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El niño en casa
Era una calle angosta, de aceras pulidas, con postes de fierro y árboles de adviento, intercalados a poca distancia entre sí. Las casas eran idénticas, con una ventana y una puerta de cedro o pona en la fachada. Para diferenciarlas y saber, por ejemplo, qué familia vivía en ellas, lo más simple era guiarse por el color. Así, las había verdes, rojas, marrones, blancas; muchos colores en distintas variaciones. La calle no era nueva, por esos años los hijos de los primeros dueños comenzaron a formar sus familias y a tener, a su vez, pequeños niños de todas las edades. Cuando alguien visitaba la calle o transcurría por ella podía ver los autos nuevos estacionados frente a cada puerta, generalmente muy temprano, a la hora de almuerzo o al caer la noche, horarios fijos en que los dueños iban y venían del trabajo.
Había pequeñas bodegas en las esquinas, y una sastrería de paredes salpicadas justo al voltear la calle. Cuando era invierno el frío y la garúa impulsaban a la gente a acelerar el paso y enrumbar al interior de las casas. Por esos días se veía a las empleadas uniformadas comprando el pan muy temprano, y poco después a los padres llevando a sus hijos a la escuela, para luego ir ellos al trabajo. En el verano, las mañanas eran copadas por voces infantiles: niños montando un patín o jugando a la pelota, siempre vigilados de cerca por algún adulto. Por las tardes, el crepúsculo reflejaba los últimos rayos del sol sobre el muro de los hogares, convirtiendo la calle en un volver de pasos prestos y recurrentes a la merienda o al lonche.
Pedro vivía en casa de sus abuelos: una bonita construcción de tres plantas, como todas las de la calle, cuya ventana del primer piso asomaba angelitos de porcelana, delante de persianas albas. Una campanilla sonaba cada vez que la puerta sea abría, y desde adentro la voz de la abuela preguntaba siempre quién era el que llegaba o salía. Pedro era el tercero de los hijos, el único varón después de dos niñas. Papá era un hombre de frente inteligente, cabello ralo y rostro firme: un reservado burócrata del Gobierno Revolucionario, de aire puntilloso, acentuado notablemente a los marcos de sus anteojos. Mamá dictaba clases de historia en un colegio religioso; era una mujer altiva, de labios rojizos y cabellos negros peinados en alto, al estilo de Dolores del Río.
Pedro tenía cuatro años, piel morocha, sonrisa tímida, ojos pardos y cabello ondeado. Cuando sus hermanas salían al colegio junto a papá y mamá, él se levantaba de la mesa contradiciendo los ruegos de la abuela, la leche, Pedrito, se va a enfriar la leche, hijo, y corría hacia la ventana a ver partir el Hillman verde de papá. Luego de esto, siempre volvía a mirar a la abuela y empezaba la loca carrera rumbo a sus brazos, y luego a seguir con la leche y el pan con queso. El resto de la mañana, el niño leía los cómics de moda: Batman, Sal y Pimienta, Archie; y luego veía por televisión Combate o Mi bella genio, y dibujos animados como Meteoro o Leoncio y Tristón. Pronto llegaba el mediodía y era hora de almorzar. ¿Qué hay de comer hoy?, preguntaba Pedro, siempre ansioso, a la abuela feliz en su cocina. Por las tardes, mientras sus hermanas hacían los deberes del colegio, volvía a leer los cómics o iba al cuarto de costura, donde la abuela permanecía presta con sus alfileres frente a la máquina Singer. Otras veces subía las gradas del tercer piso, en busca del abuelo, quien leía el diario por esas horas, y empezaba con las preguntas, y el abuelo sonriendo porque le gustaba sonreír para su único nieto varón y observar los dos hoyuelos que adornaban las mejillas del niño quien también se iluminaba, y empezaba a contarle historias de las batallas y las rebeliones en Arequipa, en Cusco, de sus viajes en tren, de los cañaverales del sur; historias repetidas muchas veces, pero que a Pedro le encantaba escuchar, y que al abuelo no le molestaba volverlas a vivir una y otra vez.
Los primeros domingos de cada mes, la doctora Rita pasaba a recoger al niño por las tardes. Madrina de Pedro y amiga de mamá desde la época en que eran colegialas, la doctora Rita tenía un rostro adusto, que se tornaba amable y risueño cuando llegaba a la casa. Solía vestir faldas de lino y blusas de seda, y siempre portaba un collar de perlas enormes, que resplandecían en la oscuridad.
En estos días era usual ver a las niñas jugar a la cocinita en el patio posterior, o notar la ausencia de papá y mamá, quienes dormían muchas horas. Y mientras el abuelo leía el diario o andaba buscando qué reparar, la abuela se encargaba de alistar al niño. Primero lo bañaba en la enorme tina de la segunda planta, en donde Pedro observaba ensimismado sus brazos y piernas bajo el agua. Luego irrumpía la risa, pues la abuela llegaba pronto con el champú y las inmensas gotas de lluvia que hacía caer desde la esponja amarilla, y formaba pequeñas olas en la ligera espuma que reinaba sobre la superficie. Más agua, mamita, más agua, clamaba el niño, pero la abuela se percataba de inmediato que la hora avanzaba y no, Pedrito, tienes que alistarte rápido para esperar a la doctora. ¿La doctora Muela? No, hijito, reía la abuela, la doctora Rita. Pedro suspiraba feliz, porque a la doctora Muela le tenía pánico cada vez que salía en la televisión toda flaca y dientuda con su cepillo colgate cepillando a un pobre diente rocanrolero que en los comerciales salía bailando canciones de los Rolling Stones.
Ya en la habitación, la abuela rociaba talco sobre el pecho y espalda del niño. Luego le colocaba el bividí, la camisa blanca, la corbatita michi, el pantalón caqui, el saquito beige y finalmente las botitas de charol. Así, procedía a peinarlo de costado, rociando un poco de colonia Johnson’s sobre su cabeza. Ahora vamos a esperar a la doctora en la sala: Pedro corría por todo el pasadizo, seguido a trotes por la anciana. Ya me voy, ya me voy, anunciaba el niño, mientras bajaba las escaleras de madera.
Era en la sala donde, entre los tantos cuadros de Tacna y las canciones de Federico Barreto que sonaban en la radiola, Pedro le preguntaba a la abuela sobre la guerra, sobre cómo era posible que haya dejado de estudiar de niña, y sobre qué cosa era chilenización y por qué mataron al hermano de ella por el simple hecho de izar la bandera del Perú en su casa. La abuela sonreía feliz y a veces triste, porque el niño aparentaba ser tan listo y curioso, y era tan bonito ver sus ojos crecer al escucharla. Hasta que llegaba la doctora, y el pase, pase, y el no, gracias, señora María, ya estamos tarde, vamos, mi amor, yo lo traigo pronto, no se preocupe, saludos a Julita, cuídese mucho. Y clin, clin, sonaba la campanilla, y la abuela veía desde la ventana a la doctora a paso rápido, tomando al niño de la mano, doblar la esquina.
Carolina tenía el cabello sujeto a los extremos por dos cintas de tafetán celeste. Un vestido blanco de broderí, cuyos encajes calados llegaban hasta sus rodillas, cubría su cuerpecito delgado. Era una niña de ojos grandes y rostro serio, que solía llevar siempre una muñeca de biscuit apretada a su pecho. Fue uno de esos domingos cuando Pedro la vio por primera vez. Había descendido junto a la doctora Rita de un colectivo azul, en las afueras de la Iglesia de Santo Domingo. El sol de la tarde aún resplandecía en el cielo de diciembre, y las calles angostas eran un transcurrir pausado de personas que entraban y salían de los comercios, heladerías y restaurantes. La doctora y Pedro caminaron hacia el Correo Central, en busca de estampitas. ¿Pueden ser tres, madrina?, y bueno, Pedrito, vamos. Luego de entrar al hall principal, el niño se detenía frente a los marcos inmensos, en cuyos interiores había cientos, miles de estampitas, de distintos colores, y rostros o paisajes, y la doctora ¿cuáles quieres?, ésta, ésta y ésta, entonces vamos a decirle al señor, y salían pronto, porque más niños entraban, y ya empezaba a hacer más calor, pero Pedro sonreía feliz con su mica, mirando a contraluz a Bolívar posando junto a San Martín y la doctora que procuraba que el niño distraído no se tropiece o estrelle con otro de los tantos chicos que llegaban de la mano de sus madrinas o papás.
La convergencia usual de las calles se acentuaba aún más con la luz de los faroles. Las sombras del niño y la doctora ingresaron a la Botica Francesa, a postrarse en las mesas blancas de la entrada, a leer la carta y a pedir luego dos peach melba con helado de vainilla. La doctora observaba distraída el transitar de la multitud por la calle, mientras Pedro andaba concentrado en manejar la cuchara enorme dentro de la copa horizontal que estaba frente a él. Hasta que de pronto la vio entrar. Llegaba con su muñeca, de la mano de un hombre alto, de bigotes perfilados, vestido de terno gris, con un pañuelo rojo que se asomaba por el extremo superior del saco. Se ubicaron frente a su mesa. Pidieron algo al mozo: al rato éste llegó con dos banana split. Comían lentamente, intercalando palabras que Pedro no llegaba a escuchar. Un escalofrío le hizo pensar en una gripe. Pero él sabía que eso era improbable, a estas alturas, no, no, no puede ser, y esa niña, toma tan bien la cuchara, debe estar acostumbrada a comer helados siempre. La doctora sigue atenta a lo que trascurre en la calle. Carolina mira a Pedro. Él le sonríe nervioso: nunca había visto a una niña tan extraña y tan linda a la vez, y esas colitas, y esa muñeca tan elegante que lleva sobre sí. Ella mantiene sus ojos sobre él, bajo las pausas impuestas de mirar de vez en cuando al señor de bigotes y probar uno que otro bocado de su postre. Pedro siente que la sonrisa comienza a balancearse sobre su rostro. La doctora parece haber vuelto en sí. Pedro se percata de ello, pues su mano se ha posado sobre su frente, a modo de caricia improvisada. ¿Terminaste, mi amor? Bueno, vámonos ya. Pero ma…, la doctora no escucha, mira el reloj, pide la cuenta, coge una servilleta, limpia los labios fríos del niño y le tiende su mano al pie de la puerta de salida. La niña sigue ahí. Pedro ha escapado por varios momentos de esos ojos claros, ahora los vuelve a ver, ahora le da su palma a la doctora, ahora ya va de salida con ella, pero antes voltea: los ojos siguen observándolo, esta vez fijamente. Queda muy poco tiempo, y él no alcanza, no llega a decirle adiós.
¿Quién era esa niña? ¿Por qué me miraba de esa manera en la Botica? Esos ojos, esos ojos… Después de ese domingo, Pedro anduvo sumamente inquieto. Algo había cambiado en él, pero no sabía qué. También en la casa notaba cosas raras: hacía tanto calor, el abuelo sacaba cuentas sobre la mesa del living, papá y mamá dormían más y las niñas estaban todo el día en casa. Pero, ¿qué hacen aquí? Ellas rieron, estamos de vacaciones, tonto, explicó Carmen, en verano no hay colegio y todos lo niños andan de vacaciones. Ah, ¿y eso hasta cuándo? Uf, no sé ––risas––, pero pronto iremos a la playa en el Hillman, papá dice que mañana iremos a Oeschle a comprar las ropas de baño. Yo no quiero ir a Oeschle a comprar nada, hace mucho calor. Las niñas seguían riendo.
“Ese día Lolo Fernández le metió dos goles a los austriacos, y Perú ganó el partido; pero como los alemanes eran amigos de los austriacos salieron diciendo que el resultado no era el correcto, que había que jugar otro partido. Entonces la delegación peruana mandó al diablo a Hitler y se retiró de la Olimpiada. Y pensar que pudimos haber sido campeones”. Pedro escucha al abuelo. Está sentado sobre la pelota del mundial de México que mamá le ha regalado por Navidad. Es de noche, y ambos se encuentran en la fachada de la casa, descansado de los toques al balón que han practicado desde antes de que se enciendan las luces de la calle. Era habitual que el niño no se percatara de muchas cosas a su alrededor, a menos que una llamara notoriamente su atención. Por ejemplo, en los cumpleaños de los primos o de las amigas de sus hermanitas, Pedro solía separarse de los brazos de papá y mamá, y pasaba despistado rumbo a la cocina, a preguntar a la empleada de turno, gordita, ¿qué han cocinado hoy?, o a descartar cualquier tipo de torta y pedir cerelac con milo a la dueña de casa, y a odiar a las piñatas y a los payasos, y solo aplaudir a los magos. Esta vez, el niño sólo atendía a los pases del abuelo y a sus asombrosas historias de fútbol. No se percata de los adultos y pequeños que andan a su alrededor, en las casas de al lado, en la berma lateral. Sin embargo, desde el canto de sus ojos divisa un blanco fijo, en medio de la atmósfera oscura, tenuemente iluminada, de la calle. Su pie derecho detiene el balón, posándose sobre él. Gira su rostro hacia ese blanco, que ahora aparece radiante. Carolina está de pie, con el mismo vestido de aquella tarde, tomando a la elegante muñeca, mirándolo con esos mismos ojos claros, rapaces.
¿Pero es que acaso ella vive ahí, al frente de la casa? ¿Y por qué nunca la he visto antes? ¿Y por qué hace tanto calor? Pedro acaba de dar la enésima vuelta sobre su cama. No puede dormir de tanto pensar y pensar. Y ya debe ser tarde, porque hasta escucha los ronquidos de papá, y la terma cargándose, y nada más, porque si hubiera algún otro ruido sería la abuela levantada y ella es la última en acostarse, luego de cepillar cien veces su cabello larguísimo, al pie de su cama. Muchas vueltas más dio su cuerpo. Ahora el niño se apoya en la cabecera, y pronto se da cuenta de que todo ha variado, porque ya no hay ronquidos ––sino silbidos-– y la terma ya no hace ruido. Su sábana está doblada a un costado. Qué calor, suspira y sigue pensando en muchas ideas. Concibe una, la asegura por un momento y toma la decisión: se pone de pie, busca a tientas sus chalas y sale con cuidado de la habitación, sin mirar siquiera los afiches de Toto Terry y el sargento Sander que cubren el revés de la puerta.
Su pequeña silueta recorre el pasadizo procurando no hacer ruido. Pasa por el cuarto de los abuelos en puntillas, porque sabe que la abuela tiene el sueño ligerito y si se despierta se va a preocupar o a pensar que anda enfermo o que es sonámbulo. Y nada, nadie despierta. Pedro sube lentamente la escalera, rumbo al balcón del tercer piso. La casa de enfrente, quiere verla bien para estar seguro si es la misma casa gris que toda su vida ha visto, para comprobar si en aquel lugar frecuente para sus sentidos vive la niña extraña, aquella de la muñeca elegante y ojos, ojos, esos ojos… Mientras camina observa el taller del abuelo, en medio de limas y sierras, y maderas, y sillas, y una mesa medio coja. Ahora acelera el paso, casi corre, cruza el pequeño patio, esquivando la ropa tendida, que huele tan rico, y se postra sobre la baranda de cemento, que da a la calle. Y la ve: la niña está frente a él. Sus miradas se trazan en una linealidad fija. De tercera planta a tercera planta. De balcón a balcón. Ella sigue con el mismo vestido blanco, y lleva a la muñeca apretada a su pecho. A su alrededor observa a muchas, quizá a cientos, de palomas que recorren y picotean el suelo. Ella camina por el frontis, de lado a lado, sin quitarle la vista, mientras las palomas bordean su andar. Pedro se percata de que su rostro ha cobrado un brillo inusual para la oscuridad, para esa hora, y mira un instante hacia el cielo limpio, sin nubes ni estrellas, en donde sólo parecía latir radiante una media luna, enorme.
Ya son varios los días en que el niño se levanta tarde. La abuela se ha cansado de llamarlo y de recalentarle la leche, las hermanitas ríen mucho, y le bromean acerca del pan frío que va a comer, y que ya va a ser mediodía y flojo, flojo. Pedro sólo sonríe tímidamente. Sabe que no puede contradecirlas, pues desde esa primera vez en el balcón ha subido todas las noches a ver a esa niña extraña. Ahora ya no lee los comics y ve poca televisión, prefiere subir y ver la casa de día, aguardando que por ahí aparezca la niña, aunque sea un ratito. Pero nada. Entonces toma las crayolas y comienza a hacer cientos de dibujos de ella con su muñeca elegante, y él a su lado, y un corazón, y una que otra flechita hiriente y esas cositas que ha aprendido de las fotonovelas que lee su prima Isa, y que él ha curioseado una que otra vez mientras Isa va de visita y se prende del televisor y les malogra todo el día a él y a las niñas porque ella no quiere ver ni Batman ni Mi bella genio, sino solo telenovelas con hartos besos y gritos.
La escena inicial se había repetido noche tras noche: ambos frente a frente, uno con su pijama, la otra con su vestido blanco y su muñeca; uno en el vacío de su balcón, la otra rodeada de palomas; uno con su mirada neutra, temerosa, pero llena de curiosidad, la otra con su mirada agazapada en aquel rostro sinuoso, que parece acomodarse a la par de las dos colitas de su cabello. Esa vez todo surgió de la misma manera: Pedro siguió sus pasos de las noches anteriores, subió las escaleras, cruzó el patio, esquivó la ropa que olía tan bien y se postró sobre el balcón. La volvió a encontrar ahí, esperándolo, con la muñeca asida contra su pecho y las palomas fachosas a su alrededor. Él probó un saludo y levantó su mano, agitándola. Ella sonrió (sí, está sonriendo) y afirmó su cuerpo a la barandilla, señalando con su índice la calle. ¿Qué, qué dices? La niña seguía moviendo el índice hacia abajo. ¿Abajo?, ¿qué hay abajo? Ella lo llamó con su palma derecha y con la misma volvió a señalar el punto inferior. ¿En la calle, quieres que vaya a la calle? Ella afirmó con su cabeza y desapareció.
La decisión de salir pareció no asustarlo tanto como imaginar el ruido que haría la bendita campanilla de la puerta. Ahí si me matan. Sus chalas recorrieron ágilmente la casa, procurando siempre mantener el ritmo silencioso en cada uno de sus pasos. Al llegar a la puerta principal deslizó el seguro de los dos cerrojos inferiores, el tercero, el superior, no estaba puesto. Giró la perilla, lento, mirando fijamente a la campanilla. Nada, no hubo ruido. Dejó abierta la puerta y salió a la berma. Ella ya había cruzado la pista, y lo esperaba ahí, justito, a unos pasos de la casa. Él descansó un instante —de pronto se dio cuenta de que una imprevista agitación se sumaba al sudor de sus manos—, y se posó cerquísima de donde estaba ella. Hola, susurró despacio, soy Pedro. Ella le otorgó un alto, acaso un silencio, al momento. El niño pudo percibir el sonido de los grillos y de las hojas del arbolito de adviento que cubría la esquina imantada de la sastrería. Yo soy Carolina, dijo de pronto, sonriendo. ¿Siempre has vivido aquí, Carolina? Ella dio un paso adelante. No, he venido sólo por unos días, con mi papá (…). ¿Cuántos años tienes, Pedro? El niño levanta su palma derecha, ahora, en mayo cumplo cinco —pausa—, este año tendré que ir al colegio (…). Yo tengo seis, y tú… eres casi de mi tamaño. Ella se acerca más a él, y compara con Pedro la altura de sus hombros y de su cabeza. Él sonríe, observando los ojos de ella fijos sobre su cuerpo, y la muñeca, aferrada a su pecho. ¿Siempre andas con ella, no? Carolina afirma y emite una risa tenue, y comienza a contarle a Pedro cosas sobre Nelly, pues ese es el nombre de la muñeca, le habla que su papá la compró en el bazar de Pezeto y que hacía poco que la bautizó y no, no, no se bautiza con sacerdote a las muñecas, sino que todos los primeros de noviembre, el día de los santos, las niñas salimos a las calles del Alto de Lima a buscar un padrino o una madrina para nuestras muñecas preguntando a señoras y señores quiere ser padrino o madrina de mi muñeca, y cuando aceptan nos dan algo de dinero para comprar los biberones y pañales respectivos, y Pedro que anda medio turulato porque le parece asombroso eso de andar buscando padrinos para la muñeca, y no quiere imaginarse por nada del mundo que así le buscaron madrina papá y mamá, porque él no es un muñeco, sin embargo Nelly, para ser muñeca, sí qué es bonita, además de elegante y casual.
Habló Carolina: Yo te había visto desde antes de encontrarte comiendo helados. Pedro: ¿Eh? Carolina: Sí, te veía salir en el carro verde, o jugar con el viejito fuera de casa. Pedro: Ese viejito es mi abuelo. Carolina: Ah —silencio—. Pedro: Pero yo nunca te había visto acá, hasta después de los helados. Carolina: Es que papá quiere que ande todo el día con la abuela, ayudándola a ver la cocina y… (chuik). Pedro: ¿Qué fue eso? Carolina: ¿Qué cosa? Pedro: ¿Cómo que qué co… (chuik, chuik). Pedro: Eso, eso de ahorita. Carolina: No sé de qué hablas, niño. Pedro: ¿Niño? Tienes casi mi… (chuik, chuikkkk). Carolina: Eso fue un beso. Pedro: (…).
Ahora debo regresar a casa, tengo que dormir y acostar a Nelly. Un ligero mareo hizo que Pedro se postrara sobre la fachada. Ella volvió a mirarlo como nunca lo hizo en toda la noche y como siempre lo había hecho desde ese día en la Botica Francesa. Él divisó el andar rápido de sus piernas sobre la estela, el movimiento de sus colitas sobre su cuerpo envuelto en el vestido perla, con el brazo cruzado, sosteniendo a Nelly y abriendo pronto la puerta de la casa gris de enfrente.
¿Qué fue todo eso? ¿Es lo mismo que transcurre en las telenovelas? ¿Es lo mismo que pasa entre Batman y la Batichica? ¿Entre Jeannie y Tony? ¿Por qué sus besos, sus ojos, y Nelly siempre con ella? ¿Y las palomas? Nunca le pregunté sobre las palomas, ¿qué hacen las palomas ahí?, ¿por qué nunca aparecen en el día?, ¿por qué Carolina tampoco nunca lo hace? Ya amaneció hace tanto, qué hora será. Y ese sol, ¿por qué hace tanto calor justo ahora? Se sienta con fastidio sobre la cama. Busca un polo y un short dentro de la cómoda, se coloca la ropa encima, con desgano; vuelve por la chalas, se las calza y sale del cuarto, y esta vez sí observa a Toto y al sargento.
La abuela ya anda preparando el almuerzo, le dice que su leche está sobre la mesa, y el queso también, que mejor coma poco porque después se queda sin hambre y no almuerza. Él dice ya, y comienza a beber la leche mientras ojea las tiras del diario, y toma un lapicero para hacer la sopa de letras y buscar también el refrán escondido. Y la abuela aparece con una cara de aquellas frente a él, se acerca, le toma del rostro, le da un beso, y le hace cosquillas y ¿qué es lo que pasa, eh, Pedrito?, ¿de cuándo acá durmiendo tanto? Y Pedro que ya esperaba la pregunta, no, mamita, lo que pasa es que con el calor me duermo tarde, y la abuela que se tranquiliza a medias, vuelve a besar al niño y enrumba rápido a la cocina porque el aderezo, el aderezo. Esta noche, esta noche le preguntaré por las palomas y por lo de los besos, a ver si ocurre de nuevo, quizá, los besos, y esas palomas...
Pero esa noche Carolina no estuvo en su lugar. Tampoco la siguiente, ni la que vino. Mucho menos aparecieron las palomas, ni Nelly, ni nada de color blanco que aparente el vestido de la niña de colitas. Y así transcurrieron muchos días, y Pedro que subía noche y noche al balcón y no encontraba nada, solo el otro palco vacío, frente a él, y tantos días pasaron que ya volvía a ser el primer domingo del otro mes y la doctora Rita que aparece en la casa y recoge a Pedro quien la esperaba en la sala y de nuevo sucede el pase, pase, y el no, gracias, señora María, ya estamos tarde, vamos, mi amor, yo lo traigo pronto, no se preocupe, saludos a Julita, cuídese mucho. Y clin, clin, sonaba la campanilla, y la abuela veía desde la ventana a la doctora a paso rápido, tomando al niño de la mano, doblar la esquina. Entonces Pedro no quiere que su madrina lo madrugue con eso de vamos a tal o cual sitio, y dice de pronto que quiere helados, y ella, pero primero va…, no, quiero sólo helados, madrina, y la doctora, bueno, está bien, mi amor. Y llegan a la Botica Francesa y vuelven a pedir dos peach melba, y Pedro anda al tanto de los que entran y salen y vuelven a entrar y los que caminan por la calle, mientras la doctora Rita parece que sentada comiendo helados se pone medio distraída, porque sigue con eso de mirar a un punto fijo en la calle y a uno que otro lado.
Carolina no ha aparecido nunca. Eso es difícil de entender. ¿Por qué? ¿Por qué no más ella? ¿Acaso es como Jeannie, una genio que anda yendo de un lado para otro? Y si es así, ¿no sería Nelly su botella o algo por el estilo? Porque siempre anda con ella, eh. Y esos besos. Sus ojos. Sus colitas bailando.
Los días pasaron con sus mañanas, tardes y noches. Pedro solía esperar la oscuridad para escabullirse de su cama y correr al balcón, a mirar la casa de enfrente, escuchar los grillos, tentar su sombra sobre el suelo del patio, en medio de la ropa, jugando resignado a esconderse de la luna bajo las sábanas blancas de la abuela que huelen tan rico.
Una mañana despertó antes que nadie, como hacía mucho no ocurría. Inclinó su rostro y miró el reloj sobre el velador. Luego bostezó y estiró su cuerpo. Abrió sus ojos del todo y distinguió la luz que ingresaba por el marco de la ventana. Algo, un pequeño punto superpuesto en éste, llamó su atención. Observó bien.
Mientras sus pupilas se dilataban, la paloma dio un salto dentro de la habitación.
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