Andrea Cabel García

Ximena Lazarte

Paul Cañamero Álvarez

José Cárdenas Jara

Daniel Maguiña Contreras

Natalia Molina Alanoca

Ramón Peralta

Augusto Rodríguez

Moisés Sandoval Calderón

Diana Sánchez Hernández

Gabriel Amador

Luis Angel Condori Mamani

Gustavo Marcelo Galliano

Giancarlo Andaluz Queirolo

Javier Alejos Guerrero

 

 

____________________________________________________________

Despedida

por Diana Sofía Sánchez Hernández

 

Como cada día, toma el desayuno acostumbrado en su juventud: un huevo cocido, un jugo coloreado de amarillo y un par de panes tostados. Si el estómago le cuece los intestinos, entonces traga el líquido antiácido que, como nueva rutina, acomoda al lado derecho de su desayuno, junto con un vaso mediano lleno de agua. Hoy no siente dolor. Feliz, recoge los trastes y los lava lentamente, con la paciencia de quien tiene todo el día para consentirse.

Seca sus manos y se apresura, según sus fuerzas, hacia la ventana de la salita. Sentado en el quicio, los ojos se escapan de sus cuencas hacia las montañas azulosas de un San Luis Potosí que vive en su memoria. No hay aves, ni nubes que atraviesen el cielo. La mañana está impecable. La nostalgia puede darse el lujo de mirar sin obstáculos el horizonte.

En ese instante, la Hermana sube cansinamente las escaleras del edificio, apoyándose en el barandal. Cada vez que sube un piso, se queja. Hace dos años que sigue la misma rutina y desde el primer día que aceptó visitar al viejo, se pregunta quién verá por ella, por la fatiga que la invade todas las mañanas o cuando regresa de hacer algún encargo. Bueno, el sacrificio es parte de la penitencia de los pecadores y la ayuda solidaria debe ser siempre abnegada. Pero, quién puede creerse tales rimas de sumisión. Inmediatamente se pregunta si alguien podrá atreverse a ir a su casa cuando ella no pueda ni siquiera pedir un pedazo de pan o reclamar que cierren la puerta mientras alguien más le quita las pantaletas sucias de orines. Nadie se atreve a presenciar la muerte con tanta cercanía. Negando con la cabeza, suspira y sube otro piso. Quién se animará a vestirla o alimentarla. Luego sonrió, su cita todavía no estaba en tal decadencia ni tampoco el viejo era incapaz de moverse. En sí, por eso volvía cada fin de semana... Pero, y cuando él no pueda levantarse más...

El ruido de una puerta que se abre le interrumpió el pensamiento. Una mujer, de la misma edad de la monja, asoma una cabeza esponjosa y blanquecina. La vieja chismosa del siete, dice la Hermana para sus adentros, mientras se acerca a la puerta. Otra vez esta hipócrita, cree que dice la mirada miope de la vieja del siete. Por qué sigue vestida de monja si hace años que abandonó el convento. ¿Cree que somos estúpidos o que todo se nos olvida? Un hijo difunto no es cosa de pasar desapercibido... O en realidad la anciana no piensa nada y sólo sale a saludar. Ambas se miran y sonríen al instante estimuladas por la buena educación:
–Buen día, Hermana.
–Buen día.

Pasa rozando con el hábito la rodilla descarnada y rugosa de la vieja. La mujer camina hacia atrás en un reflejo que evidencia la agilidad de un cuerpo todavía sano, y cierra la puerta con un golpe ligero pero con la fuerza suficiente para que la Hermana sienta su rechazo. O al menos así lo interpreta. Después de subir otros escalones: y quién verá por mí... Al menos Dios está conmigo, él sabe de los sacrificios... y diez escalones más arriba, con total convicción, intenta abrir a empujones la puerta del departamento.

Al sonido ligero de unos golpes, los ojos perdidos en las montañas vuelven a su lugar y con el cuerpo pesado, el viejo se apresura, sorprendido de su torpeza. Cómo fue que olvidó dar vuelta a la llave. Durante mucho tiempo, cada fin de semana hace lo mismo... seguro ya está perdiendo la cabeza. La Hermana no puede esperar mucho tiempo en el umbral. Es una desatención, una brutalidad a la reputación de esa buena mujer; un pie para que la gente pueda decir algo; cualquier cosa nueva que gusten agregar a los rumores viejos.

La Hermana toca con mayor insistencia y la puerta se abre de pronto. La recibe un rostro agitado. Ella sonríe, bondadosa y comprensiva. El corazón del viejo vuelve a latir con prisa, también ha olvidado bañarse. La monja entra y se dirige hacia la cocina, para abrir las ventanas. Él permanece recargado en la puerta. Quizá no se da cuenta del olor a viejo. Además, ya debe estar acostumbrada después de tanto...
–¿El dinero?, pregunta de pronto la Hermana y en la voz aguda que sale de su garganta, sin ni siquiera haberlo planeado, se escapa el miedo a que ahora el anciano piense que ya no debe pagarle por sus servicios. En que ahora crea que la apariencia de monja exija no sólo la apariencia, sino también el verdadero sacrificio: la entrega desinteresada.

–¿El dinero?, repite y se acerca al viejo. Un olor fétido le llena de golpe el rostro y vuelve la cara buscando una ventana abierta, para reprimir las náuseas.
–Si quiere...–dice el viejo, con la voz ronca y vacilante–, si... si lo prefiere, yo quería...
La mirada de la monja lo interrumpe.
–¿Hoy no tiene dinero?
Intenta acercarse a la puerta, pero el recuerdo de las náuseas la mantiene estática.
–Sí...
–Entonces no hay tiempo qué perder.

Se arrima a él, lo toma de las manos y lo lleva al sillón de la sala. Va al baño. Después de varios intentos, prende el pequeño boiler y para hacer tiempo, calienta agua para café. El viejo sigue sentado, con el rostro en el piso, como una estatua. Todo ocurre exactamente igual al primer día de su cita. No había disminuido la distancia entre ambos. Tampoco se exigían las palabras cordiales o la trivialidad de una charla. De pronto lo invade la idea de que hubiera sido mejor si las cosas se hubieran dado por el lado amable de las pláticas y no por el curso pecaminoso de recuperar deseos casi olvidados. La Hermana vuelve de la cocina con una taza humeante entre las manos. Cierra las cortinas de las ventanas y se acerca al cuerpo del viejo, con la determinante intención de quitarle la ropa.
–Todavía puedo hacerlo.

La hermana se detiene ante el movimiento brusco de aquel hombre. Un sujeto tan extraño. Piensa en ayudarle, al menos con el pantalón, pero el viejo no deja de moverse. Con la mirada clavada en cada prenda que abandona en el piso, sigue su pensamiento: si mejor platicáramos. Por fin desnudo, camina despacio por la salita, llega a la cocina y se encierra en el baño. Todo cobra un intenso olor a alcohol y a hierbas secas. La Hermana busca qué hacer y de pronto decide hurgar en la recámara. Qué tal si la había engañado y no tuviera un solo quinto.
           
El agua sale fría al principio. El cuerpo lo siente como un golpe erizándole la piel moteada y flácida. Sonríe, contento de sentirse todavía vivo y de saberse esperado por aquella mujer. Vieja, pero acomedida, murmura irónico. De pronto, con el agua cayendo en su miembro, evoca los labios blandos y suaves de la Hermana: cómo la mujer se tragaba su miembro ligeramente flácido, ligeramente erguido. Eres un viejo pendejo, pero con suerte. Ríe. Abre más la llave del agua caliente y todos los músculos se relajan.
           
La Hermana permanece en el umbral de la recámara. El olor a alcohol y a hierbas se mezcla con un aroma dulzón de flores marchitas. Se congratula de nunca haber insinuado siquiera la posibilidad de hacerlo en el cuarto. En la sala había dos ventanas que dejaban correr el aire y además, la incomodidad del lugar obligaba a que el acto fuera rápido y sin dejar tiempo a que surgieran lazos sentimentales de por medio. Aunque... tampoco exigía mucho tiempo el raquítico sexo de su amante. Prende la luz sólo para dar un vistazo: nada, una recámara de anciano, como cualquiera de su género. Cierra la puerta y se deja caer en el sillón, con el café tibio entre las manos. Qué tanto hará ese viejo apestoso. Sonríe ante la ofensa y, con el humor renovado, decide quitarse la ropa. Así no perderán más tiempo.

El viejo recrea en su mente el cuerpo de ella: robusto, flácido, cubierto de sensaciones eróticas que ella se provocaba, mientras él, ya satisfecho, admiraba la exhibición de la Hermana. Sí, Hermana. Puta, más bien, se contesta y su voz lo pone alerta. Tal vez ella lo habrá oído. Espera en silencio algunos minutos. Todo silencio. Continúa recreando sus momentos amorosos. Sí, eres un viejo pendejo. Ya la hubieras comprado, que se quedara contigo...

Fue a la cocina por otra taza de café. El ruido del agua continúa detrás de la puerta, como una lluvia interminable. Ya ha de haber llenado la tina. Vuelve a la sala. Para pasar el rato, se pone de nuevo la ropa y se recarga en el quicio de la ventana. San Luis se veía diferente desde allí arriba. Las montañas azules... Cómo extrañó verlas durante su estancia en Veracruz. Cómo quisiera que el tiempo volara hacia atrás...

Al sentarse en la tina, el agua resbala por los límites de la bañera. Sí, el cuerpo de ella, murmura el viejo y se sumerge bajo el agua. Un calambre en el cuello lo sorprende, luego se extiende al brazo. Quiere gritar, pero el agua ahoga los sonidos. El calambre en el cuello, más fuerte. Así era cuando se vaciaba dentro de las mujeres. Un sentimiento ya olvidado. El calambre en el cuello, en la espalda, por debajo de las caderas...todo sucede en segundos. Saca la mano derecha, agarra con fuerza la orilla, pero no puede levantarse... respira agua... el cuerpo pierde impulso... el agua está gris, opaca... los intestinos flaquean... el agua cae fría... el cuerpo del viejo se mueve en varias convulsiones silenciosas.

Sí, las montañas de San Luis son hipnotizantes. La Hermana camina a la cocina. No, ahora es seguro que el viejo no tenía el dinero y se encierra para no pagar. Sinvergüenza. A ver quién se atreve a cumplirle sus caprichos. ¡Dios Mío!, suspira, negando con la cabeza.

–Bueno, ya que usted así lo ha decidido, me marcho...
Abre la puerta del pasillo. Después de dudarlo un momento, regresa a la cocina y recargada en la puerta del baño, agrega en voz baja:
–Vuelvo la semana próxima. Pero... tendré que aumentarle el precio...
Contenta, mira de reojo la sala: todo en orden. Cierra la puerta. Seguramente la vieja de hace rato estará esperando tras la ventana, para verla pasar.

 

© Diana Sofía Sánchez Hernández, 2007

___________________________________________________

Diana Sofía Sánchez Hernández(Guadalajara, Jalisco-México, 1981) Licenciada en Letras Hispánicas por parte de la Universidad de Guadalajara. Actualmente cursa la Maestría en Letras Mexicanas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es coautora de dos libros: Tramas y líneas. Muestra de narrativa de Guadalajara. Efraín Amador, Xóchitl Ramírez, Luis Martín Ulloa, compiladores. (Col. A través del espejo) Guadalajara, Jalisco, México: Paraíso Perdido, octubre, 2004.Figuración de instantes, Tomo XII. (Col. Letras versales). Guanajuato, México: Altexto, Universidad de Guanajuato, 2003. Ha publicado cuentos en el suplemento cultural del Occidental y en la página de internet, almargen.net

___________________________________________________
Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento14_2.htm
home / página 1 de 1

contacto | quiénes somos | colaboraciones | legal | libro de visitas | enlaces | © el hablador, 2003-2006 | ISSN: 1729-1763
:: Hosting provisto por Hosting Peru ::
Hosting