Andrea Cabel García

Ximena Lazarte

Paul Cañamero Álvarez

José Cárdenas Jara

Daniel Maguiña Contreras

Natalia Molina Alanoca

Ramón Peralta

Augusto Rodríguez

Daniel Alejandro Gómez

Elena De Yta

Raquel Morán Sernández

Claudia Salazar Jiménez

Tomás V. Richards

Pedro E. Moreno-Vásquez

 

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Hiperventilado

por Tomás V. Richards

 

Estaba  agitado por toda esa locura. Le estaba costando respirar; recién ahora se daba cuenta. Estaba muy loco, y desde la altura a que se encontraba todo era mucho mejor y más vertiginoso. El dos a cero a favor ya estaba clavado. Y la Piojosa, su novia, allá en su casa. Cuando le contara cómo habían ganado se iba a querer matar. ¡Cuánta locura! Se agarraba de la bandera larga y agitaba el brazo, contento. Los resortitos de sus zapatillas se aplastaban contra el paravalanchas mientras él tiraba el cuerpo para atrás, bien agarrado a la bandera, y miraba a toda esa gente en la tribuna. Era una locura.
       
        Cada tanto alguno le pasaba un faso y él le daba dos o tres secas largas o cuatro. El humito se le quedaba flotando espeso frente a la cara, tapándole la cancha, igual que el alambrado. Pasaban unos segundos y el faso pegaba. Entonces sentía que tenía que cantar más y alentar más para ganar.

        Ahí debajo de la bandera estaban el Pinino y Coquito, dos amigos. Ellos también estaban saltando y alentando de la cabeza. Cuando saltaba Coquito, los hombros y la nuca se le trababan y la melena se le agitaba. Era gracioso verlo y, además, eso contagiaba las ganas de saltar. Y arriba del paravalanchas a él le empezaba a arder la garganta y los pulmones no le daban más porque sentía que la hinchada entera estaba cantando por su boca.

        Eso sí que era una locura. No había banda más loca. Por eso, cuando cantaba lo de es un sentimiento, no puedo parar, él sabía bien de qué se trataba, cuál era el sentimiento y qué era no poder parar. Sí, lo entendía bien, y eso lo hacía agitarse y hacía que el tiempo anduviese más lento.

        El tiempo. Adentro del campo el referí marcó el suplementario y hubo que empezar a descolgar los trapos para salir rápido. Es que afuera iba a haber combate. Había que ir a buscarlos y darles para que tuvieran, como en la cancha. Era casi una cuestión de honor. El Pinino lo ayudó a bajar del paravalanchas. Se puso el buzo, que tenía los colores del club, y los tres se fueron para la puerta. Ahora empezaba a correr otra adrenalina que no era la del partido, era la de la calle. Las promesas hechas desde la comodidad de la tribuna había que cumplirlas.

        La puerta, de chapa, estaba cerrada desde afuera. Pero ya todos sabían que la policía iba a abrirla. Mientras tanto, la banda loca se iba amontonando ahí. Algunos cantaban o gritaban. Otros cogoteaban para adentro tratando de ver los últimos segundos del partido. Los que estaban contra la puerta la golpeaban rítmicamente con los puños y los pies. Era un ritmo de guerra. En la tribuna contraria la situación debía de ser la misma.

        La puerta cerrada; la tensión creció. Él respiraba cada vez más fuerte. Hubo unos instantes de nerviosismo en los que cualquier cosa pudo pasar, pero al final la puerta se abrió y salieron todos a la calle para que pasara cualquier cosa. Él salió detrás de Coquito; más atrás venía el Pinino. Corrieron entre la gente hacia una de las calles que bordeaba el estadio. La idea era alcanzar a los rivales antes de que pudieran subirse a los micros. Pero, igualmente, si conseguían subir no iba a ser problema emboscar los micros.

        Hicieron varias cuadras al trote. Mientras avanzaban cantando, los vecinos se iban refugiando en sus casas: a veces era una vieja con un perro, que se apuraba a cerrar la puerta, otras simplemente una persiana que bajaba. La mayoría de los hinchas había juntado palos y piedras. El Pinino había agarrado un caño de bronce que había escondido en el hueco de un árbol la noche anterior. Cuando él vio al Pinino con el caño, la respiración se le aceleró todavía más y largó una carcajada de excitación. Estaba loco el Pinino. Era el más limado de ellos tres; un zarpado. Nunca, nunca se cagaba; nunca. Además, para él el club no era el único ideal. También tenía sus ideas políticas propias, y las defendía hasta con las manos si era necesario. Una noche, en un boliche del centro, había tomado mucha pasta. Estaba demasiado duro, sentado en la barra, y se le puso entre ceja y ceja uno que estaba bailando ahí cerca. Lo único que dijo el Pinino fue que era un gremialista de mierda. Coquito y él lo miraban sin entender y sin darle mucha pelota, pero de pronto sintieron que el Pinino salía corriendo y vieron que se le tiraba encima al pobre tipo y le pegaba gritándole:
   – ¡Sindicalista de mierda! ¡Sindicalista! ¡¿Sos sindicalista vos?!

        Ellos dos trataron de pararlo, pero recién se tranquilizó un poco cuando los patovicas lo agarraron y lo echaron a la calle.

        Todavía, si él o Coquito le mencionaban el incidente, fruncía el ceño y decía: Era una lacra sindicalista. Así era el Pinino. Medio loco y politizado. No había nada que hacer.

        Los tres iban juntos por el medio de la calle, avanzando con el resto de la banda, decididos a dejar bien claro quién era el que mandaba en el barrio.

        De pronto, por la esquina, apareció una Traffic. No un micro sino una Traffic. Blanca, de vidrios oscuros. Alguien gritó: ¡Esa es de ellos!, y todos salieron corriendo para la esquina gritando y puteando. A él se le inflaron bien los pulmones. El aire entraba con fuerza por su nariz y bajaba; el oxígeno le llenaba la sangre. El tiempo empezó a correr más lento otra vez: vio cómo la Traffic trataba de pegar la vuelta, pero son hacer a tiempo. Las piedras ya le empezaban a llover sobre el techo y los hinchas la alcanzaron.

        Corrió en cámara lenta detrás del Pinino, que fue uno de los primeros en llegar hasta la Traffic. El aire entraba y salía; se sentía ventilado, desintoxicado. El Pinino le dio de lleno al parabrisas de la Traffic con el caño de bronce, y ahí todo se aceleró. Enseguida hubo un montón de hinchas dándole a la Traffic. Coquito levantó un cascote del asfalto y le rompió la ventanilla, que se astilló sin llegar a quebrarse. Un gordo abrió desde afuera la puerta del acompañante y sacó de los pelos al que iba sentado ahí. Alguien lo derribó y entre todos empezaron a patearlo.

        Él no se dio cuenta bien de qué hacía, pero de golpe se encontró abriendo la puerta de atrás de la camioneta y revisando la caja. Estaba agitado ya, muy loco, pero cuando vio lo que había adentro, la respiración se le aceleró todavía más. No lo podía creer. Frente a sus ojos rojos estaba el trofeo más deseado. Era mucho para él. Mucho. Dudó durante uno o dos segundos fugaces y al final actuó. Agarró una mediana, que estaba atada a un palo de plástico largo, y salió corriendo. Cuando llegó a la zona de la calle dominada por su hinchada, la más descontrolada de todas las que había, se volvió y empezó a agitar la bandera que se había robado. Y también empezó a reírse. Sí, se reía. Estaba hiperventilado y se reía con ganas, mientras la bandera flameaba sobre su cabeza y, más arriba todavía, volaban las piedras. Allá adelante se estaban matando, y él agitando la bandera contraria, feliz por el partido que habían ganado y porque estaban para campeones y porque, al final de todo, parecía que iba a valer la pena el esfuerzo hecho por el club cada semana, y también porque sí, porque a veces uno se sentía feliz sin motivo. Y el tiempo se paralizaba y la bandera quedaba como suspendida en el aire, el mismo aire que le llenaba la sangre de energía, de vida, y que le hacía reír.

        La Traffic, allá adelante, en la esquina, se estaba prendiendo fuego, mientras las piedras seguían cayéndole encima. El gordo que había sacado de los pelos al acompañante de la camioneta llegó corriendo hasta él y le ordenó que le diese la bandera. Él no dudó ni un instante y se la entregó, porque el gordo era barra y ahí mandaba. Además, él sabía que el gordo ya lo había registrado, que nadie le iba a robar el mérito por lo del trapo. En el partido siguiente la bandera iba a estar en la tribuna y todos iban a saber que el que la había ganado era él. Y eso sumaba. Un día él mismo iba a ser el gordo que recogiera las banderas afanadas.

        En eso llegó la montada, convenientemente tarde. Ahora la pelea iba a ser contra ellos. Él miró por entre toda esa gente buscando a sus amigos. Nada. Ni el Pinino ni Coquito andaban cerca. No importaba, él sabía dónde encontrarlos después. Oyó los cascos de los caballos sobre el asfalto y empezó a sentir en los ojos y la nariz los efectos del gas lacrimógeno. Había llegado el momento de correr y todos empezaron a hacerlo a la vez. Cada tanto algunos se paraban a tirar piedras. Él lo hizo nada más una vez. Después, lo único que hizo fue correr. Corrió hasta cualquier esquina y dobló. Hizo unas cuadras más hasta que consiguió salir del quilombo y se sentó en la entrada de una casa. La respiración se le fue aquietando. Iba a estar bueno contarle todo a la Piojosa. Le iba a dar orgullo y envidia a la vez. Orgullo por él, por sus hazañas. Había puesto todo lo que había que poner. Y envidia por no haber podido ir al partido. Culpa del viejo, un ortiba. No la dejaba ir a la cancha. Decía que no era lugar para una mujer. Tenían que ver qué hacer para la final, si llegaban. Ya se las iban a arreglar, ya iban a ver la forma de convencerlo al viejo ortiba. Y si no lo convencían la Piojosa se escapaba, no importaba nada.

        Se levantó y cruzó la calle. Cuando bajó de la vereda los resortes de sus zapatillas crujieron con sonido plástico. Estaba tranquilo ahora, cansado, de buen humor. La locura había bajado bastante. Respiraba normalmente. Sin darse cuenta empezó a cantar en voz baja. Era una canción de cancha. Caminó unas cuadras y llegó hasta el kiosco, donde estaban Coquito y el Pinino tomando cerveza. Siempre se juntaban ahí.
   –Mirá la mano de este boludo –fue lo primero que le dijo Coquito. Al Pinino le sangraba mucho la mano.
   –¿Qué te pasó, boludo? –dijo él.
   –Me corté pegándole al parabrisas de la camioneta esa.
   –No quiere ir a que le cosan. –dijo Coquito.
   –Ni en pedo –dijo el Pinino– ya se me pasa.

        Él no dijo nada. Cuando el Pinino decidía algo ya no había nada que decir.

        Se pusieron a tomar una cerveza fresca. Estaban sentados en la puerta de una casa de al lado del kiosco. Cada uno contó lo que le había pasado en la pelea. Él pensó que, por lejos, lo más zarpado era lo que había hecho él. Cada tanto pasaba un conocido del barrio, que saludaba y le preguntaba al Pinino qué le había pasado en la mano. Él contaba, mostrando el puño cerrado y sanguinolento, y la anécdota se iba empezando a gastar. Por lo demás, el sol había empezado a bajar y estaba detrás de las casas ya, aunque el cielo seguía azul. Coquito armó un faso y lo prendió. Cuando le llegó el turno a él, le dio dos secas largas y lo pasó. Al rato llegó la Piojosa, y él le contó cómo les había robado la bandera a esos putos y se la había dado al gordo. Mientras le contaba, el faso pegó y la locura revivió en su cerebro. La Piojosa no dijo nada de lo de la bandera, pero lo besó y lo abrazó. Él se dio cuenta de lo que ella le estaba queriendo decir y eso lo alegró todavía más. La abrazó, sintiendo su cuerpo apretado contra el de él, y le acarició la nuca. Coquito dijo: Carioca, y él pensó en lo buena que estaba la Piojosa y en que esa noche podía llegar a ser una buena noche junto a ella. Una buena noche para coronar un gran día. Miró a sus amigos. Miró a su novia. Menos la mano del Pinino, todo estaba bien. La charla había seguido sin él y ya ni sabía de qué se trataba, pero no le importaba. Tomó unos tragos de Quilmes y los sintió bajar hasta el estómago mientras la locura volvía a subir a su cabeza, la respiración se hacía más rápida y el tiempo más lento. Todo eso valía la pena. El fútbol y toda esa locura que era el fútbol; las amarguras cuando se perdía un partido y todo eso. Y todo lo demás también: bancarse que su viejo lo tratara de vago, pelearse y haber tenido que dormir en ese auto abandonado cuando lo echó de la casa, las mierdas de la policía y la comisaría, la resaca, todo. Todo eso… Respiró hondo y agitó la bandera bien despacio, arriba de su cabeza, haciéndola girar formando un ocho gigante en el aire mientras las piedras caían y la camioneta se prendía fuego y los putos corrían. La mano del Pinino seguía sangrando. Sin parar.

 

© Tomás V. Richards, 2008

 
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Tomás V. Richards (Buenos Aires - Argentina, 1983) Es estudiante de Letras en la UBA y futbolista amateur. Ha publicado cuentos en otras revistas y antologías. De vez en cuando escribe alguna reseña de una muestra de arte para el sitio Ramona Web

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento15_5.html
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