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Luis Valladares

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Francisco Ángeles

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Alejandro Neyra

a Carlos Yushimito

a Miguel Ruiz Effio

a Carlos Rojas Olivos

 

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Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura

por Francisco Ángeles

 

La pantalla en medio de la pared blanca concentra todas las miradas, y en respuesta ofrece una imagen multiplicada, manchitas de colores que anuncian que a continuación llegará algo importante, algo que es necesario remarcar. Y luego las manchitas se van precisando y del corazón de las luces difuminadas emerge, grave, serio, elegante, un viejito con el pelo blanco y alisado que avanza hacia el centro de un escenario.

Ya va a empezar, dice alguien.

Todos cogemos una botella de cerveza y la llevamos a los labios. Siempre ha sido igual, siempre desde hace diez o tal vez quince años, desde esa época en que todavía estudiábamos literatura y todavía escribíamos y todavía pensábamos que alguna vez publicaríamos libros y tendríamos éxito y que la fama, el prestigio y el dinero nos alcanzarían como si así hubiese estado estampado en nuestros genes incluso antes de la concepción. Pero lo cierto es que nada de eso había llegado. Y ahora que los viejos proyectos estaban enterrados, olvidados sin resignación ni culpa ni dolor, ahora que el fracaso no solo era una realidad sino que no se sentía como tal, de esa época remota solo nos quedaban esas reuniones en casa de cualquiera de nosotros, una vez al año, el primer o segundo jueves de octubre. Año tras año, a partir de las diez de la noche, los siete u ocho de toda la vida llegábamos con botellas de vodka, quesos y cervezas, el anfitrión de turno encendía la pantalla con mucha ceremonia y, como si fuera un partido de fútbol, nos sentábamos a mirar la transmisión de la ceremonia de entrega del premio Nobel. En los inicios, lejanos como niebla lejanos como el sol, íbamos con un entusiasmo furioso, todos uniformados con una camiseta blanca que, en el centro del pecho, lucía el rostro inacabable el rostro triunfador del patriarca de las letras nacionales, sonriente, ganador, acaso un poco cachaciento. Pero además llevábamos gorritos en la cabeza, pitos en la boca, serpentina en los bolsillos y cuando el viejito de pelo blanco y alisado surgía en la pantalla, los siete u ocho de toda la vida, muy cojudos muy idiotas, nos poníamos a arengar a viva voz al que esa noche podría coronarse. Pero con los años esas reuniones devinieron en encuentros intercambiables en encuentros monótonos, reencuentros a la vez que despedidas transitorias, todas iguales, solo cambiaban nuestras caras más abajo o nuestro peso desparramado hacia los lados, y quizá también un desencanto mayor con las cosas, una molestia casi imperceptible, capaz de ocultarse en los pliegues de una oscuridad que no llegaba a ser amarga. Ya nadie lloraba ya nadie gemía ya nadie quedaba al borde de la desesperación como solía suceder diez años atrás cuando, en medio de una borrachera de rutina, el alcohol lo empujaba a atisbar por primera vez que acaso todo lo que imaginaba para su vida nunca llegaría a cumplirse.

Pero todo eso, como veníamos diciendo, ya había quedado atrás. Y ahí estábamos muy tranquilos, sentados en los sillones rojos de la sala, mirando la pantalla mientras se acercaba el momento que esperábamos, el único que nos interesaba, el momento en que el nombre del nuevo ganador de Literatura fuera pronunciado. Y siempre teníamos la esperanza de que por fin el nombre elegante y sonoro de Mario Vargas Llosa fuera el que surgiera nítido de la garganta escandinava del viejito de pelo blanco y alisado. Y entonces sería el momento de saltar y abrazarnos y de hacer barras tribuneras y después ya veríamos qué hacer. Como sea, eso nunca ocurría y nosotros repetíamos las conversaciones del año anterior, siempre iguales mientras el viejito pronunciaba sin gestos el nombre del ganador (pasaron Coetzee, Le Clezio, Naipaul y tantos otros que nunca habíamos leído o de los que llanamente nunca habíamos escuchado hablar) y, después de maldecir un rato, cada vez con menos ganas, cada vez con menos convicción, volvíamos otra vez a que en Estocolmo flameaba una bandera roja al compás de un viento que parecía tornado que parecía marea, o al puño violento estrellándose contra el cráneo imaginativo de García Márquez, o a la negativa de un treintañero Vargas Llosa a entregar a la revolución la plata que se llevó al bolsillo cuando le dieron el Rómulo Gallegos, anécdotas que todos conocíamos pero que siempre alguien volvía a contar, tal vez porque era lo único que nos quedaba de nuestro pasado en común y porque fuera de ello no teníamos nada más que decirnos.  

Y mientras estábamos en esas, el viejito de pelo blanco y alisado, el esmoquin impecable ajustado a su delgado cuerpo, se esmeraba en las palabras protocolares, y nosotros, detenidos en el tiempo y con el cansancio de la reiteración y de nuestros cuerpos que pasaban los treinta años, tomando cerveza y esperando una vez más la derrota, la derrota renovada y la promesa de volver a encontrarnos un año después, de volver a encontrarnos aunque en el fondo de nuestra alma en el fondo de nuestro corazón ya no nos interesaba si Vargas Llosa ganaba el premio o, más allá, ya no nos interesaba la literatura y tampoco nos interesábamos nosotros mismos, tanto tiempo había pasado. Pero necesitábamos, sí, algo a qué aferrarnos. Más precisamente, necesitábamos pensar que no nos habíamos equivocado al claudicar tanta vida tanta juventud dedicadas a llenar cartillas con alientos de ficción, sentir que de algo había servido, que seguíamos siendo hinchas del mayor escritor, del único, del sobrehumano, de ese tipo insano que escribía en los periódicos a los catorce, presentaba obras de teatro a los dieciséis, que a los treinta y dos, la misma edad que todos rondábamos, tenía no solo dos hijos y tres trabajos, sino tres novelas que en conjunto bordeaban las dos mil páginas, había ganado premios internacionales y tenía una obra muy superior a la de cualquier otro iluso que pretendiera sentarse ante el papel y hacer algo grande. Y que ya lo había hecho todo y clausurado la narrativa peruana por al menos unos doscientos años, y quienes a pesar de todo quisieran seguir intentándolo se verían obligados a imitarlo o a balbucear algo que pretendía vanamente demostrar que se podía hacer otra cosa, que era posible un post Vargas Llosa. Esperábamos, en fin, que el nombre de ese anormal, de ese enfermo, de esa conjunción de factores inusuales sonara como ganador, y entonces todas nuestras horas por ahora desperdiciadas, esas que de jóvenes habíamos pasado imitándolo, pensando inocentemente algún día ser como él, de alguna manera se verían reivindicadas, aunque ninguno de nosotros hubiera sido capaz de explicar la conexión entre uno y otro evento.

Me tinca que este año sí la hacemos, dice alguien.
Ojalá, compadre. Aunque todos los años dices lo mismo.
Y además sería un poco injusto, ¿no? Después de publicar esas últimas novelas, ya no sé si lo merece.
Ya discutimos eso el año pasado.
Ya discutimos todo el año pasado.
Y los anteriores.
Sí, está bien, pero no hay que perder de vista que Vargas Llosa sigue siendo igual de moderno. O sea, ni siquiera fuma el huevón. Diferencia con Ribeyro, que se quedó atrás en su literatura y en su imagen: en todas las fotos sale fumando. Parece anacrónico, antiguo, ya no va con los tiempos.
Puede ser, pero más moderno que los dos juntos es Fujimori. Aunque esté preso, ese es el más moderno…
No hables huevadas…
No son huevadas. El Chino tuvo impacto en la literatura de nuestra generación, aunque no haya escrito y seguramente tampoco leído un solo libro de literatura. ¿Dónde crees que quedó toda esa retórica antipolítica que usó en su campaña del 90, todo ese verso contra los partidos tradicionales? Todo eso caló, dejó huella…
Yo estoy contigo, dice otro. Salud…
Hablo en serio. El Chino llegó en el momento preciso para decir ya no hay ideología y, pendejo, lo transformó en esa huevada de los partidos tradicionales. Nadie quiso saber nunca más de política. Ni siquiera para escribir…
Chévere. Ahí se acabó el realismo y todos empezamos a escribir como Bellatin…
No, Bellatin todavía no escribía. En todo caso Bellatin empezó a escribir como Bellatin…
Esperen. A lo que yo iba es que cuando el Chino le gana las elecciones a Vargas Llosa se produce un cambio en todos los niveles, incluido el literario…
Puta madre, ahora vas a decir que fue una victoria metafórica, una victoria que en el fondo es literaria. ¿No estamos ya demasiado viejos para seguir buscando metáforas o símbolos por todos lados?
No sé si metafórica, pero lo cierto es que desde ahí ya nadie escribe realismo. Nadie que escriba en serio, al menos. Chau política, chau realismo. Ahí está la mano del Chino…
Yo lo veo como una cosa mundial, la caída del muro de Berlín un año antes. Y también eso de la Generación X, el descreimiento…
No, pues. ¿Quién sabía algo de la Generación X en el Perú en 1990? En cambio el Chino sí estaba, lo veíamos todo el tiempo. Debatió con Vargas Llosa y le quitó el Llosa y solo le decía candidato Mario Vargas para que suene a hijo de vecino. Conocía de estilística el huevón…
Y otra cosa es que el Chino implantó eso de que cualquiera puede ser presidente. Un chinito con su tractor, un NN, un nadie le puede ganar a Vargas Llosa, puede ser más importante que Vargas Llosa. Y de ahí todo se abrió, cualquiera puede ser ministro, congresista, alcalde. Susy Díaz, por ejemplo. Se supone que se democratizaba la huevada, igual que ahora con las editoriales independientes y los blogs. Cualquiera es crítico, cualquiera es escritor. Un visionario el Chino…
Ya, ya, mejor cállense… esto está por empezar…
No creo. Mejor me voy a comprar unos cigarros. ¿Quién me acompaña?

Dos salen de escena, dos menos en la sala. Somos dos cualquiera de nosotros, salimos lentos, indecisos, con la débil sensación de que quizá hubiera sido bueno despedirnos antes de salir y con nuestras dos botellas de cerveza que hacemos chocar sin ganas después de cerrar la puerta a nuestras espaldas. Son cusqueñas de un tercio de litro o algo menos, las paredes de vidrio oscuro sudan gotas frías. Cuando el líquido corre intermitente hacia el estómago se siente una espuma como de mar, tibia y huidiza, que produce una leve somnolencia.

Pisamos la vereda y alrededor hay oscuridad y hay grillos que suenan y hay automóviles invisibles que corren en la noche triste en la noche inmóvil. Tenemos que caminar cinco o seis cuadras hasta la avenida, cinco o seis cuadras vacías en que la noche es fresca y la ligera somnolencia y estamos ahí caminando los dos, como lo hemos hecho antes tantas veces pero de una manera distinta, con pies ligeros para volver a la reunión y al televisor expectante. No esta vez, esta vez lo que queremos es llegar rápido a la avenida y detener un taxi y pedirle que nos lleve a nuestras casas. Pero el caminar es lento, avanzamos con una especie de nostalgia anticipada, como si lo estuviéramos recordando, como si viésemos desde el futuro algo que ya ha concluido y cuya lenta extinción aguijonea con una tristeza suave. Y en la casa estamos algunos otros, esperando como si algo importante estuviera ocurriendo, no en la pantalla donde el viejito de pelo blanco y alisado no aparece todavía con el sobre de los ganadores, sino algo importante dentro de nosotros mismos, y ahí afuera, los dos caminando y bebiendo sorbitos de cerveza, con un poco de hambre y un poco de sueño, sin saber qué hacer para recuperar el entusiasmo perdido, la ilusión juvenil que habíamos podido mantener a flote en los años anteriores y que ahora se escapaba. Y entonces uno de los dos habla por primera vez, por primera vez en medio de las sombras y el silencio y los arbustos, y dice que sería mejor ir a otro lado, que no tiene mucho sentido regresar a esa reunión, a esa reunión en la que de pronto, sin que lo sepamos quienes estamos afuera, se ha instalado un silencio incómodo, un silencio doloroso. Y dice también que para nosotros dos, para nosotros que estamos afuera, es mejor no regresar y a cambio quizá comprar los cigarrillos y una botella de vino y marcharnos a beberla a otro lado. Y ahí estamos con la botella de vino en otra casa, en una reunión que no parece tener más sentido que la anterior, y ahí está la foto con la que todo empezó, una foto en medio de una página impresa al lado de la computadora. Una hoja blanca diseñada como si fuera de periódico y una mujer, una chica en realidad, veinte o veintidós años, en medio de la hoja impresa.

Nunca salió este reportaje, me dice el otro. El otro, el que a partir de ahora me deja a mí solo, solo a cargo de una historia que alguna vez fue colectiva y luego empezó a fragmentarse, lenta, imperceptible. Aunque en realidad nunca iba a salir, dice el otro, serio. Nadie me lo pidió en el periódico. Pero igual lo quise hacer. Y entonces descorchamos el vino, y entonces escuchamos el sonido del aire comprimido saltando de la botella, y entonces le pregunto, despacio, como intuyendo que es importante, quién es esa chica. El otro sirve las copas, se queda mirando el líquido a la altura de los ojos y empieza a hablar de un concurso que pasaron en televisión hace años, un concurso que, como tantos, premiaba al mejor cantante y le prometía una carrera musical luminosa. El otro dice que ese fue el primero que hubo en el Perú como programa completo y no como simple secuencia, el único del que todo el mundo hablaba, y que la chica de la foto fue una de los cientos de concursantes. Venía del norte, dice el otro, de un pueblito perdido lejos de la costa, y se presentaba sin más respaldo que haber cantado en el coro de la iglesia de su pueblo. Pero todos quienes la conocían la habían animado a participar. Juntaron algo de plata, le buscaron a alguien, el tío o el primo de alguien, para que le diera alojamiento en Lima, y se presentó a la primera audición vestida de rojo, vestida con algo que ella suponía era elegante. Y cuando estuvo de pie ante el jurado, sintió que le temblaban las piernas y que la voz, su verdadera voz, se le estancaba lejos de la garganta. Tímida, insegura, con la voz de otra, de otra menos privilegiada que ella, cantó por veinte o treinta segundos y escuchó cómo el aire difuminaba los sonidos inseguros que le salían de adentro, que le salían desde el miedo, del pánico que le producía hacer lo que estaba haciendo. Y después miró al jurado, esperando que le dijeran que estaba fuera del concurso. Sabía que había cantado mal, mal en comparación a lo que ella conocía de sí misma, a la verdadera voz que guardaba en algún lugar dentro de su pequeño cuerpo. Porque su voz, dice el otro, su voz era realmente gloriosa.

El otro vuelve a acercar el vino a la altura de los ojos y hace ondular el líquido dentro de la copa. Por eso no la eliminaron en la primera etapa, dice, y por eso en las semanas siguientes fue escalando y llegó hasta la semifinal. Y entonces hubo júbilo en su pueblo y vinieron algunos familiares a apoyarla y alguien le dijo que era el momento de sacar a luz su verdadero potencial. La veía a veces por televisión, dice el otro, y así fui comprobando cómo mejoraba en cada presentación, y cómo dio el salto definitivo, que no era otra cosa que la vuelta a su verdadero nivel, al nivel que mantenía oculto, sobre todo cuando  en la semifinal cantó por primera vez en inglés, lengua que no conocía pero que aprendió vagamente para entender lo que estaba cantando, para entender y sentir esas palabras que salían como fuego de su boca. Y así cantó por primera vez una canción de Bonnie Tyler, It´s a heartache, pero lo hizo como si se desgarra por dentro, alto, muy alto, con una voz que cortaba el aire y quitaba el aliento. Su voz como una cuchilla que disparaba por el escenario, dice el otro. Ella, pequeña, aparentemente inofensiva, aparentemente insignificante, removía el escenario mientras cantaba y al final, cuando dejaba flotando en el aire la última nota, se quedaba de pie mirando a la gente y era como si volviera de otro lado y no terminara de entender lo que había pasado. Bajaba la cabeza, como avergonzada, agradecía los aplausos con un gesto tímido y parecía con ganas de salir corriendo del escenario. Y una noche, al terminar de cantar, le saltaron lágrimas, unas pocas lágrimas que fueron transmitidas en directo por la televisión antes de que el corte comercial impidiera ver que después se fue al camarín, y ahí no paró de llorar. ¿Por qué llorabas?, le pregunté en esa entrevista que nunca salió. No sé, me dijo, pero creo que era algo parecido a la felicidad. No felicidad porque me aplaudieran, no porque estaba saliendo en televisión, sino algo distinto, no precisamente felicidad, sino tal vez una inmensidad. Sentir que todo era tan grande, tan infinito, y que yo estaba ahí dándole forma a algo que otro había escrito, que yo era una intérprete de algo inmenso, algo mucho más grande que yo. Y eso no podía soportarlo.

El teléfono vibra en mi bolsillo. Veo que alguien, uno de los que quedó dentro de la casa, me llama con insistencia. Pienso que tal vez ya dijeron el nombre del ganador, o que quizá la situación se ha puesto insoportable y que esperan nuestra vuelta simplemente para que algo cambie. Pero el otro sigue hablando y yo pulso el botón para rechazar la llamada.

El día de la final, dice el otro, ella cantó mejor que nunca y todo el mundo la aplaudió de pie y le dieron el primer premio y por un par de días salió en los periódicos y después, muy poco después, ya nadie la reconocía, ya nadie se acordaba de ella. Le prometieron que en poco tiempo la llamarían para grabar su primer disco, intentó unas cuantas veces conseguir alguna presentación, pero nadie parecía recordarla, y así, olvidada, anónima, con los bolsillos vacíos, se fue a su pueblo.

El otro se pone de pie, toma el papel impreso con las manos y se pone a dar vueltas por la habitación. Ese hubiera sido el final de esta historia, dice. Pero de alguna manera yo estaba obsesionado con esa chica y quise ver qué pasaba si forzábamos un poco ese final, si estirábamos un poco más su historia. Así que un día cogí un par de cosas y me fui al norte a buscarla. Con el pretexto de una entrevista llegué a su pueblo y pregunté por ella. No fue difícil ubicarla porque todo el mundo la conocía, aunque decían que ya no había vuelto a cantar. La encontré en una situación que me pareció previsible. Trabajaba en un mercado, en un puesto de pollos que ella desplumaba con sus manos frágiles y después los metía al agua hirviendo y los colgaba en unos ganchos de metal. Y miraba a la gente que se acercaba a comprarlos y, de rato en rato, cuando nadie la miraba, cuando nadie la escuchaba, sacaba del fondo de sí misma, de ese fondo imposible, trazos rotos de su pasado glorioso, de su pequeño, de su único y lejano triunfo.

Así la encontré, dice el otro, y a ella le sorprendió que un reportero de Lima viniera a entrevistarla, dos años después. Y al principio parecía fastidiada o incrédula, pero finalmente aceptó. Y ahí, en una casa pequeña donde vivía con un par de tíos, la tenía al frente para empezar la supuesta entrevista. Y ahí, cuando ya iba quedando claro que esa no era una entrevista, cuando ya la conversación y las preguntas se habían confundido y era imposible distinguir qué era parte del reportaje y qué oscuro interés personal, le pregunté por qué había dejado de cantar. Y ella me dijo que le dolía, que le dolía mucho. Dónde te duele, le pregunté, bajando la voz, y ella se señaló el centro del pecho. Lo apuntó con el índice como si fuera un arma, dice el otro, y me miró a los ojos con una mirada desgarrada, y entonces me acerqué, la tomé del brazo, y al solo contacto, como activada repentinamente por el roce mínimo de la piel, ella se echó a llorar. Su cuerpo frágil vibraba con los sollozos y yo sentí a través de su piel su dolor incomprensible, toda esa inmensidad de la que hablaba reventando en su pequeño cuerpo. Y entonces me acerqué más y la abracé con fuerza y sentí un abismo perderse entre mis brazos. Y después saqué la cámara de fotos que había llevado para el supuesto reportaje y le dije que podía cantar, a capela, esa canción que la llevó al triunfo. Y que después yo colgaría ese video para que en una de tantas noches tristes pudiera sentarse a mirarlo y reencontrarse con esa parte de ella misma que le faltaba, con esa parte que le habían arrancado.

El otro enciende la computadora mientras sigue bebiendo. La pantalla se pone azul y después el otro teclea brevemente y yo empiezo a sentir que algo peligroso, algo que no quiero que suceda, está a punto de caerme encima. Y el teléfono que vibra en mi bolsillo y las llamadas repetidas de los que se quedaron en la casa, desde tres teléfonos distintos, intentando comunicarse conmigo. Y después veo en la pantalla de la computadora  un video detenido con una flecha. El otro se vuelve hacia mí y me pregunta si lo quiero ver. Y yo muevo la cabeza de arriba a abajo, muevo la cabeza a pesar de que sé que no lo quiero ver, y algo me empieza a doler cuando en la pantalla aparece una habitación y una mujer que parece no haber dormido en días, una mujer ojerosa y que parece partida en dos. No llora, pero transmite una tristeza infinita, una mujer que no puedo calificar con otra palabra que destrozada. Su cara es de sueño pero es sobre todo de dolor. Mira a la cámara con miedo, mira como si me estuviera mirando a mí, a mí a quien no conoce, y que reconocerme al otro lado le produce compasión. La chica en el video me mira y abre la boca y entonces empieza, muy lento, a cantar, a cantar para mí. Su voz suena dura, áspera, como si en ese canto sonara todo el dolor posible, todo su fracaso, pero sobre todo el mío. Y algo está a punto de terminarse, algo a punto de terminarse cuando ahora estoy solo con el vino y ella en la pantalla y los recuerdos que revientan en la cabeza. Y entonces el teléfono vuelve a sonar y pienso que quizá ya se escuchó el nombre del ganador y que todo está a punto de derrumbarse. Y el teléfono sigue vibrando y mi cuerpo tiembla. Y pienso que es mejor contestar, que todo se termine de una vez. Y por eso ahora contesto el teléfono y tiemblo, tiemblo fuerte, cuando escucho que al otro lado una voz está a punto de hablarme

 

© Francisco Ángeles, 2009

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Francisco Ángeles (Lima-Perú, 1977) Estudió literatura en San Marcos. Ha publicado textos de crítica y ficción en diversos medios. Administró los blogs de literatura Porta9 y El Hablador. En 2008 publicó su primera novela, La línea en medio del cielo. Pertenece al comité editorial de El Hablador.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento17_1.html
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