Ericka Ghersi
Carlos Arturo Caballero Medina
Omar Ardila Murcia
Yukyko Takahashi Martínez
César Eugenio Vásquez López

Ariel Bustos: "Pan y cebolla y menos todavia"

Jhonny Zevallos Estupiñán: "Una y otra vez Eróstrato"

José Donayre: "La enramada de Leona"

Luis Tamargo: "Más que un juego"

Rolando Revagliatti: "Mario y yo "

Alejandro Neyra: "Con Perec, Vernier y el amigo de mi pueblo en Ginebra"

 

_________________________________________________________________

Una y otra vez Eróstrato

por Jhonny Zevallos Estupiñán

 

Llegado el momento le interrogarían por qué lo hizo; respondería, entonces, que se sintió obligado, que las ovejas no le satisfacían; pero las demás personas se impulsarían rápidamente a culparlo. Lo vieron, por supuesto que lo vieron. Qué les importaba si había conseguido expulsar a los demonios de la iglesia; quizá Dios lo exculparía de sus pecados, sin embargo la imagen del Cristo seguiría allí para juzgarlo. Los ojos ensangrentados, la mirada turbia y las huellas de sus pies por entre las losetas: qué mayores pruebas de su culpabilidad. Lo señalarían, sí, tal vez lo harían; con insistencia se apartaría de las imputaciones, pero su pecado rebasaba toda justificación. ¿Lo perdonaría por aquel sacrilegio? Los ojos del Cristo palpaban su interior, como auscultando las palabras que salían de su conciencia, pero que no llegaba a pronunciar por temor a delatarse él mismo. Algo lo impulsaba a mirarse, a revisar sus actos precedentes, como quien pretendiera encontrar en un espejo la profundidad de su ser. “¿Y bien?”, oyó cabizbajo. Una voz lo disuadió desde el tribunal. El juez había pedido silencio tras dar unos golpes sobre la mesa. “Mira la cruz y responde. ¡Tú lo hiciste, no lo puedes negar!” El hombre tardó en dar una respuesta satisfactoria. Lo meditaba, intimidado por su vida. “Los demonios me obligaron. Yo no quise hacerlo, se lo juro.” “¿Los demonios? ¿Sirves a Satanás, acaso, miserable?” “No, señor. Los ángeles se bajaron y se convirtieron en demonios.” “¿Cómo te atreves a blasfemar de esa manera, desgraciado? Fíjate bien en lo que has hecho, ¿no sientes pena por quien te salvó de los pecados? ¡Estás poseído! Sí, eso debe ser. Tu alma debe estar llena de odio.” La mirada del Cristo parecía reclamar justicia. Sacrificio magnánimo el de la cruz y ser pagado de esta forma. Las comisuras del rostro le temblaron, tras presentir una nueva interrogación. “¿Los ángeles se convirtieron en demonios? Pero, cómo te atreves a decir semejante barbaridad. El Señor te está mirando desde la cruz. ¿Qué vas a decir ahora?” Esperaría otro momento más oportuno en que se le ocurriese algo sostenible. Era lo mejor. Su voz se entrecortaba al transmitir una respuesta. No podía calmar su impaciencia, ya que ésta lo traicionaba, impidiendo, en todo momento, sostener un argumento fehaciente. Los disparates le hicieron reconstruir su triste final en la ahorca. “¿Vas a responder a su Ilustrísima?”, preguntó el juez de al lado. Aquella voz se oyó tranquilizante, calmada, menos inquisitiva. “Lo sabía”, atinó a decir apenas el obispo con una sonrisa que marcó con profundidad las arrugas de su rostro.

“¿Aún continúas en ese estado?”, preguntó Jimena con irritación. Lo notó petrificado. Esteban recordaba cada una de las palabras que había pronunciado el jefe del proyecto. Era su primer trabajo en meses de espera; temía por la posibilidad echarlo todo a perder. Lo intrigaba, al mismo tiempo, los pasos que daba Jimena en el estudio. “¿Hasta cuándo tendré qué esperar a que me digas para qué te citaron? La curiosidad me irrita.” Esteban temía cómo reaccionaría la muchacha ante semejante disparate. ¿Sería pertinente decírselo a sabiendas de que comprendería, gracias a aquella capacidad que tanto admiraba en todas las mujeres? “Tendremos que dejar por un tiempo el despacho. Al jefe del proyecto se le ha ocurrido una idea magnífica. No me creerás cuando te la diga.” Sintió que su respuesta no la satisfizo, pues notaba en ella su intimidación en la profundidad de sus ojos. El color celeste del iris pareció disminuir hasta descubrir, tras sus pupilas, a una mujer dominante, indagadora, de una histeria permanente. “Tienes que decírmelo; trabajamos juntos. Soy tu mujer además. ¡Vamos!, no puedes ocultármelo por más tiempo.” El arquitecto no pudo disimular su disconformidad. Presentía que las interrogantes seguirían su curso, a menos que. “No pienso quedarme tranquila con tus advertencias, le interrumpió la mujer repentinamente. No me sirven, y tú lo sabes. No soy ninguna niña para que me estés dando consejos; sé cómo afrontar las situaciones”. “Ya te lo diré, cariño. Ve y haz tus maletas. Saldremos mañana a primera hora.” Se mantuvo paralizada en el estudio, inquebrantable en su decisión. La notó más impenetrable en su mirada, como un hombre que no sabe cómo iniciar el cortejo ante la mujer deseada, y tiene que recurrir a la palabra precisa con tal de no arruinar el instante preparado con impaciencia.

San Francisco de Paula, repetía el mismo nombre a manera de una plegaria. Realmente era bella la iglesia, pensaba, mientras tocaba los retablos laterales de la nave. Lo impactaban el pan de oro y los cuadros virreinales. Pero sobremanera esos ángeles en posición beligerante (armados hasta los dientes, deliberó por un instante), que causaban en él el temor de ser expulsado de la iglesia por razón de su afeamiento. Y es que eran tan bellos que se alejaban de cualquier simpleza humana. Son como mujeres, se dijo más de una vez, vestidos a la usanza de los príncipes de la época y el sombrero con plumas. La espada en la mano proyectaba la aterradora figura de quien domina y sojuzga a los incrédulos, pues ¿quién se negaría a creer ante tan temible imagen avasalladora? Por otra parte, ¿quién los habría pintado tan hermosamente? No obstante, no se atrevía a tocarlos por temor a que se vengaran de él en algún momento, puesto que suponía que sus cuerpos le saldrían al frente, a la manera de un ejército divino. La gente no se imagina qué manos ejecutaron estos tallados ni estos lienzos; apenas vienen a comulgarse y se retiran, pero no se detienen a mirar estas obras de arte. Si tan sólo pudiera llevarse los cuadros a su casa; allí los cuidaría y les rendiría la misma pleitesía con que Dios creó al hombre. Diez años de cuidador en la iglesia y no he visto a alguien que me diga lo bella que es. Desde 1766 había pasado bastante tiempo, sin embargo las constantes visitas a las iglesias más lejanas le producían la misma sensación. Tantas veces las vería, pero los tallados y el exuberante decorado permanecían incólumes en su sensibilidad. Las piedras de las columnas y de los muros habían costado tanto trabajo para albergar a unos cuantos fieles, sin embargo éstos no parecían notar el calor que reconfortaban los lienzos. ¿Era posible tanta indiferencia? Al parecer conocía el número de columnas salomónicas que ostentaba en su totalidad los retablos del templo. Los había contado uno a uno, pretendiendo que las imágenes estuviesen bien resguardadas por todos lados. Se dirigió, en su constante andar por la nave, hasta el retablo que se hallaba cerca del transepto. Miró al Cristo, como quien se sintiera el único torturado por los clavos, rodeado de efigies sacras que parecían no comprender aún el terrible sacrificio de la cruz. Observó con cuidado las venas a punto de reventar y descolgarse de la piel. La sangre vertía tan igual como si aún estuviese abierta la herida. Si tan sólo pudiera ceder su plegaria a enmendar la comprensión de los fieles, de manera que una supuesta clarividencia les abriera los ojos. ¡Era el Cristo!, no había duda de ello. A él se dirigían todas las oraciones, de manera que no permitía la observación de la arquitectura del templo.

“Si no me lo dices, yo misma voy a averiguarlo. No pienso quedarme tranquila con tus palabras. Lo siento, pero no puedo creerte.” El hecho de volver a ese pensamiento lo angustiaba, no sólo por la consistencia de la curiosidad de Jimena, sino porque siempre interfería en sus disposiciones. Decidió acercarse hasta ella. Esteban la tomó de los brazos con suavidad, sólo que esta vez ella le pareció frágil, como si aquéllos se dejaran extorsionar ante una respuesta innegable. “Jimena, no discutamos más, por favor. Me molesta verte intranquila. Hazme caso; ve y haz tus maletas. Te prometo que no te arrepentirás.” La muchacha inclinó la cabeza, mirando hacia el suelo. En ese momento, Esteban quiso olvidar lo que le dijo el jefe del proyecto. El hombre se volvió, tras tomar entre sus dedos la taza de café que había dejado sobre la mesa. Jimena veía elevarse lentamente, casi interminable, el humo proyectado por el café. “Claro”, dijo apenas. Una sola palabra bastaba para englobar toda afirmación de una felicidad resignada, desde la orilla del fracaso hacia un posible éxito superficial.

“¿Piensas que debemos creerte semejante disparate?”, insistió su Ilustrísima esta vez con una voz más calmada. El juicio se había prolongado ya por más de tres horas. Al acusado, sin embargo, le era difícil levantar la cabeza. La había inclinado, tras no hallar un argumento fehaciente. Las manos le sudaban con mayor continuidad, a la vez que sentía las piernas fuera del dominio de sus estímulos. El corazón le latía con celeridad, con la misma rapidez que se espera la noticia de la muerte de un ser querido. Los ojos le brillaron, contrastando visiblemente con la camisa raída y el pantalón deshilachado. Uno de los sacerdotes le habló al oído al obispo. Su Ilustrísima intervino esta vez con una voz más pausada: “El prior nos acaba, de comunicar que la imagen de Nuestro Señor también ha sido dañada. ¿Vas a lavarte las manos también de este hecho?”

“La arquitectura se ha hecho para servir al hombre moderno. No lo olvides”, le había dicho más de una vez el jefe del proyecto. No se imaginaba el rostro de su mujer, llegando hasta ella como si le creyese que se podría purificar la ciudad mediante la superposición de nuevos edificios. Para cuando llegaron al nuevo despacho de trabajo, éste parecía esperarlos como si sintiera sus pasos, midiendo cada uno de ellos. ¿Llegarían de improviso a la cita?, pensó una y otra vez. Había dejado la puerta abierta, tan igual que una noticia llega repentinamente, y que no se puede soslayar así nada más. El automóvil los esperó desde temprano; subieron en él con naturalidad, a pesar del hermetismo de Jimena. Le exasperaba abandonar el departamento por un simple disparate. ¿Cómo explicarse, sino, el alojamiento en unas catacumbas ? Una mujer que se había forjado en las mejores escuelas de esta ciudad, compartir una cuevas hediondas que sirvieron alguna vez de cementerios, ¡ni muerta! A lo mejor la oscuridad la aturdiría, prosiguió, y más aún en las noches, en medio de huesos y techos bajos, pues le sería difícil huir de entre la muerte como testigo, ¿cómo hacerles frente a tantos cadáveres? Ni siquiera se le ocurriría pegar los ojos. No tenía la menor duda de que tendría que permanecer el menor tiempo posible en un lugar como ése. Qué terrible situación la suya, como si la arquitectura se planease desde ahora para un mundo subterráneo. Los grandes proyectos se consolidarían para verse sobre la ciudad, dominando todo lo que allí estuviese. Y para ello estarían allí los proyectos de Jimena y de su marido. Incluso lo absurdo que le eran esas imágenes, no le provocarían el sopor necesario. Para cuando estuvieron en las puertas del convento, el prior los recibió con una tristeza oculta que Esteban no advirtió, tal vez por la satisfacción de proyectar. “Por aquí”, les dijo apenas. No volvió a pronunciarse hasta llevarlos a las grutas que albergaron, alguna vez, a los muertos en siglos anteriores.

Desde la puerta de la iglesia tuvo una mejor vista de ésta, de manera que caminó hacia ella con la antorcha en la mano. El alcalde los recibió con una sonrisa en el rostro, no imaginaban siquiera con cuanta ansia los aguardaba. Había estado oculto entre las grietas de las catacumbas, como quien prefiere apartarse de aquello que pronto significaría la explosión urbanística de la ciudad. “Hemos empezado a demoler gran parte de las edificaciones vetustas. No nos servían para nada ya. Ustedes entienden, ¿no es verdad? La arquitectura pretende el bienestar de los conciudadanos.” Cuando se detuvo frente a la portada, se persignó incontables veces. Era como si temiera iniciar, en algún descuido, el derrumbe total del templo antes de pedir la comprensión y el perdón del santo Dios. “¿Era necesario venir hasta aquí?”, preguntó la mujer con la mirada seria. Esteban titubeó por un instante, pues quiso hacerle la misma pregunta al alcalde cuando se le solicitó en el despacho edil. Inclinó la cabeza, en espera de alguna respuesta por parte del alcalde. El fuego se inició por el basamento, tras verter el aceite. La oscuridad le ayudó sin medida, pues los fieles se extrañarían de no verla al día siguiente, no le quedaba la menor duda. ¡

©Jhonny Zevallos Estupiñán, 2005

___________________________________________________

JhonnyZevallos Estupiñán (Huacho, 1974) Bachiller en Literatura por la UNMSM. Ha publicado relatos y artículos de crítica literaria en las revistas Apeiron, Ajos y Zafiros y El Hablador. Ha participado, además, en distintas ponencias sobre literatura en la UNMSM y en la PUCP. Forma parte del consejo editorial de El Hablador

___________________________________________________
Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento9_2.htm
home / página 1 de 1
_____________________________________________________________________________________________________________________________________________________
contacto | quiénes somos | colaboraciones | legal | libro de visitas | enlaces | © el hablador, 2003-2004 | ISSN: 1729-1763
:: Hosting provisto por Hosting Peru ::
Hosting