Reinhard Huamán Mori

Jorge Giraldo

Ximena Figueroa Flores

César López Núñez

Dante Ayllón Bulnes

Diego Alonso Sánchez

Denisse Vega Farfán

Miguel Ángel Vallejo Sameshima

Sebastián Kleiman

a Ana Xochitl Ávila

a Jennifer Thorndike

a Alejandro Neyra

 

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Bajo el zapato

por Ana Xochitl Ávila

 

Sereno, el alacrán camina sobre las baldosas a la merced de nuestra sombra. El jardinero afirma que su picadura de ninguna forma es dañina, sino algo así como indiferente:
–No hace nada.
Y el grupo de invitados, inspirados por un súbito espíritu científico a costa ajena:
–A ver pues, hombre, que lo pique...
Pero la hombría del trabajador no pasa ni pasará por las demostraciones gratuitas. Tiene suficiente con los percances cotidianos. Alega cualquier cosa:
–La cisterna.
Es cierto, en la casa de campo o se llena o no habrá agua, y se trepa con sus viejos huesos de cubierta bruñida.
Al alacrán mi tía no tendría inconveniente en aplastarlo, de hecho sería un gusto, avanza discretamente a la zaga del bicho:
–Hay multitud, negros y poco estresados, al contrario de los en cautiverio...
Y, en verdad, que no tienen por qué:
–Están en su casa.
Una expresión que mi padre, por ejemplo, nunca pronuncia, no lo vayan a tomar en serio.
–Aunque a veces se descuelgan.
Se asoman por la coladera al baño y luego no saben cómo salir. Días después se les halla tiesos, cuatro o cinco de golpe. El caparazón sin pulpa del bicho extinto saludando con sus armas inútiles, le recuerda a mi padre el ejército. Los alinea sobre el lavabo en formaciones según el contingente disponible.
–A ese baño no, acuérdate Lupe.
La sirvienta cree entender los misterios de la casa y aprueba con la cabeza.
Alrededor del asado, los invitados festejan un año más de vida. La vida en el metro cuadrado de sol que atraviesa a su pesar el alacrán noctívago rumbo a una maceta. Mi tía detrás, los mataría a todos.
–Están en su casa…
Aunque el cuarto bajo la cisterna empiece a gotear.
–Pasa de vez en cuando –sonríe mi madre mientras busca al jardinero.
La leve inundación culmina con una lluvia privada desde el techo. En la terraza, tan sólo se mudan un poco las mesas para evitar salpicaduras, la tapa de la cisterna crepita, el espectáculo resulta del tipo digestivo opina la asistencia, pero el jardinero no aparece y bromas aparte eso tiene facha de explotar.
–¿Quién sube?
Mi padre no, mi madre claro que no, los invitados menos.
–Basta cerrar el agua –me instruyen y olvidan en cuanto mengua la tromba.
El asunto fue más fácil de lo que pensé, ahora coloco la cubierta de cemento sobre el grifo:
–Con cuidado.
Frase que repito en talismán y me aplasto la mano (bueno, un dedo) ignoro con cuántos kilos. Lo extraigo y puedo contorsionarme a gusto, porque nadie ve.
–¡Hielo! Lupe.
–Las cervezas están tibias, ya no hay, le dije a su mamá.
–Agua entonces.
Me mira con cara de decirme: nos inundamos.
–¿Mineral?
Bajo el zapato y con una sonrisa en los labios, mi tía aprovechó el movimiento de las mesas para triturar al alacrán.
–Brindemos.
Un buen chorro de agua para desinflamar el índice tumefacto. Metería la mano a la cuenca del lavabo excepto que lo vi: negro, tenía las tenazas afuera y la cola aún en el desagüe.
Respiro:
–Vaya, otro muerto.
Mas el muerto se movía. En definitiva, esa casa era el colmo:
–¡Alacranes, papá!
Y mi padre, por fin:
–¿Vivos?…Ah, eso es diferente, un momento.
Y regresa con el palo de rescate de los bichos.
–¿Cómo? ¿Uno solo?

 

 

© Ana Xochitl Ávila, 2010

 

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Ana Xochitl Ávila (D.F.-México) Escritora de trayectoria variada, con estudios en historia, filosofía y pintura. Ha vivido en México, Alemania, Estados Unidos y actualmente radica en Francia. Autora del libro de cuentos Alegría de Enola, y del poemario Los días zurdos. Obtuvo la medalla de bronce en la categoría relato por la Académie Internationale de Lutèce 2010. El presente cuento es parte de un libro en formación.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento18_3.html
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