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Porque en julio de ese año Vallejo llegó a París y aquí sigue hasta hoy, descansando en Montparnasse, mientras el turbulento circo vallejiano se agita y polemiza sobre todo y sobre nada: ¿cuándo nació exactamente?, ¿por qué se llamaba como se llamaba?, ¿quienes fueron sus verdaderos amigos?, ¿que tan comunista fue?, ¿era bohemio y mujeriego o un santo?

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Un Vallejo propio y mío

por José Rosas Ribeyro

 

Entrada por la calle Molière

Yo no tengo la pretensión de ser un especialista de la obra de Vallejo y menos aún de su vida. No formo parte tampoco de asociación alguna de “admiradores” o “adoradores” del autor de Trilce. Es más, me parece que muchos de esos grupos tienen aspecto de secta y que sus miembros se repiten sus verdades los unos a los otros hasta quedar satisfechos de sí mismos. Lo digo porque últimamente he visto aparecer en París —ciudad en la que vivo desde hace ya demasiado tiempo— asociaciones de ese tipo, que me han invitado a ingresar en ellas donando una suma y colaborando así a la economía personal de quienes se han autodenominado gurúes vallejianos. En el Perú también hay cofradías que rinden culto a San Vallejo Comunista del Martillo, San Vallejo del Puño y de la Hoz, Santa Georgette Esposa y Mártir y a San Vallejo y Santa Georgette, Unidos en la Lucha. Tienen una verdad única, revelada, y ante ella se arrodillan y rezan sin cansancio, y a quienes no comulgan con sus dogmas supuestamente vallejianos los excomulgan por apóstatas. No voy a mencionar nombres de los de aquí, en París, ni de los de allá, en el Perú, porque no vale la pena darles demasiada importancia. “Son pocos pero son”, hubiera dicho el idolatrado poeta que nunca quiso ser ídolo de nadie y más bien le reclamó alguna vez al propio Dios por no haber sido hombre antes de hacerse Dios. Y como no soy especialista de Vallejo ni soy especialista de nada y me irritan los especialistas y los adoradores del poeta y de lo que sea, y me irrita también profundamente Georgette Philippart por haberse autoproclamado “dueña” y “juez autoritario” de la memoria del autor de Los heraldos negros, voy a hacer en estas líneas lo que ella tanto le critica a Juan Larrea: hablar “de un Vallejo propio y suyo”.  Y así, pues, les brindaré aquí a quienes les interese, un Vallejo “propio y mío” y un Vallejo que para otros ha sido, es, también, “propio y suyo”.

 

Adolescencia con negros heraldos y una bomba llamada Trilce

De entrada el recuerdo me lleva a la adolescencia. Como podrán suponerlo, al haber nacido él en 1892 y yo medio siglo más tarde, nunca pude tener el honor de saludar a Vallejo con un apretón de manos ni de expresarle de viva voz lo que su poesía había hecho por mí. Nunca aquí en París ni en ningún otro sitio pude hablar con él en un bar del boulevard Montparnasse o bajo la sombra del Dantón de bronce a la salida del metro Odeon o sentados a orillas del Sena, cerca del Pont-des-Arts, con los pies colgando sobre el agua. Eso no me impidió, sin embargo, conocerlo y amarlo siendo yo aún muy joven, allá en Lima, donde yo nací y viví después las etapas iniciales de mi existencia y a donde él llegó por primera vez en abril de 1911 y donde luego transcurrió la mayor parte de su vida entre comienzos de 1918 y mediados de 1923. Porque en julio de ese año Vallejo llegó a París y aquí sigue hasta hoy, descansando en Montparnasse, mientras el turbulento circo vallejiano se agita y polemiza sobre todo y sobre nada: ¿cuándo nació exactamente?, ¿por qué se llamaba como se llamaba?, ¿quienes fueron sus verdaderos amigos?, ¿que tan comunista fue?, ¿era bohemio y mujeriego o un santo?, ¿quiso o no quiso tener hijos?, ¿la amaba o no a Georgette?, ¿quiso alguna vez volver al Perú?, ¿de qué murió exactamente?

Tendría yo unos doce años cuando leí por primera vez su poesía, pero no recuerdo bien la circunstancia exacta. En cambio, me acuerdo como si hubiera ocurrido ayer cuando, al terminar el tercer año de secundaria, durante la ceremonia de entrega de premios en un monstruoso colegio limeño llamado San Andrés, debía yo recitar “Los heraldos negros” en el auditorio, ante cientos de personas. Era una elección mía, no una imposición y, no obstante, me moría de miedo. Aún hoy me puedo ver con aspecto de niño disfrazado de adulto, metido en un traje verde petróleo, horrible, con una corbata gris a rayas y el cabello engominado. Me temblaban las piernas, dudaba de mi memoria, de mi voz y de la estudiada mímica con la que pensaba acompañar los versos vallejianos. Y ahora que me veo diciendo:

            Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
            Golpes como del odio de Dios…

me veo también cerrando los puños y meciéndolos en el espacio para que mi público visualizara los golpes de la vida e incluso llegara a sentirlos en el cuerpo. Y cuando me veo diciendo:

            Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
            en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte

me veo cruzando el espacio con las manos ya convertidas en garras que dibujan zanjas en el aire. Y cuando me veo diciendo:

            Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
            o los heraldos negros que nos manda la Muerte

me veo dudando entre escoger una representación corporal de los potros, dibujando sobre mi cara aún de niño un rostro bárbaro y terrible como el de Jack Palance o elevando los brazos al cielo para que luego bajen y se claven en mi pecho como flechas. Y cuando al llegar al último cuarteto tengo que decir:

            … Vuelve los ojos, como
            cuando por sobre el hombro nos llama una palmada

giro yo la cabeza a diestra y siniestra como un paranoico en pleno delirio. Y cuando, ya casi al terminar, tengo que decir con Vallejo que:

            … todo lo vivido
            se empoza, como charco de culpa, en la mirada

hundo yo mi rostro entre las manos, convierto mis dedos en rejas y, por entre los barrotes de esta prisión de pantomima, veo que me aplauden quienes saben que al repetir el verso inicial ya se acabó el poema, no porque hayan apreciado positivamente mi recitación tan balbuciente como ridícula, sino para que haga de una vez mi tímida venia de agradecimiento, cierre el pico y me vaya. Cuántos como yo habrán vivido momentos tan bochornosos como éste, momentos que no se olvidan nunca. Debemos ser muchos porque nuestro querido Vallejo tenía siempre su lugar en las ceremonias escolares. Un mal lugar, digo yo.

En la adolescencia, que me fue difícil sobrellevar, Vallejo me ayudó a vivir o, mejor dicho, a no morir. Vallejo me ayudó a encontrar sentidos, a inventar razones, a imaginar esperanzas. Versos suyos eran fuente de consuelo para el derrotado, tablas de salvación para el que se ahoga, brújula para quien ha perdido su camino.

Vallejo y:

            Esta tarde llueve, como nunca; y no
            Tengo ganas de vivir, corazón.

Vallejo y:

            Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita
            de junco y capulí;

Vallejo y:

            Y mi madre pasea allá en los huertos,
            Saboreando un sabor ya sin sabor;
            Está ahora tan suave,
            tan ala, tan salida, tan amor.

Ese Vallejo propio y mío (lo siento, señora Philippart) era entonces el de Los heraldos negros. Pocos poetas me hablaban como él. No Darío y sus princesas y castillos, no Chocano y sus bombos, cornetas y caballos, no Eguren y sus niñas con lámparas azules, no García Lorca y sus gitanos con castañuelas (no conocía aún Poeta en Nueva York ni los Sonetos del amor oscuro) y menos aún Neruda con sus empalagosos amoríos y su “Oda a Stalin”.  Vallejo sobre todo y, además, un poema, “Birds in the Night”, que leí un día en el suplemento dominical de El Comercio firmado por un tal Luis Cernuda, eran para mí la fuente de la verdadera poesía.

Más tarde leí Trilce y con ello perdí la adolescencia, así como se pierde la virginidad. ¿Es decir? Con sorpresa, miedo, curiosidad, alivio, goce, alegría y un poco de dolor. Cada página, cada verso, cada palabra de Trilce es una bomba. Y esa bomba me explotó en las manos, en la cara, cuando me puse a leer:

            Pienso en tu sexo.
            Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,
            ante el hijar maduro del día.
            Palpo el botón de dicha, está en sazón.
            Y muere un sentimiento antiguo
            degenerado en seso.

¿Quién había escrito algo así antes? La palabra “hijar” no está en el diccionario. Hay “ijar” e “hijear” pero para el mataburros de la Academia el término que utiliza Vallejo no existe. ¡Y qué puede importarme que exista o no la palabreja y qué diablos la Academia y su diccionario cuando estoy abocado en la tarea de leer Trilce, una experiencia única, irrepetible y solitaria! ¿Quién si no Vallejo podía describir el sexo femenino como el “surco más prolífico y armonioso que el vientre de la Sombra” y al clítoris llamarlo “el botón de dicha” y publicar eso y más, mucho más, en un país mojigato y conservador como el Perú de 1922? ¿Quién si no Vallejo? Uno entiende o cree entender lo que lee en Trilce o, definitivamente, no entiende nada, pero no recurre a los intérpretes que se arrogan el derecho de decir qué quiso decir Vallejo aquí o acullá, porque la lectura misma es un viaje lleno de misterios e interrogantes y esa aventura, lo repito, hay que emprenderla solo. A veces se sobrevive a la explosión, a veces no. Pero cuando se sobrevive…

            Si pues siempre salimos al encuentro
            de cuanto entra por otro lado,
            ahora, chirapado eterno y todo,
            heme, de quien yo penda,
            estoy de filo todavía. Heme!  

Cuando se sobrevive a la peligrosa experiencia de leer Trilce, no hay quien tenga que explicarnos qué fue lo que vivimos. Menos aún le reconozco ese derecho a la señora Philippart, quien en sus ya citados Apuntes biográficos y en otros textos suyos escritos tanto con los pies como con el hígado pretende establecer la “buena” lectura de los versos de Vallejo.

 

En Toulouse, dos poetas con Vallejo

Desde hace ya no sé cuántos años entre marzo y abril suelo pasar una semana en Toulouse, ya que asisto a los Encuentros del Cine de América Latina. Aprovechando esa estancia, en 2008, entre el martes 1 y el domingo 6 de abril, encontré a dos poetas de gran envergadura. Primero a la española Olvido García Valdés (1950), autora entre otros libros del excelente Y todos estábamos vivos, y luego al uruguayo afincado en México Eduardo Milán (1952), cuya obra poética hasta 1996 se encuentra reunida en Manto. Para conversar con ellos y grabar nuestro diálogo leí o releí previamente textos suyos y entrevistas anteriores. No fue en verdad sorprendente para mí descubrir que ambos mencionaban a Vallejo como un hito, una referencia mayor, ya que algo de su influjo se puede notar en su poesía. No es que sean vallejianos, son sencillamente dos poetas que escriben después de Trilce y escribir después de haber leído Trilce no es lo mismo que haberlo hecho antes.

El miércoles 2 de abril de 2008, pues, tuve una larga conversación con Olvido García Valdés en su oficina de directora del Instituto Cervantes en la ciudad de Toulouse. Y en un momento dado subrayé que ella, en una entrevista anterior, había mencionado a Vallejo y Góngora como dos cimientos esenciales de su propia visión de la poesía. He aquí lo que me respondió según lo escucho en la grabación que tengo en mi poder:

“Si no recuerdo mal, en aquella entrevista creo que doy dos nombres. Me parece que decía Las soledades de Góngora y Trilce de Vallejo. Son dos libros que casi no tienen nada absolutamente que ver. Y sí, probablemente ahora diría lo mismo. Hay una cosa en Las soledades de Góngora que es la extraordinaria presencia del mundo. Ese gran poema inacabado de Góngora me interesa muchísimo, pero lo mismo podría haber dicho Juan de la Cruz, ya que la presencia del mundo en Juan de la Cruz es también extraordinaria. Y Vallejo para mí es, si nos ponemos más acá, es decir, si no vamos a los clásicos antiguos, para mí Vallejo es el más grande. ¿Por qué Trilce? Pues porque Trilce me parece un libro absolutamente extraordinario de libertad, de ruptura de amarras, de todo. Es impresionante. ¿Por qué Trilce y no Los heraldos negros o no, a lo mejor, lo que se ha publicado como los Poemas humanos? No era un título que Vallejo dio, pero es el título con el que conocemos esos poemas. ¿Por qué Trilce y no España aparta de mí este cáliz? Pues a lo mejor cualquiera de ellos podría servirme, pero Trilce supone tal novedad, tal fuerza de la novedad, tal característica cualitativa inagotable y tal libertad que a mí me parece que el español en este libro es asombroso y es impresionante”.

El sábado 5 encontré a Eduardo Milán en un gran hotel de Toulouse, en la plaza Wilson. Es un hombre simpático y amistoso que de poesía parece no ignorar nada, a tal punto que al comenzar la conversación dijo; “¿José Rosas Ribeyro… Tú no eres uno de los de Estos trece?”. Le respondí que, efectivamente, yo había formado parte del grupo de poetas novísimos que José Miguel Oviedo reunió en 1973 en esa singular antología. En aquel momento comprendí precisamente que Milán estaba al tanto de todo. Durante la larga entrevista que tuvimos abordamos los más diversos temas sobre su propia poesía y sobre su visión general del quehacer poético. Y a él también, en un momento dado, le señalé que muchas veces mencionaba a Vallejo, aunque en su caso este nombre venía asociado al de Nicanor Parra. Transcribo lo que me dijo Milán y quedó grabado en un minidisco:

“Creo que el primer poeta que inaugura una ruptura en relación a lo que está casi inmediatamente anterior, que es la emancipación dariana; el primero que implica una especie como de ruptura en esa brevísima temporalidad que lo antecede, es Vallejo en Trilce. Y yo creo que el ejemplo es tan contundente, Vallejo es un tipo tan medular para toda poesía y además tiene una concepción precaria, asceta, casi indigente en cuanto a su construcción. Y está tan relacionado con los principios, como decía Lezama, porque el tipo arrancó casi de inmediato después del otro, con una influencia modernista de tres o cuatro años de Los heraldos negros y marcó a toda esa gente que cree que la poesía es una mezcla de sustracción, de gran hueco, de carencia, ¿no? Vallejo es el poeta de eso. Después viene la segunda vuelta de Vallejo, que es la de los Poemas humanos, donde él construye un universo más estable, digamos, aunque siempre profundamente irónico y profundamente dolido y tocado por la contingencia. Pero el primer Vallejo, el que arranca con esta visión poética es un fenómeno. No sé si bien o mal logrado, porque uno nunca sabe cuando lee Trilce qué es lo que uno está leyendo, uno nunca sabe si eso, para ponerlo en términos más o menos claros, está bien hecho o está mal hecho, tú nunca sabes. Tú te quedas con la experiencia y finalmente dices: ‘no, esto toca algo esencial’. ¿Qué puede significar todo esto? Después lo vemos, ¿no? Ese tipo de enigma que presenta Vallejo desde el punto de vista del lenguaje, para mí es lo trascendente de la poesía de Vallejo y lo que yo intenté agarrar. Ahora, después viene Parra que le da vuelta a las cosas a mitad de los cincuenta, cuando ya todo de alguna manera se había perdido porque el eco de aquella vanguardia ya había producido un rechazo muy violento…”.

 

Vallejo en tres memorias

“Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande”, escribió Vallejo estando en la capital de Francia. “Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo. / Me moriré en París —y no me corro— / talvez un jueves, como es hoy, de otoño”, profetizó sobre su futuro y su fin en París. Y a mí, antes de interesarme su muerte, siempre me intrigó cómo había sido la vida del poeta en esta ciudad, la misma en la que vivo yo desde finales de los años setenta del siglo XX y en la que él existió día a día en un periodo histórico situado entre los dos grandes conflictos bélicos que pusieron a Europa en ruinas y exterminaron una parte importante de su población. Ganado por la curiosidad, le pregunté una vez a Désirée Lieven qué recuerdo tenía de Vallejo. Yo no conocía en ese momento la tarjeta postal que desde Moscú le enviara el poeta en 1928. Antes de firmar “CÉSAR V.”, Vallejo escribe: “El paisaje es el mismo pero todo ha cambiado. Cuando esté allí te detallaré mis impresiones, te envío la rosa más herrmosa que esta mañana arranqué para ti de mi corazón”.

A Désirée todo el mundo la conocía así, sin apellido. Había nacido a finales del siglo XIX en Letonia, en un hogar de la pequeña nobleza rusa. Con la revolución bolchevique, su familia huyó hacia Occidente; no obstante, ya afincada en París, Désirée se volvió “roja”. Luego, al ir conociendo los crímenes de Stalin, su comunismo se fue tiñendo de anarquismo. Cuando yo entré en contacto con ella, hacía décadas que recibía a cuanto peruano pasara por París en el pequeño departamento que ocupaba en un edificio con dos accesos, uno en la calle Visconti, por donde solía entrar yo, y otro en 3 bis rue de Beaux-Arts, que utilizaban otros visitantes. Las buenas o malas lenguas que construyen las leyendas han dicho que Désirée fue amante de Vallejo. En verdad, nada permite afirmar que eso es necesariamente cierto y nadie que yo conozca, y ni siquiera ella misma, lo corroboró nunca. No debemos olvidar, sin embargo, que Désirée era una mujer libre en toda la amplitud de la palabra, libre y rebelde, y como tal tuvo múltiples relaciones sentimentales y sensuales. ¿Entre sus amantes estuvo Vallejo alguna vez? ¡Quién sabe! Sólo queda esta frase: “te envío la rosa más herrmosa que esta mañana arranqué para ti de mi corazón”, cuya interpretación queda abierta. La cosa es que un día de 1978 o 1979 le pregunté por Vallejo y me contó que a veces llegaba a su casa, por lo general con su amigo Gonzalo More, en ciertas ocasiones con éste y su mujer, la bailarina Elba Huara, y muy pocas veces solo. “More hablaba hasta por los codos”, me dijo Desirée, “por el contrario, Vallejo era más bien callado”. Y en ese momento la princesa rebelde y generosa levantó su ya cansado cuerpo y se dirigió hacia un rincón de la habitación. “Aquí solía sentarse”, mostrándome un lugar o una silla, y yo sin pensarlo dos veces me senté en la silla queriendo que fuera la misma que en la que se sentó Vallejo. Nunca he sabido si lo que me mostró Désirée era más bien sólo el lugar y no la silla, y eso poco me importa, porque al sentarme en ella sentí que su espíritu tan atormentado como sensual, tan adusto como irónico, se introducía en mí en ese instante, y de nuevo Vallejo me transformaba la vida. He leído luego que en un libro-entrevista en el que cuenta aspectos de su vida, Désirée dice, como me lo dijo a mí, que Vallejo era “muy silencioso y reservado”. Sin embargo, luego añade: “pero cuando se sentía bien entre nosotros le gustaba tomar e incluso bailar”. La imagen del poeta ebrio bailando feliz con Désirée entre los brazos me viene a la imaginación y me agrada muchísimo. Quisiera creer que alguna vez ocurrió lo que imagino.


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