El ruido de los animales en cautiverio
El ruido de los animales en cautiverio
no es el de las frases largas
en los reencuentros
ni las primeras citas
con caminata
y robándose helado mutuamente
porque nos gustan más sabores
de los que elegimos
Tampoco es el silencio
ni algo parecido a la contemplación
Es más parecido al desconcierto
de estar encerrado
con alguien que no pensabas
y disfrutarlo
Es volverse a ensuciar
al salir de la ducha
quedarse dormido
con olor en las manos
despertar con alegría insensata
y humedad
sentir su mano de hombre alto ahora
apretando tu cadera
y con algo de frío
por su respiración en tu nuca.
El ruido de los animales en cautiverio
no es el de las posiciones
intrépidas con la técnica
de las convivencias pasadas
y ciertas películas
Sino el de los cuerpos que se olvidan
de lo aprendido de memoria
porque saben encontrarse
en la desorientación
de la madrugada
cuando nada más importa.
La felicidad era estar incompletos
Corríamos por el pasillo
de una casa prestada.
Teníamos cinco o seis años.
Nos perseguía un monstruo
con el abrigo de piel de la abuela
y la cara verde
de arcilla.
Los cepillos viejos resucitaban
como pinceles
También pelábamos arvejas
y separaba las más pequeñas
en mi bolsillo
Mamá no había cumplido treinta años.
Nosotros éramos tres
que tirábamos de ella
exigíamos aprender a leer
mientras otro tenía fiebre
o comer con las manos
los ojos
hasta la pared de enfrente
cuando alguno tenía dientes
que pendían de un hilo
y a otro lo recogían tarde.
Nadie quería
dormir entre ella
y ese desconocido
al que hacíamos
siempre más alto
en los dibujos familiares.
Si tengo nietos con este acento
les diré que su abuelo
debió vivir en un edificio alto
discretamente decorado
con fotografías en blanco y negro
libros sin hojas dobladas
subrayados con precisión
y plantas que casi no hay que cuidar
repartidas balanceadamente
frente a un mar
que la mitad del tiempo
por la neblina
no se puede ver.
Eso no lo entristecía demasiado
porque sus ojos marrones brillantes
salían solo los fines de semana de casa.
Les diré que vivimos juntos en Barcelona
como adolescentes
cuando nos tocaba ser adultos.
Que dormimos en hoteles caros
de países europeos de segunda categoría
y en sofás de amigos
en los de primera.
Que me tomó fotos abducida
en museos y librerías
o distraída por la luz natural
en el resto de lugares.
Yo en cambio
le tomé pocas fotos
porque prefería recordarlo
sin verlo
comiendo un pastel de manzana
en una terraza cerca al canal
o sentado al lado de una estatua
en un hotel de San Sebastián
clavándome
salvajemente
porque le gusta lo que tengo adentro.
El volcán está en todas partes
El volcán está en todas partes
y no hay refugio
en las calles oscuras
que hierven este agosto
en las cenizas pegadas
al sudor del cuerpo propio y del ajeno
que salpica la cuenta del café
o las páginas del libro
que abres en la terraza
cuando lo más sensato es hacer siesta
porque el volcán está en todas partes
también en las rocas
desde las que nos arrojamos
buscando conectar
con el último calor de la tarde
aprendiendo a caminar
sobre lo inestable
a recostar el cuerpo
sin hacerse demasiado daño
y si bien el volcán está en todas partes
lo que mejor recordaré
del final del verano
es tu espalda
torcida como la scogliera
mientras descendíamos con la moto
por lo enrevesado
entre olivos y pendientes de tierra
o a veces por el asfalto
mientras me decías
esta isla no se parece a ninguna
porque en las noches
el viento refresca
y yo
antes de ti
no tenía experiencia
clavaba mis manos tiesas
a ambos lados del asiento
cuando los carros calculaban mal
y pasaban tan cerca
nunca te lo dije
pero me recordabas a la forma de montar caballo
la tensión en las piernas abiertas
el relincho de tu moto de pueblo
y yo atrás
como ese volcán que está en todas partes
sin terminar de encajar en ninguna ciudad.
Desordeno los primeros recuerdos
Desordeno los primeros recuerdos
Los paseos inestables en bicicleta
Siempre con costras
y en el mismo parque
Las tardes perdidas viendo televisión por cable
Un canal exclusivo de dibujos seguido de otro siempre sin descanso
Mascando hielo
(Para ser feliz bajo el sol
Hay que retener el frío en la boca)
En la piscina inflable
en el jardín pajoso de la abuela
El agua nos llegaba a las rodillas
Pero insistíamos más en la posibilidad de ahogarnos que en ser rescatados
No es que los mayores no existiesen
Pero puedo decirte que nunca estaban cerca.
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