Carlos Germán Belli
Roger Santiváñez
Chrystian Zegarra
Ezequiel D’León Masís
Alessandra Tenorio Carranza
Melania Menéndez Salazar

El profesor malgeniado / Jorge Eslava
Un instante para Aída / Rafael Sánchez Villegas
Don Quijote contra las trasnacionales / Giancarlo Stagnaro
La Estatua de Bronce / Roberto Roig
El adversario ambiguo / Martín Palma Melena
Sueño desde la jaula / César Pajuelo Moore
Heriberto El Enfermo / Manuel Aguirre

 

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Don Quijote contra las trasnacionales*

por Giancarlo Stagnaro

 

Érase una vez Don Quijote, a la salida de la Casa Usher, después de haber sido invitado a una reunión para compartir el aburrimiento de su retiro literario con otros colegas de la profesión, como Emma Bovary, Julian Sorel, Stavroguin, Martín Romaña, Zavalita y tantos más. En el cónclave, el Quijote sintió una fuerte nostalgia por las andanzas que lo hicieron famoso en los cuatro puntos cardinales. “400 años sin salir a ver el mundo, encerrado en este universo de palabras”, se repetía, tratando de desperezarse luego de tan estruendoso lapso de tiempo sin complicarse en entuertos ni ayudar a las pobres damas en desgracia.

Al día siguiente, tras haber compartido la cena nocturna con las encantadoras Madame de Rênal y Matilde de la Mole (dos excelentes señoras que saben conservarse a pesar de los años idos y las desventuras mutuas), Don Quijote se levantó con una sola idea en la cabeza: salir a dar una vuelta y actualizarse un poco con las novedades. Conocer un poco más este universo de signos, el revoltijo de imágenes de la vida cotidiana. Contra las previsiones contrarias de Sancho, Don Quijote se aventuró a esta realidad posmoderna.

Así, Don Quijote se encontró con tres personas en este largo trayecto: la primera, un joven escritor; la segunda, un crítico literario conocido por su severa reputación; y la tercera, nada menos que René Girard, exiliado en una universidad anónima del medio oeste.

El joven escritor le reconoció al instante por las señas del caballero: la lanza, el casco maltrecho, la armadura pasada de moda. Con un futuro lírico promisorio, sintió unas ganas enormes, terribles, de abrazarlo, de arrullarlo, de llevarlo a su casa para atenderle.


“Oh, Quijote, si supieras cuánto te extrañamos en estas horas difíciles”, manifestó el novel, enternecido por la mirada perdida del ingenioso hidalgo.

“Muchacho, no os preocupéis. Siempre tendré algo de mi eterna lucha para con ustedes. Pero congraciémonos con unas botellas de vino, o pisco, licor con el que usualmente brindan por estos lares.”

Al ver que El Quijote se comportaba como un simple mortal, se rascaba la cabeza o hacía ruidos extraños al momento de comer, el joven, que lo comparó con sus amigos universitarios, tan superficiales y vulgares, concluyó que no era el superhéroe que él esperaba. Así que, sin mayor preámbulo, el novel se dio la media vuelta y dejó al Quijote a su suerte, mientras se concentraba en finiquitar su más reciente poema en una lengua muerta.

Mas el caballero ya venía curtido en estas lides. Así, al poco tiempo, apareció el crítico literario. Éste, siempre con el cabello revuelto, dudó al inicio. Siguió avanzando, pero nuevamente mostró hesitación. Hasta que se volvió y de una zancada lo alcanzó.

“Señor Quijote”, le saludó con solemnidad. “Es inverosímil que usted ande por aquí”.

“Por qué dice eso, noble señor”, contestó El Quijote.

“Porque usted pertenece al mundo de la literatura y no de la vida”, respondió el crítico. “Es más, usted está cometiendo una afrenta muy grande al venir aquí. No se puede mezclar verdad y ficción”.

“¿Usted me está diciendo que estoy prohibido de estar acá?”, se sorprendió el Quijote.

“En efecto. Usted pertenece a la fantasía, y yo me ocupo de cuánta dosis de realidad hay en la fantasía. Porque así puedo justificar mi posición ante los otros. Por tanto, le solicito encarecidamente que no reste mi autoridad”.

Ante los efectos de esta proposición, el Quijote no pudo más que emitir una risa, primero, y luego soltar una gran, estentórea carcajada. Como los críticos son demasiado serios y le tienen aversión a la risa, o lo risible, este espécimen sólo atinó a alejarse para que nadie notara su sonrojado rostro.

Así, después del amenísimo intercambio con el crítico literario, Don Quijote se encontró con René Girard, un antropólogo francés que en los sesenta publicara un tratado que pasó inadvertido (**).“Monsieur Girard, es un honor encontrarlo”, dijo Don Quijote. “Alonso Quijano, mire en qué predicamento me encuentro”, respondió el francés.

“Cómo puede estar en un predicamento alguien que ha hablado con tan graciosas palabras de mí y de mis sucesores literarios”, sostuvo Don Quijote.

“Le explico, señor Quijano. Usted enloqueció a causa de los libros. Libros de caballería, por cierto. Amadís de Gaula, su excelso maestro”.

“Gloria al mayor caballero de la historia”, sonrió Don Quijote.

“Pues bien, señor Quijano”, continuó Girard. “El problema es que hoy en día abundan los libros. Y no es que esté mal, por cierto. Ahora hay libros de todo calibre, de todos los temas, con todas las historias posibles. El problema es que la decisión sobre qué se publica ya no depende de esos seres terribles y a la vez encantadores que son los editores, sino de unos tipos de saco y corbata que habitan en edificios inaccesibles como Babel y manejan cuadros y cifras, estadísticas y resultados, costo y beneficio. Y todo por esa fórmula que descubrí en vuestra historia, a la que denomino la doble mediación, y que es uno de los grandes males de nuestros tiempos”.

“Pero eso es terrible, monsieur Girard”.

“Sí, y no hay remedio. Así que, por ahora, mejor me pongo a cavilar en cosas mejores. Hasta pronto, Don Quijote.”

En conocimiento de las virtudes de nuestra era, Don Quijote volvió raudamente a su morada. En el acto convocó a sus fieles amigos: el padre Ubú, Thomas de Quincey, el capitán Nemo, Vautrin, Joseph K., William Burroughs, el príncipe Korasoff y un par de cronopios que deambulaban por ahí, con el propósito de formar una cofradía al estilo de la calle Capón, sabiamente guiados en estos menesteres por el señor Valdemar y, como no era de otra manera, Abraham Valdelomar. Se espera que no se produzcan incidentes con la policía, pero no hay por qué preocuparse, ya que estos caballeros, como es previsible, se relajan plácidamente en el inmune reino de la fantasía.

© Giancarlo Stagnaro, 2005

 
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Giancarlo Stagnaro (Lima-Perú, 1975) En 1990 publicó el libro de relatos titulado Hiperespacios. Su interés por la literatura lo condujo por las aulas de la Universidad Católica y San Marcos, donde recaló en 1996. Ha colaborado en las páginas culturales de El Comercio. Actualmente, en el diario El Peruano y en su suplemento identidades, se dedica a la crítica literaria, musical y cinematográfica. Es codirector de El Hablador.

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(*) Giancarlo Stagnaro leyó este relato en el Segundo Festival de las Letras Peruanas, celebrado en abril pasado. Tras asumir extensas, encomiásticas y muy eruditas opiniones, el autor presenta aquí este texto en una versión corregida, pero que mantiene el espíritu de la original.

(**) El tratado se llama Mentira romántica y verdad novelesca.


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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento8_3.htm


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