Ana Ávila

José Agustín Haya de la Torre

Luis Valladares

Nehemías Vega Mendieta

Alejandro Susti

Roger Santivañez

Francisco Ángeles

Omar Guerrero

Alejandro Neyra

a Carlos Yushimito

a Miguel Ruiz Effio

a Carlos Rojas Olivos

 

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Y si el olvido un día nos

por Miguel Ruiz Effio

 

Escribir una carta es enviar un mensaje al futuro;
hablar desde el presente con un destinatario que no está ahí,
del que no se sabe cómo ha de estar (en qué ánimo, con quién)
mientras le escribimos y sobre todo, después: al leernos.
La correspondencia es la forma utópica de la conversación
porque anula el presente y hace del futuro el único lugar posible del diálogo.

Ricardo Piglia, Respiración artificial

 

Virginia baja la vista, mostrando la indecisión que origina su nerviosismo y, con un hilo de voz que se quiebra en las últimas sílabas, suelta la frase temida: Necesito tiempo.

Él no lo puede creer. Guarda rápidamente el anillo de compromiso que le está mostrando y enciende un cigarrillo, tratando de no evidenciar su frustración, su incredulidad por encontrarse en una situación que no había previsto, pero es inútil. Le molesta advertir que la piel de su rostro se humedece en segundos, como si una fiebre repentina hiciera estragos en su expresión, incluso en gestos que creía imperceptibles. Un rumor de batalla crece a su alrededor, transportándolo violentamente a un escenario iluminado por el fuego y la devastación, y cuando por fin logra sobreponerse a los estallidos que parecen aturdirlo, pronuncia dos frases que le parecen suficientes para ese instante, necesarios para no revelar su desazón: Como quieras, llámame cuando estés lista.

De regreso en su habitación, trata de olvidar lo ocurrido minutos antes. Un poco de trabajo me ayudará a no pensar en ella. Busca en los cajones de su escritorio los folios de la investigación que está redactando desde hace semanas: la vida en la capital del Perú durante los años de la ocupación chilena. Le resulta extraña esa sensación de familiaridad con fechas y circunstancias de las que sabe solo por lecturas y que, sin embargo, regresan a su memoria como si se tratasen de recuerdos. Examina con detenimiento los manuscritos que han llegado a sus manos por casualidad y que originaron la elección del tema: documentos, sucesos y cronologías que ha llenado de anotaciones y que aún debe verificar, pero que por sí mismos constituyen material valioso para hacer algo más que un artículo. Miles de potenciales historias germinan en su imaginación, y sabe que únicamente de su talento dependería la invención de una historia que aproveche las líneas y los testimonios que ha descubierto. Por eso debe leer acerca del tema, confrontar las fechas y profundizar en los acontecimientos históricos a los que se alude vagamente entre líneas; pero sin ser demasiado riguroso, por desidia, y también porque un relato no depende solamente de la Historia para sostener su argumento. Además hay que tejer con cuidado, evitando que los sucesos parezcan forzados o antojadizos, y para que las fechas y los lugares estén al servicio de la ficción y no al revés. Pero esa debería ser su especialidad, y precisamente por eso se considera escritor. Porque muchas veces le han dicho que tiene talento, y esta certeza es un compromiso por el que tiene que responder.


1


25 de junio, 1880 (1)
Fue una cita extraña, confusa, dolorosa por los sucesos que acontecieron y que no estuve en posición de cambiar porque ella ya había decidido por los dos. Todo ha pasado demasiado rápido, dijo. En los últimos días se había llenado de dudas, de profundos cuestionamientos que invadían su mente y la aturdían. Yo admití que tenía razón en algunas de sus premisas, sin embargo, argumenté que no había ocurrido nada que vaticinara el fracaso de nuestra relación y sugerí que lo mejor era que pensara las cosas detenidamente. De manera que nos tomaremos unas semanas para poner en orden nuestros sentimientos, y pasado ese tiempo hablaremos.

Pero será difícil; lo sé. Amo sus ojos de miel, su sonrisa de niña, su expresión cordial que llevo guardada en la memoria. Sí, las cosas entre nosotros han progresado con rapidez. Sé que al poco tiempo de conocernos iniciamos el cortejo y casi de inmediato decidimos el compromiso; pero son tiempos difíciles: quizá en el fondo actuábamos así porque teníamos miedo de que el mundo que conocemos se desvaneciera repentinamente. Ahora apunto estas líneas por una necesidad de desahogarme, porque la amo, y pareciera que no me corresponde. De modo que escribo esto como si el diario gozara de razón y pudiera entenderme. La amo, ansío ser el destino de todas sus miradas, deseo los besos de sus labios perfumados y el susurro de su voz que alguna vez confesó que también me amaba.

Tal vez lo que ha ocurrido es cuanto estaba destinado. Quizá es voluntad de Dios que nuestra relación supere esta prueba antes de renacer fortalecida; pienso que si las cosas están planteadas así solo es cuestión de tiempo para que volvamos a estar unidos, esta vez para siempre, y esa ilusión es la que me sostendrá a partir de hoy, como el recuerdo de su risa, de sus caricias, de sus ruegos para que me rasure el rostro (a menudo protesta porque mi barba incipiente le araña las mejillas), del tierno reverberar de sus ojos cada vez que le recitaba mis poemas. Tal vez sea cuestión de esperar, de tener un poco de paciencia, pero me resulta difícil. Es como si me faltara el aire, como si no pudiera, como si (...) (2) 


Escoge con cuidado las cartas, los papeles amarillados por los años, y cree reconocer la esencia de una historia que está viviendo y en la que está tratando de no pensar. Lee acerca de dudas, de confusiones, y concluye que, a pesar de las décadas transcurridas y de la evolución de las ideas, los problemas del amor siguen siendo los mismos. La semejanza lo lleva a evaluar su propia soledad, y siente renacer en el pecho los anhelos de escribir, pero no esta ficción que está enhebrando lenta y trabajosamente: son deseos de garabatear los folios con poemas, ansias de convertirlos en páginas apasionadas que describan la sensación de vacío que gobierna su alma. Siente ganas de correr hacia ella y explicárselo una vez más, tal vez con palabras distintas. Rogarle, humillarse ante sus ojos para que compruebe la sinceridad de sus sentimientos, pero algo próximo al orgullo lo detiene, y finalmente no escribe ningún poema, ninguna página nueva: le basta leer aquellas líneas extrañas para sentir que no está solo, que en alguna época remota alguien padeció tanto como él, y se contenta con la posibilidad de concebir una ficción donde los protagonistas sufran mucho más, arrastrando sus penas hasta límites insospechados.

Su memoria lo arranca de aquel instante, lo desencadena del único reloj que cree conocer, mientras enciende un cigarrillo y las primeras bocanadas de humo nublan y deforman su visión. Piensa o recuerda batallas lejanas, ejércitos desiguales, extensas llanuras donde se respira muerte y destrucción, y distingue las banderas desgarradas, los mástiles rotos, el humo emergiendo de los cuerpos dispersos y de los instrumentos de guerra oxidados. Escucha los gritos de victoria, las voces de los vencidos clamando en el silencio del páramo, los alaridos de las mujeres llamando a sus esposos, a sus hermanos, a sus hijos, a esa persona amada que partió sin despedirse y cuyos ojos no volverán a ver; y siente tristeza, algo como una tenue melancolía o un dolor sin fundamento. Una idea, aún demasiado vaga, regresa a su memoria mientras se acomoda frente a la computadora para escribir un relato que tenga que ver con cartas y despedidas y con lo que su imaginación le vaya sugiriendo.

Pero escribe ojos de miel e inmediatamente ve los ojos de Virginia: tímidos, diáfanos, rutilantes; escribe despedida y recuerda sus palabras, su duda, la negativa inesperada que no comprende y que ella no ha querido explicarle todavía; recrea hechos distantes de una guerra cuyos pormenores ya todos han leído, y termina pensando que el amor es como una batalla a la que se marcha sin armas y sin miedo y sin la certeza de salir airoso.


2


Chorrillos, 07 de diciembre de 1880
Amadísima Virginia:

Mi repentino alejamiento debió causarte sorpresa, más aún porque no hubo despedida ni anuncios previos, pero es que los acontecimientos se han presentado casi simultáneamente y a una velocidad de vértigo. La convocatoria sagrada de la patria resonó en mis oídos, y obedecer ha sido la única respuesta posible. Son tiempos convulsos: el suelo que atesoramos se nos arrebata, y somos los únicos que podemos intentar salvar la dignidad del país. El enemigo se aproxima, ha derrumbado una por una nuestras resistencias, y viene ahora a la capital, para humillarnos definitivamente. El deber con la patria me convenció para unirme como voluntario a La Reserva, y participar así de las maniobras que se preparan en defensa de la capital, y que representan también una manera de proteger nuestras vidas (3).

No pude despedirme de ti como hubiera deseado, mi adorada Virginia, apenas tuve tiempo de poner un retrato tuyo entre mis pertenencias, así que tus ojos y tu sonrisa me acompañan, y espero que también tu amor, si conseguiste disipar tus dudas. Te amo profundamente: espero que me guardes con fervor en tus pensamientos, y que a través de ese vínculo me otorgues fuerzas para la batalla que se aproxima. Lo que siento por ti no ha cambiado, a pesar de los días que nos dejamos de ver; tú me pediste más tiempo, y luego más, y si acepté es porque estoy seguro de que cuando estés convencida de tus sentimientos vamos a ser muy felices. Y ese día, Dios bendecirá nuestra unión y nuestros corazones, porque el amor que nos profesaremos será capaz de ensombrecer el destello del mismo cielo.

Espera mi regreso: tal vez la suerte parezca echada, pero no nos han vencido todavía. Quizá saber que defendemos el honor de la patria nos otorgue una bravura inusual y nos haga invencibles.

Te reitero, una vez más, mi profundo amor, y mi compromiso de volver por ti. Por favor espera mi retorno y reza mucho por mí, por todos nosotros, y por la patria, que atraviesa su momento más aciago.

Tuyo por siempre,
Enrique


A ratos puede presentir el fracaso: intuye que con algo de erudición en el tema podría estructurar una historia mucho más sólida y trascendente. Piensa que a su narración de un idilio remoto podría añadirle, entrelíneas, una reflexión acerca del tema, una crítica de aquel penoso episodio que le produce vergüenza por la ineptitud de los caudillos que lo protagonizaron; pero solo dispone de fragmentos aislados, piezas incompletas que no terminan de esclarecer lo que parece un capítulo complicado de abordar. Empieza a sentirse incapaz de volver verídica la ficción que está inventando, y se deja arrastrar por el recuerdo de los ojos que está a punto de perder para siempre, de su nombre que golpea y golpea la memoria cansada y que, curiosamente, es el mismo que el de las cartas de su investigación —Virginia, Virginia—, el nombre que le araña la tristeza de arriba abajo, como esas agujas electrónicas que grafican en una línea interminable los impulsos de vida.

La pantalla le muestra una página en blanco, una pequeña línea vertical que parpadea incesantemente y que recrea en su imaginación el mástil quebrado de una bandera solitaria, una bandera sosteniéndose débilmente entre los despojos de la milicia, en medio de un extenso campo sembrado de muertos, de sucias camisas de bayeta, manchadas de sangre, y desbaratados parapetos improvisados con piedras, de sacos de arena incendiados y humeantes que sobresalen del suelo como escoriaciones; y se ve extraviado entre los cadáveres y entre los cientos de heridos que esperan el final de la resistencia y del dolor, el momento anhelado en que reconocerán los pasos del enemigo acercándose para borrarles el mundo de los ojos; y se abandona también a esta endeble esperanza que lo libraría de la angustia de su ausencia, del dolor de no tenerla o de tenerla lejos, de la desazón de un distanciamiento que no entiende y que lo consume.


3

Chorrillos, 3 de enero de 1881

Amadísima Virginia:
Recibí tu carta con enorme alegría, con el anhelo de un hombre sediento que recibe algunas gotas de agua. Espero que a pesar de las dificultades con el correo te llegue esta carta también (4). He sido destacado a la defensa de los reductos que se encuentran en las afueras de la villa de Miraflores, muy cerca de la quebrada de Armendáriz, y todos los combatientes que preparamos las fortificaciones tenemos la firme convicción de que nos batiremos como leones para que el enemigo no atraviese la línea que se nos ha confiado. Aquí, el ánimo es tan variable como las noticias que nos llegan del invasor. Algunas veces se habla de un ejército similar al nuestro, y entonces se esparcen el valor y las arengas entre los reservistas; otras, en cambio, se asegura que el enemigo viene extraordinariamente armado y que el número de sus tropas es casi el doble que el de las nuestras: entonces cunde el desánimo, los deseos de despedirse de los seres amados, los arrepentimientos por cosas que se hicieron o se dejaron de hacer. La preparación ha sido intensa, en pocas semanas debíamos aprender algunas tácticas y movimientos de guerra, y todo lo necesario acerca del manejo de las armas con las que contamos. El problema es que el armamento es desigual, y ha sido difícil que nos entrenen a todos adecuadamente. Y no tenemos la cantidad necesaria de municiones para resistir un ataque como el que se avecina. La mayoría de los soldados pasa las noches hablando de sus familias, de las esposas y los hijos que los esperan en casa, o de las prometidas que están preparando todo para el día del regreso. Yo, en cambio, paso las noches contemplando tu retrato, hablándole como si a través de ese ritual me pudieras oír, y amando tu recuerdo como si se tratase de la única manera de mantenerlo a salvo de esta guerra y su ruina.

Tu carta viene revestida de una atmósfera de misterio: dices que ahora puedes ver las cosas claramente, pero no me revelas nada más; dices que este tiempo que hemos vivido alejados ha sido fructífero, pero no me aclaras si se despejaron tus dudas; dices que al retornar hablaremos y que ahora estás segura de lo que sientes, pero no mencionas nada más y solo prometes que me lo dirás personalmente, porque así debe ser. Me pides que sea fuerte, y me comprometes a regresar para que pueda (por fin) experimentar la felicidad, pero no terminas de confesar si es a tu lado. Y me cuentas que has pensado en mí cada minuto de los días que transcurrieron desde nuestra última conversación, que has rezado por mí cada noche, que has lamentado mi partida cada vez que sales al patio de tu casa y te sientas en la mecedora (dices que se ha vuelto más grande porque ya no estoy ahí), pero no te animas a revelar si también me amas. Quizá te parece que con aquellas líneas ya está todo resuelto entre nosotros, pero después de este forzoso alejamiento es necesario definir las cosas con mayor claridad.

Volveré por ti, Virginia. Y si el olvido un día nos (…)(5)  Pero yo estoy seguro de que volveré a contemplar tus ojos y tu sonrisa. Volveré a sentir la aterciopelada caricia de tus manos, la docilidad de tu cabello enredado entre mis dedos, y la ternura de tus labios. Y tú podrás leer en mis ojos que te amo.

Tuyo por siempre,
Enrique


Sabe que las coincidencias no son arbitrarias; pero también que algunas veces un par de nombres y una situación similar es una combinación fortuita que tiene que ver muy poco con un destino ya trazado. Sin embargo, piensa en sus ojos y repite su nombre,
Virginia como si invocándolo pudiera traerla hasta él o hallar la solución del acertijo,
Virginia

de un acertijo que poco a poco se va aclarando, como un trabajoso rompecabezas que después de muchos intentos empezase a revelar una figura coherente. Siente su ausencia, la desesperanza aleteando en el pecho; como si percibiera una carencia conocida y remota, algo inconcluso que por fin recordase después de mucho empeño.

El silencio de la llanura es una interrupción angustiante, y percibe en la boca un sabor extraño, pero no podría definir si es tierra o sangre, porque a estas alturas sus sentidos están atrofiados por completo y le da lo mismo si el dolor pasó o si ha empezado a percibir el mundo a través de un cuerpo adormecido por las heridas.

Virginia

El campo está poblado de banderas sucias, agujereadas, podridas por el viento y la arena que las han ido corroyendo hasta convertirlas en trapos miserables aporreados por el soplo de la tarde. Escucha gemidos lastimosos de hombres clamando ayuda o pronunciando por última vez el nombre de algún ser querido, y de pronto la imagen del rostro de Virginia atraviesa el cielo, cubriéndolo. Siente en los labios el sabor de sus besos, e intuye que el final se acerca, porque los recuerdos se le acumulan sin ningún orden en unos pocos segundos. Escucha los chillidos de las mujeres llamando en el silencio de la llanura —le parece oír la voz de ella nombrándolo: Enrique dónde estás—, y concluye que también para esto es demasiado tarde, porque ya no tiene fuerzas para contestar. Aunque quizá se trate solo de una alucinación, porque aún puede ver en el campo de batalla los restos del fuego y de las barricadas y el color percudido de las bayetas apretujadas contra la tierra negra, ensombrecidas por la pólvora que desciende del aire como una mortaja siniestra. Oye un sonido de trompetas perdiéndose en el silencio, y pronuncia por última vez su nombre, Virginia, mientras oye pasos acercándose entre los cadáveres. Una bota fangosa le da vuelta con brusquedad para verle el rostro y el pecho, y para hundir, por fin, el filo de la bayoneta en su garganta desnuda.

Los ojos le duelen, como si después de yacer boca arriba y castigado por el sol despertase violentamente frente a la pantalla de la computadora, donde una pequeña línea, vertical y parpadeante, le trae un recuerdo definitivo, la pieza final de un rompecabezas imposible.


4

Era poco más de las dos de la tarde cuando escuchamos los primeros disparos. Al principio pensábamos que podía tratarse de una descarga accidental: un rifle que al limpiarse se dispara por error o algo parecido. ¿Teníamos miedo? Es difícil enfrentarse a la muerte y no sentir, al menos, una pulsión en el estómago, un vibrar involuntario de las manos que intentan asirse al arma con firmeza. Habíamos visto arder la villa de Chorrillos hacía pocas horas; nos atemorizaba imaginar que aquel infierno se repitiera en nuestros hogares de Miraflores y Lima. Teníamos miedo, Virginia, pero es que apenas éramos mozuelos simulando pelear como hombres. Sufríamos las balas, las ráfagas expulsadas con violencia de los cañones, la pólvora que se mezclaba con la arena y el viento del valle, adhiriéndose a las fosas nasales, introduciéndose en los poros de la piel, erosionando los bordes de las heridas cicatrizadas. Teníamos miedo, pero sabíamos que éramos nosotros o aquellas feroces siluetas, arropadas con chaquetas azules y pantalones rojos, que caían sobre nuestros parapetos como moscas, algunos atravesados por nuestras balas y bayonetas. Aquellas figuras que rodaban entre las piedras de nuestras trincheras eran una negación de nosotros, el reflejo de nuestras muertes latentes, la certeza de que aún era posible alejarlos de nuestras familias. No teníamos demasiados caballos ni la mejor artillería, pero nos sobraba valor y temeridad. Así soportamos su asedio por largas horas: mermamos sus líneas, contemplamos desde nuestros reductos el caos en sus filas, la desesperación de sus oficiales y su amago de retirada. Hasta que se acabaron las municiones. Todo entonces fue silencio en la llanura, o eso nos pareció, porque el bullicio se hizo murmullo. Antes de que pudiéramos decidir cualquier maniobra o recibir órdenes nuevas, vimos regresar a las tropas chilenas con renovados bríos. Era el final, y, sin embargo, era hermoso pensar que hubiéramos resistido tanto tiempo con tan escasos recursos, y más aún, comprobar que nadie deseaba moverse de sus posiciones ni abandonar las armas inservibles. Los batallones enemigos se reordenaban disciplinadamente, protegidos por el fuego de sus cañones, y convergían en interminables columnas que orientaban su marcha hacia nuestros emplazamientos. Escuchábamos sus arengas, sus vivas a Chile, sus alaridos de guerra. Y nosotros, abandonados y con tan poco, nos preparamos para resistir detrás de una larga hilera de trincheras improvisadas en las afueras de nuestros hogares, remecidos por las detonaciones que ennegrecían la llanura y que nos diezmaban. Me quedé solo, cercado por cadáveres de ambos bandos, con las paredes del reducto derrumbadas, y sin municiones que pudiera utilizar.

Un batallón se acerca, blandiendo las espadas y las bayonetas. Hurgo con desesperación en la mochila de un enemigo caído, y descubro una caja de balas que no alcanzó a utilizar. Mis manos tiemblan tratando de encajar los proyectiles —por la fuerza: parecen ser de un calibre distinto— en el pequeño tambor de mi revólver. No tengo miedo ya. Espero pacientemente que los soldados vengan por mí, y cuando se aproximan a los cincuenta metros, cierro los ojos y tiro del gatillo. La explosión del arma en mi mano alcanza mi rostro, cegándome y tirándome al suelo. La batalla se ha perdido. Quizá también mi brazo. Maldito revólver, pienso antes de cerrar los ojos y evocar tu rostro, Virginia, tratando de pronunciar tu nombre con lo que me queda de labios.

Quizá el destino los ha vuelto a unir en un mismo camino, solo que le parece difícil de creer y de explicárselo. Se pregunta, con pesimismo, cómo se lo va a decir sin aparentar que ha perdido el juicio, cómo recordarle todo esto que para él está tan claro, pero que ella no podrá comprender. Empezará preguntándole: ¿Te acuerdas de aquellos días, del miedo, de la desesperanza? Y su silencio le permitirá auscultar también su confusión creciente, un obstáculo que intentará derribar mostrándole imágenes aisladas, mencionando sin pausas los detalles que irá recuperando milagrosamente en su memoria. ¿Te acuerdas de cómo reías con mis bromas, y cómo te enternecías cuando te leía mis poemas y cómo repetías en mi oído que me querías? Ella le repetirá que no entiende, que por favor hable claro, y a él únicamente le quedará seguir sugiriendo pormenores, episodios que a ella le extrañarán aún más. ¿Recuerdas las cartas que me escribiste, y los asuntos que dejamos pendientes y que hubiéramos aclarado si regresaba? ¿Los días de duelo, la tristeza que te envolvió y el retrato mío que conservaste? Y cuando tema que su esperanza de hacerle entender se agota, la abrazará con todas sus fuerzas, sin soltarla, a pesar de que siga oyendo sus preguntas, porque ese sencillo contacto le ayudará a transmitirle la necesidad que tiene de su afecto, y una idea de cómo la nostalgia ha ido carcomiendo hasta los niveles más recónditos de su ánimo, de su entereza, y quizá también de su cordura. Pero esto tampoco será suficiente, y ensaya un discurso que le ayude a explicar con coherencia algo que no tiene explicación científica (y él siempre ha confiado en la exactitud de la ciencia), algo que parece una locura porque significa aceptar argumentos de los que siempre ha dudado y de los que muchas veces se burló, solo que ya todo está claro y no admite ninguna otra conclusión.

—Aló… Soy yo, Virginia…
—¿Enrique?

Sabe que tiene una oportunidad, como una partida de ajedrez inconclusa que admitiese una última jugada. Le propone conversar en un café de Miraflores, en la esquina de Larco y Shell, a dos cuadras del parque, en media hora. Le insiste, le promete que después todo tendrá sentido y que no habrá más vacilaciones, y cuando por fin escucha su aceptación se lanza a la calle precipitadamente, como si percibiera con claridad el sonido de las trompetas anunciando el inicio de la batalla, la inequívoca señal de que solo le quedan unas horas de vida y demasiadas palabras para pronunciar.

Cuando descubre a Virginia acercándose desde el otro lado de una calle atestada de automóviles, le parece que llega dormida, o despertándose de un sueño profundo. Virginia, llama levantando la voz, abriéndose paso entre los soldados de chaqueta azul que enfilan las armas contra su camisa de bayeta, y la expresión que percibe en los ojos de ella es la de alguien a quien le revelan por primera vez su nombre. Virginia, vuelve a llamar él, con más fuerza, intentando que su voz se escuche por encima del rugido de la incansable artillería que esparce hogueras a su alrededor, pero ella parece habitar un tiempo distinto y paralelo. Una sorpresiva explosión destroza un edificio detrás de Enrique, arrojándolo violentamente sobre la calzada, en medio de una lluvia de cristales. ¡¡Coche bomba!! , gritan por todas partes los transeúntes enloquecidos, pero él ya no escucha: está iniciando el regreso a una llanura transfigurada por la pólvora y reblandecida por el calor de la sangre y las heridas. El regazo de Virginia lo cobija de los recuerdos que no cesan de convulsionarse en su memoria, y cuando alcanza a ver, dispersos en el suelo, las cartas y los papeles amarillentos que tenía para mostrarle y convencerla, decide que ya no es necesario y que así, en silencio y apagándose, puede amar una vez más sus ojos remotos, su sonrisa de niña, la expresión cordial que recordaba en sueños y que será la razón de su búsqueda para los años venideros.

—Enrique...
—No digas más, Virginia. Será en nuestra próxima vida... Ya verás que también te voy a encontrar...

28 de diciembre de 2007

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(1) Es la última de seis páginas manuscritas de un diario personal. Las hojas anteriores son ajenas al contenido de este texto: refieren asuntos familiares y de negocios que me resultan imposibles de aprovechar o de enlazar a la historia. El autor es Enrique Sandoval, estudiante universitario, descendiente de una reputada familia de intelectuales sanmarquinos. De la lectura de sus escritos se puede deducir que por los días de la invasión chilena tenía poco más de veinte años, y que había empezado a manejar los negocios de su padre, un próspero comerciante limeño. No hay más indicios que ayuden a reconstruir los detalles de la relación amorosa a la que se refiere. Solo en la página con fecha 19 de junio la menciona, pero son solo seis líneas, y muy parecidas al tercer párrafo de esta que utilizaré.

(2) Las últimas líneas son ilegibles, debido a una mancha de humedad.
Escoge con cuidado las cartas, los papeles amarillados por los años, y cree reconocer la esencia de una historia que está viviendo y en la que está tratando de no pensar. Lee acerca de dudas, de confusiones, y concluye que, a pesar de las décadas transcurridas y de la evolución de las ideas, los problemas del amor siguen siendo los mismos. La semejanza lo lleva a evaluar su propia soledad, y siente renacer en el pecho los anhelos de escribir, pero no esta ficción que está enhebrando lenta y trabajosamente: son deseos de garabatear los folios con poemas, ansias de convertirlos en páginas apasionadas que describan la sensación de vacío que gobierna su alma. Siente ganas de correr hacia ella y explicárselo una vez más, tal vez con palabras distintas. Rogarle, humillarse ante sus ojos para que compruebe la sinceridad de sus sentimientos, pero algo próximo al orgullo lo detiene, y finalmente no escribe ningún poema, ninguna página nueva: le basta leer aquellas líneas extrañas para sentir que no está solo, que en alguna época remota alguien padeció tanto como él, y se contenta con la posibilidad de concebir una ficción donde los protagonistas sufran mucho más, arrastrando sus penas hasta límites insospechados.

(3) Enrique Sandoval debió integrar la Tercera División del Ejército de la Reserva, conformada por docentes y estudiantes, y que estaba bajo las órdenes de don Serapio Orbegoso (civil).

(4) Las dos cartas están fechadas en Chorrillos; probablemente era el lugar más cercano desde donde se enviaba el correo de la tropa [Confirmar esta conjetura].

(5) El manuscrito tiene aquí una oración de casi dos líneas, ilegibles por una mancha de humedad.

 

© Miguel Ruiz Effio, 2009

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Miguel Ruiz Effio (Lima-Perú, 1977) Estudió Administración en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue finalista en la XII Bienal de Cuento Premio Copé 2002 con el texto “Derechos de autor”. Además, cuenta con una decena de reconocimientos en concursos literarios del país. Su primer libro, La habitación del suicida, obtuvo una mención honrosa en el V Concurso Nacional de Cuento 2004 de la Asociación Peruano-Japonesa. Relatos suyos han sido incluidos en las compilaciones Maldito amor mío. Cuentos y relatos de amor (Editorial Signo Tres, Lima, 2002), Encuentro de escritores nuevos (Universidad Científica del Sur, Lima, 2004), “Guitarra de palisandro” y los cuentos ganadores y finalistas del “Premio Copé 2002” (Ediciones Copé, Lima, 2005), Disidentes: Muestra de la nueva narrativa peruana (Revuelta editores, 2007), Nacimos para perder. Simplemente cuentos (Editorial Casatomada, 2007) y en la revista electrónica chilena Proyecto Patrimonio. El año 2008 obtuvo el primer premio en el concurso de cuentos organizado por la Municipalidad de La Victoria con el cuento “Dos pájaros, un tiro”.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento17_5.html
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