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Natalia Molina Alanoca

Ramón Peralta

Augusto Rodríguez

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Diana Sánchez Hernández

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Luis Angel Condori Mamani

Gustavo Marcelo Galliano

Giancarlo Andaluz Queirolo

Javier Alejos Guerrero

 

 

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Los ciudadanos fantasmas

por Giancarlo Andaluz Queirolo

 

¿Cuánto tiempo más estaré aquí? Es la primera pregunta que me hago cada mañana al despertar con el frío de los pasadizos apretándome contra la almohada y ese terrible olor a sábanas hervidas en jabón Bolívar proveniente de los distintos sótanos del nosocomio, pestilencia que perfora el vidrio troquelado de las ventanas de mi cuarto y me invade el cuerpo. Como odio el olorcito que viene con el desayuno atravesando el aire caliente del hospital desde la maternidad; un aroma hediondo a baño limpio y leche materna almacenada, y llega siempre con el desayuno, en la profunda taza de cuáquer mazacotudo y en los dos panes solitarios de todos los días, sin nada de gracia, ni siquiera una pasada de manteca o de queso crema. Quizá sea mucho pedirle a mi  seguro social.

Llegué hace un mes con una fractura múltiple del radio y aún no tengo fecha de operación, día a día me bombardean con tranquilizantes y antisépticos para evitar la putrefacción de mi extremidad inmóvil, día y noche, quieto en la cama clínica del cuarto 136 acompañado por un veterano que busca la tercera cifra en su historial antes de partir a mejor vida. Aquí estoy, día y noche recibiendo visita tras visita, como un enfermo terminal a quien su parientes despiden de la forma más decorosa posible, con arengas inútiles y conversaciones penosas, sufriendo más que yo la herida, sangrando por mí, viviendo la pena de esta obligada quietud desde sus carnes sanas y sin más problemas que los personales a flor de piel.

Una mosca pasa y pasa desde hace media hora entre las dos camas de este cuarto, la veo pasar y trato de memorizar su vuelo para inventar un pasatiempo para combatir tan largo encierro, dibujo figuras extrañas trazadas invisiblemente en el aire denso del cuarto, una constelación boreal, un caracol alado, quizás sea el mapa de Irlanda a los pies del viejo centenario. Una paloma se estrella contra el vidrio y casi mata al anciano de un paro cardíaco, qué tal mañana, la mosca se posa en el pico de mi botella de jugo de durazno, el dulce la atrae, el néctar la atrapa, ahora es cuestión de minutos antes de que me llenen el vaso nuevamente con los huevos del insecto y yo no le diré nada a nadie. Ya para qué.
¡Qué tristeza se respira en los hospitales!, más aún en los nacionales, largos pasadizos blancos donde las sombras pierden intensidad y el calor no es más que un complemento ajeno de la locería, un pasadizo de treinta metros (los he contado usando trancos largos y símiles) un rotonda hexagonal se parte en seis pasadizos más, en ella descansa el sonido perenne de una máquina de gaseosas y otra de café, parece un pulpo tridimensional e inmóvil que extiende sus seis tentáculos rígidos formando una gran estrella abundante de cuartos y salas de emergencia. Existen  varios pulpos idénticos en el pabellón donde me alojo, uno de esos pulpos, en el ala este, es el que me cobija estos días. El hospital es grande si se está adentro; resulta enorme si se tiene una residencia permanente adherido a una de sus ventosas.

Trato de iniciar mi día como hace varias semanas, siempre trato de cambiar la rutina para hacer menos insoportable la estancia. Una vez vestido y con el magro desayuno en los intestinos desciendo de mi cama número 2 buscando mis chanclas con las yemas de mis desnudos pies amarillentos, me coloco el cabestrillo lo más alto posible imitando la posición napoleónica y empiezo mi recorrido por los rincones del pabellón hasta que me dé el cuerpo o una enfermera curiosa me pregunte con esa voz pausada de eses arrastradas –¿dessea que lo acompañe a ssu cuarto sseñor?–, y yo con la pena de verme perdido a mis cuarenta y tantos años como niño en barrio nuevo le respondo que sí, que me gustaría su compañía –mi cuarto es el 136 del pabellón este–, encontrándome al otro lado del nosocomio luego de haber cruzado cual caminante sin camino todas las entrañas del pabellón este del enorme hospital–ciudad que es desde hace un buen tiempo también mi propia ciudad.
Me parece raro que haya pasado ya tanto tiempo y que yo siga  internado esperando una fecha de operación y todo por una estúpida caída, tantas penurias para mi familia que todas las tardes tienen que cortar sus propias rutinas y problemas para dedicarse a contemplarme el rostro sobre la cama, sin más que hacer que ojear cada cierto tiempo el avance paulatino de las agujas del reloj celular de la mesa de noche. ¿Pero acaso me importa?, uno siempre quiere ser el centro de atención y más aún en estas lamentables circunstancias de vendas y tranquilizantes, de mal humor a las seis de la tarde y terribles mareos a causa de las medicinas genéricas. Sé que no puedo absorber el tiempo de los demás pero un poco de su atención hará menos trágica esta espera infernal.

Ya no sé cuántos días voy en calidad interno–turista en este blanquísimo lugar, ya se habrán percatado que el color albo me abruma demasiado, me siento como atrapado en una nube de concreto gigante pero sin tener a donde ir además de sus extensos límites que tantas veces recorro, ruego por un turno de sala, –están todos copados– me dice el doctor Núñez cuando rara vez se acuerda de éste paciente inquilino, –estamos saturados está semana, veinte operaciones en siete días es mucho, pero usted está en lista–, dice, con la vista clavada en la nada, –usted está en lista y apenas haya un hueco… y más puntos suspensivos en mi mente pues sé que sólo queda esperar…

El viejo del costado es todo un caso. Creo que está aquí por un ataque de ronquidos agudo, pero no, es por cáncer terminal, aunque yo creo que lo de los ruidos no es natural, pero que sé yo si no soy doctor. Tiene ya un mes en la misma cama, puede decirse que es mi vecino, compartimos el mismo aire y los mismos sonidos encerrados y las mismas enfermeras, el recibe menos visitas que yo pero está más grave, quizá porque ya no las necesita, yo soy un niño de pecho en esto de las enfermedades, algún día mi turno llegará, pero por ahora yo necesito más atención que el viejito de al lado.

Hace una semana encontré un lugar nuevo para perderme por las mañanas, se trata del pabellón de quemados del hospital que está cruzando el pabellón del frente a unas tres leguas de mi cama. No sabía de la existencia de este lugar hasta que en uno de mis paseos matutinos e indianajonescos, vi llegar una ambulancia bulliciosa de la que bajó un churrasco gigante, un trozo de carne chamuscada aún con vida que seguramente imploraba la muerte era internado en ese pabellón con el absurdo consentimiento de sus malévolos familiares sin ninguna razón, ¿acaso tenían la absurda idea de salvarle la vida cuando había perdido toda forma humana? Lo seguí sigilosamente, ingresando al pabellón nuevo, color verde claro, verde esperanza le dicen, de donde se olía distinto que en el resto del hospital. Atravesamos las puertas vaivén a velocidad gran prix cruzando el largo tentáculo lleno de puertas y de llantos hasta llegar a un gran salón plateado y más frío que lo acostumbrado, me quedé en el umbral de la pesada puerta y el espectáculo que vi me pareció por demás desagradable. Sobre camas planas de aluminio descansaban varios cuerpos con quemaduras de segundo o tercer grado, doctores corrían de un lado a otro con pinzas y gasas y atendían a los pacientes tratando de lidiar con el natural asco, el llanto de los familiares, las náuseas justificadas y los lamentos entrecortados de los quemados tratando de balbucear siquiera una palabra coherente, que seguro eran ruegos entendibles, a leguas de orejas, pero que la necedad de la familia ahogaba en peticiones de salvación y rezos y más oportunidades a Dios y a su ejército de vírgenes y santos mundiales. Presencié la figura varios minutos hasta que una silenciosa mano chiquita me ofreció a servirme de compañía hasta la lejanía de mi habitación, –esste no ess lugar para ussted sseñor Cardozo, dijo con esas estúpidas eses y todo, pero no será la última vez que me verá por aquí, pensé, –lo sé señorita–, pero me he perdido, le dije con voz retraída, –sería tan amable de llevarme hasta mi pabellón–, le dije mirando de reojo el gran cuarto plata con los hombres quemados. Estoy hospedado en el pabellón este en el cuarto…, –lo ssé sseñor Cardozo, todoss lo ssabemos, ahorra ssígame por favor que vamoss de regreso a ssu habitación–, me dijo abrazándome con suavidad y sin expresar la menor molestia. Dejé ese lugar frío con la entera convicción de regresar nuevamente otra mañana, ahora era momento de regresar a mis propios enfermos, a mi eterno internamiento, ya habrá tiempo para inspeccionar aquel lugar tan interesante, dije en voz baja mientras cruzábamos la última extremidad camino hasta la puerta principal del pabellón verde de quemados.                
 
Aquí entran en la historia los ciudadanos fantasmas, etiqueta que nombré desde aquella ocasión que extrañamente fui olvidado dentro del salón plateado del pabellón de quemados. Durante uno de mis paseos matutinos, recorrí cada ala de la gran pieza atravesándolo con paso lento e invisible, como un alma en pena, igual a una sombra sin importancia. Tanto tiempo tenía de interno que ya pertenecía al paisaje, ya era parte de la vista monótona, un oasis encallado en plena ciudad. Recorrí hasta entrada la tarde cada espacio del pabellón de quemados, cada ala; la antigua farmacia donde aún se preparaban los medicamentos de la forma tradicional, el café siempre lleno de nervios y de pequeñas tacitas blancas, cada habitación, cada cuarto un nuevo sufrimiento, una nueva forma de vivir la miseria del hombre. Imagino el dolor, acerco el dedo a la llama de mi encendedor azul, a quince centímetros el calor es parecido a un baño tibio, a diez la cosa cambia el calor acosa, como dentro de un sauna cargado de gordos acalorados. Bajo la palma de mi mano a cinco, a tres centímetros la dejo allí unos segundos prudentes luego de los cuales apago el encendedor y puedo ver que se ha formado una llaga en medio de mi mano, por ahora es negra como un carbón y quema poco pero tan agudo que es casi insoportable. ¿Cómo se sentirá estar envuelto por lenguas de fuego esperando que alguien misericordioso arroje unos cuantos baldes de agua, un mantel o por lo menos arena seca, lo que sea, para que se termine tanto dolor; para que deje de sufrir la piel?

Llega la noche adornada por la luna llena, no me percato de ella sólo cuando al pasar por el ventanal que separa los dormitorios de la sala de cuidados intensivos aparece la luna limpia en medio del cielo negro de Lima, lindo paisaje, aunque eso en nada melle la angustia que se respira en este lugar. Una puerta alta y blanca separa ambos ambientes, hay un agente de seguridad resguardando la zona, me atrevo a cruzar la línea sin importarme la hora, a lo mucho me quedaré media hora más o hasta que la menuda enfermera de voz graciosa me halle y me llevé de vuelta a mi exilio. Nada de eso ocurre, atravieso la puerta y el guardia sin ser visto, a veces me pregunto si eso será una cualidad extraña que tengo porque varias veces me ha pasado lo mismo pero completamente diferente, si me entienden. Cuidados intensivos es el área más dura del pabellón, no lo digo por las complicaciones que pueda generar el recorrido que por decirlo es mucho más accesible que cualquier otra ala de cualquier otro pabellón. Se trata de un largo pasillo color celeste lleno puertas y de silencio y que al fondo es dominado por la puerta matriz, que no es más que un portón blanco y doble sin ventanillas. Abro la puerta, o mejor dicho las puertas y me decido a inspeccionar el lugar antes de retirarme a mis aposentos. El salón es un cuadrado perfecto de unos veinte metros por veinte, de paredes grises, baja iluminación, varias camas plateadas. Tocó las camillas; ahora entiendo que el frío metal disipa en parte el ardor de sus pacientes. También hay un gran estante con mucha medicina, vendas, gasas y demás instrumentos médicos. Pasé entre las frías camas viendo a los cuerpos quemados como reposaban quietos, casi muertos, o por lo menos con ese deseo paseándole día y noche por sus gastadas mentes. Inesperadamente, la luz del pasadizo se apagó violentamente como si se tratara de un corte general, un apagón en tiempos violentos. Se oyen unos pasos solitarios que cada segundo reducían su intensidad hasta ahogarse cerca del final, entre la libertad de la calle y el encierro que este lugar obliga. Minutos después me di cuenta que ahora estaba completamente solo en cuidados intensivos, aunque eso era poco probable, seguro que en la puerta había una enfermera de guardia y en el salón de galenos varios esperado el final de su turno y el comienzo de su merecido descanso. No me importó, así como tampoco me aturdió la idea de estar solo en un lugar tan raro, tan espeluznante; seguí recorriendo cada espacio dentro del gran cubo, pasé varios minutos antes de ser vencido por el cansancio de un día entero dedicado al libre caminar otra vez sin paradero fijo pero con la convicción de regresar a mi habitación antes de la visita de mi graciosa enfermera a primera hora de la mañana.

Cerca del estante había una cama vacía, desabitada, decidí echarme en ella y tratar de dormir hasta la mañana siguiente, sabía que estaba en un lugar donde a nadie le gustaría estar, pero el miedo lo había perdido hace mucho y el temor a los hospitales desde que caí en éste por una tonta fractura y hasta el día de hoy… El metal no me dejaba conciliar el sueño, alguna parte de mi piel tocaba sutilmente su plateado frío y eso me molestaba, me estremecía mucho. El silencio me inquietaba, por primera vez sentía miedo de estar solo ahí, miedo, algo que nunca antes sentí desde mi internamiento en este lugar. Las horas pasaban lentamente entre el silencio y el miedo, el olor a quemado se sentía lejano como si viniera de otro lugar, pero no del mismo lugar de donde provenían los olores de mi pabellón, nada era peor que eso. Me puse de pie, me acerqué a la ventana y me dispuse a observar a la luna que seguía limpia y enorme en lo alto, el cielo negro no mostraba ni una  rebelde nube, no hacia frío, por lo menos no tanto como en la mesa de aluminio y su frío insoportable. El eco de la noche era distinto al del cubo, cada cierto tiempo se podía oír el paso rápido de un automóvil ermitaño, un taxista seguro, un lechucero como les dicen. De pronto algo me pareció que cambiaba dentro de la sala; podía oír claramente quejidos ahogados rompiendo el silencio de un hospital a las tres de la madrugada, giré la cabeza para ver a los cuerpos inmóviles invadido por la idea de que pudieran haber despertado de eterno sueño, mis preguntas se respondieron solas, la verdad se hizo luz, los cuerpos estaban despiertos, todos el tiempo estuvieron despiertos, no podían abrir los ojos, –como los topos–, pensé, pero estaban despabilados, los quejidos aumentaron y algunos se transformaron en palabras raras, otras en palabras claras; –muerte– decían. –Las otras no deben desear otra cosa–, pensé. En eso, uno de los cuerpos se puso de pie, estaba totalmente quemado, era un espectáculo horrible, avanzó unos cuántos pasos hasta el estante de las medicinas, no flexionaba las rodillas, era como unos de esos robots de juguete que arrastran los pies en el piso lustrado. Algunos lo seguían con la mirada, el cuerpo cogió la perilla de un cajón bajo y la abrió con mucho cuidado, sacó de ella una jeringa y con mucho esfuerzo la logró sacar de su empaque plástico, luego se acercó a otro cajón casi al final de mueble y de ahí sacó un pomito marrón con un líquido en el interior. Clavó la jeringa en la tapa del pomito, jaló el succionador, la jeringa pasó los cinco mililitros, llegó hasta los diez casi, sacó la aguja del corcho y de inmediato se clavó en pleno pecho todo el punzante metal, al termino de la operación, la respuesta fue inmediata, se acercó lentamente hasta su mesa metálica y después de acostarse en ella no volvió a levantarse nunca más.

Me di cuenta de lo que pasaba a la mañana siguiente después de una búsqueda exhaustiva por parte de mi enfermera, ella me explicó todo, no lo podía creer, pero era cierto, tal salón era como un paso previo a mejor vida, esos cuerpos quemados eran dejados allí para que alcancen la muerte, la liberación máxima, nadie más podía tomar esa decisión, sólo los mismos cuerpos con lo poco de vida que les quedaba, una decisión descabellada pero humana y única opción también. La familia ignoraba tales sucesos, los doctores se encargaban de dar la noticia a los parientes que entre lágrimas y condolencias podían sentir el alivio de verse libres de tremendo peso sobre sus hombros.

Traté de volver otras noches, con el consentimiento de mi enfermera. En algunas oportunidades yo mismo le serví de algo a estos tipos, de mucho diría yo, mis manos y la misericordia que me invadió desde aquella noche son testigos del fin de varios cuerpos quemados, algo tenía que hacer mientras llegaba mi turno en cirugía, el cual por lo visto no sería tan pronto como deseaba.

 

© Giancarlo Andaluz Queirolo, 2007

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Giancarlo Andaluz Queirolo(Lima-Perú, 1978) Comunicador social dedicado a la creación literaria. Tiene publicado dos poemarios, Alma azur (1999) y Perú vivo (2005).

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento14_6.htm
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