Ana Ávila

José Agustín Haya de la Torre

Luis Valladares

Nehemías Vega Mendieta

Alejandro Susti

Roger Santivañez

Francisco Ángeles

Omar Guerrero

Alejandro Neyra

a Carlos Yushimito

a Miguel Ruiz Effio

a Carlos Rojas Olivos

 

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Dos cuentos de Alejandro Neyra

por Alejandro Neyra

 

 

Cuna de lobos



Ese que está ahí eres tú, abuelito. Eres un hombre lobo.

Dejé de hacer mi crucigrama y volví la mirada a la pantalla. Me sorprendió la seguridad del escuincle, porque lo suyo nunca fue una pregunta sino una afirmación clarísima. Le dije que cuál, que no tenía mis anteojos puestos y yo no veo bien de lejos. Le pregunté qué era lo que estaba viendo a esa hora de la tarde que en mis tiempos llamábamos “matiné” para el cine y las luchas, supongo que porque es una palabra medio francesa que sonaba bien.
Es El Santo y Blue Demon contra Drácula y el Hombre Lobo. Tú eres uno de los hombres lobo. Te acaban de matar.

Nuevamente el tono firme de certeza me produjo escalofríos. Hacía muchísimos años que no veía esa película, aunque la recordaba bien, muy bien, por supuesto. Le pregunté entonces cómo podía estar tan seguro de que yo fuera un hombre lobo. He visto una foto de cuando eras joven –me contestó. Eres igualito, con barba y todo, a ese hombre lobo que peleaba contra el Blue Demon y que se desvaneció cuando El Santo le clavó la estaca a Drácula y lo mató.

¿Qué le podía decir a mi nieto? ¿Que no era yo? ¿Qué yo nunca actué y menos en una de esas películas populares de la serie de El Santo y Blue Demon? Me acerqué al niño y observé cuidadosamente la acción en la pantalla, con el oculto deseo de aparecer nuevamente, de que la película cambiara inesperadamente de final y los hombres lobo resucitáramos para vengarnos de los luchadores enmascarados. Quería ver de nuevo a los hermanos Gutiérrez. Pero nada. No sé si alguna vez los malos pueden vencer a los buenos en las películas. Supongo que no. O al menos no en las mexicanas. Todo lo que veo es que El Santo asesta un golpe exageradamente falso a los monstruos, que caen a una fosa llena de puntas de lanzas. Así mueren ellos y toda una horda de vampiros y seres peludos. Para entonces, era cierto, yo ya había desaparecido luego de un fuerte golpe a mano abierta de Blue Demon que me había arrojado a la misma trampa mortal. ¿Cómo me pudo reconocer este chamaco?

Tenía casi cuarenta entonces. Usaba la barba larga y desaliñada. Mi hijo acababa de nacer y yo había perdido la chamba. No le había dicho nada a mi vieja. Pero no quería regresar a casa. Estaba casi decidido a huir, a irme de la ciudad… o del país, si era necesario. Cruzar la frontera, convertirme en alguien más. Iba a abandonar a mi mujer y a mi hijo recién nacido, a convertirme en uno de esos monstruos egoístas que huyen de la responsabilidad. Uno de tantísimos monstruos. Tenía pánico de mi futuro. Sabía que no iba a ser fácil engancharme de nuevo en ese momento, pleno 1973 y crisis de los energéticos. Y yo corrido de la planta por reducción de personal, caminaba sin rumbo, pensando en cómo gastar los últimos pesos que me quedaban en el bolsillo. Y de pronto se me cruzó un hombre lobo.

Bueno, no era solo uno. Eran dos, cuatro, diez. Primero pensé que iban disfrazados para alguna fiesta, que iban a hacer alguna broma. Le fui a preguntar a uno que parecía más joven, un lobezno, y me dijo que no, que nada que ver, que su pelambre era real, que necesitaban extras para una película de El Santo, y que para allá iban. Al verme así, sucio y desaliñado, el joven me dijo que los siguiera, que un par de retoques en la barba y seguro me ponían igual. Total, no era por mucho tiempo y la paga tampoco era gran cosa, pero unos pesitos más no caían mal nunca.

Los hombres lobo vivían en manada, y así hacían todo... caminaban, dormían, cocinaban y comían siempre juntos Pertenecían a dos familias de Tamaulipas que se ganaban la vida actuando en circos y freak shows. Para no confundirse y facilitar las cosas de los contratistas y de ellos mismos, se llamaban simplemente Gutiérrez. Todos eran hermanos para cualquier efecto; era mucho más sencillo y evitaba cualquier confusión o malentendido, y además les daba un espíritu de cuerpo que necesitaban para hacer fuerza de grupo… de manada. Así fue que, cuando casi desvariaba por el hambre y sin nada que perder, los Gutiérrez me adoptaron como uno de ellos.

La caminata fue larga, pero valió la pena. Al llegar al set de filmación fuimos pasando todos, uno a uno, delante de un hombre que  apenas nos decía nada. A algunos les dio unas ropas diferentes. Para otros, yo entre ellos, no había disfraz ni nada más. Todo iba pasando muy rápido. Ya solo faltaban unas cuantas tomas para terminar la película. Prácticamente solo faltaba la larga secuencia de la pelea final de los luchadores contra los hombres lobo. Ni siquiera se molestaron en preguntarme nombre o edad, era un Gutiérrez más. Y entonces apareció El Santo.

Papá, ¿sabías que abue fue una estrella de cine? –dijo mi nieto apenas estuvimos sentados en la mesa. Tres generaciones de Oliveras comiendo un grasoso pollo del KFC entregado a la puerta, como cada domingo. ¿El abuelo? –preguntó mi hijo, mirándome sorprendido, haciendo una mueca complicada– muy distinta a la careta de aburrimiento que llevaba últimamente. Su matrimonio está destruido hace un tiempo y lo único que le quedamos son su hijo y yo, más mascota o perro guardián que padre y abuelo. Pero allí estaba el chiquillo para sacarnos del hartazgo y preguntarnos por aquella anécdota que ni siquiera mi hijo conoce y de la que han pasado tantos años como su propia vida.

Mi hijo deja su presa de pollo en el plato, se limpia las manos y me dice con cara de sorna que de qué es esa historia del cine que él quiere también conocer. Para él yo no soy más que un viejo inútil, casi un estorbo para su prominente carrera de abogado, pero que al menos sirve para cuidar la mansión familiar y al hijo que tiene la obligación de tener un fin de semana cada quince días por orden judicial. Y empiezo la historia que nunca antes conté, con rabia, con ganas de darle una trompada a ese hijo insolente que ni siquiera sabe quién es su padre. Y empiezo con El Santo, porque sé que para él es todavía un mito. Luego vendrá mi historia, más que un mito… una leyenda.

Cuando lo conocí, El Santo ya estaba viejo. Su voz, a diferencia de aquella de las películas, arrastraba las consonantes –no con el acento típico de los de Hidalgo, aunque no sé si porque era de Tulancingo y no de Pachuca, o por simple cansancio. En todo caso, su timbre era seco y triste. No aquel vozarrón de las películas –en la que lo doblaban igual que a Blue Demon, que aunque con voz rauca poseía una dicción terrible. Porque aunque suene absurdo, aunque los luchadores hablaran el mismo idioma, ya el marketing de ese entonces obligaba a poner buenas voces a los actores. El hecho es que cuando lo conocí, El Santo tendría casi cincuenta años y su cuerpo no era el mismo que cuando se volvió famoso como luchador, allá por los cincuentas. En ese entonces seguía siendo ídolo en los rings y las historietas, pero peleaba cada vez menos. El cine era menos exigente y daba más dinero. Él ya estaba un poco gordo y se le notaba lerdo. Sin embargo, es cierto que aun con aquella entonación errática y la voz seca podía entretener a todos contando historias y anécdotas de sus peleas entre escena y escena. No había mucho tiempo libre –se filmaba casi sin pausas y sin repeticiones— pero recuerdo todavía varias de esas historias, en las que contaba sus grandes hazañas en el cuadrilátero, como si él mismo creyera que toda la farsa de las peleas fuera real y la vida el verdadero engaño. Pensándolo bien, quizás sea un poco así.

Blue Demon era un poco más joven y simplemente escuchaba. Pese a que su porte era mucho más imponente, sus maneras eran las de un muchachón humilde, temeroso de perturbar a los otros, y especialmente al Santo, a quien trataba como lo que era: su ídolo. Pero bueno, esta no es la historia de los luchadores. Ese fue apenas un entremés.

Los Gutiérrez habían trabajado en distintos circos haciendo un poco de todo. El problema que tenían es que no eran especialmente hábiles para hacer malabares o acrobacias, o para contar chistes. De hecho, la mayor parte del tiempo la pasaban en tareas normales de limpieza, armando las carpas y dando de comer a los animales. Pero claro, tenían una presentación, que la verdad no era sino una cuestión de historias inventadas antes que de reales actos circenses. Lo único que hacían era salir a escenificar malamente los relatos que los distintos dueños de circo les imponían. En el circo Mantecón hermanos, por ejemplo, los hacían herederos de una antigua maldición gitana, todos hijos de la luna y de un incesto indeseado. En el circo de los Hermanos García Pérez, los hacían vestir con unas ridículas falditas hawaianas y los hacían miembros de una misteriosa tribu perdida del Pacífico –descubierta por un cineasta alemán de apellido Murnau, desaparecido aún más misteriosamente. En otros circos extranjeros, como el Ringling Brothers o el Cavallini, sus historias eran aún más difusas y exóticas, pero sus papeles eran casi siempre iguales. Caminar con pasos simiescos, emitir aullidos de dialectos pretendidamente olvidados, a veces articular unas cuantas palabras. En otras palabras, los Gutiérrez no eran más que monigotes que se ganaban la vida como fuera, y por eso aparecieron como extras en aquella película de El Santo y Blue Demon. Fue una suerte que nos encontráramos en el camino, como el hambre y la necesidad.

Yo, por mi parte, nunca fui ni alumno aprovechado ni un trabajador ejemplar. Pero desde niño tuve una fascinación: el cine de terror. Fue cuando un amigo me convenció de escaparme de la escuela para ver Drácula que mi vida cambió. No sé cuántas películas vi, pero sé que fueron muchas… muchísimas. Yo mismo no entendía por qué me gustaban tanto esas películas de monstruos y misterio. Porque nunca me dieron miedo, ni siquiera la primera vez. Pero me fascinaban esos personajes distintos, tan diferentes que echaban pelos por todos lados, o volvían de la muerte para chupar la sangre con sus colmillos afilados o sus cabezas planas. Me gastaba el poco dinero que ganaba en las “matinés” mientras me deslomaba haciendo lo que fuere en cuanta chambita encontrara, casi siempre en los horarios de noche de las fábricas. Yo también, como los personajes de mis películas, era un ser nocturno, que dormía de día, iba al cine por las tardes y trabajaba por las madrugadas. Así hubiera transcurrido mi vida sin apuros, quizás si no hubiera conocido a mi mujer, una chiquilla coqueta y juguetona que se me cruzaba siempre por las mañanas cuando ella iba a la escuela de enfermeras y yo salía de la ensambladora de autos, aquella de donde me echarían luego por reducción de personal. Hasta entonces, siendo yo casi un cuarentón, ni siquiera me había fijado en muchas mujeres, y si iba al burdel era más por acompañar a mis compañeros de la chamba antes que por propia necesidad. Con ella fue distinto, no sé por qué, pero bueno, me imagino que la mayoría de cosas no se llega a saber en la vida… o al menos en esta vida.

Cuando terminó nuestra efímera participación en la película de El Santo, me quedé con los Gutiérrez. Fui a casa a despedirme de mi mujer y del pequeño. Le dije que me iría un tiempo a Monterrey, donde me habían ofrecido una chambita que nos permitiría salir del apuro. Hasta entonces, no tenía idea de lo que podría hacer yo con los lobos, pero para mí no había otra opción. Los convencí pronto de montar un espectáculo novedoso y distinto, sobre el que todavía no tenía mucha idea, pero que –les dije– nos daría de comer mejor que haciendo el ridículo por ahí; ellos aceptaron sin chistar, pues después de todo no les quedaba de otra, y preferían trabajar conmigo, que parecía un tipo honrado, que con tanto desalmado y explotador suelto en el mundo del circo. La cuestión para mí era inventarse una buena historia, lo demás vendría por añadidura. Así que decidí escribir una pequeña leyenda en la que pudiera participar toda la lobería. Tenía que ser algo fácil porque de verdad los Gutiérrez no tenían ningún talento. Mucho pelo, sí, pero pocas habilidades para aprenderse diálogos y esas cosas. La idea tenía que seguir la pauta de las tradiciones orales, tan populares en México. Al menos esa era la idea cuando comenzamos. Yo sería el que contara las historias y ellos los que la representaran. De inmediato, juntamos lo poco que ganamos y nos fuimos a Monterrey, después de todo no quería que el engaño a mi mujer fuera completo. En el mero camino, montados en un camión viejo y repleto de gente, terminé de escribir la historia que nos sacaría del mundo de los sobrevivientes y que para mí terminaría en esto que soy ahora. El título de nuestra representación fue “Cuna de Lobos”.

Los aficionados de las telenovelas deben recordar perfectamente la historia de Catalina Creel, la villana más famosa y odiada de México. Aquella mujer desalmada que torturaba a su hijastro ocultándose un ojo con un parche pirata, solamente para hacerle creer que él se lo había sacado con un golpe de su inocente trompo. Aquella mujer que robó al hijo de una mujer para cobrar la herencia que su esposo no le quiso dejar. Aquella mujer que hizo volar en mil pedazos el avión en el que viajaba su hijo y su nuera pensando que viajaban en él su hijastro y su mujer. Nadie sabe que la primera intérprete de Catalina Creel fue Armandina Gutiérrez, una mujer-lobo de a de veras, cubierta de pelos de pies a cabeza, y que al principio apenas se podía aprender unas cuantas líneas.

“Cuna de lobos” empezó, pues, siendo un relato narrado por mí casi en su totalidad y recitado por primera vez en una plaza –Matamoros, creo que se llamaba– de Monterrey. Al principio fuimos a las casas más pobres, donde era seguro no había televisión para distraerse, y los invitábamos a la función, que sería cada día a las 8 de la noche, aprovechando la última hora de luz de aquella plaza; de ese modo no teníamos que salir corriendo por si llegaba algún policía. Al principio pensé que podía tratarse de una historia de terror, lo más propicio para una tropa de hombres lobo. Pero aquella misma noche de la primera función me di cuenta que la gente pobre vive su propia historia de terror cada día y lo que ellos quieren es historias de amor, odios, traiciones y muerte, Historias de la vida real, pero en la que las cosas les pasen a otros. Nadie quiere enterarse de lo que sucede en Transilvania o en Europa. Ellos querían sangre mexicana, que tiña de rojo como la suya, pero que al mismo tiempo no fuera propia sino de aquellos fresa que viven en colonias de ricos. Quieren saber si esos hombres son también como ellos o son de otra especie, como los hombres lobo. Yo, por supuesto, no tenía idea, pero aquella primera noche había empezado con una leyenda que transcurre en Alemania, en la que nobles teutones se transforman con la luna llena. Mi enredado relato causó pocos aplausos en la esmirriada ausencia. Lo importante fue que al final un joven se acercó y me dijo que la historia era un poco rara y que la verdad no le interesaba mucho lo que pasara en un lugar que ni siquiera sabía dónde estaba.

Con esfuerzo, convencí a los Gutiérrez de salir de nuevo a llamar a la gente para una nueva presentación la noche siguiente. Tratamos de convencer a todos que aquella primera velada había sido solo una introducción a la real historia, que ocurría en el DF y que era sobre una familia rica de origen extranjero. Durante el día fuimos con los Gutiérrez por las colonias ricas a pedir ropa y conseguimos algunos trajes viejos, donados más por curiosidad de ver a los hombre-lobo antes que por verdadera caridad. Aquella noche empezó realmente la historia de novela. Fue casi un milagro, pues los Gutiérrez, esta vez con trajes y vestidos, parecían transformados y hasta decidieron lanzarse con algunos diálogos improvisados, que no eran más que recriminaciones o palabras de amor que ellos mismos habían dicho o sufrido antes. La audiencia esta vez fue mucho más receptiva, y para la tercera noche la plazoleta estaba casi llena. Nadie parecía estar interesado en que los personajes de aquella historia fueran lobos o vampiros, era simplemente que la historia para ellos era igual que las suyas, pero con nombres extranjeros. Para la gente los ricos eran blancos, o estaban cubiertos de crines o lana, eso daba igual. Lo importante era ver cómo los ricos también lloran, ríen, se enamoran y se matan. Para la segunda semana era claro que lo nuestro era ya una novela, que iba redactando por las noches luego de la función y que discutía por las mañanas con los Gutiérrez, animadísimos ya con sus roles. Es cierto que no había mucha lana; nuestro público era pobre. Pero teníamos el cariño de la gente, que por el día nos invitaba de comer y beber, y comentaba con nosotros sobre la función de la noche anterior. Éramos protagonistas de un éxito novelesco en plena plaza pública.

Cuando culminamos la primera representación de Cuna de Lobos, en la plazoleta no cabía un alfiler. Aquella noche sí pudimos juntar un poco de dinero y celebramos hasta bien entrada la madrugada. Gracias a unos conocidos pude mandar un poco de dinero a mi mujer y a mi hijo. Decidimos entonces ir a una plaza más grande. Toda la gente que vio Cuna de Lobos fue nuevamente para ver esta segunda versión, mejorada y extendida. Con las novelas, sean de televisión o de la calle, los hombres se vuelven como los niños: se sabe ya lo que va a ocurrir, pero igual nadie se cansa de verlo y escucharlo una y otra vez, porque siempre queda la esperanza de que algo pueda cambiar.

En todo caso, lo cierto es que los lobos parecían haberse despabilado y actuaban ahora como verdaderos galanes y heroínas de la tele, inventando sus propios diálogos y reacciones. No exagero si digo que en total para esta segunda representación debió haber por lo menos unas mil personas en total. No temíamos a los policías ni a nadie que molestara porque todo el que iba se quedaba casi hipnotizado con nuestra obra. Con el dinero recaudado pudimos alquilar un teatro casi abandonado en el centro mismo de Monterrey, de modo que ahora podíamos cobrar entradas y hacer varias presentaciones en un mismo día. Cuna de lobos se convirtió en un verdadero fenómeno popular. Adonde íbamos éramos recibidos con homenajes y bandas de música. No miento cuando digo que recorrimos los treinta y un Estados de México, porque eso sí, me prometí no hacer la presentación en el DF, adonde iba cada verano para poder estar con mi mujer y mi hijo. Por supuesto, eso era parte de mi propia novela familiar. 

Mi mujer pensó todo el tiempo que yo trabajaba en una fábrica de zapatos. Ya no me quería –lo podía intuir cada vez que regresaba a casa, apenas unos días al año para verlos a ella y a mi hijo. Pero en sus ojos cada vez más oscuros y tristes también había agradecimiento porque igual con el dinero que enviaba ellos habían podido mudarse a una colonia mejor y mi hijo entrar en un colegio de curas. No pienso justificarme, porque sé que nunca le di a mi familia el cariño que se merecía; pero es cierto también que todo lo hacía por ellos. Es difícil admitir que yo mismo fui un lobo egoísta antes que un buen padre. Reconozco que me gustaba la vida que tenía con los Gutiérrez, de trashumantes inquietos y famosos en los barrios más pobres de México. Quizás exageré. Puede que hayan sido demasiados años lejos. Mi mujer murió en un accidente y yo no me enteré sino meses después. Por suerte, a mi hijo lo cuidaron los curas del colegio que sabían de su situación familiar y que lo apreciaban por  su seriedad para los estudios. Pasaron once años así y quizás hubiera sido toda la vida si no se me hubiera cruzado aquel muchacho de Televisa que me dijo que debía escribir una historia para la televisión. Y pensándolo bien, es curioso que todo eso hubiera pasado desapercibido, pero en fin, México es tan grande y tantas son las diferencias que quizás tampoco sea tan sorprendente. Nosotros, los encargados de la diversión del pueblo jamás nos cruzamos con gente que pudiera estar interesada en nosotros para algo más importante.

Mi guión de Cuna de Lobos fue cambiado sustancialmente, es cierto, pero no lo suficiente como para que no me reconocieran mis derechos sobre la historia. La parte inicial en Alemania, por ejemplo –que a mí me gusta tanto y donde se explica la leyenda de los hombre-lobo Creel— no fue tomada en cuenta, pero los detalles más escabrosos sí. Al final, mi pretendida historia de terror se había convertido en una telenovela, aunque claro, no en cualquier culebrón sino en la serie más vista de la televisión mexicana. Es cierto que gente se le lanzaba en la calle a María Rubio –la villana que hacía de Catalina Creel—  para insultarla y que el día del capítulo final todo México estuvo frente a las pantallas para ver qué le sucedería a los Larios, que fue el apellido que le pusieron a la familia, en lugar de Gutiérrez, que era el nombre que a mí me hubiera gustado, pero que es cierto, no tenía pegue para familia ricachona de novela. Después de eso –más por agradecimiento que por otra cosa— me contrataron como ayudante de guionistas, pero la verdad nunca pude crear otra historia como Cuna de Lobos. Apenas si ayudé con algunas historias extravagantes y en una serie que produjo Televisa para hacer una especie de Dimensión Desconocida en versión mexicana. Fue un fracaso, claro, la vida en México ya es parte de una historia de terror y de una dimensión desconocida; la gente no necesita más de eso.
 
¿Los Gutiérrez? La última vez que me encontré con uno de ellos me contó que se habían separado. Unos estaban en el circo Fuentes Gasca haciendo giras por Sudamérica y otros simplemente se habían retirado de la vida artística para vivir con alguito de lo que ganamos en aquellos años de gira.

Lo siento, hijo –le digo dirigiéndome a él por primera vez, mientras veo que está oscuro, y que mi nieto se ha quedado dormido junto a su plato de papas fritas. Al final, quizás el monstruo fui yo. A ustedes los abandoné por mi propia aventura de terror. Y, ya ves, ahora tú, pese a todo, me dejas vivir contigo y con el pequeño Edgar cuando nos visita. Todo pasa así, ¿no? La vida es como las novelas, a veces. O como las películas de El Santo, en la que hay buenos y malos. Yo ya estoy viejo y no quiero saber lo que soy. Discúlpame.
  
Levanto la vista para fijarme en los ojos de mi hijo, que me ha escuchado atento y que –puedo intuirlo– tiene lágrimas contenidas. Se para y se acerca a mí, abrazándome y besándome en la cabeza. Me alegro mucho de comprobar que, pese a todo, mi hijo no es un lobo.

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La vida sexual de los guepardos

 

Los guepardos, macho y hembra, duermen luego de aparearse. Su sueño es tan profundo que uno puede acercarse a ellos sin mayor cuidado e incluso acariciar su apreciada piel.

Eso es lo que recordaba haber escuchado de mi mujer antes de quedarme dormido. Lo último que ella me dijo por la mañana antes de salir de casa fue que cuando había intentado mostrarme la foto en la que los autores del artículo posaban sonrientes junto a la exhausta pareja de felinos, descubrió que, como solía suceder, yo ya estaba –como un engreído gato gordo– ronroneando, feliz y desvergonzado. Luego de que ella partiera, hojeé la edición del National Geographic, y decidí que era hora de cambiar definitivamente mi vida. Después de todo, esa no era la primera lectura ni el primer intento de mi mujer para llamarme la atención por aquel desconsiderado hábito que yo atribuía a la fatiga luego de una intensa actividad física… como le debe suceder a los guepardos.

Quizás debo aclarar algo para que no piensen que soy el típico marido machista y desatento, que prefiere dormir en lugar de quedarse viendo y escuchando a una mujer a) aburrida, b) vieja, c) gorda o d) todas las anteriores. No, para nada. Mi mujer es hermosa. Y no es que sea pretencioso. A sus casi treinta años sigue siendo modelo de lencería y estoy seguro es el objeto de deseo de muchísima gente –frase que a ella le encanta repetir, pues es ferviente seguidora de Freud, Lacan, René Girard y del psicoanálisis en general. Es más, quizás sea ella el modelo de cuerpo femenino que tienen en mente todos los adolescentes, jóvenes y adultos de las ciudades más importantes del mundo, que ven cada día su torso esbelto y perfecto en la televisión y en paneles publicitarios. Y eso en cierto modo me enorgullece. Nadie sabe que es ella –quien curiosamente adora los vestidos amplios y la ropa deportiva—  la dueña de esos senos pequeños pero firmes, de esa cintura perfecta y de ese estómago plano coronado con un ombligo delicioso. O bueno, lo sabemos ella, yo, y algunos cuantos diseñadores, fotógrafos y dueños de las firmas publicitarias más importantes del mundo.

Fue así como la conocí un día –o mejor dicho, una noche— mientras yo asistía desganado a una invitación más de la compañía que maneja la publicidad de mis empresas, que aquella vez había tenido la única idea realmente buena que les conozco en casi veinte años: invitar también a algunos y algunas de sus principales modelos al cóctel de celebración de fin de año. En aquella ocasión ella vestía curiosamente un hermoso vestido aleopardado que seguramente se hubiera visto espantoso en el 99,9999% de mujeres del mundo (no es una exageración tampoco, he hecho mis cálculos), pero que a ella la convertía en la más genuina belleza felina del mundo. Desde que la vi supe que tenía que conocerla, hablarle y hacerla mi esposa. Y bueno, además cuando hablamos me dijo que odiaba ponerse esos vestidos y aparecer como una modelito más cuando a ella lo que le gustaba era viajar, leer y su trabajo como psicóloga.

Porque mi mujer es además inteligentísima. Su familia, por ejemplo, no tiene idea que ella se dedica al modelaje para hacer un poco –bueno, un mucho en realidad— de dinero extra. Ellos solo conocen su lado intelectual, su brillante vida estudiantil, su carrera de psicología, su cariño por su profesión y por sus pacientes. Y bueno, también ese extraño apasionamiento por la psiquiatría, el psicoanálisis, la psicoterapia y casi todo lo que comience con el prefijo “psico”, desde la psicodelia hasta los psicosociales; esa obsesión parece absurda, pero a mí me permitió conquistarla, una vez que luego de mucho tiempo, esfuerzo y dinero invertido, pude regalarle aquella hermosa pintura que se cree perdida de Courbet, Venus y Psique. Ese fue, me dijo ella, la mayor muestra de amor y compromiso que le podía dar, lo que me ahorró en cierto modo la pedida de mano, aquel ritual al que le había huido toda mi vida y que ambos consideramos primitivo y vergonzante. Pero en fin, eso es ya otra historia.

En resumen, pues, quizás no debería ser uno de tantos hombres que se queda dormido apenas después de un encuentro con su mujer. Ella es sin duda una especie en extinción, como los mismos guepardos. Y no solo por su belleza y su trabajo. Mi esposa es encantadora y se complace en compartir conmigo sus intereses intelectuales. Además sabe contar historias divertidas, me comenta sobre sus investigaciones de arte y psicología, detalla graciosamente las sesiones con sus pacientes (lo que no debería comentar, pues es parte de su secreto profesional). A veces hasta me cuenta algunas pequeñas cosas personales e íntimas de lo que sucede en su propia terapia con el que dice que es el mejor psiquiatra del mundo – algo que no se puede gritar a los cuatro vientos.

Estoy totalmente enamorado. No es necesario explicarlo más, creo. Mi mujer es casi mi ídolo… mi religión. Nuestro noviazgo fue corto e intenso y nuestro matrimonio majestuoso. Y yo vivo enteramente para ella, para tratar de satisfacer sus caprichos y sus gustos más excéntricos. Me divierto así, pues mi mujer es mi orgullo. Después de tantos años dedicados a desperdiciar mi tiempo trabajando para hacer que mi corporación sea la más grande del mundo, ella me dio una nueva razón para distraerme, para volver a gozar de la vida. Y por eso decidí que la situación no podía continuar. Yo que podía hacer todo por ella, me quedaba dormido apenas después de unos instantes de pasión. La diferencia de edad tampoco es tan grande como para justificarme. Yo estoy en buena condición física, y después de todo yo creo en ese tango que dice que veinte años no es nada, que ella, por supuesto, me enseñó y me dedicó en una de las cenas en nuestra luna de miel en Seychelles. Pero lo mío parecía inevitable.  Vas a ver que no me duermo - le dije no hace mucho, luego de celebrar nuestro primer aniversario de matrimonio. Y nada. Apenas diez minutos después de terminar de hacer el amor, y pese a que hice mi mejor esfuerzo para conversar, para acariciarla tiernamente, para mantener mi mirada fija en sus intensos ojos azules, ¡paf!, era ya una roca, un pedazo de carne muelle al lado de una mujer… qué digo de una mujer, de una diosa.

Decidí por eso acudir inmediatamente al mejor médico de la ciudad; necesitaba que me recete alguna manera de subir mis niveles de prolactina. Porque la prolactina, eso lo sé por una de las primeras lecturas científicas nocturnas de mi mujer, es la hormona que los hombres perdemos en altas cantidades con el orgasmo. El médico me atendió de inmediato, gracias a una bonificación extra que le prometí y me hizo un chequeo general que confirmó que salvo un leve exceso de peso mi condición física era buena. Me explicó también cómo en algunos casos, efectivamente se puede estimular la producción de prolactina, la hormona que –estaba yo en lo cierto— perdemos con el orgasmo y causa la fatiga natural del hombre luego de una relación sexual. Me propuso por eso un tratamiento que podría ser considerado de largo plazo —con pastillas y ejercicio— pero le expliqué que lo mío era urgente, que quería demostrarle a mi mujer aquella misma noche lo que podía hacer por ella. Y fue así que me propuso un método poco convencional –aunque eficiente, me aseguró— para el que tendría que esperar un día. Unas horas, propuse entonces con mi tarjeta de crédito en la mano, y me dijo que okey, que volviera aquella misma noche a las siete para un tratamiento de shock. Salí un rato a la calle –tenía unas cuantas horas para pasear antes de volver– y quien me recibió al cruzar la puerta del edificio donde estaba el consultorio de mi médico, fue mi mujer. Un inmenso panel publicitario de ropa íntima femenina ocupaba casi todo mi espacio visual, y no puedo negar que sonreí –una mueca tonta o lasciva, o quizás ambas– y me sentí el hombre más feliz de la tierra.

Cuando regresé a mi cita, luego de haberle comprado unas cuantas joyas a mi mujer, el doctor me esperaba con una mujer con el rostro cubierto y con un recién nacido en brazos. Reconozco que disfruté del poco convencional tratamiento: succionar la leche de aquella nueva madre para absorber la mayor cantidad posible de prolactina. Me sentí como un recién nacido chupando la leche de aquellos senos generosos y sin rostro. Luego de un rato de lactar, me debo haber quedado adormilado como un bebé, pero al despertar recuperé la fuerza y me sentí un hombre nuevo. Aquella desconocida samaritana se fue con unos cuantos miles de dólares que le di gustoso, y yo ya estaba listo, ansioso por mostrarle a mi mujer mi nueva fortaleza. A ella además seguramente le interesaría saber más de la parte psicoanalítica del tratamiento, la vuelta a la lactancia, no sé.

Luego de agradecerle al doctor, salí casi corriendo hasta donde me esperaba el Bentley con mi chofer, no sin antes dar una mirada al panel donde estaba mi mujer en su versión amplificada. En el camino urdí el siguiente plan: nos iríamos de vacaciones a Maldivas por un tiempo –con una buena provisión de leche materna, eso sí. Allí no dejaríamos de hablar y de hacer el amor jamás. Luego le propondría tener un hijo con quien compartir su leche, y así ser común e inmensamente felices. No podía esperar para entrar a casa, cargarla, desnudarla y llevarla a nuestro jacuzzi, que ya había previsto nos lo llenaran de champagne. 

Entré corriendo mientras gritaba su nombre, pero era claro que ella no estaba en casa. Miré por la ventana hacia el jardín donde normalmente debía estar su Aston Martin; nada.  Entonces tuve un presentimiento que me heló la sangre. Fui a nuestro cuarto y no encontré nada suyo. Su ropa, sus zapatos, sus vestidos, sus joyas. Todo había desaparecido. Sobre la cama estaba la misma edición antes ignorada del National Geographic, esta vez con una marca en ella. Leí con tensión aquella breve, explícita y desoladora frase resaltada por mi mujer.

Mientras el sueño del macho luego del apareamiento puede extenderse por varias horas, el de la hembra dura apenas lo suficiente para que su apetito sexual se incremente y vaya en busca de un nuevo guepardo suficientemente despierto.Después de todo, en esta especie que practica la poligamia, son las hembras las que tienen el control sobre la frecuencia e intensidad de la cópula en el grupo.

 

© Alejandro Neyra, 2009

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Alejandro Neyra (Lima-Perú, 1974) Bachiller en Derecho por la Pontificia Universidad Católica del Perú y Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Maestría en Diplomacia por la Academia Diplomática del Perú. Se desempeñó como delegado en la Representación Permanente del Perú ante los organismos internacionales con sede en Ginebra y ahora desempeña funciones en el Gabinete del Ministro de Relaciones Exteriores. Profesor de Diplomacia del curso de formación de la Fundación de la Academia Diplomática del Perú y de Comercio Internacional en la Universidad Tecnológica del Perú. Autor de los libros de cuentos Peruanos Ilustres (Solar, 2005) y Peruvians do it better (Sarita Cartonera, 2007), así como de diversos artículos literarios y cuentos publicados en revistas especializadas. Pronto publicará Peruanas Ilustres y prepara otro libro de cuentos –Desastres naturales– de donde forman parte estos relatos.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento17_3.html
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