Carlos Germán Belli
Roger Santiváñez
Chrystian Zegarra
Ezequiel D’León Masís
Alessandra Tenorio Carranza
Melania Menéndez Salazar

El profesor malgeniado / Jorge Eslava
Un instante para Aída / Rafael Sánchez Villegas
Don Quijote contra las trasnacionales / Giancarlo Stagnaro
La Estatua de Bronce / Roberto Roig
El adversario ambiguo / Martín Palma Melena
Sueño desde la jaula / César Pajuelo Moore
Heriberto El Enfermo / Manuel Aguirre

 

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El adversario ambiguo

por Martín Palma Melena

 

La invitación

Octavio Cano, uno de los mejores ajedrecistas del mundo, no creía aún que ya estuviera en un torneo al que había sido invitado un mes atrás por el relacionista público de una trasnacional. Un hotel exclusivo sería el escenario donde jugaría las partidas con un superordenador de última generación: Némesis… No obstante, no se intimidaba convencido que hasta las máquinas más sofisticadas serían siempre previsibles, aunque éstas presentaban desafíos de otra índole. Mayor ansiedad sentía cuando jugaba con buenos contendores de carne y hueso, y por muchas razones…

Un buen adversario le exigía más habilidades que las intelectuales y más que un gran repertorio de estrategias, porque debía también entender su compleja sicología para confundirlo con ciertas mañas adquiridas por experiencia y desconocidas en los tantos manuales escritos sobre ajedrez.

Un buen adversario le exigía además anticiparse al llamado factor humano, a veces muy imprevisible y esquivo a cualquier cálculo; factor cuya comprensión requería no sólo un alto coeficiente, sino además mucha sensibilidad e intuición. Había centenares de formas en que podía mover una sola pieza de ajedrez, pero decidirse por una en especial no le era sólo asunto de visualizar mentalmente el tablero con las múltiples probabilidades de juego, dada su memoria prodigiosa, rasgo común en los mejores ajedrecistas del mundo… Su elección se apoyaba también en detalles tan subjetivos como miradas o gestos que le revelaban si su contendor era nervioso, confiado o embaucador, indicios sobre los que decidía las tácticas que utilizaría, porque la naturaleza humana siempre tenía formas sutiles de delatarse…

Los buenos adversarios empleaban también grises artimañas no contempladas ni penalizadas en los reglamentos. Había tenido por ejemplo a competidoras de pronunciados escotes que movían sus piezas rozándole discretamente los dedos y haciéndole perder por momentos la concentración… En otras ocasiones, había tenido un público sentado en primera fila que lo miraba con odio para perturbarlo. Como no era un neófito, ya conocía muchos de esos ardides psicológicos y los ignoraba…

No obstante, otros desafíos le exigían partidas con un superordenador como Némesis, capaz de analizar en nanosegundos las infinitas variantes del ajedrez, las múltiples reacciones de un oponente frente a una movida, los condicionamientos psicológicos presentes en un juego… En resumen: él demoraría en una sola jugada un lapso en el que Némesis ya habría procesado varias veces todo el modelo de análisis del ajedrez…

Sin embargo, aun los mejores ordenadores del mundo tenían limitaciones frente a los humanos. Por ejemplo, no podían sacar conclusiones basadas en datos diferentes u opuestos a los de su programa: procesaban información velozmente, pero jamás podrían discernirla ni elegirla por sí solos… Así, si a una máquina la programaban para considerar que dos más dos era cien, todos sus cálculos posteriores se basarían en esta premisa, cuya falsedad por sí sola nunca podría cuestionar, salvo que la reprogramaran para ello.

En cambio, el hombre sacaba conclusiones sobre la base de información aceptada libremente, que podía descartar cuando quisiera. Es decir, el cerebro humano almacenaba y procesaba información como las computadoras, pero se diferenciaba no sólo en elegir libremente qué información almacenaría, sino también en poder tomar decisiones contrarias a esa información almacenada, caso distinto a las computadoras, cuyos datos jamás podrían elegir solas ni mucho menos contrariarlos… En resumen, para Octavio las máquinas eran más eficientes que el hombre, pero estúpidas…

Convencido de las mismas limitaciones para todos los ordenadores, el ajedrecista esperaba sereno en su cuarto de hotel las partidas con Némesis, que aquel relacionista público le informó que serían tres, una por día. «Así quedará confirmado que tu victoria o la de Némesis no fue una mera casualidad», le agregó.


Primera partida

Cuando empezó a jugar, Octavio decidió aplicar una estrategia ensayada con mucha antelación, aunque pareciera sencilla: distraer a su adversario obsequiándole piezas algo suculentas, para que éste descuidara flancos que él aprovecharía para eliminarle piezas importantes en la defensa del rey y ejecutarle un jaque mate definitivo.

Cada una de sus jugadas que regalaba piezas a su eventual adversario era fríamente calculada, pero como la base de datos de Némesis podía tener registrada su estrategia y detectarla de inmediato, pensó algo más descabellado: hacer jugadas absurdas, no sujetas a ningún plan e imprevisibles al estar en el infinito campo del libre albedrío, caso diferente a las jugadas perfectas y erradas, las únicas dentro del cálculo de probabilidades del ordenador, que por eso sólo podría reaccionar ante jugadas así. Es más, el éxito de Octavio estaría en entender las sutiles diferencias entre lo errado y lo absurdo…

Lo errado era previsible al ser comprensible, por tanto estaba dentro de los cálculos estadísticos. Es decir, aun el peor error tenía siempre un porqué, del que podía desprenderse una constante, razón por la que Némesis detectaría toda jugada errada que fuera planificada…

Lo absurdo era en cambio un rasgo muy humano y fuera de todo cálculo, al no sujetarse a patrón alguno. Es más, el hombre tenía como gran ventaja la capacidad del absurdo, que lo hacía imprevisible frente a un ordenador, cuya perfección era paradójicamente la gran limitación que lo hacía previsible, al abarcar sólo lo calculado. En conclusión, las máquinas eran demasiado cuadriculadas como para hacer locuras…

Aquellos criterios fueron la clave del éxito del ajedrecista, quien logró la victoria con un veinticinco por ciento de movidas perfectas, camufladas con algunas erradas (pero calculadas) y con una gran mayoría de absurdas (sin razón de ser). Así, logró la victoria engañando a un ordenador programado para reaccionar sólo ante lo perfecto o lo errado, pero nunca ante lo absurdo. ¿Cómo fue este juego? Eso era otra historia…


Segunda Partida

Más confiado, Octavio empezó el juego deseando repetir su combinación de jugadas perfectas, erradas y absurdas, que ya le parecía infalible…

En algún momento hizo una jugada absurda moviendo un peón, pero la máquina no lo eliminó, contrario a sus pronósticos, pequeño detalle que desbarató todos sus esquemas. Hubiera sido lógico que Némesis no eliminara aquel peón, si su programa hubiera detectado a esa jugada errónea como planificada. Pero la movida había sido absurda y el ordenador estaba programado para no perdonarla. La única opción era por tanto que aquel peón fuera eliminado, al haber sido movido estúpidamente, pero no había sido así…

Octavio se pasmó con ese detalle al ver que la máquina se había vuelto imprevisible y capaz de ignorar la información con la que había sido programada: rasgos muy humanos… Un adversario humano quizás no hubiera eliminado ese peón, aun notando absurda la jugada, pero no por motivos racionales sino subjetivos, como mostrarle a Octavio que sospechaba de ese señuelo: sólo el hombre tomaba decisiones sobre sospechas sin fundamentos racionales, algo que jamás podría hacerlo un ordenador… ¿Por qué esa dichosa máquina no se había comido el peón? ¿Cómo había podido contrariar los datos con los que la habían programado? Para ello tendría que tener un don sólo propio de los humanos: la libertad, que otorgaba la capacidad del absurdo… Algo raro ocurría…

Octavio siempre creyó que las máquinas jamás serían libres, porque la libertad era sólo propia de personas, razón por la que solía reírse de películas de Ciencia Ficción donde las computadoras se independizaban de los hombres y los esclavizaban. «Si eso sucede será porque las máquinas son en realidad empleadas por otros hombres que quieren dominar a sus semejantes», solía comentar… No obstante, el incidente del peón había desbaratado aquellas convicciones.

No lo extrañaba que la máquina actuara de una manera superior, algo lógico por su sofisticada tecnología, sino que lo hiciera de una manera diferente; muy humana… Así, el ajedrecista perdió confundido la segunda partida…


Tercera Partida

Le comentó al relacionista público sobre el incidente del peón y la manera tan humana de actuar de Némesis, pero le contestó que quizás se debió a una falla del programa. Octavio le pidió el registro de jugadas de la segunda partida, pero cuando se lo negaron comenzó a sospechar: si Némesis rechazaba por sí solo la información con la que lo habían programado, no era ya un nuevo paso evolutivo en la historia de los ordenadores, sino algo totalmente distinto…

Octavio elegía su estrategia según jugara con un ordenador o un humano, cuyos desafíos tenían características diferentes, pero al no poder inferirlo porque le habían negado dicho registro, se encontraba en una gran desventaja, así que obedeció a su intuición: a su adversario debía entenderlo simultáneamente con las lógicas humana e informatizada en las que parecía razonar, clave del éxito en esa tercera partida… ¿Cómo Némesis podía razonar paralelamente de estas dos maneras? No era prioritario dilucidarlo, sólo presentía que a su contendor debía entenderlo desde ese doble parámetro.

Al elegir muchas de sus jugadas estudiando las actitudes de su eventual adversario, Octavio reconocía una desventaja adicional si el ordenador era en realidad operado por una persona, algo que no podía probar y que viciaría el torneo: alguien anónimo podría analizarlo y descubrir sus debilidades, pero él no podría hacer lo mismo… Aunque sabía por experiencia que siempre podía influenciar con su lenguaje corporal en las decisiones de su ocasional contendor…

Como ya lo había hecho en las anteriores partidas, la tercera la comenzó combinando sus movidas perfectas, erradas y absurdas, sin que su semblante blindado delatara sus intenciones ni su incertidumbre… Aquella partida la definiría en una o dos jugadas, pero no más…

El tablero de ajedrez le mostró en cierto momento una distribución complicada: el rey de su contendor estaba protegido por piezas claves, que debía eliminar sacrificando muchas de las suyas, para una ruta a un jaque mate, por lo que realizó un movimiento absurdo, que la máquina ignoró: cómo podía ocurrir eso de nuevo, si el ordenador estaba programado para no perdonar jugadas estúpidas, salvo que fuera psicólogo y hubiera detectado su ansiedad en sus manos sudorosas: eso podía ser… No sabía cómo, pero enfrentaba a un adversario con todas las ventajas de un ordenador y de un humano…

El ordenador protegía su rey con su reina y con un alfil. Octavio lo haría dudar obsequiándole un caballo a su alfil, con un gesto lento que expresara emociones sutiles… Levantó su caballo cabeceando imperceptiblemente: aparentaba cansancio… Dejó suspendida aquella pieza inclinándola despacio a la izquierda y a la derecha: aparentaba duda… La colocó en un ángulo tentador para el alfil contrario, jugada que después observó cogiéndose los cabellos y apoyando tensamente los codos en la mesa, pero sin perder la compostura: mostraba que había sido un torpe… El ordenador dudó demorándose más de lo usual, pero su alfil devoró al suculento caballo de Octavio, cuyo alfil emergió entonces para devorar a la reina contraria, cuyo rey quedó vulnerable y fue protegido por Némesis con una pieza improvisada, situación aprovechada por Octavio moviendo una torre inadvertida que definió su victoria: le había ganado al ordenador con un juego de apariencias muy humano…


Al final…

Octavio dejó el cuarto de hotel donde estuvo hospedado con la agridulce sensación de las victorias confusas. Estuvo pensativo mientras descendía en el elevador al primer piso: hasta ahora no sabía contra qué había jugado excatamente… Entró repentinamente una hermosa dama de embriagadora fragancia, quien no dejó de observarlo durante todo el trayecto: por qué lo haría si no la conocía… Ella le hizo un gélido comentario cuando ya estuvieron en el primer piso: «De no haberte demorado tanto en mover ese caballo no hubieras engañado a nadie…» Octavio le preguntó que a qué se refería, pero no le respondió y siguió de largo…

© Martín Palma Melena, 2005

 
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Martín Palma Melena (Lima-Perú, 1970) Abogado de la Universidad San Martín de Porres. Uno de sus cuentos figura entre los diez mejores en la Primera Edición de Cuentos Cortos (2005) organizado por la BBC de Londres. En la actualidad alterna el ejercicio independiente de su profesión con la escritura.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento8_5.htm


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