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Érase
una vez Don Quijote, a la salida de la Casa Usher, después
de haber sido invitado a una reunión para compartir
el aburrimiento de su retiro literario con otros colegas
de la profesión, como Emma Bovary, Julian Sorel,
Stavroguin, Martín Romaña, Zavalita y
tantos más. En el cónclave, el Quijote
sintió una fuerte nostalgia por las andanzas
que lo hicieron famoso en los cuatro puntos cardinales.
“400 años sin salir a ver el mundo, encerrado
en este universo de palabras”, se repetía,
tratando de desperezarse luego de tan estruendoso lapso
de tiempo sin complicarse en entuertos ni ayudar a las
pobres damas en desgracia.
Al
día siguiente, tras haber compartido la cena
nocturna con las encantadoras Madame de Rênal
y Matilde de la Mole (dos excelentes señoras
que saben conservarse a pesar de los años idos
y las desventuras mutuas), Don Quijote se levantó
con una sola idea en la cabeza: salir a dar una vuelta
y actualizarse un poco con las novedades. Conocer un
poco más este universo de signos, el revoltijo
de imágenes de la vida cotidiana. Contra las
previsiones contrarias de Sancho, Don Quijote se aventuró
a esta realidad posmoderna.
Así,
Don Quijote se encontró con tres personas en
este largo trayecto: la primera, un joven escritor;
la segunda, un crítico literario conocido por
su severa reputación; y la tercera, nada menos
que René Girard, exiliado en una universidad
anónima del medio oeste.
El
joven escritor le reconoció al instante por las
señas del caballero: la lanza, el casco maltrecho,
la armadura pasada de moda. Con un futuro lírico
promisorio, sintió unas ganas enormes, terribles,
de abrazarlo, de arrullarlo, de llevarlo a su casa para
atenderle.
“Oh, Quijote, si supieras cuánto te extrañamos
en estas horas difíciles”, manifestó
el novel, enternecido por la mirada perdida del ingenioso
hidalgo.
“Muchacho,
no os preocupéis. Siempre tendré algo
de mi eterna lucha para con ustedes. Pero congraciémonos
con unas botellas de vino, o pisco, licor con el que
usualmente brindan por estos lares.”
Al
ver que El Quijote se comportaba como un simple mortal,
se rascaba la cabeza o hacía ruidos extraños
al momento de comer, el joven, que lo comparó
con sus amigos universitarios, tan superficiales y vulgares,
concluyó que no era el superhéroe que
él esperaba. Así que, sin mayor preámbulo,
el novel se dio la media vuelta y dejó al Quijote
a su suerte, mientras se concentraba en finiquitar su
más reciente poema en una lengua muerta.
Mas
el caballero ya venía curtido en estas lides.
Así, al poco tiempo, apareció el crítico
literario. Éste, siempre con el cabello revuelto,
dudó al inicio. Siguió avanzando, pero
nuevamente mostró hesitación. Hasta que
se volvió y de una zancada lo alcanzó.
“Señor Quijote”, le saludó
con solemnidad. “Es inverosímil que usted
ande por aquí”.
“Por qué dice eso, noble señor”,
contestó El Quijote.
“Porque usted pertenece al mundo de la literatura
y no de la vida”, respondió el crítico.
“Es más, usted está cometiendo una
afrenta muy grande al venir aquí. No se puede
mezclar verdad y ficción”.
“¿Usted me está diciendo que estoy
prohibido de estar acá?”, se sorprendió
el Quijote.
“En efecto. Usted pertenece a la fantasía,
y yo me ocupo de cuánta dosis de realidad hay
en la fantasía. Porque así puedo justificar
mi posición ante los otros. Por tanto, le solicito
encarecidamente que no reste mi autoridad”.
Ante los efectos de esta proposición, el Quijote
no pudo más que emitir una risa, primero, y luego
soltar una gran, estentórea carcajada. Como los
críticos son demasiado serios y le tienen aversión
a la risa, o lo risible, este espécimen sólo
atinó a alejarse para que nadie notara su sonrojado
rostro.
Así, después del amenísimo intercambio
con el crítico literario, Don Quijote se encontró
con René Girard, un antropólogo francés
que en los sesenta publicara un tratado que pasó
inadvertido (**).“Monsieur
Girard, es un honor encontrarlo”, dijo Don Quijote.
“Alonso Quijano, mire en qué predicamento
me encuentro”, respondió el francés.
“Cómo
puede estar en un predicamento alguien que ha hablado
con tan graciosas palabras de mí y de mis sucesores
literarios”, sostuvo Don Quijote.
“Le explico, señor Quijano. Usted enloqueció
a causa de los libros. Libros de caballería,
por cierto. Amadís de Gaula, su excelso maestro”.
“Gloria al mayor caballero de la historia”,
sonrió Don Quijote.
“Pues bien, señor Quijano”, continuó
Girard. “El problema es que hoy en día
abundan los libros. Y no es que esté mal, por
cierto. Ahora hay libros de todo calibre, de todos los
temas, con todas las historias posibles. El problema
es que la decisión sobre qué se publica
ya no depende de esos seres terribles y a la vez encantadores
que son los editores, sino de unos tipos de saco y corbata
que habitan en edificios inaccesibles como Babel y manejan
cuadros y cifras, estadísticas y resultados,
costo y beneficio. Y todo por esa fórmula que
descubrí en vuestra historia, a la que denomino
la doble mediación, y que es uno de los grandes
males de nuestros tiempos”.
“Pero
eso es terrible, monsieur Girard”.
“Sí, y no hay remedio. Así que,
por ahora, mejor me pongo a cavilar en cosas mejores.
Hasta pronto, Don Quijote.”
En
conocimiento de las virtudes de nuestra era, Don Quijote
volvió raudamente a su morada. En el acto convocó
a sus fieles amigos: el padre Ubú, Thomas de
Quincey, el capitán Nemo, Vautrin, Joseph K.,
William Burroughs, el príncipe Korasoff y un
par de cronopios que deambulaban por ahí, con
el propósito de formar una cofradía al
estilo de la calle Capón, sabiamente guiados
en estos menesteres por el señor Valdemar y,
como no era de otra manera, Abraham Valdelomar. Se espera
que no se produzcan incidentes con la policía,
pero no hay por qué preocuparse, ya que estos
caballeros, como es previsible, se relajan plácidamente
en el inmune reino de la fantasía.
©
Giancarlo Stagnaro, 2005
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