Andrea Cabel García

Ximena Lazarte

Paul Cañamero Álvarez

José Cárdenas Jara

Daniel Maguiña Contreras

Natalia Molina Alanoca

Ramón Peralta

Augusto Rodríguez

Moisés Sandoval Calderón

Diana Sánchez Hernández

Gabriel Amador

Luis Angel Condori Mamani

Gustavo Marcelo Galliano

Giancarlo Andaluz Queirolo

Javier Alejos Guerrero

 

 

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Vecinos per versos

por Gustavo Marcelo Galliano

 

El documento de identidad no es falaz.

En él se puede aún leer claramente, a pesar del sepia creciente de sus hojas: Nicéfora Aquilina BEDETODO.

Pero ella se había encargado minuciosamente de que casi nadie se enterase. Decía llamarse Nissette, por sus abuelos franceses, tan lumínicos como ilustrados. Según su historia, según su histeria. Y gustaba que le llamaran Niza. Fino y delicado, tan dulce y recatado. Como la vida deseada, allá de joven, en aquellas horas de carne trémula y Corín Tellado.

Desde pequeña fue educada para cuidarse de los males de este mundo, de los vicios y sus vecinos, de la lujuria y su embrujo, de los hombres y los nombres, de las voces y los roces, de la noche y el derroche, de la mirada y la sonrisa, del qué dirán y pensarían. Y fue un enorme esfuerzo, una tarea delicada, un trabajo dedicado el mantenerse pura y recta. Es que a veces por las noches, envuelta en sus frazadas, la carne le reclamaba por las ansias reprimidas. Pero su madre le había dicho que la piel es traicionera. Que si es propia es gran pecado, más aún si es ajena.

Y los rezos, y el silencio y los ojos aprisionados, rogando una oscuridad que oscurezca hasta el llanto. Y ese manto se hizo eterno con el paso de los días, y la tersura fue ave que presurosa volando le adormeció el almanaque a cambio de sus arrugas.

Fue entonces que decidió que merecía compañía. No importa si él era bello, dulce o considerado. Su madre le había explicado que los hombres eran calcados. Que se guiaban por el deseo y no piensan demasiado. Por ello debía encontrarse a alguien mayor que ella, a más años menos llama, a menos llama menos fuego, a menos fuego más calma, y a más calma más consuelo. En lo posible honesto, o al menos parecerlo. Eso decía su madre, si lo decía ella debía ser cierto.

También debería ser propietario. Un inmueble o un negocio, respaldo de futuros años. Y ella hallar trabajo, en lo posible a diario, para estar más tranquila y no deber soportarlo. "La tempestad del tiempo termina apagando la posibilidad efímera que una brasa subsista y reavive un incendio". Eso decía su madre... por ello, debía ser cierto.

Y así ella fue que lo hizo y se casó con Hortensio. Trabajador y callado, conservador y sumiso, pero ante todo: converso. Tan dócil y manejable que una mascota vieja, con respetable apellido y un respaldo financiero. Distancia durante el día. A la noche sólo calma. Sin velos ni más desvelos. Tranquilidad en la cama.

Pero sus problemas eran otros. Eran sus nuevos vecinos. Siempre fueron los vecinos. Hoy, los de la casa de enfrente, con sus cuatro malditos críos. Todo el día que entran y salen, y su puerta que hace ruido. Que la mayor es muy aguda y la menor estridente, que la del medio es travieso, y sus padres permisivos. ¡Hay si los viera mi madre!, pensaba desconsolada. Si hasta por las noches percibe un extraño e insoportable sonido colándose por la ventana, ¿será que acaso respiran con demasiada resonancia? Malditos nuevos vecinos, siempre vienen a destrozar la calma.

¿Y los escandalosos de al lado?, lujuriosos, pervertidos. Seguramente promiscuos que jadeantes se babean. Los gemidos por las tardes se vuelven insoportables, y por las noches terrible, pareciera no descansan. ¿Acaso es que los jóvenes siempre gozan... y no descansan?... Y a escasos cincuenta metros, "¡Dios me salve!" un colegio mixto. Adolescentes que adoran comportarse como simios. Mujercitas convertidas en hembras de la jauría. Los gritos de esos imberbes que se esparcen por el aire. Sus grotescas risotadas... sus corridas resonantes... sus burdos ecos descontrolados. Delincuentes en potencia que los nervios han crispado.

Y para colmo de sus males, han derribado en la esquina al viejo restaurante chino y construirán a lo breve un moderno edificio. Que de seguro será enorme, y obstruirá la luz y el aire. Si hasta casi puede sentir el ahogo. El sofocarse de pronto. Y serán demasiadas nuevas voces, demasiadas nuevas risas, demasiados nuevos llantos. Todo ese gran gentío respirando, contaminando, dentro de esas cajitas que llaman departamentos. Sus infinitas ventanas. E infinitos pensamientos. Demasiada luz de noche, demasiada sombra de día. Y de seguro que ahora sus coches estacionados no dejarán que nosotros, los antiguos, tengamos espacio. Se roban nuestros derechos. Niza suele añorar: "¡Hay si mi madre viviera!".

No termina de comprender como nadie se da cuenta. El porqué no se procede contra la turba infame, como pueden tolerar tanto desorden, tanta fanfarria. Tanta insulsa algarabía, tanta alegría por nada. No termina de entender porqué parecen felices. Ser feliz es perder tiempo, aunque el tiempo ahora no valga nada. Derrocharlo es pecado, sufrirlo es nuestro cargo.

Niza siempre está atenta. Aún al llegar el descanso; ha podido jubilarse, no volverá al trabajo. Ahora tiene todo su tiempo para estar sola en la casa. Para cuidar de lo suyo. Para hacer suyo el cuidado. Y apostada cual vigía, parapeta y encubierta, controla a sus vecinos desde su trinchera de cortinas. Conoce todos sus horarios, los pasos y los descansos, hasta distingue los dejos de suspiros extraviados, el retumbar de tacones, el tintinear de sus llaves. Nadie podría engañarla, ella continúa atenta. Cuidándose de los perversos.

Protegiéndose de sus vecinos. Se repite una y otra vez: "nadie debe sorprenderme". Por ello el despuntar del alba ya la encuentra en su ventana, controlando a sus vecinos, a los niños o los extraños. De ella nadie escapa.
Acaso sin comprender que se ha abarrotado de gula y de avaricia, de lujuria y pecado, de codicia y desidia, de maldad e impureza, de pensamientos extraños, de odio a los humanos. Pero el peor de sus defectos es que ante todo ha olvidado, que vida hay una sola, que soñar es algo preciado. Que la vida es mucho más simple que lo que piensa un desconfiado. Que al buscar dobles sentidos, su soledad ha duplicado.

Mientras tanto, su esposo pasea, pasea y pasea al perro, desde hace mucho tiempo. Si hasta le parece que fuera un anciano extraño.

 

© Gustavo Marcelo Galliano, 2007

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Gustavo Marcelo Galliano(Rosario-Argentina, 1965) Es investigador y docente de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario, República Argentina. Ha presentado numerosos escritos en Encuentros Internacionales sobre Integración, Mercosur y Unión Europea. Estos trabajos se han publicado en revistas académicas de la Universidad. También se ha dedicado al campo literario. En el último año ha cosechado varios premios internacionales, tanto en el rubro cuento como poesía.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento14_5.htm
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