Fotos: Gustavo Herrera
(cortesía: diario La Primera)


La tuberculosis es una enfermedad que afecta el alma. Yo era muy sociable y me convertí en un ser solitario, esquivo, que casi no hablaba. He vivido atormentado toda mi vida imaginando una recaída.

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Ni comercial ni marginal: “Yo sólo soy un hombre de 60 años con pinta de moro, que ama la literatura”.

por Francisco Ángeles Jorge Otero

 

 

Lejos de las notas periodísticas y los eventos literarios, con el correr de los años Carlos Calderón Fajardo (Puno, 1946) ha ido construyendo una obra interesante y personal con la que, sin embargo, no ha podido a acceder al gran público. Los siete libros que componen su obra narrativa lo han mantenido como un “escritor de culto”, admirado por una minoría y observado a distancia por los demás lectores.

Después de cinco años de silencio, Calderón Fajardo vuelve a la literatura con La segunda visita de William Burroughs, novela publicada por el Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, esta vez dispuesto a ensanchar su círculo de lectores. Conversamos con él semanas antes de la presentación de su nuevo libro y descubrimos a un escritor que, a pesar de su escasa presencia mediática, tiene muchas cosas que decir.

 

La tentación del fracaso

A los diecisiete años partió a Alemania siguiendo los pasos de su padre, quien había estudiado medicina en Berlín y se había casado con una alemana con la que tuvo un hijo, Tomás. Este hermano, a quien Carlos Calderón Fajardo nunca conoció, murió siendo aún un muchacho, peleando con las Juventudes Hitlerianas. Sin embargo, el futuro médico terminó en Austria, donde acabó su carrera de golpe, cuando en un examen rutinario en la universidad le diagnosticaron tuberculosis. Aquel mismo día, de forma inmediata, una ambulancia lo llevó directamente a un sanatorio. Ahí, un médico al que Calderón Fajardo recuerda emocionado, al notarlo tan deprimido, empezó a llevarle libros de literatura alemana. En aquel sanatorio y sin hablar español, pasaría los próximos dos años de su vida sin hacer otra cosa que leer.

“Mi vida cambió para siempre. La tuberculosis es una enfermedad que afecta el alma. Yo era muy sociable y me convertí en un ser solitario, esquivo, que casi no hablaba. He vivido atormentado toda mi vida imaginando una recaída.”

Luego partió a París, donde acudió a la Embajada del Perú a pedir la dirección de una muchacha a la que había conocido en el barco que lo llevó a Europa. Curiosamente, fue Julio Ramón Ribeyro, pareja de aquella muchacha (Alida Cordero), quien le abrió la puerta y lo hizo pasar. Calderón no sabía quién era el escritor que tenía en frente, pero recuerda que aquel hombre, varios años mayor que él, se sentó y escuchó fascinado sus discursos sobre literatura alemana. Desde entonces empezó a frecuentar aquella casa. Allí conoció a Cortázar, Donoso, Bryce, Rose, Chariarse, Bendezú y muchos otros.

“Ahí, en la casa de Ribeyro, alguna vez tuve una fuerte discusión con Manuel Scorza. Yo siempre tuve una relación cercana con los judíos. Viví en un barrio judío en Viena. En París, todas las enamoradas francesas que tuve eran judías. Scorza dijo que los judíos eran unos desgraciados, que se dedicaban a robar, y yo no lo soporté. Lo que más recuerdo de la discusión es que él no entendía por qué demonios un tipo con cara de moro defendía a los judíos.”

Cuando piensa en Ribeyro, nos comenta que “en el mundo de la literatura ya no se encuentran hombres como él”. Su relación con Bryce la recuerda con cierta pena y fastidio. “Julio también lo quería, lo consideraba un genio. Con Bryce, quizás por Julio Ramón, nos hicimos amigos. Cuando regresé a Lima nos carteamos durante un tiempo. Una carta desafortunada mía terminó con la correspondencia. Siempre he tenido muy poca inteligencia social”.

 

Un escritor barranquino

Aunque durante cuarenta años ha formado parte de la vida literaria nacional, más allá de un pequeño círculo, su obra se mantiene a la sombra. “No soy un hombre tímido, pero socialmente siempre he sido muy torpe”, repite. “Creo que para lograr el éxito hay que hacer lobby, relaciones públicas. A mí me interesa más escribir que ser publicado. No me gusta salir en fotografías, ni siquiera las he puesto en mis libros. Sólo lo hice una vez porque era obligatorio para la editorial. Lo único que me interesa es que me lean los jóvenes”.

Este cierto desdén hacia la difusión de su obra parece tener relación con el hecho de que no presentara ninguno de sus siete libros anteriores. “Para mí, el acto de escribir es sagrado. Soy muy católico, y creo que en un mundo desacralizado la escritura es un acto religioso. Siempre pensé que presentar el libro era convertir la escritura, lo sagrado, en una fiesta social. Pero ahora me doy cuenta de que la religión está llena de ritos, así que por primera vez voy a presentar uno de mis libros”.

Como escritor, defiende la idea de que no tiene ninguna obligación de escribir sobre el Perú. “Es literatura, no sociología. La violencia política está en mi obra, pero no como representación directa, sino como metáfora. En La conciencia del límite último hablo de Sendero a través del periodista que siempre inventa la sangre. Finalmente, la gran novela sobre Sendero ocurre en Brasil. Es La guerra del fin del mundo, donde el consejero es Abimael Guzmán”.

Calderón Fajardo confiesa que este desinterés por el compromiso social de la literatura no situaba a escritores como él en una posición cómoda: “Quienes no somos escritores sociales hemos sido silenciados durante muchos años”, nos dice. “Y a mí nunca me interesó el desarrollo del Perú o la vida de la nación como tema literario. Por eso algunos críticos nunca me han comentado o me han mirado con desconfianza”.

Calderón ubica la fuente de esa estética ‘pura' en sus inicios como escritor e incluso antes, en su origen barranquino. “Mis primeras lecturas fueron en alemán. Los escritores que admiraba eran Bernhard, Broch y Musil. Y, además, soy un escritor básicamente barranquino. Me siento parte de una familia a la que pertenecen José María Eguren, Martín Adán, Manuel Beingolea. Ninguno de ellos es un escritor realista, sino de lenguaje y atmósfera. Son también bastante afrancesados. Creo que hay una relación entre nuestros libros y nuestro origen barranquino”.

 

Criollos y andinos

El debate literario del año pasado ha sido mencionado con demasiada frecuencia, y es posible que muchos lectores hayan llegado a sentir hastío ante cualquier nueva referencia al tema. Sin embargo, nos pareció interesante escuchar la posición de un escritor como Calderón Fajardo, que se mantuvo al margen de los dardos que salían disparados de uno y otro lado. “El debate no tuvo ningún interés literario”, afirma. “No hubo ninguna confrontación de ideas o posiciones estéticas. Pero sí fue interesante desde un punto de vista sociológico, ya que puso en evidencia un enfrentamiento de clases. Hay que respetar las diferencias. No se le puede pedir a Bryce que escriba sobre el mundo andino, ni a Colchado Lucio sobre la burguesía, porque no la conocen. Yo creo que debe haber sitio para todos”.

Descarta que las divergencias estéticas hayan sido motivo legítimo de debate, como para él lo demuestra el giro que han tomado las obras de algunos de los participantes en el debate: “Alonso Cueto empieza escribiendo cuentos como Henry James y termina escribiendo una novela sobre el terrorismo. Y los duros, que comenzaron con cuentos muy revolucionarios, terminan escribiendo libros como El goce de la piel. El mundo está de cabeza”.

Calderón Fajardo cuenta haberse relacionado con los dos grupos desde su juventud, y en el caso de los ‘andinos' tuvo una relación estrecha en la época de la revista Narración: “He sido amigo de Miguel Gutiérrez, Oswaldo Reynoso y de muchos integrantes de Narración. Incluso iba a las reuniones, pero nunca fui parte oficial del grupo. Me decían que no podía entrar porque tenía casa en la playa, porque vivía en la Aurora y, sobre todo, porque no era marxista”, recuerda. “Dentro de Narración, Miguel Gutiérrez era quien marcaba la línea dura. Lo seguían Hildebrando Pérez Huarancca y Antonio Gálvez Ronceros. Otros no eran tan duros, como Gregorio Martínez y Augusto Higa; y por eso había discusiones muy fuertes que terminaron quebrando al grupo. Incluso algunos, como Nilo Espinoza o Eduardo González Viaña, fueron expulsados”.

“Con Miguel Gutiérrez he tenido una amistad muy íntima. Nos veíamos casi todos los días y hablábamos de literatura, nunca de política. Nuestra relación comenzó a romperse cuando él escribió La generación del 50, que para mí era absolutamente inaceptable, por la posición política y porque le echaba barro a todo el mundo. Pero el rompimiento definitivo ocurrió cuando Cancho Larco, director de Quehacer, me invitó a escribir un artículo sobre Lima y la novela de hoy. Yo escribí que no existía una novela sobre la Lima de hoy, una novela total, no había una Manhattan Transfer de Lima, y que en los ochenta una novela así era impensable. En esa época, Gutiérrez estaba escribiendo La violencia del tiempo y no soportó que yo cuestionara la novela total, precisamente lo que él estaba haciendo. Así que en el siguiente número de Quehacer publicó una respuesta feroz donde ni siquiera mencionaba mi nombre. Mi amigo íntimo me atacaba terriblemente, y terminaba diciendo: “ni este señor ni yo veremos el resplandor del fuego. Sólo lo verán quienes en este momento están peleando la revolución”... ¡Y él estaba escribiendo una novela de mil 200 páginas! Si te consideras un escritor popular, es absurdo escribir una novela de esa extensión. Ese libro jamás lo va a leer, ni siquiera lo va a poder comprar, un proletario”.

 

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