteró. La última visita había ocurrido tres décadas atrás por el Internauta 465704, Amador Reque.

*******

Amador desconectó su Dispositivo desde el deceso de su esposa. Ahora la extrañaba demasiado. Era cierto que, durante sus treinta años de matrimonio, Ofelia había sido un avatar en su “monitor”. Pero Amador siempre estuvo consiente de la presencia de ella en el Sillón contiguo y, sobre todo, el instante en que ambos se desconectaban para recostarse en el Lecho. No conversaban en las noches, pues sus  20 mil folios de videocharlas confirmaban que la comunicación fue una virtud de su matrimonio. Rara vez necesitaron del somnífero del Lecho. Apenas entrelazaban sus cuerpos, conciliaban el sueño en segundos.

Pero ahora, los ánimos de Amador eran sombríos. Tanto la ausencia de Ofelia como la irritable medicina lo hicieron aborrecer su realidad. Esta era tan intolerable que, en un arrebato, se desconectó del Dispositivo. La realidad en la que vivió (por ocho décadas) yacía ahora al pie del Sillón. Después de ochenta años, volvió a contemplar las paredes del recinto. Y siguió contemplándolas, maravillado. Más tarde observó el Dispositivo. Pensó: “Mis alegrías, mis esperanzas, mis sueños, mis recuerdos. Hologramas generados por un microchip. Imágenes huecas. Una película ambigua y sin sentido. El sentido que solo yo quise darle”. Así pasó una semana, sin la inyección NI, aplacando su sed bebiendo agua de la ducha. Sí, el sabor del líquido era espantoso, pero era más soportable que el malestar que el Mosinol le ocasionaba. Cada mañana, mientras secaba su cuerpo, Amador se percató que había adelgazado. Pero él sabía que algo trágico le ocurría. El síntoma determinante era su aversión hacia el Dispositivo: había contraído la “Melancolía”.

Sobre la melancolía, Amador conocía lo suficiente. Aquella fue la dolencia que aniquiló a sus padres, en un fugaz período de dos meses. Cuarenta años atrás, en  búsqueda de una cura, Amador había fatigado toda la literatura médica en la biblioteca virtual. Comenzando por Hipócrates, pasando por Avicena y la escuela de Salerno, hasta llegar a Richard Burton y William Osler, e inclusive revisó los escuetos volúmenes del siglo XXI. No comprendió ni una frase de los antiquísimos textos médicos, pues los ancestros dominaban una lengua extensa, pomposa e ininteligible. Un vasto vocabulario, con términos que nunca había escuchado. Por desgracia, los diccionarios de esa época eran inexistentes. Detalle grato fue descubrir la evolución en el estilo, el vocabulario, y también en el lenguaje, a partir de 1950. Desde entonces los documentos se tornaron breves, accesibles y prácticos. Un quinquenio después, con el surgimiento del Internet, la calidad de los textos mejoró. Casi al final de su odisea descifró el significado de unas páginas redactadas en el 2098, para luego revisar los textos escritos antes de la supresión de toda publicación, y estos sí fueron legibles. Sin embargo, lo desconcertó mucho la carencia de originalidad y de ideas, la aridez de conceptos y medicamentos factibles. No pudo hallar una cura. Sus padres estaban desahuciados. Horas antes de morir, sus padres le confesaron que sentían algo inexplicable, un deseo por trascender, un misterio que se iba develando. Un mensaje que Amador no comprendió.

Amador supo que no podía prolongar su ayuno. Se desplomó plácidamente sobre el Sillón. Cuando acomodó el Dispositivo entre sus sienes, activó el torrente de imágenes. El conducto intravenoso se adhirió sobre su muñeca. Por un segundo, Amador creyó retornar al mundo de los vivos. Pero al instante sintió la misma fatiga. El Sillón detectó que no había tomado el Mosinol. Como se lo advirtieron, la NI dejó de fluir. El anciano ni se inmutó; la inteligencia artificial era infalible. Pero la terquedad humana lo era también: Amador no tomaría esa medicina y moriría en su ley. El noticiero mostraba un entremés de los programas a estrenarse. De pronto apareció la silueta de un anciano tan decrépito como él: “Soy el Doctor Guz, especialista en Regeneración Celular. Me place informarle del novedoso Plan K,  el elixir de la juventud. La poción que lo devolverá a la edad de quince años. Y no le hablo de un programa amnésico, que le repetirá, como si fuera la primera vez, todos los recuerdos almacenados en su disco. Le hablo de un rejuvenecimiento real, que le permitirá vivir cien años más...”.

Amador se mostró escéptico. Era irrisorio que dicha treta podría publicarse en las redes. La ciencia había superado muchas barreras, eso sí. Pero el Doctor Guz era un farsante: tanto la vejez como la muerte, producto del imparable paso del tiempo, eran incurables. El Plan K, qué absurdo. ¿Para qué prolongar lo inevitable? La vida, que desperdicio. Una cadena de problemas superfluos que nos distraen de los problemas reales...

*******

Efectivamente, desde el descubrimiento de la Regeneración genética, todas las enfermedades fueron erradicadas. Aquella victoria acarreó una derrota: marcó la muerte de la medicina y la ciencia. A nadie le importó continuar con los avances: todos envejecían sin enfermarse, hasta morir por un infarto.

La Fuente se ufanó de proezas que sus antepasados jamás concibieron. Eliminadas las enfermedades, la maldad y el sufrimiento, los internautas habían alcanzado el estatus de Dioses. Cada monitor era un santuario de egocentrismo, donde las virtudes del Internauta se volvían eternas, invencibles, inamovibles. Se promulgaron nuevas reformas. Hasta entonces el Consejo practicaba un régimen austero de programación. Pero, en la euforia del endiosamiento, el Consejo aplicó una política liberal, de programación ilimitada. Cada Internauta, Dios omnipotente, podía ahora consumir sin control alguno. Desde los arcaicos filmes de 1950, hasta las Softlives donde el Internauta asumía el rol de héroe, suplantando a Clark Gable, Alejandro Magno, Ron Jeremy, Simón Bolívar, Marlon Brando, el Cholo Sotil, Gérard Depardieu, o cualquiera de las infinitas opciones que la Fuente ofrecía. Millones de opciones para escapar la tragedia de ser uno mismo. La euforia era imparable.

Pero olvidaron lo esencial: la Naturaleza tiende a nivelar todo.

Para el desconcierto general, los conectados no se acoplaron a la satisfacción de tantos placeres. En pocos días se desató una pandemia de Melancolía, enfermedad que se creyó erradicada. La desconexión del Dispositivo causó muchos trastornos psicológicos. La cantidad de suicidios se disparó. El alarmado Consejo convocó a sus científicos para hallar una solución. Durante nueve meses planearon experimentos en búsqueda de una cura. Todos fueron fallidos. Mientras tanto, la cifra de muertos proliferó. Al parecer, la miseria era el oscuro desenlace de la continua satisfacción de los deseos. Al parecer, alcanzar los límites de la felicidad como el de la miseria causaban el mismo resultado: la sinrazón de la vida, y el suicidio o la muerte como la única salida. El Consejo comprendió que el sufrimiento era, después de todo, saludable. Había ideales que, felizmente, no se podían ni debían concretar. A los once meses, el Consejo admitió su error y redujo la programación. Para su sorpresa, esa medida fue más eficaz que la avanzada ingeniería genética. Una cura chamánica, de simple sentido común. Recortar la programación incrementaría las expectativas o la ilusión por los programas venideros: un motivo para continuar, una razón para vivir, que les restableció milagrosamente la salud. Los casos de Melancolía desaparecieron en un par de días.

Algunas protestas emergieron. Los internautas criticaron la incompetencia del Consejo, al permitir el suicidio de seis millones de personas. Ridiculizaron su lentitud en aplicar un remedio tan simple, argumentando que mientras más sofisticado era el Consejo, más estúpido se volvía. Otros especularon que el Consejo no era tan ineficiente, que todo fue un complot para aminorar la sobrecarga de la Fuente. Sin embargo, el Consejo les demostró que lo habían subestimado: una tarde ajustaron el flujo de programación y las protestas se mitigaron. Todos retomaron sus vidas virtuales.

Desde entonces, los casos de Melancolía eran rarísimos. El rumor persistió que los afectados la contraían genéticamente. Un gen extraño y en decadencia. Era la única afección incurable, y durante la convalecencia acarreaba repercusiones para el infectado. Lo dejaba estigmatizado y despertaba el único prejuicio de la población, quien lo repudiaba por el temor a contagiarse. Por otra parte, era imposible ocultar esa enfermedad. El Dispositivo lo detectaba y lo exhibía online para ahorrarse el origen de una pandemia. De acuerdo al reglamento del Consejo, los “portadores” tenían vedado el acceso a un cibercafé, auditórium, o programa social, condenándoles a dos únicos links, el de la programación y al terapeuta de desahuciados.

******

Amador no resistió la tentación. Tenía que entrevistarse con el Doctor Guz. No para adquirir el elixir de la juventud, una pomposa estafa, sino para solicitar su ayuda profesional. El doctor era un científico real, y el tono azul de su Avatar así lo demostraba. Quizás el doctor podría esclarecer lo que le ocurría. Estos cinco días habían sido los más extraños de sus noventa años de vida. Al contraer la Melancolía, le atacó una ansiedad viperina. Pero, simultáneamente, una ráfaga de pensamientos insólitos lo sobrecogió. Una faceta de su conciencia se había activado. Sintió que analizaba el mundo como un recién nacido: sin memoria, sin credos, ni juicios preconcebidos. Lo más desconcertante fue esa cadena imparable de preguntas.  ¿Y por qué el Consejo clausuró nuestras puertas? ¿No fue una medida innecesaria? Nadie abandonaba el Recinto, pues no había nada allá afuera. Solo las calles vacías, la desolación, el silencio. Quizás era saludable vivir enclaustrados. Las puertas solo se abrían para que las autoridades oficiaran un matrimonio, auxiliaran un parto, o se llevaran a un difunto. ¿Se habrían escandalizado sus antepasados ante esta medida? ¡Pero si los antepasados fueron unos ignorantes! ¿Qué demonios sabían ellos? ¿No se ganaron la vida trabajando? El trabajo físico, que horror, que salvajismo. ¡Y qué primitivos eran, que vivían bajo el valor de la Tolerancia! ¿No es obvio que el valor esencial es el Entrenimiento? Pero cuidado, Amador, ellos vivían adecuados a ese estilo de vida. No sabían qué tan primitivos eran, pues era la única realidad que conocían. Su percepción era un granito de arena, sepultado en un vasto desierto. Ignoraban más allá de los confines de su cultura, de su costumbre. ¿No es la costumbre la que limita mis valores y define mi humanidad? ¿No es la Costumbre un Dispositivo a “gran escala”? ¿Y qué es la Cultura? ¿Una reduccionista mental? ¿Una imbecilidad difundida masivamente? ¿Y por qué hago esto? ¿No estoy violando una regla del Código: Jamás formular una pregunta? Debería de conectar mi Dispositivo... estoy delirando. ¡Ofelia! Si estuvieras aquí, este caos tendría sentido...

Y mientras más se cuestionaba, más se distanciaba de este mundo. Cada pregunta lo movía a aborrecer más de la Fuente. Debía contactarse con el Doctor Guz ahora.

“¿Por qué me trata así?”.

“No tengo otra manera de tratarlo. Está usted desahuciado. Se niega a tomar el Mosinol. ¿Qué más quiere que le diga?”.

“Ayúdeme, señor Guz. Algo me ocurre. Las sensaciones que tengo son muy extrañas”.

“Usted desconectó su Dispositivo por una semana. ¿No era lógico que dejarlo de lado afectaría su estabilidad? ¿Había olvidado cuán importante es en su vida?”.

“A eso voy. Desde que lo dejé de lado tengo una percepción confusa. Por favor, ayúdeme”.

El doctor se inmutó. El tono verdoso de su avatar resplandecía.

“Está bien. Lo ayudaré. Solo por ser la petición de un moribundo”.

“E-e... Empiezo con decirle que estos días han sido insoportables…”.

“Fue su culpa. Usted dejó de vivir en la Fuente. Al apagar su Dispositivo, usted eligió la muerte”.

“Eso no es lo peor. Sino la clase de preguntas que me hago”.

“La sexta clausula del Código dice que la pregunta es un camino hacia el Infierno”.

“Infierno. Es un infierno siempre, en cada rincón de mi Recinto. Ahora percibo cosas que no puedo nombrar, un deseo por trascender. No puedo explicarlo”.

“¿Eso es todo?”.

“¿Qué podría ser peor que eso?”.

“Usted debe retornar al mundo de los vivos. Debe retornar a la Fuente”.

“¡Eso nunca! No soporto tanta insipidez. Me siento la víctima de un fraude. Siento que me han engañado desde que el día en que nací”.

“¿Engañado? ¡Qué barbaridad! Todo es síntoma de su Melancolía. El paciente se aferra a lo absurdo”.

“Al contrario. Pienso que aquel absurdo podría ser la verdad. Cuando usaba el Dispositivo, sentí que vivía en un sueño. Y mientras viví sumergido en aquel, no percibí las incoherencias de este. Pero ahora que me deshice de él, percibo todo con claridad”.

“A su claridad nosotros la denominamos locura”.

“¡No entiende! Esa locura ha abierto mis ojos. La razón es una herramienta muy limitada. La razón es la versión oficial del absurdo... el disparate que todos usan con fines prácticos. ¿No se da cuenta? Dígame, doctor: ¿Por qué nuestras puertas están aseguradas? ¿Por qué no puedo abandonar mi Recinto?”.

“No hay nada afuera. ¿No es eso obvio? ¿Quiere explorar lo que hay afuera? ¿Desea recorrer el museo que nuestros ancestros llamaron “Vida real”? ¿No sabe que la “Vida real” fue una catástrofe? Hambrunas, masacres, plagas, guerras, campos de concentración, y la peor bajeza, el Trabajo ¿No es obvio que la vida otorgada por la Fuente es la ideal?”.

“¡Porque es nuestra única opción!”.

“¿La única opción? Centenares de filósofos, pensadores y eruditos. Todos intentaron idear un mundo perfecto. Miles de teorías e ideas que se veían tan bien en el papel. Aplicadas al plano real: Una basura. Nuestra historia fue la orgía del sadismo. Felizmente las bibliotecas fueron destruidas... Toda esa pesadilla terminó cuando diseñamos la Fuente... la utopía solo era posible en los hologramas generados por la Fuente...”.

“Basta”.

“Debe reasumir nuestros valores”.

“Todos son una farsa”.

“Intente ser feliz. Es nuestro deber”.

“Felicidad, já. ¡Que los cementerios resuciten a nuestros muertos! ¿Cuál felicidad? Una burda fantasía. La miseria humana es inmortal. Pero ustedes siempre han intentado encubrirla con disfraces impostores”.

“Sea razonable”.

“La razón y la felicidad. Los mismos sonsonetes de siempre... ¡Entiéndame! En donde esté, en mi Recinto o la Fuente, en la vida Real o la Virtual, siempre existirá la oscuridad. Esta sensación me tortura, no puedo explicarla. Mis padres también la sintieron, antes de morir”.

“¿Sus padres la sintieron?”.

“Sí, intentaron describirla. Pero no pude entenderles”.

“Usted debe humillarse y adorar a la Fuente. Es la única forma de llevar sus últimos días en paz. Obedezca y no se cuestione más. No más preguntas”.

“¡Basta de prohibiciones! Ahora entiendo por qué las preguntas son prohibidas. Son ellas las que confirman que vivimos como unos androides. Son ellas las que conducen a la verdad”.

“¿Cuál verdad? La única verdad es que está loco. Me alegra que no pueda infectar a los demás con sus ideas”.

“¡Doctor!¡ ¿Qué sucede?! ¡Escucho voces alrededor!¿O provienen del dispositivo?”.

“Nuestra línea es nítida. Esas voces son obra de su mente. Era la prueba que faltaba. Su estado es crítico”.

“Siento mareos. Veo siluetas, bordes geométricos... alrededor suyo. Y las voces aumentan. ¿Qué sucede?”.

El doctor sonrió. Y lo observó pausadamente.

“¿Descubrió el enigma?”.

“¿Qué enigma, doctor?”.

“¿De verdad no lo sabe?”.

“¡No! ¡De qué habla!”.

“Usted señaló las incoherencias. Le daré unas pistas. Nunca supimos de dónde venimos y hacia dónde vamos. Nuestra ciencia e instituciones siempre se basaron en la especulación. Ahora la llamamos certeza, que es la forma extrema del fanatismo. Vivimos en una vorágine de incertidumbre...”.

“¿La duda?...”.

“Está en todas partes. Inclusive en el lenguaje que usamos. ¿Cree que fue inventado para comunicarnos? No. Solo fue inventado para mentirnos mutuamente. Sin esa falsedad, nadie podría relacionarse”.

“¿La falsedad?”.

“Exacto. Todo está contaminado de ficción, usted, yo, nuestra charla. La Fuente es una simulación del mundo. El Dispositivo es una simulación de su vida. En fin, todo es una reflexión de algo más. ¿Creía ser usted la excepción?”.

“No lo entiendo”.

“Todo es una invención suya. La Melancolía es un despertar. Por eso intentamos restringirla. Y la sensación de transcender que usted siente. ¿Sabe de qué se trata?”.

“¿Es la que me causa este vértigo?”.

“Si le digo el nombre técnico, no significará nada para usted. Esa palabra fue eliminada hace casi un siglo. Pudimos eliminar ese concepto, pero no la sensación. Esa sensación que está desmoronando su mundo...”.

“¡Las voces son insoportables!”.

“La sensación que desvanece su imagen, y la mía. La misma que ahora nos...

De pronto emergió un silencio ominoso.

La oscuridad.

       
 
 
©Pedro E. Moreno Vásquez, 2014
 

Pedro E. Moreno Vásquez (Lima-Perú, 1979). Emigró a los Estados Unidos para estudiar Literatura Inglesa en Montgomery College. Actualmente reside en Nueva York, donde se dedica a leer, escribir y dictar clases como profesor voluntario.

 
 
 
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