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Voy con unos
amigos ––intuyo que son amigos; no los conozco
y tampoco puedo ver sus rostros–– en busca
de una historia sobre unos asesinatos y encontramos
algunas pistas a lo largo de una playa. Al parecer la
policía había llegado primero y nosotros
nos limitamos a tomar solo unas cuantas fotografías.
La playa, en lugar de arena, tiene unas piedras regulares,
negras, redondeadas y húmedas. A pocos metros
de la orilla hay una autopista por donde pasan algunos
automóviles. Pienso que si la marea sube, la
autopista se inunda.
Luego corremos
y abordamos la parte trasera de un camión que
no transporta carga. A medida que avanzamos vamos subiendo
por un cerro lleno de vegetación y entonces empieza
la llovizna. Cuando el polvo se oscurece la llovizna
se detiene. Se pueden ver, esporádicamente, casas
de adobe y paja ofreciendo gasolina y comida; sin embargo,
la niebla empieza a cerrarse cada vez más y temo
que el avión choque con un cerro o con un tren,
pues volamos casi al ras de la línea del ferrocarril.
Cambiamos
varias veces de vagón hasta llegar al último
y allí encontramos momias envueltas en mantos
de lana, cerámicas, vasijas, cacharros con representaciones
de figuras aladas y cráneos, costillas, vértebras
y otros tipos de huesos. Algunos están en repisas,
otros amontonados en cajas llenas de polvo y cubiertas
de barro seco. Continuamos husmeando y hallamos varias
estatuillas de bronce de aspecto incaico, enmohecidas,
verdes por el óxido y sin lustre y decimos que
es una lástima que se encuentren en ese estado.
Tomamos algunas y las guardamos en un saco, entonces,
de un rincón oscuro, aparece otra estatua de
bronce mucho más grande y robusta, pero su aspecto
ahora es de guerrero espartano. Nos ataca. Ahoga a mis
amigos y yo, que suelo reaccionar con rapidez, ––estoy
seguro de tener los reflejos más rápidos
de todo el mundo; con suerte se podrá encontrar
a unos cuantos hombres que me igualen––
me vuelvo estúpido y lento: no puedo huir. La
estatua me toma de una pierna y me la rompe con facilidad
y, aparte del dolor, siento que mi pierna se convierte
en metal.
Me quedo
como una piedra; casi inanimado. Sé que estoy
aquí sólo por mi respiración; temo
haberme convertido ya en una estatua también.
Todo está oscuro y por miedo no quiero moverme.
Puedo permanecer así durante horas; con la mirada
puesta en una mancha de luz en la oscuridad, escuchando
mi respiración y sin pensar.
Recuerdo que en mi niñez, cuando no podía
dormir, me metía por completo dentro de la cama
e imaginaba que iba dentro de una nave espacial indestructible
que chocaba permanentemente con meteoritos. O si no
me imaginaba dentro de una estrecha cueva junto a una
fogata protegiéndome del frío, de la nieve
y de animales salvajes. Ahora solo escucho mi respiración,
cuento números lentamente, y espero el amanecer.
©
Roberto
Roig,
2005
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