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Y eso fue todo. Moro y Vallejo no tenían nada de qué hablar el uno con el otro, me dijo Coyné, y siempre se ignoraron mutuamente. En un primer momento, esto me pareció sorprendente pero ahora, pensándolo bien, creo que es completamente lógico. Eran poetas completamente distintos

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Un Vallejo propio y mío

por José Rosas Ribeyro

 

La siguiente memoria que contribuye a que este Vallejo propio y mío sea también el de otros, es la de André Coyné, a quien encontré hace algunos años en Montpellier, en el departamento que ocupa en el n° 35 de la rue de Barcelona, la cual nace detrás de la estación de ferrocarriles. Es un día soleado y me recibe un hombre ya mayor. Nació en 1927 y, aunque fue amante y protector de César Moro, se graduó con una tesis doctoral sobre César Vallejo. Con Coyné, entre manuscritos, dibujos y pinturasdel poeta de La tortuga ecuestre, pasé horas conversando, y nuestra larga conversación, llena de rodeos y de idas y vueltas, quedó grabada en dos minidiscos que hasta ahora no he tenido tiempo de transcribir. No puedo entonces recurrir a ellos para consignar aquí lo que Coyné me dijo sobre las relaciones entre los dos César de la poesía escrita por peruanos. Recuerdo, sin embargo, que le mencioné que durante algunos años Vallejo y Moro coincidieron cronológicamente en París. ¿Se conocieron?, ¿se frecuentaron?, ¿qué relación hubo entre ellos?, ¿acaso se ignoraron? Coyné me precisó entonces algo que ya sabía yo: que uno de los mejores amigos de Vallejo en París había sido el músico Alfonso Silva. Y luego encadenó esa información con otra que yo, en ese momento, no tenía muy clara: la mejor amiga de César Moro en París era Alina Lestonnat, la mujer de Silva. Si tomamos en cuenta que Vallejo estuvo en París entre julio de 1923 y abril de 1938, cuando muere; que César Moro vivió aquí entre 1925 y 1933, que cada uno tenía estrecha amistad con un miembro y otro de la pareja Silva y que ambos vivían una pasión absoluta por la poesía, se podría dar por descontada la amistad entre los dos César. Pero, al parecer, no fue así o, en todo caso, no es así como lo expresa Coyné en base a lo que le habría contado más tarde, ya en el Perú, el propio Moro. Alguna vez, me dice Coyné, ambos coincidieron, por esas cosas del azar, en casa de los Silva y Alina, como se debe, procedió a la presentación correspondiente. Se dieron la mano, y probablemente intercambiaron el “mucho gusto” o el “es un placer” que se acostumbra en esos casos. Y eso fue todo. Moro y Vallejo no tenían nada de qué hablar el uno con el otro, me dijo Coyné, y siempre se ignoraron mutuamente. En un primer momento, esto me pareció sorprendente, pero ahora, pensándolo bien, creo que es completamente lógico. Eran poetas completamente distintos. Moro se entregó con entusiasmo a la forma surrealista de vivir y escribir la poesía, comprender la historia y comprometerse con la realidad social, mientras que Vallejo, en su “Autopsia del superrealismo”, hizo una crítica despiadada y fundamentalmente errónea de Breton, el surrealismo y los manifiestos, crítica basada en postulados derivados de un marxismo elemental. Vallejo escribe, por ejemplo:

... el superrealismo, como escuela literaria, no representaba ningún aporte constructivo. Era una receta más de hacer poemas sobre medida, como lo son y serán las escuelas literarias de todos los tiempos. Más todavía. No era ni siquiera una receta original. Toda la pomposa teoría y el abracadabrante método del superrealismo, fueron condenados y vienen de unos cuantos pensamientos esbozados al respecto por Apollinaire. Basados sobre estas ideas del autor de Caligramas, los manifiestos superrealistas se limitaban a edificar inteligentes juegos de salón relativos a la escritura automática, a la moral, a la religión, a la política. Juegos de salón, –he dicho, e inteligentes también: cerebrales –debiera decir. Cuando el superrealismo llegó, por la dialéctica ineluctable de las cosas, a afrontar los problemas vivientes de la realidad –que no dependen precisamente de las elucubraciones abstractas y metafísicas de ninguna escuela literaria–, el superrealismo se vio en apuros. Para ser consecuente con lo que los propios superrealistas llamaban ‘espíritu crítico y revolucionario’ de este movimiento, había que saltar al medio de la calle y hacerse cargo, entre otros, del problema político y económico de nuestra época. El superrealismo se hizo entonces anarquista, forma ésta la más abstracta, mística y cerebral de la política y la que mayor se avenía con el carácter ontológico por excelencia y hasta ocultista del cenáculo. Dentro del anarquismo, los superrealistas podían seguir reconociéndose, pues con él podía convivir y hasta consustanciarse el orgánico nihilismo de la escuela.

Queda claro al leer este texto de Vallejo y compararlo con lo que escribió Moro y se reunió en Los anteojos de azufre, que ambos no tenían nada que decirse y que no tenían ninguna simpatía el uno por el otro. Aunque los dos eran grandes poetas, durante el tiempo en que convivieron en una misma época y en una misma ciudad y compartiendo algunos amigos, se dieron totalmente la espalda. No podía ser de otra manera. Lo que me contó Coyné que le había contado Moro debe de ser cierto.

Y ahora, dicho esto, nos vamos al encuentro de una mexicana, Elena Garro, quien en 1937, cuando conoce a Vallejo, está en Europa, tiene sólo diecisiete años y ya se casó con Octavio Paz. Años más tarde, en un librito titulado Memorias de España 1937, Garro recuerda que ella “no era anti nada ni intelectual tampoco, sólo estudiante y coreógrafa universitaria” y, no obstante, se encontró formando parte con Carlos Pellicer, Octavio Paz y otros personajes de la delegación mexicana al Congreso de Intelectuales Antifascistas que tuvo lugar en Valencia y al que asistió también Vallejo. La mirada juvenil de Elena Garro sobre sus peripecias en España mezcla ingenuidad con picardía. Ve a Cernuda muy solo: “era como si viviera separado del mundo por una cortina invisible”. A Silvestre Revueltas, el compositor mexicano, lo encuentra siempre borracho: “¡Pobrecito Revueltas! Para él no hubo milagros”. De Neruda dice que “nunca se lavaba las orejas y las traía llenas de cerilla”, y que cada vez que pronunciaba el nombre de Huidobro, “vomitaba fuego”. Y a Octavio Paz, según su joven esposa, lo encontramos diciéndole: “¡Eres una burguesa, debes endurecerte!”. La aventura española de Garro y compañía transcurre, según nos lo cuenta ella, entre los temores a la guerra contra los franquistas y al terror impuesto por las chekas y las comilonas en las que participan los intelectuales antifascistas mientras el pueblo sufre hambre. Y de repente, sin que nos demos cuenta cómo, irrumpen en el librito algunos personajes que ya han aparecido antes en estas páginas. El primero de ellos es Gonzalo More. Escribe Elena Garro: “No entiendo por qué Anaïs (Nin) le puso un nombre tan feo en sus memorias: ‘Rango’. Gonzalo era un personaje especial, de los que ya no nacen: era la generosidad, la tristeza profunda y la alegría viva. Él no conocía ningún obstáculo en la vida, no la temía. En París, cuando Neruda saboteó a César Vallejo, Gonzalo, su gran amigo, no lo abandonó nunca”.

Y así, al hablar de More aparece por primera vez Vallejo en Memorias de España 1937 de Elena Garro. La escritora nos explica luego que muchos de quienes fueron a España por el Congreso Antifascista se encontraron después en París. Y fue precisamente en París que Elena Garro frecuentó a Vallejo. He aquí lo que escribe: “A mí me gustaba César Vallejo. Nunca entendí la manía que le tenía Pablo Neruda ni la persecución que ejercía contra él. En España, Pepe Bergamín me dijo: “Envidia de La Chirimoya (Así llamaba a Pablo…) ¿No recuerdas que era muy envidioso? Y como los dos eran poetas de América, pues no se lo perdonaba, sobre todo que Vallejo era mucho mejor poeta que él. ¡La Chirimoya no era tonta y lo sabía…!”.

Y prosigue después diciendo: “Sí, algo pasaba con César Vallejo, estaba muy aislado, vivía con Georgette, su mujer, en un hotelito muy pobre del barrio latino y formaban una muy hermosa pareja: ella menuda, blanquísima, de ojos verdes de gato y él enjuto, alto, moreno, de rasgos indígenas muy severos. Estaban muy pobres e iban vestidos con ropas raídas y ligeras para la crudeza del invierno. Georgette, siempre muy cerca de él, levantaba la vista para contemplarlo con veneración.”

Cuenta también Elena Garro que un día fue con los dos a un mitin político en un teatro de París. Vallejo se situó muy cerca del escenario “para no perder ni una palabra de lo que allí se iba a decir”, mientras que ella y Georgette se quedaron en el pasillo. Y precisa luego:

A mí no me interesaban los oradores, me fascinaba el rostro grave de Vallejo, como si estuviera devorado por un terrible sufrimiento, y no pude quitarle la vista de encima. Él se dio cuenta de cómo lo miraba y me echó un brazo al cuello, sin dejar de escuchar a los oradores. A su contacto me invadió una corriente de bondad que nunca más he vuelto a sentir. Aquel hombre era un hombre aparte, era un poeta. Creo que la poesía va unida a la profundidad de la bondad. Todavía veo su suéter de lana cruda y sus ojos trágicos. César Vallejo nunca se quejó. Tal vez sabía que el hombre moderno tiene el corazón de piedra y que era inútil pedir socorro. (…) Yo sentía que Vallejo era desdichado, pero no sabía la causa a pesar de su mirada febril y terriblemente profunda. Vallejo se sabía el elegido de la desdicha. Los mayores conocían el fondo del drama de Vallejo, pero preferían el mutismo y hacerle el vacío. (…) Nosotros sabíamos que Neruda no lo quería, pero no imaginábamos que su poder fuera tan grande como para hundir a César Vallejo en aquella desgracia. Poco tiempo después supe que Vallejo había muerto de hambre en París.

Hasta aquí voy con Elena Garro y su Vallejo propio de ella. Y al mismo tiempo dejo también atrás al que frecuentó (¿y acaso amó?) Désirée Lieven en París y aquel otro con el que no simpatizó César Moro, según lo que me dijo André Coyné. Los dejo a los tres en esta parte del camino para echar un vistazo a la correspondencia de Vallejo, otra manera útil, muy útil, de acercarse al inmenso poeta que fue y al hombre como usted lector o como yo, que también fue.

 

La correspondencia (in)completa del poeta: dinero, enfermedad y “zorrillas”

Estuve en Lima en agosto de 2005. Una de las razones de mi vuelta al Perú era poder traerme de regreso a París la Correspondencia completa publicada por la Universidad Católica con edición, estudio preliminar y notas a cargo de Jesús Cabel. La lectura de este grueso volumen fue entonces una experiencia inolvidable e irrepetible. Siempre es así con Vallejo. Lo único que me molesta en esta excelente edición de la correspondencia es el título, ya que se sabe a ciencia cierta que esta recopilación nada tiene de “completa”. Faltan muchísimas cartas que escribió Vallejo a amigos y conocidos y no figuran en el libro sino unas cuantas líneas dirigidas a Georgette Philippart y no el texto completo de las cartas que esta señora menciona ella misma en sus hepáticos Apuntes biográficos. No puede titularse “correspondencia completa” una recopilación que el propio editor reconoce como incompleta. Pero, bueno, el pecado de orgullo es muy frecuente entre los mortales en este valle de lágrimas.

No tengo tiempo ni ganas en este momento para ocuparme de todo lo que ofrece el  rico volumen de correspondencia para conocer mejor ya no sólo al poeta, sino también al hombre César Vallejo. Voy a puntualizar algunos aspectos que me parecen particularmente interesantes en las cartas escritas desde París en cuanto a dinero, enfermedad y mujeres, pero antes me gustaría destacar algunas frases que pintan al poeta con rasgos diferentes y contradictorios en relación a los que se le suelen atribuir. En enero de 1918, le escribe a su amigo Oscar Imaña: “… estoy tranquilísimo y reidor… Me siento pulcro, claro, nítido, fuerte, enhiesto, olímpico”. Meses más tarde, ese mismo año, le dice a su hermano Manuel que está en Santiago de Chuco: “Yo vivo muriéndome, y yo no sé a dónde me irá a dejar esta vida miserable y traidora. (…) Estoy desquiciado y sin saber qué hacer, ni para qué vivir. Así paso mis días huérfanos lejos de todo y loco de dolor”. Entre momentos reidores y otros de infinita tristeza, publica en 1918 Los heraldos negros, y vienen después los problemas con la justicia, los planes para dejar el Perú y la cárcel en Trujillo. Y viene Trilce en 1922, un libro en gran parte escrito en prisión: la conquista de la absoluta libertad estando en el encierro. Trilce, ya lo dije, es la bomba, la mayor explosión poética de la lengua castellana, entonces y ahora. Y Vallejo le escribe a su amigo Antenor Orrego: “… el libro ha caído en el mayor vacío. Me siento colmado de ridículo, sumergido a fondo en ese carcajeo burlesco de la estupidez circundante, como un niño que se llevara torpemente la cuchara por las narices. Soy responsable de él. Asumo toda la responsabilidad de su estética”. Vallejo entonces no es todavía marxista con formación de manual de Academia de Ciencias de la URSS y, por eso mismo, es absolutamente lúcido en cuanto a la revolución poética que ha puesto en marcha. Y la asume aunque eso le cueste caro.

Hace muy poco ha llegado Vallejo a Francia cuando, el 14 de julio de 1923, le escribe a su hermano Víctor desde el hotel de 28, rue d’Odessa, prés la gare Montparnasse: “París! París! ¡Oh qué grandeza! ¡Qué maravilla! (…) París no tiene principio ni fin. Es para no acabar”. Lo que quiere decir sin decírnoslo es que París es, debe ser, tan libre como su propia poesía. Y con una flechita sobre la foto del hotel indica la ventana de la habitación en la cual ha escrito éstas y otras líneas. Sin embargo, con el paso de los años, París se va convirtiendo para Vallejo en un nuevo encierro y dejará de ser la metáfora de su poesía absolutamente libre. Por más que viaje a Rusia, España y otros lugares de Europa, y quiera a veces afincarse en otro sitio, París lo atraerá hasta la muerte, como la cárcel de la que nunca podrá escapar. Sus cartas son, pues, una sucesión de quejas y unos cuantos contentamientos. “Van tres meses que estoy en París. Vivo a diario y con toda fraternidad con Silva, que es lo único grande que hasta ahora he hallado en Europa”, le escribe a Carlos Raygada. Y se suceden luego de carta en carta frases como ésta: “Me hallo sin un céntimo, completamente pobre”, “Me hallo en grandes apuros. Si es posible mándeme algo…”, “Le ruego enviarme veinte francos…”, “Ruégole telegrafiarme cualquier ayuda económica”. Vallejo le pide incesantemente dinero a Pablo Abril de Vivero y a Juan Larrea, a Gerardo Diego en alguna ocasión, como también a otros amigos y conocidos. Son préstamos sin retorno, dinero que sale de una cartera generosa y que no vuelve nunca a ella. Esta lucha por sobrevivir, esta permanente búsqueda de dinero, es una de las constantes de las cartas de Vallejo. Y el poeta aparece un poco como un pícaro que le saca dinero a uno para pagarle a otro y así en una cadena que siempre se cierra en Abril de Vivero, Larrea y otros amigos que lo estiman y lo respetan y le dan dinero. Una vez, cuando recibe una suma destinada a comprar un pasaje para regresar al Perú, la utiliza para irse a Rusia; otra vez, utiliza lo que gana con colaboraciones periodísticas en permitirse algunos placeres, aunque luego, para sobrevivir día a día, tenga que recurrir de nuevo a préstamos que no pagará nunca. Vallejo no es un santo ni mucho menos y utiliza todos los recursos posibles, más o menos lícitos, para vivir o sobrevivir en este sitio tan grande y lejano y otra vez grande que se llama París.

Otra constante de las cartas es el estado de salud del poeta, lo cual en un momento dado se mezcla con su relación con las mujeres. “Acabo de salir de una crisis horrible de cuerpo, alma y esperanza. Enfermo y pobre…”, le escribe en julio de 1924 a su amigo trujillano Alcides Spelucín, e inicia así la vasta serie de frases y párrafos dedicados a las enfermedades. “He estado en cama (…) en medio de mis crisis nerviosas (…) mis angustias incurables (…) Fiebre, un montón de dolencias”, le dice a Pablo Abril de Vivero el 29 de agosto de 1924. Y un mes y medio más tarde, le vuelve a escribir, pero esta vez desde el hospital de la Charité: “… acabo de ser operado de una hemorragia intestinal. He sufrido, mi querido amigo, veinte días horribles de dolores físicos y abatimientos espirituales increíbles”. El 5 de noviembre vuelve sobre el tema: “Mi enfermedad se ha alargado más y más. Ayer hizo un mes que estoy en cama. Después de la operación, me vino de nuevo una hemorragia, que por poco carga conmigo”. No obstante, el 19 de enero de 1925 le escribe a Larrea para reclamarle su presencia en noches de bohemia, “hasta el amanecer” en La Rotonde, el Jockey, el Jipay y el Rendez-vous, y el 25 de febrero para contarle: “Antenoche, con motivo de la llegada a París de un amigo mío, Víctor Raúl Haya de la Torre, nos hemos emborrachado mucho”. En julio, el 5, vuelven los achaques en carta a Abril de Vivero: “… vengo sufriendo continuas dolencias y fiebres, desde hace tiempo…”. Y once días más tarde: “… el médico, las inyecciones, las obleas, las pequeñas fiebres intermitentes, los insomnios y el organismo cada vez más aniquilado. (…) Estoy cansado, cansado…”.

Poco a poco las complicaciones de salud de Vallejo se entrecruzan con las complicaciones sentimentales y sexuales. El 26 de enero de 1926 le escribe a Juan Larrea: “La muchacha que tuve se fue ya. Me empezaba a complicar la vida…”. ¿Quién es esa muchacha anónima? ¿Será acaso Henriette Maisse, esa mujer de la que se sabe muy poco pese a que compartió dos o tres años de la vida de Vallejo? ¿O será otra mujer, otra “zorrilla”, como dice él? En aquel entonces el poeta está alojado en el hotel Richelieu, en la rue Molière, situado justo al frente de donde vive Georgette Philippart. Y continuando su carta al muy querido amigo Juan Larrea, escrita muy cerca de allí, en el Café de la Ópera, dice: “Mi enfermedad continúa, pues la zorrilla no me dejaba permanecer casto y me ha empeorado. Pero como ya se ha ido la vampiresa, me estoy curando otra vez y ahora en serio. Es una vayna. ¡Esto del sexo es una vayna!”.

Hasta entonces en las cartas que conocemos de Vallejo, las enfermedades son referencias más o menos vagas. Si ponemos aparte la “hemorragia intestinal” por la que fue operado, se puede pensar que los otros son males más que todo psíquicos, estados depresivos o melancólicos, hipocondrías, estrés y fuertes “crudas” tras noches de borracheras. El 8 de febrero de 1926 todo se vuelve más explícito, ya que Vallejo le escribe a Abril de Vivero: “La tal blenorragia se ha complicado y hace 15 días que estoy en cama, sin poder levantarme. (…) Con qué facilidad se coge una infección de esta clase y con qué trabajo se la hace salir. Créame usted que a veces tengo una rabia contra las mujeres… y, sobre todo, contra los médicos, que son unos estúpidos”. Desde este momento las cosas quedan claras en cuanto a la salud del poeta: Vallejo sufre de una enfermedad venérea que él llama “blenorragia”, pero que se conoce también con el nombre de “gonorrea”. Esta enfermedad de transmisión exclusivamente sexual es producida por una bacteria llamada Neisseria gonorrhoea. Los síntomas comienzan dos a ocho días después del contacto sexual con una persona infectada. En el hombre se manifiesta sobre todo por una uretritis aguda con molestias al orinar y secreciones purulentas. En algunos casos, cuando se la combate mal, la infección puede extenderse a próstata, vesículas seminales, epidídimo y dejar diversas consecuencias, entre ellas la infertilidad.      

 

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