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El otro Thomas Pynchon

por Omar Guerrero Alvarado

 

I´m afraid I am
Thomas Pynchon. Gravity´s rainbow.

 

Mi nombre es Thomas Ruggles Pynchon.


No es un error. Es sólo una coincidencia.

Tengo el mismo nombre y el mismo apellido, pero no soy ese escritor oculto que todo el mundo ansía conocer. Sí, ya han sido muchas las veces que me han confundido, convirtiéndome inmediatamente en objeto de burlas o también de muchas loas. Otras veces –aunque parezca increíble– he recibido propuestas indecentes de jóvenes intelectuales que me creen esa persona a la cual admiran en demasía.

Nunca imaginé que un simple caso de homonimia podría afectar mi vida. Tengo la certeza que mucha gente en cualquier ciudad del mundo suele tener más de un homónimo. Yo tengo uno que es bastante peculiar.

Hasta hace unos años desconocía la existencia de este escritor. Nunca en mi vida había tenido relación con él ni con la literatura. Soy una persona que lee poco y mucho menos escribe. Puedo decir también que no tengo la apariencia de alguien que impresione a primera vista. Mi aspecto es considerado como la de una persona común y corriente. Estoy bastante lejos de parecerme a una estrella de rock o de cine. Nunca he salido en la televisión ni he ganado ningún tipo de lotería. Ni siquiera soy capaz de causar la más mínima impresión en alguien, a menos que mencione mi nombre, produciendo inevitablemente una confusión que siempre tiende a multiplicarse. Por eso me sorprendió aquella vez que esa multitud se abalanzó sobre mí después que dije mi nombre: Thomas Pynchon.

Este hecho sucedió cuando salía con una joven estudiante de letras, que un día, sin ninguna mala intención, me invitó a visitar su universidad. Ahora ya ni recuerdo el nombre de esta joven, pero sé que ella nunca podrá olvidar el mío, así como tampoco podrá olvidar la cara de pánico que puse al sentir todo ese silencio y asombro cuando me presentó ante sus compañeros de facultad, haciendo luego que toda esa muchedumbre de jóvenes intelectuales me fuera rodeando como si se tratara de una inusual cacería literaria. Tuve suerte de poder salir vivo de allí. Mi instinto de supervivencia me hizo correr como nunca antes lo había hecho, escabulléndome entre salones y pasadizos, abriendo puertas y también trancándolas. Hasta salté de un alto ventanal para poder llegar a mi auto y huir. Después de lo ocurrido –como es de suponer– nunca más volví a ver a esa joven estudiante de letras, tampoco regresé a esa universidad ni por casualidad. Aun así seguía sin conocer el porqué de esa extraña reacción masiva. No lograba entender cuáles eran las intenciones de esos muchachos y muchachas al saber que yo me llamaba Thomas Pynchon. Lo supe después cuando un compañero de trabajo me mostró el libro ganador de un importante premio. Nadie en el trabajo lo podía creer –yo tampoco– pero allí estaba mi nombre. Thomas Pynchon, autor de la voluminosa novela Gravity´s rainbow, National Book Award de 1973.

Desde ese momento recién tuve conciencia de ese otro Thomas Pynchon, considerado como un completo fantasma. Un fantasma que escribía. Un escritor sin rostro que nunca concede entrevistas ni se presenta en público, pues para la premiación del National Book Award de ese año no se le ocurrió mejor idea que enviar a un payaso en su representación, según así lo informó la prensa.

Lo primero que hice fue acabar con mi etapa de persona no lectora, por eso recorrí las librerías para saber qué tan gran escritor es este Thomas Pynchon. El resultado fue realmente sorprendente. Tres novelas. Tres libros. Tres objetos compuestos por una cantidad de páginas llenas de palabras. ¿Pero a qué palabras se estaba refiriendo?, pensaba mientras los observaba: V, The crying of lot 49 y Gravity´s rainbow.  Tres títulos que estaban ante mis manos y ante mis ojos, adquiridos ya para asumir luego el desvelo sólo para conocer palabra por palabra lo que decía este hombre a través de su imaginación, de sus palabras y de sus personajes.

No puedo negar que al terminar de leerlo aumentó considerablemente mi obsesión de querer saber más de este Thomas Pynchon, el cual ya era considerado todo un escritor de culto en los circuitos literarios e intelectuales. Por eso pagué a jóvenes lectores, libreros, profesores y hasta escritores para que me mantengan siempre informado sobre mi singular homónimo.

Muchas veces he intentado que mi vida vuelva a tener un curso normal, pero es imposible. En el trabajo algunos todavía siguen creyendo que yo soy ese escritor sin rostro. Hasta se les ha ocurrido la idea de querer ganar dinero revelando la identidad de este escritor a través de mí. Más de una vez han aparecido reporteros y fotógrafos de distintos medios que al verme concluyen que se trata de una farsa. (Ya les he dicho que mi imagen no causa mayores impresiones). A pesar de eso, hay algo bien cierto. Yo sí soy Thomas Pynchon. Thomas Ruggle Pynchon, nacido coincidentemente en el mismo año que mi homónimo, 1937, tal como figura en mis documentos de identidad.

La verdad es que no me alegra ser el otro Thomas Pynchon, pero tampoco reniego de aquello porque sé que involuntariamente estoy entrando a su territorio. En el espacio de ese escritor, que así no quiera, y así no lo desee, ya se ha convertido en parte de lo público.

¿Te gustaría ser él?, me preguntó en una ocasión un reportero que también escribía.

Yo ni siquiera pude responderle sí o no, simplemente atiné a decir que lo único que realmente me gustaría era saber quién es.
           
Entonces el reportero-escritor no pudo esconder esos ojos involuntarios y poseídos para finalmente decir que él podría llegar a matar por saber quién es, o algo mejor –o tal vez peor–. Él llegaría a matar por ser Thomas Pynchon.
 
Había tanta sinceridad en lo que decía que después entendí que ese no sólo era el deseo de ese reportero sino también de esa otra gente a la que yo pagaba para que me mantuvieran informado de cualquier noticia pynchoniana. Entonces entendí que a través de esa obra y ese ocultamiento había surgido una extraña enfermedad que afectaba a todos los que se habían sucumbido en la literatura de mi homónimo, la cual tendía a propalarse como si fuera una pandemia, y eso me causaba más que pánico.
           
Para evitar mayores problemas decidí cortar con los servicios de esos informantes pynchonianos. Sólo mantuve mi amistad con uno de ellos. Un viejo librero que por su edad era evidente que no tenía los mismos deseos extremos de los otros pynchoneanos infectados. Cada vez que me veía pasar por la puerta de su librería, este viejo librero me detenía sólo para brindarme cierta información sin esperar nada a cambio. Y es que en realidad, y por más que intentaba ocultarlo, yo no podía dejar de estar pendiente de las noticias acerca de Thomas Pynchon.
           
Tal como se lo dije al reportero-escritor con tendencias criminales, mi mayor deseo era saber de quién se trataba. Quería verle la cara para decirle que él se llama igual que yo, o que yo me llamo igual que él, ambos nacidos en el mismo año y en la misma ciudad. Decirle además que yo no era escritor ni intelectual, pero que ya había leído todos sus libros. Y que por más absurdo que sonara, lo único que deseaba era ser su amigo, nada más.
           
Una noche pasé por la puerta del local de mi viejo amigo librero pynchoneano. Y allí lo encontré, feliz, mostrándome el ejemplar de Slow learner, el nuevo libro de Thomas Pynchon, quien volvía aparecer con su obra después de once años. (Según mi viejo amigo librero, ese largo tiempo de silencio se debió únicamente a que Thomas Pynchon ya tenía conocimiento de esa extraña enfermedad pynchoneana que se había extendido y que singularmente llevaba su nombre). Sin mayor preámbulo mi viejo amigo librero pynchoneano me dijo que este libro de relatos había salido ese mismo día y que ya había causado un gran revuelo entre sus lectores. Sin dejar de prestarle atención, y como es obvio, yo tomé un ejemplar de Slow learner y lo compré, agradeciéndole infinitamente por la información. Fue justo cuando me prestaba a retirarme con mi ejemplar de Slow learner bajo el brazo que ocurrió aquello que llamó mi atención. Mi viejo amigo librero pynchoneano rompió en cólera, deteniéndome en la puerta como si le estuviera robando. Pensé que en un primer momento había ocurrido un problema con el dinero, pero esa no era la razón. Se trataba de mi falta de entendimiento y voluntad ante lo que él intentaba decirme. La verdad es que él no deseaba que yo me fuera contento después de haber comprado el nuevo libro de mi homónimo, como había llegado a pensarlo, sino que me estaba dando la mayor de las pistas, o quizá, la única pista para llegar a ese Thomas Pynchon desconocido. La vanidad, me dijo. La vanidad de todo escritor de ver su creación a la vista del resto, como una tentación que hay que pagar para deleitarla. Sí, el nuevo libro es la tentación de sus lectores y también la vanidad de su autor. Luego ya no pudo explicar más esa deducción dada sólo en su cabeza, simplemente afirmó que él, el Thomas Pynchon escritor, iba a estar allí, en su librería, así como yo lo estaba en ese momento, sólo para corroborar que la gente acudiría allí con la única intención de poder leerlo. Sí, leerlo. Y él va a querer ser testigo de esa única veneración que es la lectura.

Al oírlo decir todo eso, no me quedó ninguna duda que la enfermedad pynchoneana podía hasta hacer delirar a quien menos la padeciera.
           
Pueda ser que yo también esté padeciendo ese delirio sin percatarme de ello, por eso al día siguiente, apenas abrieron las puertas de la librería, yo ya estaba allí con toda la paciencia necesaria para esperarlo, para intuir su presencia, su mirada, y luego decir su nombre, mi nombre, y reconocerlo, así él lo negara. Eso es lo que esperaba. La negación que sería la respuesta asertiva a lo que durante tanto tiempo había esperado. Dar con la presencia de un hombre que escribía y que era considerado como un fantasma.
           
Mientras esperaba frente a la exhibición de Slow learner, me iba convirtiendo en un ansioso testigo de la venta de un ejemplar tras otro. Era un síntoma evidente de la enfermedad pynchoneana, pensé mientras veía cada gesto, cada apremio de la gente sólo para leer el nuevo libro de Thomas Pynchon. Entonces yo ya no podía evitar sentirme como si fuera él. Cada libro vendido lo veía como un triunfo, como si yo fuera el verdadero Thomas Pynchon que escribe. Y era cierto, surgía cierta vanidad de ver una respuesta masiva sobre algo que muchos aún consideran insignificante: un libro, un simple y sencillo libro. Un peculiar objeto con una cantidad de páginas llenas de palabras, como yo antes les llamaba… Y así seguían vendiéndose, uno tras otro, como un placentero acto repetitivo que devoraba el tiempo. Mi viejo amigo librero pynchoneano a veces pasaba por mi lado pidiendo paciencia, sólo eso, y reía mientras sus ventas crecían a cada minuto. Era cierto. Se trataba de tener mucha paciencia ante algo que podía parecer tan nimio. Así es esta enfermedad pynchoneana. De pronto se cruzó por mi cabeza la absurda idea de que tanto mi viejo amigo librero pynchoneano y yo nos estábamos dejando llevar por la intuición de una vanidad que tal vez el mismísimo Pynchon no tenía. Por algo siempre aparece una X anónima en lugar de su rostro en las solapas o en las contracarátulas de sus libros. Por eso también se colocan a veces esas fotos demasiado antiguas de su juventud que definitivamente diferirían de su aspecto actual, además del hecho de nunca presentarse en público, porque realmente odia todo esto, odia tanto como se deleita, y en esa contradicción vive como lo hace un escritor como él, capaz de provocar una extraña enfermedad llena de absurdos, y que al parecer resulta incurable. 
           
El día pasaba como un recuerdo y casi ya no quedaban ejemplares de Slow learner. Ya era de noche y faltaba poco tiempo para cerrar la librería. Sabía que mi viejo amigo librero pynchoneano todavía guardaba las esperanzas a pesar de ya no decirme nada. Sólo observaba la hora en su reloj de pulsera tan igual como yo lo hacía, hasta que sucedió lo que tanto habíamos esperado.
           
Aquellos pasos fueron como un temblor. Su mirada sobre los pocos ejemplares que quedaban fue la luz que tanto tiempo había esperado. Cogió un ejemplar de Slow learner y dijo algo mientras yo lo observaba detenidamente, sabiendo muy dentro de mí que sí era él, de que esta vez no podía haber ningún error. Había mucho silencio, a pesar de eso parecía que no existía nada más que el autor y su obra. Finalmente él dejó el ejemplar en su sitio con la intención de retirarse. Fue justo en ese momento que yo decidí dirigirle la palabra.
           
¿Thomas Pynchon?, pregunté.

Él ya se había detenido dándome la espalda.
           
¿Thomas Pynchon?, repetí. Y él aceleró el paso para salir cuanto antes de la librería. Yo corrí y con mucha osadía sujeté su brazo, y en respuesta a mi acto encontré en sus ojos una especie de odio y piedad mostrados de una manera demasiado singular, tan propia de alguien que sólo desea permanecer aislado sin que lo molesten, por eso sólo me quedó contemplar esa expresión como nunca antes lo había hecho ante nadie, sabiendo además que ya me había convertido en un completo impertinente. De esta manera entendí que ese no era el momento ni lo sería jamás, porque indefectiblemente había llegado al punto culminante de todo lo absurdo. Lo confirmé cuando sentí su brazo desvanecerse entre los dedos de mi mano. Pues ya no quedaba la menor duda, Thomas Pynchon realmente era un fantasma.

Después de lo que aconteció esa noche no volví a pasar por la librería de mi viejo amigo librero. No volví a saber nada más de él ni de los demás informantes pynchoneanos, pues ya había tomado la firme decisión de recluirme en mí mismo, en mi propio mundo, convirtiéndome también en un inaudito fantasma. Y lo hice, aunque a usted le parezca increíble, porque ha sido justo después de colocar el punto final de este escrito que yo ya he dejado de ser yo. Yo simplemente ya he desaparecido. Yo ahora soy un fantasma.

 
Adenda:

  • El título original de este texto es “The last words of the other Thomas Pynchon” publicada en la ya desaparecida e inhallable revista Writers en su edición de 1985.
  • Después de la publicación de Slow learner (1984), Thomas Pynchon ha publicado las novelas Vineland (1990), Mason y Dixon (1997), Against the day (2006) e Inherent Vice (2009). Según se sabe, Thomas Pynchon aún goza de una salud bastante estable a pesar de su avanzada edad. Su nombre no deja de vocearse para el premio Nobel de Literatura.
  • Después de la publicación “The last words of the other Thomas Pynchon”,el otro Thomas Pynchon, iniciador de los pynchonianos en Nueva York, desapareció por completo sin dejar el más mínimo rastro. Se especula que vive en alguna parte de los Estados Unidos como si fuera un fantasma.

 

© Omar Guerrero Alvarado, 2009

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Omar Guerrero Alvarado (Lima-Perú, 1977) Egresado de la licencia en Literatura y de la maestría en Estudios Culturales por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Tiene un blog de reseñas y crítica literaria: Supay Libros. Es colaborador frecuente de El Hablador.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento17_2.html
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