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La calle, en un sueño de papel

por Luis Angel Condori Mamani

 

Ese pequeño papel que depositaba en las manos de extraños, esa menuda hoja que terminó en el suelo, ignorada y pisoteada por las personas, que fue barrida por el viento en las veredas, permitió ver mis primeras monedas recibidas por el trabajo.

Cuando concluí la secundaria, la economía de mi familia se había puesto tan movediza, que pensar en estudiar una carrera para que me llamen técnico, ingeniero o doctor era tonto.

Hace años que a mi padre lo habían mandado a la selva antes de su jubilación, ya ni siquiera recuerdo su voz en la última llamada que nos hizo. Mamá hacía lo que podía para mantenernos gorditos a todos, llevando mercadería a Arequipa tres veces por semana. Quien atendía las labores de la casa era mi hermana mayor y por las tardes trabajaba en unas cabinas de Internet, siendo la infatigable profesora del Perú que busca por todos los medios un maldito contrato o simplemente espera el bendito nombramiento. Nadie me dijo, nadie me ordenó que lo hiciera. Y aunque nunca, ni por una desesperada necesidad había trabajado, decidí intentarlo.

Salí de mi casa, sin decir a donde iba, no quería sentir lástima ante un probable fracaso, fui caminando hasta el centro y compré en un kiosco el “Caplina” de aquel lunes. Mi asombro fue tan grande como mi decepción. La sección de empleos ocupaba a sus anchas toda una página, pero al ir bajando la vista descubrí los exigentes requisitos que la sociedad necesitaba, requerimientos con los que no contaba. No tenía ni gota de experiencia en nada, no tenía estudios superiores, mi buena presencia se podía calificar de feo a feo promedio y no era una señorita de 18 a 25 años con deseos de ganar dinero a cambio de un discreto placer. El trabajo desde todos sus ángulos me discriminaba.  Regresé a casa con mi esperanza laboral en un bolsillo roto. Los días siguientes pasé el tiempo tirado en mi colchón, con la mirada perdida en la calle, o contemplado casi sin sentido mis dedos. Fue en una de esas tantas veces, cuando me miré las manos, eran manos jóvenes, manos suaves, sin heridas, uñas recortadas, completamente limpias, manos de holgazán. Al cerrar mi puño, sentí correr por las venas una emoción que nunca había conocido. “Mañana la hago”.

Más temprano que la otra vez, y con el estómago igual de vacío salí de mi casa, sería capaz de trabajar hasta de peón de chacra, con tal de ver algo de plata en una mano desgastada de hombre. Ya por el paseo cívico, encontré a un canillita y le pedí que me alquilara un rato el diario. Comencé a leer a vuelo de pájaro todos los anuncios. Lo vi. El aviso era insignificante, pero el trabajo era indudablemente para mí, era un trabajo sencillo, y no pedía mayores requisitos que ir a una dirección, la cual memoricé y me fui corriendo calle arriba para que nadie se me adelantara. Alguien necesitaba muchachos para volanteo.

Corrí casi sin respirar, La dirección señalada era un edificio estrecho, en una de las principales calles de la ciudad. Mientras subía por los peldaños, noté que el aire olía a cigarrillo, a flores y a hojas de coca mezcladas con un aroma de incienso. Todo ello provenía de una oficina, que era un cuartucho con paredes de triplay, la puerta estaba entreabierta. «Aquí es». Asomé la cabeza con cierto temor. En el piso se extendían alfombras con extraños signos circulares, unos sillones de cuero en la esquina, en una mesa había un desdentado cráneo amarillento, ceniceros aún con humo y velas plateadas a su alrededor. Cerca de la ventana había floreros con plantas marchitas y una pequeña cortina azul con estrellas separaba el cuarto de otro ambiente. Encima de otra mesa más alta habían dos jaulas, en la más grande había un gallo flaco de buen porte que picoteaba sus rejas, en la otra un pequeño cuy negro descansaba aplastado entre unas hojas; y  para completar el cuadro: una iguana disecada con ojos de canica me miraba desde una repisa. Confirmé las pocas dudas que me quedaban al ver colgado en una pared, junto a cuadros de Jesucristo, un gran letrero de madera, donde estaba dibujado el zodiaco y que con letras negras decía: “JOSÉ, EL HECHICERO DE LOS MILAGROS-ESPIRITISTA Y CURANDERO”. Quité mi cabeza de un jalón. “¿Un chamán? ¡Adiós!”. No podía irme, miré otra vez mis manos. «Manos de holgazán». Al tocar la puerta esta vez, salió un hombre algo obeso y moreno con una barba descuidada, luciendo un chaleco de vivos colores, con una camisa blanca a medio abotonar.

–Buenos días, vengo por el aviso del periódico –le dije sin miedo.
–Ah ya, pasa –tenía una voz de lija como si no la hubiera usado en años.
Arrastró dos sillones, no sentamos y luego de rascarse la espalda empezó a explicarme el trabajo. Sólo tenía que repartir los volantes de colores que me enseñó en una bolsa negra, en los diferentes lugares que él me indicara, de lunes a sábado, mañana y tarde durante un mes, al final de cual recibiría doscientos soles.
–No tienes que decir nada, sólo repartirlos, ellos harán el resto. Hablan solitos –me dijo.

Acepté sin querer saber más. “Por fin”. Empezaría a trabajar el próximo lunes, porque se acercaba Semana Santa y él tendría que pasarla en las alturas de Tarata con su mujer. Le dije que no había problema, le di las gracias, un apretón de manos y salí de la oficina. Al cerrar tras de mí la puerta, volteé y pude ver un cartel que me enfrió como la muerte: ¡CUIDADO, LA MALDAD EXISTE!

Mamá no puedo evitar una lagrimita al decirme “Ya estás siendo un hombre. A falta de tu padre, estás tú”. La noticia de mi trabajo puso contentos a todos. Nunca me atreví a decirle que trabajaría para un brujo. Ella era muy devota. Hasta que llegara el lunes aproveché los días siguientes para visitar mercadillos, tiendas y diferentes negocios, preguntando precios, quería comprar algo para mi familia y en especial para mamá.
Cuando llegó el lunes de chamba, fui temprano como tenía costumbre. Don José estaba barriendo unas cenizas del suelo. Después de saludar me señaló los volantes que estaban en la mesa. Cogí un paquetón de ellos y me envió a un callejón cerca al teatro, que había a espaldas de aquel edificio.

Al quedarme parado en pleno callejón, me dio algo de vergüenza a pesar que la gente que pasaba casi ni me miraba. Con algo de timidez extendí mi brazo con el primer volante, un caballero lo cogió apresuradamente con los dedos como tijera y casi sin leerlo se lo metió al bolsillo trasero. “Ya va uno”. Debí saber que el resto no sería tan fácil, si es cierto que aquella mañana no me quedaron más volantes, fue porque eché como la mitad al basurero, porque eran pocos lo que me recibían un volante. “¿Tan difícil es coger uno y votarlo por ahí?”. La gente parecía como muerta en vida, todos caminaban con sus caras cenicientas, viviendo de sus problemas. Y los que me la aceptaban lo hacían de mal humor.

Por aquel lugar pasaban impecables señores hablando con su  celular, sin tiempo ni para saludar con la mano y como es obvio ni miraban mis volantes; también transitaban sugestivas secretarias que se reían del papelito o simplemente me hacían un desplante con un ligero movimiento de mano. “Lindas pero huecas e insensibles”.

Al parecer sólo las señoras que regresaban del mercado, los jóvenes que tenían las manos en los bolsillos y los niños que jugaban por ahí me aceptaban, todo el resto parecía indiferente a mi trabajo. “¿Sabrán que así se gana dinero?”.

Cuando ya habían pasado varias horas parado y con el brazo cansado, me di cuenta que compartía el callejón con tres mendigos: una señora con su hijito que al parecer vivían en una caja y dos abuelitos uno de los cuales era ciego y tocaba un violín de caparazón de armadillo, buscando aquellas notas que pudieran arrancarle unas monedas a aquellos duros bolsillos que iban y venían. Se encontraba muy cerca de mí, así que me acerqué un poco mientras iba repartiendo los volantes de colores para escucharle mejor. Eran nostálgicas melodías andinas que le daban algo de vida al aburrido callejón. Tocaba de rodillas con la maestría de varios años, esperando a que sonara la caída de algo en su latita de atún vacía.

El resto de la mañana me la pasé así, entre viejas canciones, vidas preocupadas, caras de indignación y risotadas burlonas “¡Un chamán! ¡Qué chiste!”. El sol se encontraba en lo alto, el calor derretía todo, incluso mi ánimo. Cuando me sentía cansado me sentaba en una de las bancas, y fue en una de ellas donde me interceptó una señora que vendía jugos en un balde grande y me ofreció un vaso.

–No seño, no tengo dinero –dije mientras me limpiaba el sudor.
–No importa joven yo le invito, cuando tenga me compra. Siempre hago lo mismo cuando veo a los chicos y después me compran –me puso el vaso en la mano.
–Gracias señora, de verdad –le dije, viendo que el verdadero corazón de los trabajadores de la calle es grande y se ayudan incluso cuando no venden nada, sabiendo que siempre llegarán días mejores –¿Papaya, no? Muy bueno, gracias seño.
Se estaban acabando mis volantes y cuando me disponía a traer más, apareció otra señora que cogió un volante al vuelo, encuadró bien los ojos y regresó a preguntarme:
–Hijito, ¿por qué trabajas en esto?
Era una de aquellas típicas señoronas gordas y peliteñidas, que usan dos pares de lentes, y que pasan domingos enteros entre hostias, vírgenes y santos.
–Señora, sólo los reparto. Yo no creo en estas cosas, sé que es está mal –dije sin ganas.
–Y encima trabajas sabiendo que está mal. Esos brujos y chamanes, son cosa del diablo, hijo.
Esa vieja ya me empezaba a incomodar, más que el propio calor.
–Sí señora, lo sé, pero necesito el dinero.
–Debes seguir buscando, hijito yo sé que encontrarás otra cosa.

Me devolvió el volante, se hizo una mala señal de la cruz y se fue. “Hipócrita”. No se condenaría por coger un volante. Terminé la mañana sin darle importancia, fue sólo cuando regresé con don José y me despedí hasta la tarde cuando en verdad me empezaron a preocupar los “buenos augurios” de la señora. “¿Yo servía al demonio?”.
Los demás días fueron parecidos. Las mañanas me mandaba al callejón o a los mercados, pasajes concurridos o ferias, y por las tardes me quedaba afuera del edificio, sentado en una banquito que había comprado para que yo repartiera sin cansarme. Esas tardes eran las mejores, el sol se apresuraba a ocultarse, las nubes se pintaban de naranja y destellos dorados iluminaban las copas de los árboles a lo largo de la calle. Sin embargo todos los que me miraban, conocidos o no, estaban en contra de mi labor. Incluso las señoras barrenderas, que por la tarde a eso de las cinco me gritaban:
–Oye chico, ¿no puedes ir a repartir a otra parte donde no ensucies?
Yo sabía que muy pocos se quedaban con los volantes, arrojándolos despreocupadamente por la calle. Sin darles importancia les decía, divertido:
–Señoras, si las calles no estuvieran sucias ustedes no tendrían trabajo cierto?
–Sí, pero podrías hacernos el trabajo más fácil –decían y seguían barriendo cansadas.
Entonces mirando la larga vereda, me di cuenta que en verdad su trabajo era duro, no había ningún basurero y nadie se daba la molestia de recoger un solo papel. Las comprendí.

–Señoras, sé que su trabajo no es fácil, ni el suyo, ni el mío.
Así pasaban los días entre gritos y problemas. Un día don José me mandó a llamar con un amigo suyo con el que jugaba a las cartas cuando no tenía clientes.
–Oye hijo ¿Dónde has estado? –me dijo aplastado en su sillón mientras fumaba.
–Fui al mercado un rato, es que no había mucha gente en el callejón.
–¡Tú debes quedarte dónde yo te digo! Mira, tengo un controlador que me avisa cuando no estás. Pensarás que me puedes engañar, pero no. Y la próxima vez que no te encuentre, te voto y no te pago ni mierda ¿entiendes?

Aquello dejó mi moral en el suelo tal como mis volantes, que la gente votaba sin piedad o rompía en mis narices. Recién en ese momento recordé que nadie más venía por el anuncio, solicitando a más muchachos, que don José siempre me mandaba a publicar. Yo fui su único volantero. “¿Nadie más quería este trabajo?”.

Otra de mis tareas como “brazo derecho” del chamán era pagar la cuenta del teléfono, comprarle pollos dorados para la comida, limpiar y cuidar la oficina, pero sobre todo una de mis favoritas: dar de comer a Cheto, el  cuy negro y a Carón, el gallo colorado de plumas brillantes, que eran las mascotas del negocio. La iguana no tenía nombre, entonces la llamé como me mejor me pareció para ese gordo y sucio reptil: José. A Carón le daba de comer en mi mano el maíz y la nicovita, Cheto comía sus tiernas hojas y tallos, entre sus graciosos gemidos. Ellos eran lo mejor de trabajar para un chamán. Les tenía gran aprecio a las mascotas y sentía pena por el futuro que les aguardaba, terminarían como ingrediente principal en alguna ceremonia de curación, la cual como era obvio, no tendría resultados.

Cierta vez al regresar por la tarde a la oficina, entré sin que don José se enterara, a sacar más volantes. Después de lo que vi, agregué un trauma más a mi vida. “Qué asco”. Don José estaba “jugando” con una chiquilla de unos veinte años. “¿Qué clase de postura era esa?”. Gracias a Dios por lo menos estaban vestidos. Al verme se arregló de inmediato y la chica se bajó del sillón, él me dijo que qué pasaba, y le respondí que necesitaba más volantes, fue hasta la mesa, agarró un puñado y me los puso con cólera en las manos.

–Termina con estos y después vete.
Me fui sin decir ni hacer nada más, y al ir bajando recordé: “voy a ir a Tarata con mi esposa”. Era obvio lo que ocurría, don José era un buen chamán, su “amarre” había funcionado. “DON JOSÉ, EL HECHICERO DEL AMOR”.

Los días siguieron pasando, al igual que todas las palabras que me decían en la calle “Yo no creo en esas cosas”, “Ya me diste uno la otra vez”, “No gracias”, “¡No!”,  “(...)”.
Era capaz de recordar a todos los que pasaban, y hasta sabía que días venían y cuales no. Tenía que inventar nuevas formas para que la gente aceptara los volantes, porque ya no podía votarlos a la basura (don José había sospechado de mi eficacia). Les decía a los colegiales que pasaban, mostrándoles los volantes: “¡Entradas para el Estadio!” y todos se acercaban corriendo, como insectos a la luz, para pedirme más “entradas”, al minuto se daban cuenta del engaño y tiraban los volantes. Pasaba lo mismo con los adultos a los cuales les decía que los volantes eran loterías populares. Luego los empecé a entregar como origami, con mensajes de paz y con movimientos circenses. Ya no sentía pena. No me importaba si los votaban luego. “Mi trabajo sólo es repartirlos no metérselos en el bolsillo”.

Cuando ya había transcurrido dos semanas, llegaron otros volanteros al callejón, promocionando academias, productos o eventos locales, terminamos intercambiando experiencias, y así  me di cuenta que don José estaba pagando muy bien, yo ganaba más que ellos. «Sin duda la chamanería da buena plata». Y cuando yo les decía que a mí me ofrecieron doscientos soles al mes no me creyeron y algunos hicieron la pesada broma de que me pagaría con vales de consumo. “¿Un ‘amarre’ gratis? No está mal”.

El último hecho curioso que me pasó fue cuando faltaban sólo cinco días para terminar, y ya sólo quedaban como dos torres de volantes.
Un señor vestido de manera nada convencional, al leer un volante, me empezó a hacer conversación:
–Oye amigo, ¿y cómo es? ¿Es bueno?
–De seguro, vienen especialmente chilenos a leerse el tarot, y siempre regresan.
–Es puro engaño. “Regreso al ser amado en un día” ¡Eso no lo hace ni un santo!  ¿Y por qué trabajas aquí? - me dijo en voz baja, como si fuera un templo y no la calle.
–Por el dinero. Yo tampoco creo en estas cosas - le dije de igual manera. “¿Servía al demonio?”.
–¿Pero no te molesta trabajar así? –dijo ya más serio.
–Un poco, todos me miran raro, y una señora dice que me voy a ir al infierno.
–Tú no vas a ir al infierno –dijo después de reírse con ganas–, los únicos que van al infierno son los abogados –me dio una palmadita en la espalda, se despidió y prometió volver. Me alegré. Existe gente que es capaz de entender lo que se hace por un pan, aunque con poca fe en una justicia con corbata.

Los días pasaron al ritmo de un péndulo. Estaba terminando el mes.
Ya faltaba poco para la hora de irme, y mañana por fin cobraría.
Fue un mes tan largo como pesado, era como si cada volante hubiese sido un día del calendario. Esa última tarde me envió al callejón. Casi al anochecer, me senté un rato a descansar, mis piernas estaban agarrotadas por el frío, sentía los miembros como si fueran de plomo, aún la vereda era tibia. Quería quedarme ahí sentado, con la cabeza entre las rodillas, en aquella cómoda calma para siempre...

Subí saltando la escalera hasta el cuarto de don José, había terminado la última hora, de mi último día como volantero.
–¿Hoy cumples el mes cierto? –dijo don José al verme llegar.
–Sí don José, ya va un mes.
–Mira hijo –y me indicó para que nos sentáramos en el sillón–. Las cosas no han ido bien, el alquiler del cuarto, el teléfono, el agua, mis hijos, todo es un gasto, son cosas que cuestan, mira no tengo pa’ pagarte, no te voy a mentir.
Primero mi mente se quedó en blanco, luego entendí. «Viejo de mierda». Mi rostro se llenó de cólera y no tenía miedo a que esta se viera reflejada. No lloraría, le reventaría la cara.

–P... pero usted me dijo ayer que me pagaría!
–Mira, ¿pero qué puedo hacer? No hemos ganado mucho este mes.
–No, yo sé que usted tuvo clientes, tiene dinero y me va a pagar - comencé a desesperarme, me levanté.
–Búscame si quieres. Sabes que eso de brujo es cuento, no voy a hacer aparecer plata –su voz áspera de lija se volvió sarcástica.
“¡Mentira!”. Miré con odio al hombre que me había dado trabajo. Pasé horas bajo un calor infernal y un frío que me calaba los huesos, iba sin siquiera comer, ¿para que el final sólo me largara?

Mis ojos, se fueron a dar en la puerta. Estaba a punto de irme. Entonces, tal como el primer día, leí en ella: “CUIDADO, LA MALDAD EXISTE”. “Debí darme cuenta”. Estaba llorando. Cerré mi puño con tal fuerza que me dolió. Todo mi brazo estaba despellejado por el sol. «Ya he trabajado». Recordé los malos tratos de él, de la calle y las lágrimas de mi madre. No me vengaría, haría justicia por mi cuenta.
–¡Viejo mentiroso! Yo hice bien todo lo que me dijo. ¡Si no tiene plata, me cargaré algo de usted! –hablé con una voz extraña que temblaba por el rencor contenido.
Mis ojos mojados recorrían la habitación buscando algo qué llevarme. El chillido de Cheto me ayudó. Cogí raudamente con las dos manos, las jaulas de Carón y de Cheto.
–¡Pues me los llevo! –grité. Iba a ser lo que sea.
–Que te vas a llevar ¡ya vete hombre, no jodas! –dijo mientras intentaba ponerse de pie.

No pude, siempre fui agresivo. Le di una patada en el estómago con todas mis fuerzas, las mismas fuerzas que me hicieron salir a la calle a buscar algo de trabajo. No le dolió, se cayó en el sillón, se quedó inmóvil y pálido. Aún recuerdo su cara, con sus ojos de cerdo hundidos en mí. Me largué. Recorrí una vez más aquellas calles, no las volvería a ver de la misma manera otra vez. Fui a casa con las jaulas.
Gracias a Dios, con el pasar del tiempo y mis ganas de seguir trabajando de lo que sea, las cosas mejoraron.

Hoy mi familia tiene tantos cuyes que han puesto un negocio propio. Le compramos una parejita a Cheto y yo nunca imaginé que un cuy fuera más “potente” que un león. Ahora somos nosotros quienes proporcionan su sabrosa carne a los restaurantes del Valle Viejo, donde comen todos aquellos hombres que nunca recibieron un volante, por no creer en este mundo, sino viviendo de sus negocios. “Nosotros les damos de comer”.
Si el destino de Cheto fue llenarnos de dinero con su descendencia. Carón pasó a ser leyenda. Lo había regalado, cuando me enteré que mató a picotazos y con sus garras a un gato. Era tan bravo que lo mejor que puede hacer por él era darlo a los criadores de gallos de pelea. Con el tiempo se hizo conocido y dicen que pronto se publicará un cuento inspirado en sus peleas y en su elegancia con la espuela. ¡No sé de dónde aprendió esa patada!

Dentro de un año terminaré la carrera de Derecho en la Nacional. “Sólo los abogados van al infierno”. No me importa. He decidido cargar con el peso de mis pecados, y expiarlos como un abogado que ayude en asuntos laborales a quienes como yo, algún día, exigieron lo justo. Tengo una linda enamorada a la cual veo luego de las clases. Las noches son cálidas y a la mitad de ellas me conquista preparándome un delicioso jugo de papaya, tal como se lo enseñó su mamá. Un futuro nos aguarda, y las calles son todavía muy pequeñas para mí...

Un frío hilo de saliva en las rodillas me hizo despertar. “Mañana por fin cobro”. Enderecé mis hombros y me di prisa para despedirme de don José. Voy a casa a dormir, debo descansar para hacer un buen trabajo mañana. Luego de cobrar, me despediré de Cheto y de Carón e iré a visitar al cieguito del violín y le dejaré unas cuantas monedas a cambio de una melancólica tonada que sepa llenar mi corazón. Buscaré a la señora de los jugos para comprarle unos vasos, y de paso preguntarle si tiene alguna hermosa hija de mi edad.                                             

Mi vida es como ese pequeño papel que deposito en las manos de extraños, que termina en el suelo, ignorado y pisoteado por los hombres, que es barrido por el viento en las veredas... esperando ser recogido por la mano de Dios, cuando caiga la tarde en algún lugar del callejón.

 

© Luis Angel Condori Mamani, 2007

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Luis Angel Condori Mamani(Tacna-Perú, 1985) Estudia Derecho en la Universidad Nacional Jorge Basadre Grohmann de Tacna. Comunicador Social en radio y actor de teatro local. Ha publicado en algunas revistas locales y en antologías de cuentos. Ganador del último concurso de cuento organizado por la Municipalidad de la Ciudad de Tacna, entre otras menciones honrosas.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento14_4.htm
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