Ericka Ghersi
Carlos Arturo Caballero Medina
Omar Ardila Murcia
Yukyko Takahashi Martínez
César Eugenio Vásquez López

Ariel Bustos: "Pan y cebolla y menos todavia"

Jhonny Zevallos Estupiñán: "Una y otra vez Eróstrato"

José Donayre: "La enramada de Leona"

Luis Tamargo: "Más que un juego"

Rolando Revagliatti: "Mario y yo "

Alejandro Neyra: "Con Perec, Vernier y el amigo de mi pueblo en Ginebra"

 

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La enramada de Leona

por José Donayre

 

Entre las muchas exquisiteces de mi abuelo, la que más inquietud me suscita es la revelación de la historia que se desprende de la insólita pregunta que formulaba cuando se sentía intelectualmente acorralado: "¿Qué tipo de esperanzas deposita usted en el amor?"

Como toda sucesión de hechos reales, el comienzo del relato resulta impreciso y, por tanto, arbitrario. Para empezar, la fecha puede ser cualquier día de diciembre de 1919, cuando mi abuelo parte a París porque, en su paranoia de líder anarcosindicalista, no soportaba que los caballeros limeños anduvieran por el jirón de La Unión con las manos en los bolsillos. De acuerdo con la fotografía publicada en la revista Variedades, Catalina, su amante, lo despide una calurosa mañana, pañuelo blanco (e imagino que perfumado) en mano, desde el muelle principal del Callao.

Apenas zarpó el barco, esta prenda cubrió la boca de Catalina y se manchó con un esputo sanguinolento. Siete meses después, a media mañana, ella moría en Jauja, asistida por Teresa, su hermana —una monja muy solicitada por inyectar morfina—, mientras mi abuelo, allende el mar, tomaba ajenjo con la mirada perdida en el Sena, en tanto los fuegos artificiales inundaban el cielo y los franceses vivaban, una vez más, su libertad, igualdad y fraternidad.

Lo de Catalina no fue un simple amor. Y mi abuela, una limeñita torpe que lo único que aprendió con devoción fue el francés, no se cansó de reprochárselo un solo día de su vida en común. Gran paridora, durante quince años no le dio tregua a su matriz. La explicación de mi madre, si bien resulta superficial y descabellada como toda apreciación de hija política despechada, no deja de ser esclarecedora. Ella buscó destruir a mi abuelo mediante un histérico reflejo fomentado por la pregunta que cerraba cada discusión provocada por el fantasma de Catalina: "¿Qué tipo de esperanzas deposita usted en el amor?"

* * *

De 1988 a 1991, cuando el rostro invisible del terrorismo consiguió ofrecer sus gestos más estridentes y brutales en Lima, en Boston volvía a aprender muchas cosas verdaderamente inútiles y hermosas. Mi partida fue silenciosa, apurada y, supongo, muy oportuna. Al igual que mi abuelo, sabía demasiadas cosas de ambos bandos y cualquier sombra era un posible ejecutor. Es decir, me ligaba la causa de la partida: morir en alguna calle de Lima sin siquiera saber en manos de quién. Pero a diferencia de mi abuelo, a mí no fue a despedirme al Aeropuerto Internacional Jorge Chávez ni un solo gato. Lucía, mi amante, había muerto a siete kilómetros de Huamanga, en octubre de 1987, desangrada en medio de la nada, en circunstancias no dilucidadas. El letrero que el asesino colocó sobre el pecho de Lucía fue desconcertante y poco reivindicador: "Hasí mueren las putas"

Pero uno encuentra alivios sin buscarlos. En Boston, una mañana, descubrí el pensamiento de Jules Léquier y, con ello, algún sosiego académico de efecto narcotizante que, pocos meses después, devino en una gran pasión por cierta clase de textos. En este pensador, la "enramada" es una clave simbólica de sus reflexiones. Cuando Léquier era niño, una tarde sacudió una rama y con ello hizo volar a un pequeño pájaro, que después fue atrapado por un gavilán. Sobreponiéndose al sentimiento de culpa, este acontecimiento le permitió, con los años, plantear su filosofía de la libertad, denominada personalismo. Aún joven, Léquier intuyó la conjunción de la relación causa-efecto con el conflicto entre la libertad y sus limitaciones, la cual es eje central de todo su pensamiento. Para él resulta imposible suprimir el libre albedrío sin exterminar la ciencia, pues aquél es la condición de la certeza.

Tal visión del mundo tuvo un pleno efecto en mí: como ya dije, en el gran frenesí por cierta clase de textos, y en el Leitmotiv de mis sueños. En el más frecuente, yo era niño y me perdía en las inmediaciones de una huaca. Me acercaba a ella para pedir ayuda a sus custodios o sacerdotes, pero sólo encontraba sus ropas regadas por el suelo y huellas de su desesperada huida. De pronto, percibía que las hojas de un algarrobo empezaban a susurrar, sacudidas por un viento inusitado. El árbol dibujaba una dramática composición de ramas contra el horizonte crepuscular. A pesar de la distancia, con sólo estirar mi brazo, alcanzaba su corteza y, después de un mínimo esfuerzo adicional, una de sus ramas. La rama, sueño tras sueño. Y, como siempre, mi imprudencia agitaba a un petirrojo que partía rumbo a la huaca, pero cuando estaba a punto de guarecerse en la hornacina contigua al altar, un cernícalo le cerraba el vuelo y perecía rápidamente entre sus garras.

Si bien no solía despertar con ansiedad, había el cargo de conciencia infantil que exacerbaba una sequedad que nacía en mi garganta y convertía mi lengua áspera en un músculo extraño que se pegaba a mis labios y paladar. Buscaba alivio en un vaso con agua, y en la relectura de Los campos magnéticos, El amor loco o Fata Morgana, pues evadía la indiferencia de Katie –quien jamás se dignó a aprender una sola palabra en español– en la penumbra de la habitación. Como sociólogo becado en una de las universidades más importantes del Primer Mundo, las imágenes de André Breton, otorgadas por sus libros, se me insinuaban entonces como un refugio de mi individualidad en el frío albergue de la competencia académica.

Mi desdén por el surrealismo se convirtió en una intensa admiración, una vez que separé la paja del trigo, o sea, lo moral de lo ético, lo banal de lo sensual, lo oportunista de lo político. Breton me llevó de la mano a otras lecturas de los santones de su secta. Con los meses, descuidé mis seminarios doctorales, para entregarme a la fascinante enramada de la aventura onírica y el azar objetivo.

Entre los muchos manifiestos, poemarios, revistas y textos diversos que encontré y leí, una fría y oscura mañana de diciembre hallé en la biblioteca de mi escuela un facsímil de la revista La Révolution Surréaliste (L.R.S.), la edición en la que aparecieron las respuestas a la encuesta: "¿Qué tipo de esperanzas deposita usted en el amor?" Llegué presurosamente al departamento que Katie y yo compartíamos. Pero la sorpresa ocasionada por la súbita revelación se desvaneció cuando me topé con la única palabra que ella aprendió y escribió en español, en un papel amarillo que pegó sobre una reproducción de Magritte: "Adiós"

* * *

En Boston anida la locura en la forma más sutil y desesperante. Pero en París —al menos en la versión que mi abuelo divulgó ya en Lima y que yo oí muchísimas veces de otras bocas— arraiga la demencia colectiva disimulada en la adicción al café y la moda. No en vano allí se incubó una estética tan profundamente subversiva en la década de 1920; mientras que Boston sólo producía individuos implacables como hasta ahora, empeñados en mantener las mismas condiciones de la maquinaria que mueve al mundo.

Esta certeza me sedujo, en un principio, a dejar Boston para volver a Lima cuanto antes. Pero los alcances de un albur cambiaron abruptamente mi decisión. Desde una mesa contigua, en una cafetería cercana a mi departamento, las palabras precisas de Léona llegaron hasta mí en un fluido y cadencioso español —que denotaba su origen galo por el modo de arrastrar las erres—, para abrirme una puerta cuya existencia siempre ignoré. Ella y una amiga discutían acerca de Nadja, la quintaesencia del surrealismo, el desconcertante relato que André Breton compuso para espantar al "demonio de la analogía". Pero este producto del rito clínico, que había solicitado por correo semanas atrás, lo extravié extrañamente antes de hojear.

Léona me clavó sus ojos violetas cuando me paré a su lado. Lejos de intimidarme, me animaron a lanzar la pregunta:

—¿Qué tipo de esperanzas deposita usted en el amor?

—A diferencia de otros movimientos de vanguardia —respondió inmediatamente como la cosa más natural—, el surrealismo fue una expresión profundamente mística. Esa pregunta, que no tiene nada de retórica, pretendió ahondar en la desazón de esa época maravillosa. A mí sólo me permite reconocerte… Y eso no es poco.

—Entonces, algo debe quedar de nosotros —retruqué.

Sonrió complacida y dijo:

—Pero la vida no tiene nada que ver con lo que se escribe, ¿no?

Levanté mis hombros y observé a su amiga: un rostro renacentista enmarcaba una risa congelada. No me quedó claro si era burla o producto de la fascinación.

—¿Eres peruano? —preguntó la amiga mientras se levantaba y cogía su bolso.

—Sí.

—¿Es cierto que el inca usaba una capa hecha con alas de murciélago?

—Eso he oído.

Merveilleux —susurró y miró a Léona—. Ya es tarde. Nos vemos mañana.

Léona asintió y me invitó a sentar a la mesa con un gesto.

—Quiero ver tus palmas.

Tomó mis manos apenas cumplí su orden.

—Imagino que alguien deseó que usted fuera locamente amada.

Su índice siguió las líneas de mi palma izquierda.

—Eres la propia imagen del secreto —sentenció.

Sus ojos fueron de un lado a otro, hasta detenerse en una bifurcación.

—La veo moldeada en un escalofrío, con tan sólo los ojos al descubierto... —masculló.

Un horizonte violeta me inundó hasta estremecerme.

—He encontrado el secreto —espetó.

Y volvió a mi palma.

—¿El secreto de amarla siempre por primera vez? —balbucí.

Léona pareció dudar y soltó mi mano.

—Pensé que estaba equivocada, pero no hay duda. Eres su viva imagen. ¿Lo sabías?

—¿De qué me habla?

—De él. De eso te hablo.

* * *

 

Puso un billete sobre la mesa y salió de la cafetería. Fui tras ella. Caminamos hasta la esquina y cruzamos al otro lado de la calle. A media cuadra nos detuvimos. Léona miró a un lado y a otro, y avanzó hasta la acera de enfrente. Franqueamos la gran puerta ojival de su edificio y llegamos al extremo de un corredor. Escaleras arriba, nos detuvimos en el tercer piso. Léona metió su mano en la cartera y extrajo un manojo de llaves. Abrió la puerta del departamento 305.

De acuerdo con el surrealismo, el azar sería la forma de manifestación de la necesidad exterior que se abre paso en el inconsciente humano. A través de las persianas de la ventana de la sala, franjas de luz amarilla asaltaban muebles y adornos, convirtiéndolos en objetos subjetivos y trepidantes. Pero aquella ilusión duró tan sólo un instante; Léona se encargó de desnudarlos al encender una lámpara halógena. Poco después, desde el umbral, la vi abrir cajones y armarios; desbaratar bolsas, cajas y paquetes; rebuscar el contenido de sobres y fólderes; barajar libros y revistas; y vaciar maletines y cartapacios. Durante todo ese tiempo, yo no existía para ella. Su desenfrenada búsqueda le confería un aire adusto que, a medida que iba agotando posibles lugares, se tornaba consternado.

A diferencia de un movimiento colectivo, un acto personal es impredecible. Cuando Léona revolvió absolutamente todo sin lograr hallar lo que buscaba, rompió en llanto como una adolescente golpeada por primera vez por la vida, en tanto que comenzó a tirar al piso cuanta cosa había tocado hacía un momento. Entonces volví a existir para ella: la contuve con ambas manos antes de que acabara con todo. Y ella –ojos marchitos, casi grises– empezó a insultarme en un dialecto parecido al catalán.

— ¿Qué esconde? ¿Qué encierra usted? –casi le grite.

De pronto un brillo resplandeció en su mirada violeta y se dirigió a un estante medio devastado.

—Ya verás —me advirtió.

* * *   

Tomó un ánfora y la vació. Un montículo de objetos metálicos coronó la superficie de un pedestal que segundos antes ocupaba una maceta con un cactus. Sus dedos hurgaron entre tornillos, resortes, tuercas, pernos, canicas de acero, imanes, clips y piezas de reloj. Una cinta roja asomó tras un desesperado y final intento de búsqueda. Tiró de ella. Al otro extremo se balanceó una pequeña y opaca llave.

—¿Sabes lo que es esto? —preguntó como si me convocara a ser un pez en aguas turbias.

Siempre he desconfiado de las preguntas cuyas respuestas son evidentes. Y esa vez no fue la excepción: la clave que colgaba de sus dedos era una herramienta de rabdomante, suficientemente explícita y también peligrosa.

—Espero que lo que ella abra luego se pueda cerrar —solicité sin emoción alguna.

—¿Acaso te arriesgas a no saber?

—Todo aprendizaje es, en realidad, una reminiscencia.

— Eso es suficiente. Ven, sígueme.

En su habitación, adornada tan sólo por una gran fotografía del Sena, Léona se acuclilló frente a una gaveta. Introdujo la llave en la cerradura, girándola de inmediato, y tiró de la manija. Cientos de fotografías de diferentes tamaños ocupaban el pequeño espacio del cajón. Tomó casi la mitad de ellas y las fue pasando una por una. Y, tras examinar más de una veintena, se detuvo. Con aire divino, separó la imagen hallada, le dio vuelta y leyó:

—Manifestación de Saint-Julien-le-Pauvre. Enero de 1920. De izquierda a derecha: un periodista, Asté d'Esparbes, Breton, Rigaut, Éluard, Ribemont-Dessaignes, Péret, Frankel, Aragon, Tzara y Soupault —y me observó con detenimiento—. ¿Tienes alguna idea de quién es el periodista?

—¿Me permite ver la foto?

Pasó uno de los filos de la imagen por su barbilla como si tratara de despejar una duda, hasta que la puso en mi mano con cierto recelo. Mis ojos cayeron sobre el primer personaje de la izquierda y no pudieron reparar en los subsiguientes. El develamiento fue extraordinariamente asombroso.

—Tu viva imagen —dijo Léona, al comprobar mi turbación—. Aun diría que eres tú.

—Soy yo —dije muy despacio y sin creer mis propias palabras—, pero se trata de mi abuelo. Creo que él estuvo en Francia por esos años.

—¡Qué dices! Eres tú, ¿no lo entiendes?

La miré con suspicacia. Un violeta abrasivo sostuvo mi detenida auscultación.

—Los elefantes son contagiosos —respondí automáticamente e intenté fabricar una risa—. No. No sé que decirle... —añadí, sintiéndome torpe—. Esta revelación se parece a la satisfacción que procura un objeto robado.

—Me alegra que lo digas.

—He visto muchas fotos de mi abuelo y nunca he notado que nos pareciéramos. Es más, nadie en mi familia jamás lo ha comentado, empezando por mi abuela —y me interrumpí con la intención de ordenar mis ideas y rebuscar en mis recuerdos—. Esta historia tiene un vacío que se resume en la inmensidad de sus ojos.

—No quieres ver, pero eres tú, tonto. Date cuenta. Para empezar, yo soy Léona.

—Para continuar, lo que usted dice no tiene sentido.

¡Merde! Si deseas pasar por alto mi nombre... —dijo encolerizándose, pero se interrumpió para contenerse—. Escúchame, ese periodista, que eres tú —acotó con sorna—, fue excomulgado por André. Lo apartó, digo, te apartó del movimiento probablemente por una grave traición o quizá por un pensamiento herético.

—Pero ¿qué la lleva a plantear eso?

—En esa primera manifestación, la de Saint-Julien-le-Pauvre, al poco tiempo que llegó con Tzara a París, no hubo ningún periodista. De eso estoy completamente segura, aunque la leyenda en el reverso de la foto, escrita a mano por el propio André, como puedes comprobar, me contradiga. ¿Entiendes? Es un invento de él. Lo más probable es que André se vengara del aquel personaje, es decir, de ti, no sólo simulando olvidar tu nombre, sino también trocándote el título de poeta o artista plástico por la etiqueta irónica de periodista. Típico de su humor negro.

—¿Puedo llevarme la fotografía?

—Lo siento, se trata de una ampliación de la época con la autógrafa de André. Es parte de mi colección.

—¿Dónde la consiguió?

—¿Me permites reservarme el secreto?

—Desde luego.

* * *

Resulta difícil acostumbrarse a considerar el mundo "real" con otra mirada. El mundo y la existencia con todas sus trampas. De hecho, si la gran enramada que es el mundo tuviese una meta, ésta ya se habría alcanzado. Y si tuviese algún estado final no intencionado, lo habría también conseguido. Si el mundo fuese, en general, capaz de inmovilizarse, de cristalizarse en una fotografía con todo lo que ello implica, haría mucho tiempo que hubiera terminado todo devenir y, por tanto, todo pensamiento, todo espíritu, todo secreto.

Una vez solo, en mi departamento, busqué la proyección de mi imagen en el espejo del baño. Si tenía que hallar, entonces, alguna revelación, estaba seguro de que no iba a ser en más lecturas o en objetos externos a mí.

—Más allá de mí —me dije—, no encontraría más que empirismo y sueños.

Y atendí a cada uno de mis rasgos, viéndome ver como una minuciosa sonda de mí mismo. Y me detuve en el reflejo, del reflejo, del reflejo de mis ojos. Mis pupilas chispearon a lo largo de un túnel de blanquísimas órbitas oculares. En aquel escenario truculento, mi abuela, desde algún lugar, me miraba y perdonaba mi loco amor. De su discurso, elaborado con su modo simple de hablar, entendí que la idea de que el mundo elude una meta y que sabe incluso prevenirse de caer en un movimiento cíclico, debió ser ocurrencia de todos los que querían imponer al universo la facultad de producir eternamente novedad, o sea, de asignar a una fuerza finita, definida, de magnitud variable, como es el "mundo real", la maravillosa capacidad de transformar hasta el infinito sus formas y posiciones. A partir de esta intuición, fue surgiendo el otro que no era yo: un niño que agita la rama en la que descansa un petirrojo, en cualquier contexto.

Mientras salía de él con un fuerte temblor y se ensombrecía el espejo, tal certeza, aparte de que me hizo llorar, me permitió proyectar mi más auténtica respuesta a la pregunta "¿Qué tipo de esperanzas deposita usted en el amor?" Pero Léona no estaba y tenía que decírselo. Y salí apresuradamente del departamento y después del edificio, para estrellarme contra una calle fantasmal, pero tangible. En tanto que corría hacia Léona, me fue muy claro que Boston de madrugada era una gran metáfora del espacio terrenal. Y que el mundo, aunque ya no se rija por un Dios atávico, necesita, no obstante, poseer virtualmente la fuerza creadora divina, una energía de infinitas metamorfosis, pues tiene que abstenerse de caer en una de sus antiguas formas. Es decir, debe tener no sólo la intención, sino los medios para guardarse de toda reiteración. Precisa, por consiguiente, controlar en todo momento cada uno de sus movimientos, para evitar determinadas metas, determinados estados finales, determinadas repeticiones terribles. Tales son, entre otras, las consecuencias de un modo de pensar y desear imperdonablemente desquiciado.

Al doblar la última esquina, frente a la puerta ojival, una ambulancia barría con la luz de su sirena la calle. Una incontrolable aprensión me invadió. Me acerqué rápidamente al vehículo y sacudí al somnoliento chofer.

—¡Qué ha sucedido!

El sujeto me miró sobresaltado y fijamente a los ojos:

—Una crisis. Una crisis más en esta ciudad —respondió con tono de reproche.

—¿En qué habitación? ¿La 305?

—Déjeme ver... —y buscó la orden en su tablero—. Así es. ¿Es usted pariente, amigo?...

—¡Qué mierda te importa! —y entré al edificio antes de que pudiera responderme.

Subí de dos en dos los peldaños de la escalera. Cuando llegué al tercer pisó, me di unos segundos para tomar aire y enfrentar lo peor. Y caminé lentamente hasta la puerta entreabierta del departamento de Léona. La empujé con suavidad y entré. Las entrecortadas luces de la ambulancia se fragmentaban aún más a través de las persianas, haciendo intensamente subjetivo y trepidante todo el caos que allí reinaba. Encendí la lámpara halógena para disminuir el efecto opresor. Y allí estaba ella, la amiga de Léona, sentada, comiéndose una uña mientras me miraba con familiaridad.

—Hola —me saludó desganada—. ¿Sabes que me llamó muy contenta después de que te fuiste? Yo vine hace una media hora, para darle una sorpresa, y la encontré muy mal. ¿Qué crees que le pudo ocurrir?

Levanté mis hombros y negué con mi cabeza.

—Hay puertas que no se pueden cerrar una vez abiertas —dijo para sí misma. Luego me preguntó—: ¿Hicieron el amor?

—No.

—Qué extraño. Ella siempre lo hace. Es muy compulsiva, sólo le falta cobrar para entrar a las ligas mayores.

—No tenía idea...

—Eso no importa. Dime, ¿cómo era esa capa hecha con alas de murciélago que usaba el inca?

—Hermosa y elegante, como debe ser la capa de un rey de reyes en un mundo mágico.

—Quiero una. Aún soy virgen y creo que una capa así me vendría bien —y negó con la cabeza como si tal deseo jamás se fuera a cumplir—. ¿Quieres verla?

—Sí.

—Anda, estás en tu casa —y miró apesadumbrada a su alrededor—. Quizá seas de ayuda.

Avancé por el pasadizo y entré a la habitación de Léona. Dos sujetos vestidos de blanco se sorprendieron al verme. Al centro, tendida sobre la cama y con la mirada perdida en la imagen del Sena, Léona estaba ceñida por una camisa de fuerza.

—Todo está controlado —dijo el tipo de la derecha, mientras se deshacía de una hipodérmica de gran tamaño.

—¿Todo esto es necesario? —pregunté.

—Me temo que sí —contestó el otro.

Ambos la sujetaron de los hombros y la sentaron. Después la hicieron girar hacia un lado de la cama. El individuo de la derecha se dirigió al extremo donde ella estaba sentada. Contaron hasta tres y la pararon con un solo movimiento.

Léona se dejó llevar, y cuando pasó a mi lado, susurró casi ininteligiblemente:

—Si lo ves, dile que es un maldito bastardo.

—Lo haré, se lo prometo. Deposite esa esperanza en mí.

Salieron lentamente. La habitación se hallaba casi tal cual a como yo la había dejado. Me acerqué a la gaveta y tomé la fotografía de la manifestación de Saint-Julien-le-Pauvre. El periodista ya no estaba, sólo se encontraban diez vanguardistas elegantemente vestidos, posando para la cámara. Aquel hecho hubiera sido absolutamente liberador, si es que en el anverso no leía lo escrito por Breton: "Hasí enloquecen las putas"

Arrugué la imagen y salí zigzagueando de la habitación. La amiga —de pie, y dispuesta a ir tras Léona y sus dos custodios— me vio con desconcierto.

—¡Estás pálido! ¿Te encuentras bien?

Levanté mis hombros.

—¿Qué ha sucedido? —insistió.

—Lo eternamente novedoso —mascullé. Y añadí—: ¿Alguna vez has sacudido la rama de un árbol muy frondoso?

©José Donayre, 2005

 
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José Donayre Hoefken (Lima, 1966) Estudió Literatura y Lingüística en la PUCP. Ha publicado las novelas La fabulosa máquina del sueño (1999) y La trama de las moiras (2003), además del libro de cuentos Entre dos eclipses (2001).

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento9_3.htm
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