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La
invitación
Octavio
Cano, uno de los mejores ajedrecistas del mundo, no
creía aún que ya estuviera en un torneo
al que había sido invitado un mes atrás
por el relacionista público de una trasnacional.
Un hotel exclusivo sería el escenario donde jugaría
las partidas con un superordenador de última
generación: Némesis… No
obstante, no se intimidaba convencido que hasta las
máquinas más sofisticadas serían
siempre previsibles, aunque éstas presentaban
desafíos de otra índole. Mayor ansiedad
sentía cuando jugaba con buenos contendores de
carne y hueso, y por muchas razones…
Un
buen adversario le exigía más habilidades
que las intelectuales y más que un gran repertorio
de estrategias, porque debía también entender
su compleja sicología para confundirlo con ciertas
mañas adquiridas por experiencia y desconocidas
en los tantos manuales escritos sobre ajedrez.
Un
buen adversario le exigía además anticiparse
al llamado factor humano, a veces muy imprevisible y
esquivo a cualquier cálculo; factor cuya comprensión
requería no sólo un alto coeficiente,
sino además mucha sensibilidad e intuición.
Había centenares de formas en que podía
mover una sola pieza de ajedrez, pero decidirse por
una en especial no le era sólo asunto de visualizar
mentalmente el tablero con las múltiples probabilidades
de juego, dada su memoria prodigiosa, rasgo común
en los mejores ajedrecistas del mundo… Su elección
se apoyaba también en detalles tan subjetivos
como miradas o gestos que le revelaban si su contendor
era nervioso, confiado o embaucador, indicios sobre
los que decidía las tácticas que utilizaría,
porque la naturaleza humana siempre tenía formas
sutiles de delatarse…
Los
buenos adversarios empleaban también grises artimañas
no contempladas ni penalizadas en los reglamentos. Había
tenido por ejemplo a competidoras de pronunciados escotes
que movían sus piezas rozándole discretamente
los dedos y haciéndole perder por momentos la
concentración… En otras ocasiones, había
tenido un público sentado en primera fila que
lo miraba con odio para perturbarlo. Como no era un
neófito, ya conocía muchos de esos ardides
psicológicos y los ignoraba…
No
obstante, otros desafíos le exigían partidas
con un superordenador como Némesis, capaz de
analizar en nanosegundos las infinitas variantes del
ajedrez, las múltiples reacciones de un oponente
frente a una movida, los condicionamientos psicológicos
presentes en un juego… En resumen: él demoraría
en una sola jugada un lapso en el que Némesis
ya habría procesado varias veces todo el modelo
de análisis del ajedrez…
Sin
embargo, aun los mejores ordenadores del mundo tenían
limitaciones frente a los humanos. Por ejemplo, no podían
sacar conclusiones basadas en datos diferentes u opuestos
a los de su programa: procesaban información
velozmente, pero jamás podrían discernirla
ni elegirla por sí solos… Así, si
a una máquina la programaban para considerar
que dos más dos era cien, todos sus cálculos
posteriores se basarían en esta premisa, cuya
falsedad por sí sola nunca podría cuestionar,
salvo que la reprogramaran para ello.
En
cambio, el hombre sacaba conclusiones sobre la base
de información aceptada libremente, que podía
descartar cuando quisiera. Es decir, el cerebro humano
almacenaba y procesaba información como
las computadoras, pero se diferenciaba no sólo
en elegir libremente qué información
almacenaría, sino también en poder
tomar decisiones contrarias a esa información
almacenada, caso distinto a las computadoras, cuyos
datos jamás podrían elegir solas ni mucho
menos contrariarlos… En resumen, para Octavio
las máquinas eran más eficientes que el
hombre, pero estúpidas…
Convencido
de las mismas limitaciones para todos los ordenadores,
el ajedrecista esperaba sereno en su cuarto de hotel
las partidas con Némesis, que aquel relacionista
público le informó que serían tres,
una por día. «Así quedará
confirmado que tu victoria o la de Némesis no
fue una mera casualidad», le agregó.
Primera partida
Cuando
empezó a jugar, Octavio decidió aplicar
una estrategia ensayada con mucha antelación,
aunque pareciera sencilla: distraer a su adversario
obsequiándole piezas algo suculentas, para que
éste descuidara flancos que él aprovecharía
para eliminarle piezas importantes en la defensa del
rey y ejecutarle un jaque mate definitivo.
Cada
una de sus jugadas que regalaba piezas a su eventual
adversario era fríamente calculada, pero como
la base de datos de Némesis podía tener
registrada su estrategia y detectarla de inmediato,
pensó algo más descabellado: hacer jugadas
absurdas, no sujetas a ningún plan e
imprevisibles al estar en el infinito campo del libre
albedrío, caso diferente a las jugadas perfectas
y erradas, las únicas dentro del cálculo
de probabilidades del ordenador, que por eso sólo
podría reaccionar ante jugadas así. Es
más, el éxito de Octavio estaría
en entender las sutiles diferencias entre lo errado
y lo absurdo…
Lo
errado era previsible al ser comprensible,
por tanto estaba dentro de los cálculos estadísticos.
Es decir, aun el peor error tenía siempre un
porqué, del que podía desprenderse
una constante, razón por la que Némesis
detectaría toda jugada errada que fuera planificada…
Lo
absurdo era en cambio un rasgo muy humano y
fuera de todo cálculo, al no sujetarse a patrón
alguno. Es más, el hombre tenía como gran
ventaja la capacidad del absurdo, que lo hacía
imprevisible frente a un ordenador, cuya perfección
era paradójicamente la gran limitación
que lo hacía previsible, al abarcar sólo
lo calculado. En conclusión, las máquinas
eran demasiado cuadriculadas como para hacer locuras…
Aquellos
criterios fueron la clave del éxito del ajedrecista,
quien logró la victoria con un veinticinco por
ciento de movidas perfectas, camufladas con
algunas erradas (pero calculadas) y con una
gran mayoría de absurdas (sin razón
de ser). Así, logró la victoria engañando
a un ordenador programado para reaccionar sólo
ante lo perfecto o lo errado, pero
nunca ante lo absurdo. ¿Cómo
fue este juego? Eso era otra historia…
Segunda Partida
Más
confiado, Octavio empezó el juego deseando repetir
su combinación de jugadas perfectas, erradas
y absurdas, que ya le parecía infalible…
En
algún momento hizo una jugada absurda moviendo
un peón, pero la máquina no lo eliminó,
contrario a sus pronósticos, pequeño detalle
que desbarató todos sus esquemas. Hubiera sido
lógico que Némesis no eliminara aquel
peón, si su programa hubiera detectado a esa
jugada errónea como planificada. Pero la movida
había sido absurda y el ordenador estaba programado
para no perdonarla. La única opción era
por tanto que aquel peón fuera eliminado, al
haber sido movido estúpidamente, pero no había
sido así…
Octavio
se pasmó con ese detalle al ver que la máquina
se había vuelto imprevisible y capaz de ignorar
la información con la que había sido programada:
rasgos muy humanos… Un adversario humano quizás
no hubiera eliminado ese peón, aun notando absurda
la jugada, pero no por motivos racionales sino subjetivos,
como mostrarle a Octavio que sospechaba de ese señuelo:
sólo el hombre tomaba decisiones sobre sospechas
sin fundamentos racionales, algo que jamás podría
hacerlo un ordenador… ¿Por qué esa
dichosa máquina no se había comido el
peón? ¿Cómo había podido
contrariar los datos con los que la habían programado?
Para ello tendría que tener un don sólo
propio de los humanos: la libertad, que otorgaba la
capacidad del absurdo… Algo raro ocurría…
Octavio
siempre creyó que las máquinas jamás
serían libres, porque la libertad era sólo
propia de personas, razón por la que solía
reírse de películas de Ciencia Ficción
donde las computadoras se independizaban de los hombres
y los esclavizaban. «Si eso sucede será
porque las máquinas son en realidad empleadas
por otros hombres que quieren dominar a sus semejantes»,
solía comentar… No obstante, el incidente
del peón había desbaratado aquellas convicciones.
No
lo extrañaba que la máquina actuara de
una manera superior, algo lógico por
su sofisticada tecnología, sino que lo hiciera
de una manera diferente; muy humana…
Así, el ajedrecista perdió confundido
la segunda partida…
Tercera Partida
Le
comentó al relacionista público sobre
el incidente del peón y la manera tan humana
de actuar de Némesis, pero le contestó
que quizás se debió a una falla del programa.
Octavio le pidió el registro de jugadas de la
segunda partida, pero cuando se lo negaron comenzó
a sospechar: si Némesis rechazaba por sí
solo la información con la que lo habían
programado, no era ya un nuevo paso evolutivo en la
historia de los ordenadores, sino algo totalmente distinto…
Octavio
elegía su estrategia según jugara con
un ordenador o un humano, cuyos desafíos tenían
características diferentes, pero al no poder
inferirlo porque le habían negado dicho registro,
se encontraba en una gran desventaja, así que
obedeció a su intuición: a su adversario
debía entenderlo simultáneamente con las
lógicas humana e informatizada en las que parecía
razonar, clave del éxito en esa tercera partida…
¿Cómo Némesis podía razonar
paralelamente de estas dos maneras? No era prioritario
dilucidarlo, sólo presentía que a su contendor
debía entenderlo desde ese doble parámetro.
Al
elegir muchas de sus jugadas estudiando las actitudes
de su eventual adversario, Octavio reconocía
una desventaja adicional si el ordenador era en realidad
operado por una persona, algo que no podía probar
y que viciaría el torneo: alguien anónimo
podría analizarlo y descubrir sus debilidades,
pero él no podría hacer lo mismo…
Aunque sabía por experiencia que siempre podía
influenciar con su lenguaje corporal en las decisiones
de su ocasional contendor…
Como
ya lo había hecho en las anteriores partidas,
la tercera la comenzó combinando sus movidas
perfectas, erradas y absurdas, sin que su semblante
blindado delatara sus intenciones ni su incertidumbre…
Aquella partida la definiría en una o dos jugadas,
pero no más…
El
tablero de ajedrez le mostró en cierto momento
una distribución complicada: el rey de su contendor
estaba protegido por piezas claves, que debía
eliminar sacrificando muchas de las suyas, para una
ruta a un jaque mate, por lo que realizó un movimiento
absurdo, que la máquina ignoró: cómo
podía ocurrir eso de nuevo, si el ordenador estaba
programado para no perdonar jugadas estúpidas,
salvo que fuera psicólogo y hubiera detectado
su ansiedad en sus manos sudorosas: eso podía
ser… No sabía cómo, pero enfrentaba
a un adversario con todas las ventajas de un ordenador
y de un humano…
El
ordenador protegía su rey con su reina y con
un alfil. Octavio lo haría dudar obsequiándole
un caballo a su alfil, con un gesto lento que expresara
emociones sutiles… Levantó su caballo cabeceando
imperceptiblemente: aparentaba cansancio… Dejó
suspendida aquella pieza inclinándola despacio
a la izquierda y a la derecha: aparentaba duda…
La colocó en un ángulo tentador para el
alfil contrario, jugada que después observó
cogiéndose los cabellos y apoyando tensamente
los codos en la mesa, pero sin perder la compostura:
mostraba que había sido un torpe… El ordenador
dudó demorándose más de
lo usual, pero su alfil devoró al suculento caballo
de Octavio, cuyo alfil emergió entonces para
devorar a la reina contraria, cuyo rey quedó
vulnerable y fue protegido por Némesis con una
pieza improvisada, situación aprovechada por
Octavio moviendo una torre inadvertida que definió
su victoria: le había ganado al ordenador con
un juego de apariencias muy humano…
Al final…
Octavio
dejó el cuarto de hotel donde estuvo hospedado
con la agridulce sensación de las victorias confusas.
Estuvo pensativo mientras descendía en el elevador
al primer piso: hasta ahora no sabía contra qué
había jugado excatamente… Entró
repentinamente una hermosa dama de embriagadora fragancia,
quien no dejó de observarlo durante todo el trayecto:
por qué lo haría si no la conocía…
Ella le hizo un gélido comentario cuando ya estuvieron
en el primer piso: «De no haberte demorado tanto
en mover ese caballo no hubieras engañado a nadie…»
Octavio le preguntó que a qué se refería,
pero no le respondió y siguió de largo…
©
Martín Palma Melena, 2005
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