Reinhard Huamán Mori

Jorge Giraldo

Ximena Figueroa Flores

César López Núñez

Dante Ayllón Bulnes

Diego Alonso Sánchez

Denisse Vega Farfán

Miguel Ángel Vallejo Sameshima

Sebastián Kleiman

a Ana Xochitl Ávila

a Jennifer Thorndike

a Alejandro Neyra

 

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El sacrificio del cordero

por Miguel Ángel Vallejo Sameshima

 

“Y dijo: toma ahora a tu hijo, tu único,
Isaac, a quien amas, y vete a la tierra
de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto
sobre uno de los montes que yo te diré”
Génesis 22: 2

Debe cumplir el reto. Mira por la ventana el borde de la luna y su caprichoso tono anaranjado. Se levanta de la cama, rascándose los brazos, y quita las frazadas a cuadros bajo las cuales se ha escondido toda la noche, sin dormir. Levanta su alforja. Piensa en qué feliz será luego de pasar la prueba, mientras bebe una infusión caliente. Se alegra ante la posibilidad de cumplir una misión divina, que salve su vida poco licenciosa, y entrar al grupo.

Sale de su casa. Nadie a la izquierda, nadie a la derecha, solo la calle, y los cerros que llevan miles de años en el mismo lugar. Camina por el sendero de tierra, en medio de las viviendas de adobe, y algunas de esteras. En los extramuros de la ciudad, atraviesa un cementerio de camiones. Los esqueletos de metal y madera trazan formas misteriosas, que le producen asco.

Las pobres luces de los postes se distorsionan con el matinal brillo azul, en destellos alargados y filudos. La calle apesta a relave, el olor de la perdición que llega con la brisa de madrugada. Como huyendo de la repugnancia, recuerda que todo salió perfecto en los días de entrenamiento. Cada paso se cumplió al mínimo detalle, estaba todo predestinado. Pero éste es el día, el día que dijo el iniciador. El ladrido de un perro lo hace mirar hacia una ventana iluminándose por un candil. Quizá un borracho que volvió tarde a su casa. Un pecador más, por omisión. Se terminan las calles y comienza el campo. Cruza la línea que divide las chacras de las sucias calles y el paso de las camionetas.

Cuando llega a la carretera, encuentra al hombre de chompa verde, su maestro y guía, el inspector de la prueba, cuya cara de hombre importante, se marca más por un sombrero de fieltro negro cubriéndole un rostro fantasmal. Camina por el lado izquierdo del camino, al lado del abra. El hombre de chompa verde va por el derecho, pegado al cerro. Él sabe que no debe hablarle durante la prueba, solo hasta pasarla. Así habían acordado, el ritual debe cumplirse en silencio y soledad. Se emociona al participar de un sacrificio junto a un iluminado.

Acelera el paso, tratando de impresionarlo con su velocidad, su cuerpo fuerte y sano. Al terminar la carretera asfaltada, llega a la empobrecida zona de ganados. Arriba, el sol se confunde con la luna, en un cielo que deja ver las imperfecciones de las montañas. Insinúa, borrosas, unas profundas nubes que seguro harán llover en la tarde. Está ahora frente al último establo de las afueras, el espacio final de civilización corrupta y artificial, antes de adentrarse al santo campo. Disfruta el humor de los animales, confundido en el fresco de las limas. El  rocío de la mañana, fragancia helada, se le pega en las ropas, junto con un gordo abejorro negro. Juega con él unos segundos.

Ocultando su rostro, brinca la verja del corral. Cuenta, una vez más, a los corderos. El mismo número de las anteriores visitas: son doce. “Poquísimos, antes había muchos más”, piensa. Balan tranquilos, como si conocieran ya su destino y aceptaran ser parte de la salvación humana. Los pecados del mundo empezarían a limpiarse de una vez. Busca al cordero más pequeño, su víctima ya seleccionada. Se lo arrebata fácilmente a los mayores. De la alforja, saca el cuchillo y el cuenco ceremonial. Le corta el cuello de un solo tajo. La sangre animal brota con furia.

Ha manchado su camisa y sus brazos. Mientras se acomoda para verter la sangre en el cuenco, el hombre de chompa verde le dice que se limpie, con voz seca. Se detiene en sus rasgos amables, sus ojos rojos, enormes y brillantes bajo el borde del sombrero. “Como un iluminado sonríe, igual que el día que lo conocí”, piensa. Él sería uno de ellos pronto, formaría parte del grupo, encontraría el camino. Todo está saliendo bien.

“Límpiate la ropa, se te ve sospechoso y empieza a aclarar”, dice el hombre de chompa verde. Siempre en silencio y con rapidez, termina de verter la sangre en medio de la ancha luz azul de la mañana, dándole la espalda, un poco asustado. Los gallos empiezan, tarde, a cantar.

Coge el cuerpo del cordero, que aún se mueve por los reflejos post mortem. Le da un par de patadas en el lomo para que se quede quieto. Descubre que no ha traído el costal para llevarlo, un terrible error. Aterrado, recibe el palmazo del  hombre de chompa verde. Le lanza una bolsa de arroz, suficientemente grande para que entre el cadáver, y una mirada de desaprobación. Con temblor en las manos, coge al cordero por el lomo, clavándole las uñas. No puede meterlo, las convulsiones del animal ejercen fiera resistencia. El hombre de chompa verde le da un golpe seco en las patas. El cordero yace ahora inmóvil en su fardo.

Avienta el saco fuera del redil. Trepa con dificultad hasta que sale, y observa al hombre de chompa verde, furioso, alejándose. Comprende su nuevo error: no miró si alguien venía por el camino. Todo el rito estuvo a punto de complicarse, incluso de fracasar, si era visto por gente impura. Está nervioso. El cuerpo del animal, de unos treinta kilos que él cargaría con facilidad, lo mantiene clavado al piso.

Intenta seguir el ritmo del hombre de chompa verde, pero el esfuerzo nubla su visión. El cordero muerto sigue desangrándose. El líquido forma un charco en el fondo del costal, que poco a poco se convierte en costra. Casi de memoria, sigue el sendero hasta la subida del cerro, cubierta por ortigas ya iluminadas. Con esfuerzo, alza la vista: el sol dibuja la forma de las nubes. Enormes, avanzan lánguidamente en la brisa suave de la mañana. Él también camina despacio, a ritmo de procesión.

Tiene el brazo izquierdo agarrotado. Su corazón late velocísimo. Los golpes en su pecho están en ritmo armónico con las gotas de sangre que caen del cordero. También cae su sudor. El sol ya brilla, imponente, en el gigantesco paisaje rural. Duda. Piensa en lo rico que sería bañarse en un río limpio, frío, una zambullida para chapotear rico, en una siestita a la sombra de un molle. La felicidad mundana en vez de esta abrupta subida de espinas.

Su pantalón está agujereado por las ortigas. Las piernas le empiezan a sangrar. El hombre de chompa verde lo espera en un rellano, sin ninguna señal de cansancio, ni siquiera polvo en la ropa. Le indica con la mirada que ha de limpiar su rastro. Otro error que corregir. Deja el costal en el suelo. Retrocede la cuesta echando tierra sobre sus pasos. Limpia sus heridas con hojas de eucalipto, que le dejan un aroma fresco. El hombre de chompa verde luce menos generoso que en las sesiones iniciáticas. “Bien amable era dando el mensaje supremo, su desprecio debe de ser por el rito, prueba mi templanza, mi devoción”, dice para sí en voz baja.

Piensa que la cumbre está cada vez más cerca. Que la iniciación era más dolorosa de lo que creyó en las prácticas, que quizá no estaba preparado todavía. Duda otra vez, pero alegre. La cumbre está a media hora de camino, y el sacrificio era la prueba de su fe, la purificación necesaria de su vida anterior. La ciudad debería desaparecer para construir un nuevo mundo en la  naturaleza, el destino inevitable. En el eco de los cerros, escucha con odio las campanas de una iglesia llamando a la misa de las nueve. Religión mentirosa.

El hombre de chompa verde le señala el escarpado sendero izquierdo, mientras sube por el derecho. La última escalada a la cima debía ser por el lado más difícil. Arrastrando el costal, sigue las indicaciones, mordiéndose la lengua para no recriminarle por sus abusos. No, no tiene ningún derecho a quejarse. Es la prueba y debe terminarla bien. Se arrepiente de sus lamentos, de sus dudas, juegos y llantos de niño. Se insulta a sí mismo, temeroso de que el hombre de chompa verde hubiera visto su actitud cobarde. Los campanazos ahora imaginarios no cesan de azotar su sien.

Ya en la cima, deja el costal en el suelo. Tiene el cuerpo contraído, sus manos son torpes garras que no pueden abrir la bolsa. Ayudándose con el codo y los antebrazos, vuelca en la tierra el cordero muerto y desangrado. Escucha, o imagina, horribles motores de automóviles. Piensa en el río cochino, lleno de relave, mineras asesinas. El ruido lo hace caer al suelo, sudoroso y ensangrentado.

Con la visión borrosa, mira al hombre de chompa verde sacándose el sombrero de fieltro negro, que le da una mirada furiosa a su cuerpo y el del cordero, inmóviles, y le señala un espacio en el suelo. Escucha como de entre unos matorrales saca una pala y se la entrega con violencia, siente que lo desprecia como a una alimaña. Cordero muerto y hombre son lo mismo en esos ojos de fuego. 

Descoordinado, introduce la pala en el suelo rocoso. Parece impenetrable. Con movimientos mecánicos, extrae pedazos de piedras y tierra. Las campanas de la iglesia, detenidas en su cabeza, reverberan metálicas en cada esfuerzo. El hoyo está incluso más grande de lo necesario. El final de la prueba está a un paso.

El hombre de chompa verde, aburrido por la espera, se le acerca sin titubear. Trae en la mano izquierda el cuenco con la sangre. Lo avienta. Con un cuchillo que traía oculto en la mano derecha, le corta el cuello de un solo tajo al otro, que escucha en la incisión la última campanada. Empuja al hoyo el inofensivo cuerpo muerto.

Se saca la chompa verde para empezar el trabajo de cubrirlo con tierra, mientras piensa en las ventajas de ser aceptado en el grupo apenas por matar a un tipo, en lo fácil que le fue pasar su prueba, que fue mucho más fácil que en los entrenamientos, y hasta en las yerbas que usará para condimentar ese jugoso cuerpo que yace en el suelo.

 

© Miguel Ángel Vallejo Sameshima, 2010

 

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Miguel Ángel Vallejo Sameshima (Lima-Perú, 1983) Es bachiller en Literatura por la UNMSM. Fue co-organizador del coloquio Lo cholo en el Perú, organizado por la Biblioteca Nacional del Perú (BNP) y editor de los libros de dicho evento. Ha publicado el libro de cuentos Móviles en difuminado (2003) y el Catálogo bibliográfico del coloquio Lo cholo en el Perú (2008). Ganador del segundo concurso de intervenciones artísticas del Teatro de San Marcos con el proyecto “Vía Viento. Memorias de Lima a través de un microbus”, intervención expuesta en el CCSM y la BNP. Ha sido consultor de Naciones Unidas. Actualmente es profesor de la Escuela Superior de Interpretación y Traducción de Lima y redactor de Culturales del diario El Peruano. Colabora con las revistas Libros y ArtesEl HabladorCasa de Citas y Arte Marcial.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento18_1.html
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