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El poeta canta, exulta en fusión con el vientre del mundo. Es muy raro, en la poesía terriblemente púdica de Blanca Varela, escucharla hablar de “sentimientos”. Por ello, este poema tiene un alto valor y es respuesta a la exploración anterior, sin ilusiones, de la finitud. Como dice Blanca Varela en el último verso del poema anterior: ¿qué haríamos sin esta enorme oscuridad? ¿De repente no seríamos capaces de ver la luz? La finitud, el conocimiento de la muerte, puede ser liberador y conjurador de futuro. Aquí la sombra se hace viviente, la oscuridad es lo “umbrío”, palabra mucho menos negativa y más apetecible y literaria que negro u oscuro. Aquí la luz es luz, y se opone a la ceguera, el mundo no es hostil sino un nido, estamos protegidos en ese inmenso vientre marino. El mar es lo que siempre estará allí, en movimiento, es fuente de vida y como buena limeña y costeña, el mar forma parte del paisaje valeriano, a veces como interlocutor, otras como gran testigo de nuestras vidas pasajeras. Aquí el mar es origen de la vida, e inmersos en él nos podemos sentir vivos en tanto cuerpo. La cabeza como negra canasta se opone a este cuerpo que sin pensar únicamente “siente” y se explora minuciosamente, re-conociéndose como un animal o un niño jugando en el agua.
La cabeza vuelve como símbolo de una vida no animal que no merece dejar huella de su existencia. Blanca Varela ironiza sobre la vida intelectual, o sobre la producción intelectual como modo de sobrevivir al tiempo. Para ella, quien siempre quiso que la poesía fuera algo “villano”, nada exquisito ni para las elites, la desconfianza por lo no encarnado, por lo puramente mental, es total. La muerte se escribe sola, como dice, los libros se cierran, los cuerpos desaparecen, todo está abocado a desaparecer, pero es la especie la que sobrevive y es la especie la que nos acerca a lo animal:
felizmente no tengo nada en la cabeza
sino una pocas ideas equivocadas por cierto
y una memoria sin tiempo ni lugar
nada para poner
nada para dejar
sino huesos cáscaras vacías
un montoncito de cenizas y
con suerte algo de polvo
innominada nada
en lo que fue mi cabeza
La cabeza es mas “nada” que los huesos. Blanca Varela demuestra por su propia vida su voluntad de vivir apartada de los medios intelectuales: afirmó siempre no haber suscitado nada editorialmente, que su escritura era el fruto de un trabajo secreto, que imaginamos doméstico, aunque estuviese inmersa en el mundo cultural de por su familia y amigos. Es extraño, esa suerte de doble vida, de doble blanca, una que hablaba de cosas terribles y con distancia, y otra, más casera, extremadamente sensible al sufrimiento del prójimo. Era ella “doble”, y esa distancia de sí esta a la base de su poesía y de su lucidez. Pero esa lucidez está siempre y a pesar de todo cargada de ternura y de humor, una risa, no sarcástica, sino llena de gracia, liberada de ego, del narcisismo tan común entre escritores y poetas. Y es por eso que este poema es tan claro, tan tangible y drôle, como se dice en francés, divertido y un poco loco, como cuando los niños se ponen a decir verdades embarazosas en medio de los adultos.
Volviendo, antes de terminar este viaje en dos libros de Blanca Varela, a la intuición de la poeta sobre lo negro y su ambigüedad, veamos este poema:
a oscuras nace el sol
el fabuloso huevo
dispara rayos grises
en la esquina recóndita
los ojos cerrados
el mal paso en el aire
adivinan el límite y el fondo
en plena oscuridad
el más puro alimento
asume su precisa forma
la sangre ennegreciendo
aprende a brillar
como un dios
después se hace la luz
rueda la araña
La araña mide el tiempo, es uno de los animales preferidos de Varela. El día es la noche y la noche el día. Los extremos se buscan, se ve con los ojos cerrados, y es en plena oscuridad que se devela la “precisa forma” del más puro alimento, la verdad, o al menos una forma de ella. Este poema recuerda los ejercicios utilizados por los místicos para decir lo inefable. El oximorón niega y a la vez rehace los lazos de sentido a los que estamos acostumbrados y nos devela un orden secreto visible para algunos, aparente pero oculto para otros. Blanca Varela desde Puerto Supe sabe que la apariencia no es la verdad, y en sus últimos libros lo expresa cada vez más claramente. El conocimiento del “límite y el fondo” es más el resultado de un adivinar, de una intuición, que el resultado de un razonamiento. Alimento, sangre ennegreciendo, lo animal vuelve otra vez en el sentido de lo material, corpóreo, son cosas banales, que todos conocemos, lo que a veces no queremos ver, nuestra condición “baja”. La verdad no es una forma excelsa e inmaterial, es un alimento, tiene peso y forma, y la sangre que ennegrece al aire puede brillar como un “dios”, con minúscula. En el fondo, el gran tema de Varela es el tiempo, las diferentes maneras de medirlo y de experimentarlo. Ciegamente, perdiéndose en él, ignorándolo, o dolorosamente como una pérdida y también lucidamente como algo que es, y que nos es dado, mientras nos es dado.
Por ello, como sugerido en su libro Ejercicios materiales, la poesía es también una manera de aceptar, de rendirse, acostumbrándose poco a la idea de la muerte:
morir cada día un poco más
recortarse las uñas
el pelo
los deseos
aprender a pensar en lo pequeño
y en lo inmenso
en las estrellas más lejanas
e inmóviles
en el cielo
manchado como un animal que huye
en el cielo
espantado por mí
Lo que empieza en lo concreto termina en lo moral… Es preferible acostumbrarse poco a poco a la idea de nuestra finitud, frente a lo inmenso y a lo diminuto. Como queriendo ponerse en su lugar, modesto, pasajero. El dolor del hombre y su “mancha” o mácula es pensarse superior al resto de la creación y por ello ese espanto, también cósmico, ante la soledad del hombre. Pensamos en la Biblia, en la soledad de Caín, en la traición a la verdadera naturaleza humana separada de la naturaleza. Hay mucho de humor, pero también de sentido moral, en estos versos, aunque Varela hubiera detestado que se le considerara como una autoridad moral. Hay algo de ascético y de herido, una vergüenza de base, la de Adán y Eva descubriéndose desnudos en el paraíso. La vergüenza ante el cielo que nos contempla, ante el ojo de dios que ve todo, nuestra flaqueza, nuestra pequeñez. Porque el sueño del hombre es elevarse hasta dios, pero el cielo huye de nosotros, espantado por esa ambición.
Y después. Leer el poema que sigue hoy, que Blanca Varela nos ha dejado, tiene otro sabor, se escapa de la hoja, las letras impresas viven de una vida que le insufla su autora y es como escuchar su voz, a la vez burlona y dulce:
me sobrevivirán aguja vaso piedra
hormigas afanosas
me sobrevivirán
donde yo deje de estar pasará la sombra del sol
y muchas palabras de boca a boca
tejerán sin mi aliento sinsentidos
veo el árbol lleno de granos rojos
que ocupará mi lugar
mi hora suspendida
en el eterno crepúsculo que exhalo
todo esto y algo más que no veremos
sobre el mar que nos veía
ola suspendida estrella mortecina
vino empozado en tu mano
gesto que el aire enfría y diluye
témpano luminoso del corazón
que ausente palpita
y nadie sabe por qué
se ahueca el aire
con su latido
El difícil adiós a la vida. Lo que sobrevivirá es lo natural, el árbol, el mar, las hormigas y lo que no veremos, lo imposible de saber. Hay un sabor de impotencia pero también de resistencia. El poeta acepta la finitud, pero el sinsentido se revela al final. Aceptar la finitud, pero la vida para qué. Nadie lo sabe.
Los poemas de Concierto animal son como cuadros donde juegan la luz y la oscuridad, en los que nadie gana la partida. A veces hay más luz, a veces menos, a veces la negrura invade la tela, se come la luz, a veces hay igualdad. Pero la poesía de Varela toma posición desde una distancia que puede ser la del poeta frente a su tela y a la vez frente al modelo de su tela. Doble distancia entre su lenguaje y lo que llamamos mundo. Esta distancia hace que se considere a su poesía como una poesía difícil o seca, mientras que se trata de una poesía palpitante, carnal, visceral, pero descreída. Cada poema ilustra la vanidad de la vida, ese sueño de creerse inmortales, de ver el mundo material como contingente, mientras que son esas pequeñas cosas de uso doméstico las que nos sobrevivirán.
Los poemas son ejemplares en ese sentido, morales sin dictar ningún comportamiento o ley, son vanitas, todo es vanidad, pero Varela quiere que esa encarnación aunque pasajera sea triunfante y gloriosa, ya que en esa parcela de tiempo que poseemos se juega todo. No hay nada mas allá, no hay trascendencia pero sí profundidad en un “mas acá” que debemos valorar. El último poema de Concierto animal es muy claro, sus dos últimos versos… Ese destino animal, de animal condenado de antemano pero que canta, sucio pero que se va de fiesta, de camino al matadero en la exaltación de lo que ha de venir, de esa agonía que puede ser gozosa si se sabe vivir, en búsqueda siempre de dios (con minúscula) al que nunca se accede. Abrir los ojos, mirar de frente esa finitud para hacer nupcias con la vida “diamante singular, astro en penumbra”, hay algo por lo que vale la pena escarbar y someterse y rendirse a ese destino que es el de la naturaleza, de todo ser viviente sobre la tierra. Pero someterse y rendirse sabiendo, conociendo, sin falsas ilusiones, sin mentiras a medias y solo, único y solo.
el animal que se revuelca en barro
está cantando
amor gruñe en su pecho
y en sucia luz envuelto
se va de fiesta
de allí que el matadero
sea el arco triunfal
de esta aventura
y en astrosa apariencia
se oculten la salud y la armonía
y la negra avellana
sepulta en el garguero
lance rayos azules a los vientos
engastado en la mugre
diamante singular astro en penumbra
encuentra y pierde a dios
en su pelambre
connubio de atragantada melodía
y agonía gozosa
se necesita el don
para entrar en la charca
Sí, se necesita el don para entrar en la charca. Desde la Ternera acostada por tábanos, Blanca Varela ha utilizado, con extrema bondad y pudor, la imagen de la bestia llevada al matadero. Pero en Concierto animal hay más luz a pesar de que ésta sea sucia, el canto es posible, el amor es posible, la salud y la armonía también. A pesar de la apariencia, el animal es noble y el barro la materia de la que todos provenimos. Más que esperanza, la armonía entre lo material y lo inmaterial, la atragantada melodía, puede hacer de la vida una fiesta. Como para todo, para vivir se necesita el don. Y Blanca Varela nos hace partícipes de ese don con su poesía.
© Grecia Cáceres, 2009
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Grecia Cáceres: (Lima, Perú, 1968) Estudió lingüística y literatura en la PUCP. Ha cursado estudios de doctorado en París y Saint-Denis (Francia). Es miembro de la promoción poética de la década de 1990. Publica su primer libro de poesía De las causas y los principio Venenos/Embelesos en 1992. Su primera novela es La espera posible (1998) y se ambienta en las primeras décadas del siglo XX. Su tercera novela, aún en original en francés, Fin d'après-midi, se ambienta en los decenios de 1980 y 1990. En 2007, publicó La vida violeta, aunque originalmente había aparecido en francés en 2003. También colabora con diversas publicaciones y continúa escribiendo poesía. |
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