Reinhard Huamán Mori

Jorge Giraldo

Ximena Figueroa Flores

César López Núñez

Dante Ayllón Bulnes

Diego Alonso Sánchez

Denisse Vega Farfán

Miguel Ángel Vallejo Sameshima

Sebastián Kleiman

a Ana Xochitl Ávila

a Jennifer Thorndike

a Alejandro Neyra

 

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La Biblia y la salsa de soja

por Sebastián Kleiman

 

Debo a la conjunción de un jefe tunecino y otro chileno el conocimiento de Martín Brauer. El hecho se produjo hace tres meses, durante un congreso de la ONU en Puerto Madero. El tunecino se inquietaba al ver que, en lugar de no hacer nada como el resto de nuestros compañeros de trabajo, mi nuevo amigo y yo escribíamos sátiras que lo tenían por protagonista; el chileno solo nos rogaba que hiciéramos nuestra puesta en escena de The Importance of Being Earnest a distancia prudencial del mostrador, para que los delegados de Francia y el Reino Unido no se vieran apabullados por el peso de la cultura argentina. Una mañana Brauer trajo una peluca que había comprado una tarde en que estuvo de remate en el barrio de Once. Al día siguiente extrajo de su mochila una Biblia de Guttenberg. Antes de dejármela sostener en brazos, me advirtió que, en la versión que tenía entre manos, el pueblo de Israel había pasado a llamarse Pescadores de Raza o Pescaderos de Área (para evitar eventuales rimas involuntarias), y que a Moisésle habían cambiado el nombre por elde Jürgen Klinsmann. Más incrédulo que indignado, abrí el pesado tomo en una página cualquiera, porque de todas formas mi desconocimiento del alemán escrito es tan absoluto como el oído de Mozart, por no decir nada acerca del hecho de que mi entendimiento del alemán hablado no es, ni empero, mayor que el de Beethoven. El azar dispuso que el libro se abriese en la página en donde Dios se le revela a Moisés a través de la zarza ardiente. Le entregué el libro a Brauer para que leyera en voz alta unas frases que sonaron a directivas de la GESTAPO; enseguida se encargo de volcarlas al español judeocristiano (ladino): “¿Quién eres?, preguntó Jürgen. Y Dios le respondió: Salsa de Soja”.

Le dije a Brauer que la traducción, amén de inexacta, era blasfema; por mucho menos que eso, a Lutero y Espinoza los habían excomulgado por dos meses, impidiéndoles asistir al sorteo del Mundial de las Religiones que se disputaría al año siguiente en el Monte de los Olivos, segunda Meca del Islam y primera del judeocristianismo. Le pedí a Brauer que me dejara echar un vistazo al versículo. Examinarlo y revisar la fecha de impresión fue casi todo uno. No sin resquemores, tuve que admitir que Brauer había traducido bien: efectivamente, la palabra alemana  Sojasoße había conocido la imprenta casi al mismo tiempo que Guttenberg. Brauer me dijo que nunca antes había visto un error alemán semejante, y que la sangre de sus ancestros judeo-alemanes lo conminaba a encontrar el origen del desliz. Retruqué que mi sangre judeo-polaca estaba acostumbrada a los equívocos de rusos y alemanes, sobre todo en lo que a cartografía se refiere, pero que, si precisaba un humilde ladero que le marcara con inclemencia las falacias de sus deducciones, con gusto lo ayudaría en la pesquisa.

Comenzamos por el principio: el Séfer Bereshit. Recordé que, donde el ineficiente traductor alemán había escrito la palabra compuesta Sojasoße, el original hebreo, dictado por Dios a Moisés en el monte Sinaí, simplemente rezaba el verbo Hineni, de traducción imposible al castellano. Los porfiados lenguaraces que se empecinaron en traducirlo al español como “soy el que seré” siempre reconocieron que su versión tenía mucho menos ritmo que la portuguesa “o qué será qué será”. Así y todo, concluimos tajantemente con Brauer, era imposible que los escribas españoles hubieran ignorado la más atinadas de las traducciones a una lengua romance: la Bible francesa del monje Flaubert. En su esfuerzo por expresar el verbo hebreo en su italiano nasal de aguda acentuación, el asceta acuñó este feliz hallazgo: “la zarza ardiente c’est moi”.

Partiendo de esta pista insignificante, con Brauer nos propusimos rastrear el origen del error alemán en el destino de los cinco ejemplares franceses de la primera edición de la Bible. Porque nuestro jefe tunecino era el francófono que teníamos más a mano, acudimos a él en primer lugar. Por ignorancia, él nunca había oído hablar de la Biblia ni de Flaubert, pero así y todo no se privó de recomendarnos la lectura del Corán y de las 1001 noches, los únicos dos libros en los que, según él, solo un ciego argentino podía no haber visto camellos y palmeras. Agotada nuestra paciencia, encaramos a nuestro jefe chileno, que por haber escapado a Suiza poco antes de la asunción de Salvador Allende, y por llevar ya treinta años tratando de pronunciar la r francesa sin ayuda de Ginebra, se merecía una consulta. En un principio, él tampoco fue capaz de arrojar demasiada luz sobre el asunto, pero a último momento creyó recordar que, en sus años mozos, cuando salía con niñas, había visto una botella de coñac cuya etiqueta mostraba un grumete francés que, munido de un pesado libraco “gordo como una Biblia”, se disponía a embarcar en una de las carabela de Colón. Lamentablemente el chileno no era capaz de precisar si había entrevisto la imagen en la botella antes o después de habérsela bebido él solo, pero una corazonada nos reveló a Brauer y a un servidor que aquellas eran las únicas palabras sensatas que le habíamos oído en las dos semanas que llevábamos trabajando para él.

Con la excusa de que un ciclón amenazaba con trasladarse de Boedo a Centroamérica en la esperanza de obtener un título continental, convocamos a los delegados de todos los países caribeños a cuyas costas hubieran arribado las naves de Colón, y, ahí nomás, entre un chascarrillo y otro, con Brauer empezamos a atosigarlos con preguntas sobre la Biblia y el calefón. Finalmente, después de varias inquisiciones, el representante de Cuba admitió conocer la historia de la Biblia francesa.

Según nos relató el mulato, ni bien pusieron pie en Cuba, los marineros de Colón perdieron como por arte de magia la capacidad de pronunciar la r española vibrante, pero lograron conservar su negación para el aprendizaje de idiomas extranjeros. Frases simples como what’s your name? suponían un dolor de cabeza para los conquistadores de Cuba; los marineros caían como moscas al intentar leer frases más complejas y foráneas como la mencionada “la zarza ardiente c’est moi”. Para evitar más muertes y hacerles inteligible la palabra del Señor, el grumete francés acometió la traducción de la Bible de Flaubert al incipiente dialecto cubano. Fatigó las más de mil páginas sin dejar una sola palabra en francés, y reemplazando todas las veces que fue necesario la letra r por la l, para facilitar la fonética. “La zarza ardiente c’est moi” pasó al creole cubano como “la zalza aldiente soy yo”. Colón en persona, en su calidad de comandante en jefe de la isla, corrigió la traducción y finalmente optó por una opción más genovesa: “soy salsa al dente”.

Años más tarde, siguió contando el representante cubano, en un confuso episodio conocido como Piratas del Caribe, un corsario inglés se hizo con un ejemplar de la Biblia cubana como botín captura el hincha durante la vuelta olímpica de su equipo, y, tras una larga travesía, el libro recaló finalmente en las costas de Nueva Inglaterra. Como en aquel entonces el gobierno inglés impedía la inmigración de súbditos españoles y de sus virreinatos, no se pudo encontrar en todas las colonias de América del Norte un solo latino capaz de interpretar la Biblia cubana. Los cubanos, nos confesó el delegado, siempre sospecharon que el ejemplar terminó por caer en manos de los inmigrantes puritanos que fundaron el barrio Little Italy en Nueva York.

Brauer y yo agradecimos el testimonio del moreno, y de inmediato nos pusimos a googlear en busca del paradero de aquella traducción cubana, precursora de los gusanos balseros. Efectivamente, pudimos comprobar que el ejemplar había caído en manos italianas. Dos inmigrantes de Cerdeña, que a duras penas entendían el italiano de Dante, asumieron la misión divina de traducir esa Biblia criolla a la lengua del país que los acogía. Reverendos ignorantes tanto del español como del inglés, no fueron capaces de entender el significado del verbo español soy, y decidieron dejarlo sin traducir en la versión inglesa; con ayuda de un paisano que había encontrado trabajo en la cocina de un restaurante de Manhattan, pudieron encontrar un equivalente inglés para la palabra salsa: sauce. Como les parecía que la expresión al dente era redundante (todas las salsas italianas son al dente), la versión inglesa terminó rezando: soy sauce (salsa de soja).

Quién, cómo y por qué tradujo esa Biblia inglesa al alemán y se la acercó a Guttenberg para que probara su invento son interrogantes que aún nos quitan el sueño a Brauer y quien entreteje estos dislates. Por el momento, lo único que sabemos a ciencia cierta es que una copia de la versión inglesa se conserva en el Carnegie Hall de Nueva York. Lo sabemos porque Mercedes Sosa confesó haberla leído en los camarines durante uno de sus recitales y quedar pasmada. Tanto la conmovió el versículo que nos atañe que la Negra decidió hacerlo suyo e incorporarlo al tema Soy Pan, soy paz, soy más. En la noche del 24 de noviembre de 1986, ante una sala repleta de neoyorquinos, la negra salió a escena y cantó: Soy pan, soy paz… soy sauce.

 

© Sebastián Kleiman, 2010

 

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Sebastián Kleiman (Buenos Aires-Argentina, 1978) Cursó y abandonó la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Fue asistente de redacción del periódico Nueva Sión y corrector de la revista Horizonte. En 2004 publicó su primera y, hasta el momento, única novela, Afanes literarios. Actualmente prepara la traducción de un libro de cuentos del escritor Ambrose Bierce. Está por recibirse de traductor de inglés, aunque las paradojas de la vida lo han llevado a la ciudad de Rosario, donde reside desde unos meses y trabaja como traductor de italiano. Su blog es www.soydeleven.blogpsot.com

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento18_2.html
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