Nº24
revista de literatura
 
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Lenin Lozano Guzmán

Por el malecón, esa vereda que culebrea el ondear calipso del Caribe,
se pueden ver guatones rubios hartándose de comida en los hoteles turísticos,
comprando de todo en los resorts donde no se ve escasez,
y con la billetera llena se puede conseguir hasta una sirena caribeña asada al palo.
Pedro Lemebel

 

Eres un yuma

Esa noche la caminata por el malecón de La Habana culminaría en lo impredecible, aunque la zona no guardaba ningún aire de extrañeza. Los turistas iban y venían, algunos buscando sexo, otros, alguna droga distinta que les produzca una mayor sensibilidad o la falaz experiencia de lo novedoso, sobre todo porque muchos habían viajado largos kilómetros solo para obtener tal placer.

La imprevista reunión sucedería cerca de la calle Cayo Hueso, un espacio que a simple vista resultaría peligroso, en especial para el extranjero, ese hombre que siempre anda sigiloso en cada nueva ciudad que conoce. Pero luego de escuchar con insistencia la frase –que a todos les resulta cliché la primera vez- “en La Habana no hay violencia, chico”, me terminé de convencer de que podía aventurarme en el malecón a altas horas de la noche. Una extraña sensación de seguridad se apoderaba de mí, a pesar de que esta siempre me había resultado ajena cuando vivía en mi lugar natal, y aunque se había vuelto paradójicamente familiar tras el desarraigo, deambular por la isla no se comparaba con ninguna experiencia previa. Allí me encontraba: caminando por calles que rápidamente se volvían mis cómplices, como las caras que me sonreían y brillaban a cada paso que daba. Pero no puedo negar que parte de mi tranquilidad se debía a que el malecón no era un lugar lejano; estaba a solo unos minutos de mi hospedaje. Así fue como alimenté mi osadía.

Bastaron unos minutos en el malecón y la buena compañía de un ron cubano, para que desde las sombras que abrigaba la noche surgiera un hombre corpulento y de lento andar. Su figura se fue volviendo más nítida a medida que se acercaba. Yo podía sentir el sonido del mar salpicándome su imponente presencia y la quemazón del ron introduciéndose en mi garganta, como un perfecto equilibrio entre la brisa y las gotas frescas que me ofrecía el agradable mar.

No puedo dejar de recordar el deambular de Isaías ni su mirada ciertamente desorientada. Se detuvo frente a mí y como me sucedió con todos los habaneros desde que pisé esta tierra caribeña, la conversación fluyó con total naturalidad. Cuán distinto era todo en esta isla. Siempre había sido un tipo introvertido, con dificultades para comunicarme con extraños, pero con los habaneros, y con Isaías, sentía que podía conversar como si se tratara de un amigo que conocía de hace muchos años atrás (no, no es cierto. A mis amigos no los trato con esa familiaridad. Ni siquiera sé muy bien qué será de ellos. Nos solemos escribir cada cierto tiempo, y solo nos preguntamos lo necesario. Las conversaciones son escuetas, salvo que algo extraordinario nos hubiera sucedido y esto rara vez ocurría). También recuerdo la facilidad con la cual Isaías y yo pasábamos de un tema a otro. Nunca sentí la incomodidad típica de estar frente a un desconocido.

Isaías me contó que casi toda su vida había vivido en la isla como entrenador de karate, pero una tarde recibió una notificación del Estado donde se le indicaba que debía viajar a Venezuela para ocuparse de una misión deportiva. Pese a la naturalidad con la que se refería a este hecho, creí ver en su rostro un gesto de desaprobación, como mostrando su desacuerdo ante tal exigencia del gobierno. Mis ojos se concentraron en el movimiento de sus labios, y sospecho que lo notó, porque con una sonrisa quebró el silencio que él mismo había impuesto, y prosiguió su relato. La misión consistía en una serie de viajes constantes entre Venezuela y Cuba que hasta ahora lo habían dejado desorientado y preocupado por saber el momento en que finalmente volvería a asentarse en La Habana. Le dije ingenuamente que por lo menos viajaba con frecuencia y era auspiciado por el gobierno, o la Revolución, como les gustaba decir a algunas personas. ¿Y eso qué? Yo nunca quise salir de la Isla, yo quiero quedarme a vivir aquí, me respondió. Entendí la imprudencia de mi comentario. Siempre había considerado un placer viajar, adquirir la “internacionalización”, como me gustaba bromear con los amigos, pero no era consciente de que cometía el error de asumir mi experiencia como un principio universal. Gracias a Isaías, empecé a imaginar que la felicidad podía radicar en el sosiego de la Isla, el lugar que muchos cubanos aman y odian al mismo tiempo, como deduje luego de escuchar sinfín de quejas día y noche sobre el gobierno.

Mi acompañante pasaba de la pena a la furia con facilidad. Podía mirarme fijamente a los ojos y decirme con resignación y congoja que en unos días iba a volver a Venezuela, y al instante expresar con furia y bastante familiaridad que este país sigue yéndose a la mierda, mi hermano. Yo asentía asumiendo que lo comprendía, como si en verdad estuviera en sus zapatos, cuando mi vida no se le parecía en nada. La educación socialista, con aciertos y errores, hacía de este lugar un sitio único. Sentí en las palabras de Isaías un halo de confianza, quizá la necesidad de confiar en un extraño, en algún otro capaz de ver el ambiente desde afuera, como si menos de una hora de plática bastara para expresar su desahogo ante un desconocido. Bueno, no solo era el tiempo. Cada tanto detenía su relato solo para pedirme otro poco más de ron. Y si el país está tan mal como dices, le comenté, si se parece cada vez más a Venezuela, como gran parte de la prensa comenta, ¿por qué nadie hace nada?, ¿por qué no hay ningún tipo de rebelión? Él me miró fijamente, guardó silencio, mientras cierta expresión de desconcierto se formaba en su rostro. Creo que pese a la duda que lo embargaba, Isaías tenía una respuesta ya lista, una frase efectiva para recordarme mi limitación como persona foránea que desconoce la realidad cubana, y sobre todo mi desconocimiento sobre la vida postsoviética. Pero si durante unos segundos pensé que en la mirada de Isaías se escondía la voluntad de expresar abiertamente lo que ansiaba para su país, los pasos próximos de Gerardo indicarían que una vez más había que disimular y repetir que todo marchaba bien.

Se acercó con firmeza, nos miró fijamente y sin ningún reparo interrumpió la conversación. Oye, yuma, te he estado observando desde hace buen rato, y he grabado todo lo que has dicho en este aparato, he escuchado claramente tus críticas al gobierno; allá, a una cuadra hay dos policías, los puedes ver bien, ahora me acercaré a ellos y les entregaré el paquete y tendrás que explicarles por qué hablas tan mal de la Revolución.

Me tomó unos segundos darle sentido a lo que decía Gerardo, sobre todo por la gravedad de la acusación y la prisa con la que profería sus palabras. No negaré que unas gotas de sudor recorrieron mi frente, pero las altas horas de la noche hicieron que las sombras jugaran a mi favor. Aunque más que el temor de tener algún problema con los policías me molestaba que este hombre me llamara “yuma”, cuando en realidad siempre había querido visitar La Habana, no para hacer turismo, sino para conocer su cultura y su gente, aun con el poco dinero que había podido ahorrar en los últimos años. Rechacé insistentemente la acusación de Gerardo, pero él insistía: “Eres un yuma, eres un yuma”. Le expliqué que Isaías y yo solo estábamos conversando de la vida, de los problemas familiares, y él continuaba: “¡Eres un yuma!”. Cuando intentaba formular una mentira más verosímil, en la cual no me comprometiera a mí y menos a Isaías, porque sabía que él como cubano tendría más problemas con la policía, una expresión grotesca en el rostro de Gerardo prorrumpió en carcajadas, las mismas que sirvieron de preámbulo para unas breves palabras: Era solo una broma, hermano, pero mírate, estás pálido del susto.

Sus risas continuaban y yo trataba de recomponerme y disimular mi incomodidad. Gerardo al fin paró de reírse después de unos minutos y amablemente se unió a la conversación con Isaías; al poco rato lo vi con más interés en charlar con el ron que con nosotros. Mi antiguo acompañante parecía sentirse cómodo con su compatriota, pero ya no volvió a emitir ningún comentario sobre los problemas de Cuba. Quizá él como yo nunca estuvo seguro si Gerardo era realmente un infiltrado de la guardia nacional, o solo nos estaba tomando el pelo. El poco tiempo que pasé en La Habana me dejó en claro que las apariencias y las ambigüedades eran la norma del día, como si la realidad fuese una proyección de los escenarios barrocos que tan bien habían retratado los artistas de la Isla.

***

Los rayos del sol anunciaban el fuerte calor que se avecinaba, pero fui consciente que ya no tendría el incómodo placer de andar con la camisa mojada durante las tardes de camino por el malecón. En unas horas debía tomar el vuelo de regreso a casa, así que decidí caminar una vez más por las calles de Cayo Hueso, como para despedirme de la ciudad que tan buen cobijo me había dado, pero a la vez para transitar por esas cuadras que no solo estaban repletas de basura, sino que también mostraban otro tipo de restos: casas abandonadas y viejos edificios a vista y paciencia de cualquier ciudadano, o de algún espíritu intelectual que buscase lo que llaman “estética de las ruinas”. Meses después, cuando asistí a una charla de una curadora cubana, esta me dijo que para los habaneros las ruinas son parte del día a día, que no había mayor interés por lo viejo, ni siquiera por esos carros antiguos que atraen la mirada fetichista de tantos turistas: Nosotros estamos hartos de esas ruinas, para nosotros es simple basura. Era imposible no pensar durante mi caminata que en esas ruinas también se encontraban los retazos de un proyecto revolucionario que distaba tanto de ser lo que décadas antes había marcado un modelo para los países sudamericanos.

Salí de mi ensimismamiento cuando tuve frente a mí a Gerardo, quien caminaba una vez más por esas calles que eran tan familiares para él, incluso cuando no se encontraba deambulando por las noches de alegría que seductoramente ofrece el malecón. Tuvimos una breve plática, le comenté que en unas horas debía dejar la isla. Él se acercó a darme un abrazo, me deseó lo mejor, y muy lentamente me dijo al oído: Que te vaya bien, los dos meses que restan para que regreses a Lima se pasarán volando.

Me quedé sin reacción y observé de nuevo la misma risa grotesca que Gerardo había desplegado unos días atrás cuando me tildó de yuma. Nunca le dije cuándo volvería a mi país ni cuál era mi ciudad de origen, solo le comenté que había venido a La Habana de paseo. Podía pensar en una serie de hipótesis de cómo Gerardo llegó a saber tanto sobre mi vida, unas que involucraban tanto a mis amigos, a los desconocidos con los que hablé en el malecón, al propio Isaías, o hasta las personas que me ofrecieron pensión. Pero no tenía caso plantear tantas teorías cuando bastaba recordar el alto sistema de vigilancia que había en la ciudad, en ese mismo lugar donde la salud y la educación eran totalmente gratuitas y garantizaban una calidad de vida que ya muchos países desearían. Me quedó claro que La Habana era el reino de las ambigüedades y pese a mis prejuicios, me enamoré aún más de este lugar que me ofrecía la posibilidad del camuflaje. Procuré reponerme para preguntarle a Gerardo cómo sabía tanto sobre mí y le formulé distintas preguntas, incluso me atreví a usar un tono amenazante, como si no me encontrara en un país ajeno, como si en ese momento me sintiera tan desnudo que no valía la pena intentar cierta impostura ni ocultar mi total mortificación.

Gerardo se mantenía en esa risa grotesca y estruendosa: Aquí todo lo que ocurre se puede saber con facilidad, ojos y oídos hay en todos lados. Me guiñó un ojo y de inmediato me dio la espalda. Vi cómo empezaba a marcharse, así que le increpé, le exigí que me dé una explicación, pero me ignoró totalmente. Lo seguí unos metros hasta que empezó a caminar más rápido y luego a correr. Intenté seguirlo a pesar de mi nula competencia para las persecuciones, pero como si fuera un aliado de Gerardo, la isla jugó a su favor. Era imposible mantenerlo a la vista con tanta gente alrededor, sobre todo cuando desconocidos te interrumpen ofreciéndote alcohol, drogas, o alguna jinetera se te insinúa, o cuando los coches pasan hacia todas las direcciones. Y por supuesto, el único que tenía que lidiar con estos obstáculos era yo, porque era más que seguro que Gerardo se movilizaba con comodidad, sin necesidad de mirar las calles para cerciorarse de tomar el camino correcto. Llegué a perderlo en la parte más lejana del malecón, donde se encontraban unos jóvenes de la escuela de Bellas Artes que se jactaban de sus obras, en especial de una donde aparecía el Comandante Fidel Castro desnudo y en una posición muy seductora. No recuerdo el contenido de la descripción, salvo la palabra queer. No sé si en ese momento seguía asustado por mi encuentro con Gerardo o si me impresionó más aquella imagen de Fidel, pero miré mi reloj y si no me aproximaba pronto al aeropuerto, perdería el vuelo.

***

Llegué al Aeropuerto José Martí y realicé los trámites correspondientes mientras me secaba las numerosas gotas de sudor de aquella tarde calurosa que no se apiadó de mí, como para dejarme el vivo recuerdo de que ese calor difícilmente volvería a sentirlo. Pasé el control de pasajeros como tantas veces lo había hecho en diferentes lugares. Una de las encargadas me detuvo y me pidió que le entregara mi mochila para examinarla a detalle. No me dio mayores explicaciones, y revisó mi maleta, bolsillo por bolsillo, retirando cada prenda que estorbara su objetivo. Cuando terminó de hacerlo, realizó el mismo procedimiento por segunda vez. Yo me sentía bastante tranquilo porque no llevaba nada ilícito en mi equipaje, pero no dejaba de resultarme curioso que la señorita realizara la revisión con una meticulosidad que ni siquiera los oficiales estadounidenses habían demostrado las veces que mi condición de latino encendía sus alarmas. Pensé en Gerardo, en las dos veces que me había causado un gran susto, y me pareció ver su silueta en el fondo del pasillo que se encontraba delante de mí, como si horas antes de mi arribo al aeropuerto, hubiese dado direcciones para que inspeccionaran a aquel extranjero que se había hecho amigo de muchos habaneros durante sus visitas al malecón. Pero Gerardo no era quien verdaderamente manejaba los hilos del poder, de lo contrario, la experiencia de ser vigilado habría sido bastante aburrida. Él era una pieza más detrás de un sistema de engranaje que hasta el día de hoy me genera preguntas sin respuestas. Así resumiría mi descripción de La Habana: la isla de la aporía.

Hasta pronto, Gerardo, ojalá que extrañes a este yuma, le dije a la aparente sombra del pasillo mientras me dirigía a la terminal que me arrojaría fuera de isla.

 
 
 
©Lenin Lozano Guzmán, 2022 
 
Lenin Lozano Guzmán (Lima-Perú, 1990)
Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima) y una Maestría en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Wisconsin-Madison (Estados Unidos). Ha publicado ensayos en la revista El Hablador y actualmente estudia el doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Pennsylvania (Estados Unidos)
 
 
 
 
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