|
Hasta
entonces yo había asistido cuatro veces al taller
y nunca había ocurrido nada, lo cual es un decir,
porque bien mirado siempre ocurrían cosas: leíamos
poemas y Álamo, según estuviera de humor,
los alababa o los pulverizaba; uno leía, Álamo
criticaba, otro leía, Álamo criticaba,
otro más volvía a leer, Álamo criticaba.
A veces Álamo se aburría y nos pedía
a nosotros (los que en ese momento no leíamos)
que criticáramos también, y entonces nosotros
criticábamos y Álamo se ponía a
leer el periódico.
El método era el idóneo para que nadie
fuera amigo de nadie o para que las amistades se cimentaran
en la enfermedad y el rencor.
Roberto
Bolaño, Los detectives salvajes
Soy como escribo, soy lo que escribo
Tomás Eloy Martínez, El vuelo de la
reina
El
comienzo de la novela Los detectives salvajes
de Roberto Bolaño relata una de las experiencias
más comunes entre los jóvenes y adultos
interesados en la literatura. La sala llena de alumnos,
el profesor o la profesora al frente, la lectura de
un poema o un cuento (en voz alta y con una fotocopia)
y la ansiosa espera antes del comentario de nuestro
texto, son momentos que no le son ajenos a los que han
asistido a un taller. ¿Por qué la proliferación
de los talleres? ¿Cuál es el interés
que han despertado estos espacios en los que se busca
terminar un cuento, contar una historia, escribir un
poema? Estas son algunas de las preguntas que les planteamos
a Iván Thays, Jorge Valenzuela y Ana María
Gazzolo, tres directores de talleres de narrativa que
nos ayudaron a conocer un poco más la dinámica
del taller. Como aparece en el texto de Bolaño,
un taller se divide en los momentos de “lectura”
y de “crítica”. Pero en el taller
también actúan gustos, estéticas,
pedagogías, diversas intenciones literarias (o
hasta políticas) que enriquecen la dinámica.
Aquí las opiniones.
El
testigo privilegiado
Iván
Thays, reconocido escritor y periodista cultural, ha
dirigido talleres de narración por varios años.
El más joven de nuestros entrevistados, Thays,
es parte de la generación de los talleres que
comenzaron a formarse y ganar cierto renombre a mediados
de los ochenta, tales como el de Otilia Navarrete, donde
conoció a sus primeros lectores y críticos.
Fue aquí también donde surgió otro
taller llevado por él y otros amigos llamado
Centeno: “A partir de esta experiencia
logré reunir los textos para mi primer libro,
Escenas de caza, y desde esa época formé
otros grupos, pero ya no solo como integrante sino como
director”.
—¿Qué
es lo que debe aprender el alumno en un taller?
—Los
que se inscriben en un taller generalmente quieren escribir
la historia o las historias que tienen en mente. Cada
uno de nosotros siempre tiene una anécdota que
le gusta contar a alguien. Pero creo que lo más
importante para escribir no es tener una o muchas anécdotas
sino sentir la necesidad de decir algo. Hay muchos alumnos
que vienen con historias increíbles, pero nunca
llegan a escribirlas. Eso significa que la historia
no los ha tocado, no los ha afectado de ninguna manera.
Manuel Puig, que también dirigía un taller,
decía que se logra escribir cuando escribimos
sobre algo que conocemos y somos testigos privilegiados.
Yo creo lo mismo. La mayor parte de la gente ha pasado
por experiencias iguales, pero hay siempre una visión
particular que diferencia nuestra experiencia de las
otras.
(Foto:
Leslye Valenzuela)
La
idea de Thays reside en que no se debe preparar al alumno
para ganar un premio sino para madurar como escritor,
y esta es una de las razones por las cuales, junto con
Alonso Cueto, ha creado la Escuela de Escritores en
el Centro Cultural de la Universidad Católica.
Muchas veces los alumnos se quejan porque los talleres
son de corta duración y se ven obligados a repetir
el curso, sin poder ir un poco más lejos. Para
estos casos, la Escuela de Escritores, que dura un año,
busca enseñar de forma muy puntual los recursos
narrativos necesarios para que el aprendiz adquiera
una mejor destreza en la técnica. Pero esto no
significa convertir el curso en una clase de literatura:
“Es muy fácil hablar de la historia del
cuento policial en Estados Unidos, en Argentina, en
el Perú. ¿Pero cómo se escribe
un cuento policial? ¿Cuáles son sus características,
sus cualidades? Mientras se centre la enseñanza
en la técnica y no en el tema el alumno podrá
mejorar”. En cuanto a los profesores, no solo
son Thays y Cueto los que dirigen las clases sino también
escritores e intelectuales que tienen la oportunidad
de enseñar un tema en particular. “Un proyecto
parecido, pero con una metodología distinta,
es la Escuela Dinámica de Mario Bellatín
en México”, nos dice Thays. “En ella
se invita a escritores de renombre para que hablen sobre
el tema que más saben y más les gusta.
Si siempre has sido un profesor que ha enseñado
sobre la novela hispanoamericana y la novela que más
te gusta es La casa verde, solo vas a hablar
de La casa verde. En otras palabras, vas a
hablar de lo que más te gusta. Y a esto se suma
un detalle, y es que a los alumnos les está prohibido
escribir. Los alumnos solo van a escuchar las clases.
El objetivo de la Escuela de Bellatín es que
el alumno conozca la dinámica del quehacer literario,
sepa cómo piensa un escritor cuando escribe un
texto”.
—A
un taller asisten personas muy distintas entre sí.
Adultos, jóvenes, profesionales. ¿No es
difícil hacer una clase con un alumnado tan variado?
—Lo
interesante de un taller es que mientras más
heterogéneo sea, mejor. Formar un grupo en el
que un abogado o un ingeniero con experiencia y años
pueda hablar con un chico universitario o con una enfermera
o una profesora de primaria produce cosas interesantes.
Sucede también con las lecturas. Hay algunos
que saben mucho de Paulo Coelho, otros de Proust o de
Carlos Fuentes, y esto enriquece mucho al grupo. Pero
el problema está en que la integración
del grupo toma tiempo. Tal vez lo más importante
en la dinámica es saber escuchar a los demás,
romper el cascarón de la estructura individual
y abrirse a los otros. Es así que las historias
comienzan a salir, a brotar y posteriormente a ser escritas.
—¿Crees
que los talleres han cambiado en algún aspecto
el panorama literario peruano?
—Salen
buenos escritores de los talleres. Pero todavía
puede hacerse más. Una cosa que no ha ocurrido
aquí es que escritores como Vargas Llosa o Bryce
Echenique no han compartido los conocimientos que tienen
sobre la escritura. Sí han hablado o escrito
de su poética, de sus técnicas, pero no
han bajado al llano como lo hizo José Donoso
en Chile, de cuyo taller salieron personas como Damiela
Eltit y Alberto Fuguet, una promoción que dio
frutos muy interesantes.
1
- 2 - 3
- Talleres |