Ana Ávila

José Agustín Haya de la Torre

Luis Valladares

Nehemías Vega Mendieta

Alejandro Susti

Roger Santivañez

Francisco Ángeles

Omar Guerrero

Alejandro Neyra

a Carlos Yushimito

a Miguel Ruiz Effio

a Carlos Rojas Olivos

 

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Sabia burocracia

por Carlos Rojas Olivos

 

Había llegado a las seis y media de la mañana. Esta vez aún no había mucha gente. Él se sentó en una grada junto a una de las ventanas laterales que estaban al lado de la puerta principal. Solo había seis personas delante de él. Vestía un saco gris y un pantalón del mismo color. Su camisa era blanca y las lunas de sus gafas estaban empañadas porque la temperatura había bajado mucho esa madrugada. La corbata la tenía en una bolsa en donde también llevaba una bufanda, un termo con café y algunas galletas de vainilla. No reconoció a nadie en la fila y se sintió más tranquilo. Empezó, como todos los días, a recordar cuando podía llegar a las 9 de la mañana, cuando entraba por esa puerta principal y antes de comenzar a recibir al público desayunaba tranquilo. El café siempre estaba listo y solo tenía que servirse una taza y acompañarlo con algunos bollos que traían sus compañeros para luego, sin ningún apuro, cuarenta o hasta cincuenta minutos después, abrir la puerta de la oficina. Eso era antes, cuando él no miraba a la cara a ninguno de los de la fila e ingresaba rápido mostrando su carné al policía de la puerta. Los tiempos en que había una larga cola cuando él llegaba a eso de las 9. En ocasiones era tan larga la cola que ni siquiera la mitad de las personas lograba entrar y tenían que regresar al día siguiente muy temprano. Así de temprano como Don Dámaso el día de hoy. O quizás un poco más, como la gente que le antecedía delante de la puerta principal.  Antes, nunca se había preocupado por contar cuánta gente podía entrar por día, o a cuántos iba a atender una mañana porque por la tarde ya no lo hacía más debido a que se demoraba horas en las pausas y cuando regresaba, de 3 a 6 de la tarde, lo único que hacía era terminar de ver qué faltaba a los documentos para enviarlos a sus superiores. Tampoco contestaba el teléfono y cuando volvía de comer siempre ingresaba por la puerta trasera para no cruzarse con alguno de las colas de la mañana que le pedía por favor lo dejase entrar porque era un caso urgente, como ya le había pasado en varias ocasiones.

En su oficina él era el más respetado por ser el mayor y el más antiguo, él lo sabía todo; los demás imitaban sus costumbres y nadie se quejaba de lo que hacía o cuando no venía. Nadie le pedía explicaciones. Ni siquiera la palabra burocracia, cuando algunos osados de la fila se la recordaban, le molestaba. Sabía bien a quien dar explicaciones y a quien sonreír. Era el modelo a seguir y ante cualquier duda, la persona indicada para que resuelva las cosas.  Pero a pesar de esa complicidad en la oficina, nunca nadie supo algo sobre su vida privada, siempre cuando le preguntaban qué hacía después del trabajo, él respondía con monosílabos o cambiaba el tema. Nadie sabía si tenía mujer, hijos o con quién vivía. Solo él sabía de sus noches en un bar de la periferia donde jugaba a las cartas hasta al anochecer o a veces hasta casi la hora en que entraba a trabajar. Vivía solo en un pequeño cuarto que estaba muy cerca de ese antro en donde se dejaba las nóminas de cada mes. Don Dámaso no se preocupó jamás de guardar algo de dinero y siempre se decía a sí mismo que el mes entrante dejaría ese vicio. Pero nunca lo hizo. Hasta que un día cambió el gobierno por tercera vez en dos años y el ministro de turno decidió modernizar todos los servicios públicos. En un primer momento, Don Dámaso, no le dio mucha importancia a ese anuncio, pero una vez que vio a algunos jóvenes en la oficina instalando cosas, vio cómo las máquinas de escribir fueron remplazadas por ordenadores y vio desaparecer los sellos, no supo qué hacer. Los formularios cada vez fueron menos, la gente traía todo listo y veía que nadie preguntaba ya por los requisitos para solicitar algún documento porque todo eso estaba escrito en una cosa que se llamaba internet. La cola para hacer citas había desaparecido porque ahora las citas se daban por correo electrónico. Las fotos eran todas iguales y no las podía rechazar porque provenían de las mismas máquinas digitales. De un momento a otro todo su trabajo había cambiado e iban quedando cada vez menos compañeros en la oficina. El café se lo tenía que preparar él mismo y ya no comía bollos por la mañana. Le controlaban el número de personas que recibía y le ordenaron que debía atender como mínimo a 50 personas por la mañana y por la tarde coger el teléfono para dar citas a la gente con algún caso urgente. Poco a poco las muchas filas que había fueron desapareciendo de la entrada aunque aún quedaban dos: una para los 50 que tenían cita y otra de los que no, de las que a veces, con suerte, los veinte primeros podían entrar. Don Dámaso se enredaba con el ordenador y los jóvenes que acababan de llegar se burlaban del viejo que escribía a duras penas en el teclado inalámbrico y no sabía usar el maus. Dos meses después Don Dámaso estaba en la calle sin trabajo, sin dinero y sin nadie que le respete. Su precaria situación y su miserable pensión le llevaron a que apueste todo lo que le quedaba en el juego. Como siempre, en el bar cerca de su cuarto alquilado, Don Dámaso ingresó al cuarto del póquer. Llevaba en su bolsillo derecho una foto de sus dos hijos cuando estos estaban pequeños y él los abrazaba cerca a un carrusel. Pensaba que eso le daría suerte. Cuando Don Dámaso se dio cuenta de que podía ganar con las cartas que llevaba hizo la apuesta final, la decisiva, la que cambiaría su destino; y así fue porque perdió absolutamente todo. Una semana después estaba acomodando sus pocas cosas en una pequeña habitación que su hija le dio hasta que, según él, encontrase algo.

La luz del sol ya iluminaba el edificio, Don Dámaso no llevaba reloj, así que preguntó la hora. Eran las siete de la mañana cuando en la cola ya eran unos quince. Aún faltaba para que se abriera la puerta. Se puso a leer un periódico que había encontrado en el bus con el que había llegado. Media hora después en la cola ya eran veinte, los que quizás entrarían con suerte ya que no tenían cita. Él no esperaba a nadie en especial pero volteaba a cada momento para ver si alguien llegaba. Pasaban los minutos y llegaba más gente, no todos ingresarían pero esperarían sin perder la esperanza.

           –Disculpe, señorita, ¿me puede cuidar mi sitio?, vengo en un segundo –preguntó Don Dámaso a una chica que estaba delante de él.
           –Sí, señor, no se preocupe –respondió ella.

Don Dámaso se fue a caminar hasta el final de la fila, observaba bien a la gente, por su experiencia cuando trabajaba detrás del mostrador, podía saber qué personas eran las que estaban con más urgencia. Las intuía. Era cuestión de verles la cara, los gestos, la forma cómo movían las manos. Por eso cuando estuvo cerca de una mujer que llevaba una bolsa muy grande, se acercó hacia ella.

           –Disculpe, señora, tengo un sitio delante, si le interesa, se lo puedo vender –ofreció Don Dámaso a una mujer que estaba casi al final de la fila.
           –A cuánto –preguntó la mujer, sin dudar en ningún momento del ofrecimiento de aquel hombre mayor.
           –Treinta soles –respondió Don Dámaso.

La mujer sacó un teléfono móvil, hizo una llamada y después de hablar dos minutos aceptó la oferta, no sin antes regatear unos cinco soles al señor. Después de esto, los dos se acercaron hacia donde decía el viejo que tenía un sitio. La señorita que había cuidado el lugar lo dejó entrar en la fila, los de atrás también lo habían visto por lo que no hicieron problemas.

           –Es mi hija –indicó Don Dámaso a la chica.
           –Toma, papi, para que te vayas a casa –dijo la señorita dándole un billete de veinte soles y una moneda de cinco, y sabiendo que ese viejo no era su padre.

Don Dámaso cogió el dinero y se lo metió al bolsillo. No dijo nada más, solo se fue hacia la calle y pensó: Si hoy gano al póquer, me voy de la casa de mi hija.

 

© Carlos Rojas Olivos, 2009

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Carlos Rojas Olivos (Lima-Perú) Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Romanística en la Philipps-Universität en Marburg, Alemania, país donde reside. Ha publicado el poemario Caída (PTYX Editores). En Frankfurt forma parte del grupo literario Dámaso y los demás. Asimismo, es traductor de poesía italiana contemporánea y escribe pequeñas historias en el blog Tras el vidrio. En la actualidad, trabaja en una empresa japonesa de videojuegos y colabora con diversos medios literarios e informativos.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento17_6.html
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