Carlos Germán Belli
Roger Santiváñez
Chrystian Zegarra
Ezequiel D’León Masís
Alessandra Tenorio Carranza
Melania Menéndez Salazar

El profesor malgeniado / Jorge Eslava
Un instante para Aída / Rafael Sánchez Villegas
Don Quijote contra las trasnacionales / Giancarlo Stagnaro
La Estatua de Bronce / Roberto Roig
El adversario ambiguo / Martín Palma Melena
Sueño desde la jaula / César Pajuelo Moore
Heriberto El Enfermo / Manuel Aguirre

 

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Un instante para Aída

por Rafael Sánchez Villegas

 

"El instante concierne al mundo.
Es un corte del tiempo que no sangra".

Emmanuel Levinas,
La huella del otro

A ver a ver, tenemos una llamada. ¿Hola? / Buenas noches. / Casi no la escucho hermana. ¿De dónde nos llama? / De aquí, de Guadalajara. / Muy bien, muy bien, nosotros la ayudaremos. Dígame ¿qué la acongoja? / Pues… no sé como decirle, nunca había llamado a un programa como éste. / Más vale tarde que nunca hermana peregrina, no tenga miedo, nosotros estamos para servir, esa es nuestra misión, nuestra razón de ser. / Bueno, pues… este… llamo para que me ayude a saber qué es lo que tengo. / ¡Cómo que qué es lo que tiene hermana! / Sí, sí, ¿por qué siento este dolor? ¿Qué es esto que me duele tanto? / A ver a ver, creo que nos estamos preocupando antes de tiempo. Mejor dejemos que las cartas nos ayuden a iluminar su situación. Dígame, ¿cuándo nació usted hermana? / 25 de noviembre del 81.

Escribiré sobre la radio encendida en tres mil casas apagadas para acompañar el silencio. Escribiré sobre manos que combaten fantasmas, radiofantasmas y otras manos tan peludas como las propias. Escribiré sobre líneas digitales, partidas, quebradas, accidentadas, que se iluminan cuando el off coincide con todos los dedos invisibles. Escribiré sobre luz de día que inverna tantas horas como dura una canción de Luis Miguel. Escribiré sobre camas, sillones, sofás, colchonetas cuyas sábanas se arrugan para mover la frecuencia radial. Escribiré sobre canciones que nunca terminan, y no por efecto de algún big bang sonoro, sino por la amputación del aburrimiento. Escribiré sobre voces que, desde lejos, encapsulan moscas para que nunca mueran.

Las horas y los desconocidos son minucias para Aída en el camión urbano. Un Cristo predica desde la cabina del chofer. Qué ironía, siempre ha creído que los centímetros cuadrados que rodean a un minibusero son la entrada más directa al último de los infiernos. En realidad nunca ha sabido distinguir plenamente entre lo celestial y lo infernal. Sin embargo, las mentadas de madre y el gesto perruno del minibusero delatan que la siguiente parada será un pozo cálido para que bajen pecadores. El neón, frío y benévolo, se apaga y se prende como los ojos de un Dios que, a veces, se hace wey con aquello de las vagancias terrenales.

Hola, ¿cómo te llamas? / A ti no te interesa tanto mi nombre; se te olvidará en cuanto bajes del camión. A mi ni siquiera me interesa conocer tu nombre. / Uyyyyy, perdón, eh. No pensé que con esa carita de ángel te cargaras ese carácter de perro.

Mejor no buscarle dos colores al arcoiris, mejor aceptar que las calcomanías de la guadalupana saben jugar sucio con los conejos elegantes, de moñito, de Playboy. O tal vez no: el conejo escapa del acoso sexual de una mujer preñada por la luna y los ángeles precoces. En la siguiente parada el conejo blanco se escabulle entre las piernas que suben al camión, agolpándose. Aída sigue con la mirada y con el cuerpo torcido los saltos del conejo engalanado. Al parecer, tantos años en el espejo retrovisor de un minibús no le sirvieron para aprender cuestiones de tránsito. Tal vez su maestro nunca le quiso dar clases. El conejo engalanado, de negro traje y contorno blanco, ignora el rojo del semáforo: es arrasado por mil luces. El conejo blanco y negro se hizo rojo. Aída, impasible, recoge su mirada curiosa; la recoge y la guarda en el suelo de plata manchada del minibús. Mejor no. Mejor que la pierda en un pestañeo repentino del constante punchis punchis de teología barata y de neón pirateado… No, mejor que se esconda tras sus audífonos.

¡Recuérdelo hermano! Peregrinos somos todos aquí. Todos pasamos por aquí. Nosotros, sus amigos del Amor Universal, no somos la fuente de la felicidad. ¡No hermano! La felicidad usted la hace, usted la inventa todos los días. No hay cremas, ni pastillas, ni cirugía humana que le ayuden a conservar esos años maravillosos. ¡No, no, no, no, no! Usted, hermano, hermana, usted es el único capaz de llenar ese hogar, ese ser, ese templo del Espíritu Santo que es su casa y su propio cuerpo. No se deje convencer por esas malas influencias que son los únicos causantes de esas arrugas. Háganos caso hermano, háganos caso, ténganos fe. Sus amigos del Amor Universal lo apoyamos. No le resolvemos su problema, le ayudamos a resolverlo.

Aída sueña que está en la torre más alta del mundo, frente a la ventana más amplia de la torre. Su mirada es prodigiosamente abarcadora. La mirada de Aída no es capaz de cruzar el cristal que limpian todas las mañanas los obreros del espejo del cielo. Las ciudades brillan y amenazan con ser sinceras respecto a la belleza del cosmos. Pero aquí no hay cuidad, sólo espejos verticales. El espacio de la ciudad -porque la ciudad es antes que el espacio- es el desierto desolado de los días comunes. Aída busca en vano las cuadras habitadas. La ciudad se vacía y Aída retrocede. Se aleja de la ventana interminable de una torre casi blasfema. Aída se da cuenta del engaño: el suyo es un sueño patrocinado. La ventana ni siquiera es de alta definición. Hay una malla finísima que cubre la visión. Alguien le ha cambiado de canal: la luna está incompleta y el cielo es un charco oscuro.

Hermano, peregrinos somos todos los que estamos aquí, los que estamos por aquí. No se preocupe por su marido, por su mujer, por su hijo malcriado, por ese amor difícil, por la vecina que le roba su correspondencia. Nada de eso merece su congoja, venga a nuestras oficinas, aquí le ayudaremos a ayudarse. Recuérdelo, ya lo dijo Nuestro-Señor-Jesucristo: “ayúdate que yo te ayudaré”. ¿Cuál es su problema? Sólo tiene que decirnos su fecha de cumpleaños. 34-56-78-97, 34-56-78-97, 34-56-78-97, 34-56-78-97, 34-56-78-97, 34-56-78-97, 34-56-78-97. No lo dude más, llámenos ahora y nosotros, sus amigos del Amor Universal lo atenderemos con gusto… A ver a ver, tenemos una llamada. ¿Hola?... Casi no la escucho hermana. ¿De donde nos llama?... Muy bien, muy bien, nosotros la ayudaremos. Dígame ¿qué la acongoja?... Más vale tarde que nunca hermana peregrina, no tenga miedo, nosotros estamos para servir, esa es nuestra misión, nuestra razón de ser. ¡Cómo que qué es lo que tiene hermana!... A ver a ver, creo que nos estamos preocupando antes de tiempo. Mejor dejemos que las cartas nos ayuden a iluminar su situación. Dígame, ¿cuándo nació usted hermana?

14 de febrero de 2004

Aída:

Si estás leyendo esta carta significa que no pudimos arreglar nuestras diferencias. Al principio creí que si nos veíamos en el café de los portales tal vez podríamos platicar y llegar a un acuerdo común, por el bien de ambos. A parecer no pudo ser así. Lamento que no hayas podido entender mi situación, pero no te reprocharé nada. Espero que sigamos siendo amigos, aunque ya te conozco, de seguro tomarás esto demasiado a pecho. Tú siempre dijiste que éramos el uno para el otro. Yo ya no creo que exista alguien para cada persona en el mundo. He cambiado mucho, ya no soy el mismo que conociste, es cierto, pero no me avergüenzo. Lo que lamento de verdad es que tú no puedas modificar en nada tu forma de pensar. Creo que es precisamente eso lo que nos lleva a esta situación. La verdad es que te quise, pero ahora quiero tomar otro rumbo en mi vida. Ya sabes que cuentas conmigo en todo. No hay rencores ni nada, porque de verdad pasamos muchos momentos felices. El tiempo todo lo cura. El tiempo es sabio.

Siempre contigo
R.

Unos converse azules despedazan, movilizan la noche acuática. La plaza, con sus adoquines nuevos y sus colillas de cigarros, tan antiguas como el tabaco, se desplaza para dejar avanzar los pasos. De los árboles cuelgan techos de puestos de tamales y elotes. Las luces iluminan los ojos de las personas que atraviesan las veredas enrejadas por los años. La última gota de una lona amarilla alcanza un foco, recorriéndolo amorosamente en su camino al suelo, rumbo al conocimiento pleno de otro charco oscuro. Allá, a lo lejos, están los famosos portales. ¿Cómo elegir una entrada? ¿A través de cuál portal uno podría escapar en caso de emergencia? Si los portales se queman ¿las cervezas y los cafés serían capaces de apagar las llamas? Por ahora, de nuevo, no hay peligro.

¿Te traigo lo de siempre Aída? / No… bueno sí. Pero esta noche quiero que el humo del café me queme los pulmones. / ¡¿Te lo vas a tomar?! No podría permitir que te hagas daño. / No te preocupes. Sólo quiero olerlo. El gusto es engañoso, pero el olor todavía es sincero conmigo. / Aída, Aída. Está bien, en un minuto tendrás sobre tu mesa una taza casi derretida por el café hirviente. / Qué amable. / ¿Esperas a R.? ¿Le traigo su cerveza? / No… bueno, sí lo espero. Pero no creo que se quede mucho tiempo. / Se pelearon otra vez. No te preocupes, este café es lo que los médicos recetan a las parejas que andan de la greña. ¿Acaso les ha fallado alguna vez? / No, claro que no… Espero que no.

Las mesas son cercos para atrapar mariachis y tríos desgastados. Aída espera en una mesa. Mientras tanto, cubre su cabeza con un paliacate rojo y sus oídos con los audífonos de su walkman. Si pudiéramos escuchar lo que ella escucha tendríamos la sensación de que la profecía y el pasado son posibles en las ondas sonoras.

¡Recuérdelo hermano! Peregrinos somos todos aquí. Todos pasamos por aquí. Nosotros, sus amigos del Amor Universal, no somos la fuente de la felicidad. ¡No hermano! La felicidad usted la hace, usted la inventa todos los días.

Despierte señorita. Ya casi llegamos a la terminal. Despierte. Despierte señorita. Se va a quedar sola. Ya casi termina su ruta el camión. / Eh… ah… gracias señora. Me quedé dormida. / ¿Por qué te quedaste dormida? / ¡Ay! / Eso no se pregunta chamaco. / No, no pasa nada. Me quedé dormida porque estoy muy cansada. / ¿Y porqué estás cansada? / Porque a veces la vida cansa.

Aída despierta. Aída, cuando no sueña en los minibuses se toma un café en los portales. La cucharita azucarera es rosa empolvada de leche. El milagro de leche que se transforma en pepitas sólidas infinitesimales: un milagro del que sólo me preocupa el dolor de la ubre de la vaca, pues las vacas no son minas. El café humea hasta el cielo, pero antes pasa por los agujeros oscuros y profundos de la nariz aguileña de Aída. El humo del café llega a los pulmones, los quema: por algún artificio congénito sólo los pulmones de Aída pueden transformar el aroma del café en oxígeno respirable. El aroma del café a veces huye entre los dientes de Aída. Sin embargo, no ha sido posible saber si esta forma de aroma procesado orgánicamente es agradable, pues casi siempre sale acompañado del humo del cigarro. Aída sabe que R. está cerca pues el humo se vuelve transparente. Los charcos oscuros de una plaza sólo pueden sonar de una forma cuando los converse de R. los destrozan sin permiso.

Al parecer se cortó la comunicación con nuestra hermana. Por lo menos nos pasó el dato de su fecha de nacimiento. 25 de noviembre de 1981. Pues sí hermana, en efecto, aquí las cartas nos están diciendo que está pasando por un problema de índole amoroso. Su pareja se le fue. Pero no se preocupe, le tengo buenas noticias. Su pareja se fue porque hay alguien que está trabajando con magia negra sobre la voluntad de su pareja. Alguien, alguna persona envidiosa, se lo está sonsacando. Pero no se preocupe hermana, nosotros le ayudaremos. Nada más visítenos el día de mañana en nuestras oficinas. Yo mismo la atenderé. Sólo más necesito que me traiga alguna fotografía donde estén los dos juntos, usted y su pareja, y yo le prometo que en una semana ya está de nuevo con usted. Yo se lo regreso. ¿Estamos de acuerdo?... Bien, vamos a unos comerciales… ¿Problemas económicos, familiares, sentimentales? ¡No se preocupe más! ¡Los amigos del Amor Universal están aquí para apoyarlo! ¡Sintonícenos, de lunes a domingo, de 10 de la noche hasta la 1 de la madrugada en su cuadrante 103.5 de FM! ¡En Radio Anhelo!... Radio Anhelo, música y palabra para el corazón

Buenas noches se-ño-ri-ta. ¿Hoy no viene acompañada? / No. Hoy no vengo acompañada. / Mmmmm. Mal, mal, mal, mal. ¿Pero qué se le va a hacer, verdad se-ño-ri-ta? / ¿Tiene libre la habitación 214? / Pero se-ño-ri-ta, la habitación 214 casi casi le pertenece. / Entonces déme la llave. / Claro que sí se-ño-ri-ta. Pero antes, como usted bien lo sabe, es necesario llenar algunos papelitos y recibir otros… Aquí está. Ha de saber que el recepcionista de la mañana tiene hecho este cajón un verdadero caos... Bueno, en fin… ¿cuál es su nombre? / Me llamo Mar… / No tiene que ser el verdadero, si usted no quiere darlo. / Me llamo Aída. Aída Gómez. / ¿Es la primera vez que nos visita? ji, ji, ji… Es broma, es broma. / No, no se ría. De alguna manera sí es la primera vez que visito este hotel. / Primera vez. Mmmmjjjjjjjjjuuu. Muy bien. La habitación 214 es suya por esta noche y hasta mañana al mediodía. Son 350 pesos y aquí tiene las llaves. Bueno, así les decimos por la costumbre, pero en realidad es una tarjeta electrónica. ¿Ya sabe cómo usarla? / Gracias. Ya sé cómo. / Gracias a usted, ¡y que pase buena noche!, se-ño-ri-ta.

Son las 12, con 30 minutos. 12 con 30 minutos. 12 con 30.

Recepción, buenas noches. / ¿Sabe por qué nunca nos fuimos a un motel de paso? Porque a mi me gustaba quedarme en la cama con él hasta el mediodía. / Bueno, gracias por su interesante… confesión.

Es un hotel viejo, quién sabe si tanto como su relación con R. Lo cierto es que desde la primera vez que visitaron el hotel no han cambiado esos teléfonos de marcado giratorio. Aída no ha logrado acostumbrarse al círculo agujerado; sin duda, los dígitos son más dóciles. Además, en lo que el nueve regresa a su sitio el siguiente número escapa de la agenda de la memoria.

3-4-5-6. Achhh. 3-4-5-6-7-8-9-7.

Aída se sienta en la orilla de la cama. La colcha, más arrugada que de costumbre, ya no es tan amarilla como antes. Ahora parece carne, piel desgastada y mal vivida. Aída se ríe. Cómo si hubiera una forma “bien” de vivir. Marca de nuevo.

3-4-5-6-7-8-9-7.

Allá afuera dicen que es la media noche. Un semáforo ya nomás parpadea por efecto de su mecanismo. Si tuviera voluntad propia tal vez ya se habría apagado a sí mismo. Mientras tanto parpadea al mismo ritmo que el tono del teléfono. El semáforo se apaga.

Buenas noches… De aquí, de Guadalajara… Pues, no sé como decirle, nunca había llamado a un programa como éste… Bueno, pues… este… llamo para que me ayude a saber qué es lo que tengo… Sí, sí, ¿por qué siento este dolor? ¿Qué es esto que me duele tanto?... 25 de noviembre del 81.

Nunca ha habido para Aída más silencio. Nunca se había preguntado por qué los hoteles en vez de tener televisiones no tienen radios. Pero esta noche el silencio penetra más que la noche misma. No debió salir como loca del café de los portales. Está segura de que nadie será lo suficientemente decente como para regresarle su walkman. Cuando no hay sonido Aída acostumbra escribir para después leer lo escrito en voz alta. No puede dejar de pensar en aquel conejo elegante que, por defenderse de un acoso sexual, huyó del minibús, tan sólo para entregarse a la violación de mil luces unidireccionales. Aída no entiende por qué no puede dejar de pensar en los contornos blancos, el traje negro y la sangre roja de aquel conejo muerto. ¿Su muerte será de verdad una tragedia o, al menos, algo de qué preocuparse? ¿Cuál es el problema de la vida: vivirla o perderla? Aída coloca su cuaderno forrado con rostros en blanco y negro de niños indígenas mexicanos. Al parecer quiso ocultar con ese forro lo que se vuelve evidente en cada una de las hojas del cuaderno: Hello Kitty.

Escribiré sobre el dolor que siento. Escribiré sobre este hotel sin radio ni sonido. Escribiré sobre mis manos escribiendo. Escribiré sobre los teléfonos antiguos. Escribiré sobre los programas de ayuda espiritual. Escribiré sobre las sábanas de piel. Escribiré sobre las televisiones apagadas. Escribiré sobre las calles vacías y los semáforos que, a veces, también mueren. Escribiré sobre el café, las ciudades vacías, los charcos oscuros, los portales, las moscas encapsuladas, las cartas de despedida. Escribiré sobre la noche solitaria. Sobre lo oscuro que es un cuarto de hotel cuando termino de escribir, cierro mi cuaderno y apago la luz para ver el contorno brillante de un conejo blanco y elegante brincando sobre el silencio; un conejo cuyo instante, en realidad, nunca vi sangrar.

© Rafael Sánchez Villegas, 2005

 
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Rafael Sánchez Villegas (Tepic-México; 1981) Licenciado en Historia por la Universidad de Guadalajara. Desde 2001 ha publicado artículos, ensayos, reseñas, cuentos y poemas en periódicos, revistas y libros colectivos de las ciudades de Tepic, Guadalajara, San Luis Potosí, Morelia (México), La Habana (Cuba) y Madrid (España). Es autor del libro de poemas Galería Prosaica presenta. Ha recibido diversos reconocimientos por su labor literaria. Actualmente es becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Nayarit, en la categoría de creadores (2005).

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento8_2.htm


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