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"El
instante concierne al mundo.
Es un corte del tiempo que no sangra".
Emmanuel
Levinas,
La huella del otro
A
ver a ver, tenemos una llamada. ¿Hola? / Buenas
noches. / Casi no la escucho hermana. ¿De dónde
nos llama? / De aquí, de Guadalajara. / Muy bien,
muy bien, nosotros la ayudaremos. Dígame ¿qué
la acongoja? / Pues… no sé como decirle,
nunca había llamado a un programa como éste.
/ Más vale tarde que nunca hermana peregrina,
no tenga miedo, nosotros estamos para servir, esa es
nuestra misión, nuestra razón de ser.
/ Bueno, pues… este… llamo para que me ayude
a saber qué es lo que tengo. / ¡Cómo
que qué es lo que tiene hermana! / Sí,
sí, ¿por qué siento este dolor?
¿Qué es esto que me duele tanto? / A ver
a ver, creo que nos estamos preocupando antes de tiempo.
Mejor dejemos que las cartas nos ayuden a iluminar su
situación. Dígame, ¿cuándo
nació usted hermana? / 25 de noviembre del 81.
Escribiré
sobre la radio encendida en tres mil casas apagadas
para acompañar el silencio. Escribiré
sobre manos que combaten fantasmas, radiofantasmas y
otras manos tan peludas como las propias. Escribiré
sobre líneas digitales, partidas, quebradas,
accidentadas, que se iluminan cuando el off coincide
con todos los dedos invisibles. Escribiré sobre
luz de día que inverna tantas horas como dura
una canción de Luis Miguel. Escribiré
sobre camas, sillones, sofás, colchonetas cuyas
sábanas se arrugan para mover la frecuencia radial.
Escribiré sobre canciones que nunca terminan,
y no por efecto de algún big bang sonoro, sino
por la amputación del aburrimiento. Escribiré
sobre voces que, desde lejos, encapsulan moscas para
que nunca mueran.
Las
horas y los desconocidos son minucias para Aída
en el camión urbano. Un Cristo predica desde
la cabina del chofer. Qué ironía, siempre
ha creído que los centímetros cuadrados
que rodean a un minibusero son la entrada más
directa al último de los infiernos. En realidad
nunca ha sabido distinguir plenamente entre lo celestial
y lo infernal. Sin embargo, las mentadas de madre y
el gesto perruno del minibusero delatan que la siguiente
parada será un pozo cálido para que bajen
pecadores. El neón, frío y benévolo,
se apaga y se prende como los ojos de un Dios que, a
veces, se hace wey con aquello de las vagancias terrenales.
Hola,
¿cómo te llamas? / A ti no te interesa
tanto mi nombre; se te olvidará en cuanto bajes
del camión. A mi ni siquiera me interesa conocer
tu nombre. / Uyyyyy, perdón, eh. No pensé
que con esa carita de ángel te cargaras ese carácter
de perro.
Mejor
no buscarle dos colores al arcoiris, mejor aceptar que
las calcomanías de la guadalupana saben jugar
sucio con los conejos elegantes, de moñito, de
Playboy. O tal vez no: el conejo escapa del
acoso sexual de una mujer preñada por la luna
y los ángeles precoces. En la siguiente parada
el conejo blanco se escabulle entre las piernas que
suben al camión, agolpándose. Aída
sigue con la mirada y con el cuerpo torcido los saltos
del conejo engalanado. Al parecer, tantos años
en el espejo retrovisor de un minibús no le sirvieron
para aprender cuestiones de tránsito. Tal vez
su maestro nunca le quiso dar clases. El conejo engalanado,
de negro traje y contorno blanco, ignora el rojo del
semáforo: es arrasado por mil luces. El conejo
blanco y negro se hizo rojo. Aída, impasible,
recoge su mirada curiosa; la recoge y la guarda en el
suelo de plata manchada del minibús. Mejor no.
Mejor que la pierda en un pestañeo repentino
del constante punchis punchis de teología barata
y de neón pirateado… No, mejor que se esconda
tras sus audífonos.
¡Recuérdelo
hermano! Peregrinos somos todos aquí. Todos pasamos
por aquí. Nosotros, sus amigos del Amor Universal,
no somos la fuente de la felicidad. ¡No hermano!
La felicidad usted la hace, usted la inventa todos los
días. No hay cremas, ni pastillas, ni cirugía
humana que le ayuden a conservar esos años maravillosos.
¡No, no, no, no, no! Usted, hermano, hermana,
usted es el único capaz de llenar ese hogar,
ese ser, ese templo del Espíritu Santo que es
su casa y su propio cuerpo. No se deje convencer por
esas malas influencias que son los únicos causantes
de esas arrugas. Háganos caso hermano, háganos
caso, ténganos fe. Sus amigos del Amor Universal
lo apoyamos. No le resolvemos su problema, le ayudamos
a resolverlo.
Aída
sueña que está en la torre más
alta del mundo, frente a la ventana más amplia
de la torre. Su mirada es prodigiosamente abarcadora.
La mirada de Aída no es capaz de cruzar el cristal
que limpian todas las mañanas los obreros del
espejo del cielo. Las ciudades brillan y amenazan con
ser sinceras respecto a la belleza del cosmos. Pero
aquí no hay cuidad, sólo espejos verticales.
El espacio de la ciudad -porque la ciudad es antes que
el espacio- es el desierto desolado de los días
comunes. Aída busca en vano las cuadras habitadas.
La ciudad se vacía y Aída retrocede. Se
aleja de la ventana interminable de una torre casi blasfema.
Aída se da cuenta del engaño: el suyo
es un sueño patrocinado. La ventana ni siquiera
es de alta definición. Hay una malla finísima
que cubre la visión. Alguien le ha cambiado de
canal: la luna está incompleta y el cielo es
un charco oscuro.
Hermano,
peregrinos somos todos los que estamos aquí,
los que estamos por aquí. No se preocupe por
su marido, por su mujer, por su hijo malcriado, por
ese amor difícil, por la vecina que le roba su
correspondencia. Nada de eso merece su congoja, venga
a nuestras oficinas, aquí le ayudaremos a ayudarse.
Recuérdelo, ya lo dijo Nuestro-Señor-Jesucristo:
“ayúdate que yo te ayudaré”.
¿Cuál es su problema? Sólo tiene
que decirnos su fecha de cumpleaños. 34-56-78-97,
34-56-78-97, 34-56-78-97, 34-56-78-97, 34-56-78-97,
34-56-78-97, 34-56-78-97. No lo dude más, llámenos
ahora y nosotros, sus amigos del Amor Universal lo atenderemos
con gusto… A ver a ver, tenemos una llamada. ¿Hola?...
Casi no la escucho hermana. ¿De donde nos llama?...
Muy bien, muy bien, nosotros la ayudaremos. Dígame
¿qué la acongoja?... Más vale tarde
que nunca hermana peregrina, no tenga miedo, nosotros
estamos para servir, esa es nuestra misión, nuestra
razón de ser. ¡Cómo que qué
es lo que tiene hermana!... A ver a ver, creo que nos
estamos preocupando antes de tiempo. Mejor dejemos que
las cartas nos ayuden a iluminar su situación.
Dígame, ¿cuándo nació usted
hermana?
14
de febrero de 2004
Aída:
Si
estás leyendo esta carta significa que no pudimos
arreglar nuestras diferencias. Al principio creí
que si nos veíamos en el café de los portales
tal vez podríamos platicar y llegar a un acuerdo
común, por el bien de ambos. A parecer no pudo
ser así. Lamento que no hayas podido entender
mi situación, pero no te reprocharé nada.
Espero que sigamos siendo amigos, aunque ya te conozco,
de seguro tomarás esto demasiado a pecho. Tú
siempre dijiste que éramos el uno para el otro.
Yo ya no creo que exista alguien para cada persona en
el mundo. He cambiado mucho, ya no soy el mismo que
conociste, es cierto, pero no me avergüenzo. Lo
que lamento de verdad es que tú no puedas modificar
en nada tu forma de pensar. Creo que es precisamente
eso lo que nos lleva a esta situación. La verdad
es que te quise, pero ahora quiero tomar otro rumbo
en mi vida. Ya sabes que cuentas conmigo en todo. No
hay rencores ni nada, porque de verdad pasamos muchos
momentos felices. El tiempo todo lo cura. El tiempo
es sabio.
Siempre
contigo
R.
Unos
converse azules despedazan, movilizan la noche acuática.
La plaza, con sus adoquines nuevos y sus colillas de
cigarros, tan antiguas como el tabaco, se desplaza para
dejar avanzar los pasos. De los árboles cuelgan
techos de puestos de tamales y elotes. Las luces iluminan
los ojos de las personas que atraviesan las veredas
enrejadas por los años. La última gota
de una lona amarilla alcanza un foco, recorriéndolo
amorosamente en su camino al suelo, rumbo al conocimiento
pleno de otro charco oscuro. Allá, a lo lejos,
están los famosos portales. ¿Cómo
elegir una entrada? ¿A través de cuál
portal uno podría escapar en caso de emergencia?
Si los portales se queman ¿las cervezas y los
cafés serían capaces de apagar las llamas?
Por ahora, de nuevo, no hay peligro.
¿Te
traigo lo de siempre Aída? / No… bueno
sí. Pero esta noche quiero que el humo del café
me queme los pulmones. / ¡¿Te lo vas a
tomar?! No podría permitir que te hagas daño.
/ No te preocupes. Sólo quiero olerlo. El gusto
es engañoso, pero el olor todavía es sincero
conmigo. / Aída, Aída. Está bien,
en un minuto tendrás sobre tu mesa una taza casi
derretida por el café hirviente. / Qué
amable. / ¿Esperas a R.? ¿Le traigo su
cerveza? / No… bueno, sí lo espero. Pero
no creo que se quede mucho tiempo. / Se pelearon otra
vez. No te preocupes, este café es lo que los
médicos recetan a las parejas que andan de la
greña. ¿Acaso les ha fallado alguna vez?
/ No, claro que no… Espero que no.
Las
mesas son cercos para atrapar mariachis y tríos
desgastados. Aída espera en una mesa. Mientras
tanto, cubre su cabeza con un paliacate rojo y sus oídos
con los audífonos de su walkman. Si pudiéramos
escuchar lo que ella escucha tendríamos la sensación
de que la profecía y el pasado son posibles en
las ondas sonoras.
¡Recuérdelo
hermano! Peregrinos somos todos aquí. Todos pasamos
por aquí. Nosotros, sus amigos del Amor Universal,
no somos la fuente de la felicidad. ¡No hermano!
La felicidad usted la hace, usted la inventa todos los
días.
Despierte
señorita. Ya casi llegamos a la terminal. Despierte.
Despierte señorita. Se va a quedar sola. Ya casi
termina su ruta el camión. / Eh… ah…
gracias señora. Me quedé dormida. / ¿Por
qué te quedaste dormida? / ¡Ay! / Eso no
se pregunta chamaco. / No, no pasa nada. Me quedé
dormida porque estoy muy cansada. / ¿Y porqué
estás cansada? / Porque a veces la vida cansa.
Aída
despierta. Aída, cuando no sueña en los
minibuses se toma un café en los portales. La
cucharita azucarera es rosa empolvada de leche. El milagro
de leche que se transforma en pepitas sólidas
infinitesimales: un milagro del que sólo me preocupa
el dolor de la ubre de la vaca, pues las vacas no son
minas. El café humea hasta el cielo, pero antes
pasa por los agujeros oscuros y profundos de la nariz
aguileña de Aída. El humo del café
llega a los pulmones, los quema: por algún artificio
congénito sólo los pulmones de Aída
pueden transformar el aroma del café en oxígeno
respirable. El aroma del café a veces huye entre
los dientes de Aída. Sin embargo, no ha sido
posible saber si esta forma de aroma procesado orgánicamente
es agradable, pues casi siempre sale acompañado
del humo del cigarro. Aída sabe que R. está
cerca pues el humo se vuelve transparente. Los charcos
oscuros de una plaza sólo pueden sonar de una
forma cuando los converse de R. los destrozan sin permiso.
Al
parecer se cortó la comunicación con nuestra
hermana. Por lo menos nos pasó el dato de su
fecha de nacimiento. 25 de noviembre de 1981. Pues sí
hermana, en efecto, aquí las cartas nos están
diciendo que está pasando por un problema de
índole amoroso. Su pareja se le fue. Pero no
se preocupe, le tengo buenas noticias. Su pareja se
fue porque hay alguien que está trabajando con
magia negra sobre la voluntad de su pareja. Alguien,
alguna persona envidiosa, se lo está sonsacando.
Pero no se preocupe hermana, nosotros le ayudaremos.
Nada más visítenos el día de mañana
en nuestras oficinas. Yo mismo la atenderé. Sólo
más necesito que me traiga alguna fotografía
donde estén los dos juntos, usted y su pareja,
y yo le prometo que en una semana ya está de
nuevo con usted. Yo se lo regreso. ¿Estamos de
acuerdo?... Bien, vamos a unos comerciales… ¿Problemas
económicos, familiares, sentimentales? ¡No
se preocupe más! ¡Los amigos del Amor Universal
están aquí para apoyarlo! ¡Sintonícenos,
de lunes a domingo, de 10 de la noche hasta la 1 de
la madrugada en su cuadrante 103.5 de FM! ¡En
Radio Anhelo!... Radio Anhelo, música y palabra
para el corazón
Buenas
noches se-ño-ri-ta. ¿Hoy no viene acompañada?
/ No. Hoy no vengo acompañada. / Mmmmm. Mal,
mal, mal, mal. ¿Pero qué se le va a hacer,
verdad se-ño-ri-ta? / ¿Tiene libre la
habitación 214? / Pero se-ño-ri-ta, la
habitación 214 casi casi le pertenece. / Entonces
déme la llave. / Claro que sí se-ño-ri-ta.
Pero antes, como usted bien lo sabe, es necesario llenar
algunos papelitos y recibir otros… Aquí
está. Ha de saber que el recepcionista de la
mañana tiene hecho este cajón un verdadero
caos... Bueno, en fin… ¿cuál es
su nombre? / Me llamo Mar… / No tiene que ser
el verdadero, si usted no quiere darlo. / Me llamo Aída.
Aída Gómez. / ¿Es la primera vez
que nos visita? ji, ji, ji… Es broma, es broma.
/ No, no se ría. De alguna manera sí es
la primera vez que visito este hotel. / Primera vez.
Mmmmjjjjjjjjjuuu. Muy bien. La habitación 214
es suya por esta noche y hasta mañana al mediodía.
Son 350 pesos y aquí tiene las llaves. Bueno,
así les decimos por la costumbre, pero en realidad
es una tarjeta electrónica. ¿Ya sabe cómo
usarla? / Gracias. Ya sé cómo. / Gracias
a usted, ¡y que pase buena noche!, se-ño-ri-ta.
Son
las 12, con 30 minutos. 12 con 30 minutos. 12 con 30.
Recepción,
buenas noches. / ¿Sabe por qué nunca nos
fuimos a un motel de paso? Porque a mi me gustaba quedarme
en la cama con él hasta el mediodía. /
Bueno, gracias por su interesante… confesión.
Es
un hotel viejo, quién sabe si tanto como su relación
con R. Lo cierto es que desde la primera vez que visitaron
el hotel no han cambiado esos teléfonos de marcado
giratorio. Aída no ha logrado acostumbrarse al
círculo agujerado; sin duda, los dígitos
son más dóciles. Además, en lo
que el nueve regresa a su sitio el siguiente número
escapa de la agenda de la memoria.
3-4-5-6.
Achhh. 3-4-5-6-7-8-9-7.
Aída
se sienta en la orilla de la cama. La colcha, más
arrugada que de costumbre, ya no es tan amarilla como
antes. Ahora parece carne, piel desgastada y mal vivida.
Aída se ríe. Cómo si hubiera una
forma “bien” de vivir. Marca de nuevo.
3-4-5-6-7-8-9-7.
Allá
afuera dicen que es la media noche. Un semáforo
ya nomás parpadea por efecto de su mecanismo.
Si tuviera voluntad propia tal vez ya se habría
apagado a sí mismo. Mientras tanto parpadea al
mismo ritmo que el tono del teléfono. El semáforo
se apaga.
Buenas
noches… De aquí, de Guadalajara…
Pues, no sé como decirle, nunca había
llamado a un programa como éste… Bueno,
pues… este… llamo para que me ayude a saber
qué es lo que tengo… Sí, sí,
¿por qué siento este dolor? ¿Qué
es esto que me duele tanto?... 25 de noviembre del 81.
Nunca
ha habido para Aída más silencio. Nunca
se había preguntado por qué los hoteles
en vez de tener televisiones no tienen radios. Pero
esta noche el silencio penetra más que la noche
misma. No debió salir como loca del café
de los portales. Está segura de que nadie será
lo suficientemente decente como para regresarle su walkman.
Cuando no hay sonido Aída acostumbra escribir
para después leer lo escrito en voz alta. No
puede dejar de pensar en aquel conejo elegante que,
por defenderse de un acoso sexual, huyó del minibús,
tan sólo para entregarse a la violación
de mil luces unidireccionales. Aída no entiende
por qué no puede dejar de pensar en los contornos
blancos, el traje negro y la sangre roja de aquel conejo
muerto. ¿Su muerte será de verdad una
tragedia o, al menos, algo de qué preocuparse?
¿Cuál es el problema de la vida: vivirla
o perderla? Aída coloca su cuaderno forrado con
rostros en blanco y negro de niños indígenas
mexicanos. Al parecer quiso ocultar con ese forro lo
que se vuelve evidente en cada una de las hojas del
cuaderno: Hello Kitty.
Escribiré
sobre el dolor que siento. Escribiré sobre este
hotel sin radio ni sonido. Escribiré sobre mis
manos escribiendo. Escribiré sobre los teléfonos
antiguos. Escribiré sobre los programas de ayuda
espiritual. Escribiré sobre las sábanas
de piel. Escribiré sobre las televisiones apagadas.
Escribiré sobre las calles vacías y los
semáforos que, a veces, también mueren.
Escribiré sobre el café, las ciudades
vacías, los charcos oscuros, los portales, las
moscas encapsuladas, las cartas de despedida. Escribiré
sobre la noche solitaria. Sobre lo oscuro que es un
cuarto de hotel cuando termino de escribir, cierro mi
cuaderno y apago la luz para ver el contorno brillante
de un conejo blanco y elegante brincando sobre el silencio;
un conejo cuyo instante, en realidad, nunca vi sangrar.
©
Rafael Sánchez Villegas, 2005
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