Detrás de un significante cristiano (la fiesta de celebración de Santa Rosa) se encuentra una permanencia prehispánica. Esto lo confirmamos con las corridas de toros que sirven para cerrar la fiesta.

 

____________________________________________________________

Patriarcado perpetuado: el caso de México

por Birger Angvik

 

México, después de la revolución de principios del siglo XX, ha brillado como un país rico en culturas y como un estado en el que las mujeres han venido manifestándose en las artes, en la literatura, en el mundo académico y en el mundo sociopolítico a lo largo del siglo XX. El nombre y los textos de Sor Juana Inés de la Cruz han sido evocados a menudo para enfatizar la existencia de discursos femeninos en México, y las evocaciones han repercutido en formas innumerables entre mujeres dentro y fuera de México, e incluso entre hombres, hasta el punto en que el mismo Octavio Paz considerara oportuno publicar un libro sobre Sor Juana.

Pero en la institución literaria hispanoamericana, los hombres siempre parecen dominar y se perpetúan unos cánones exclusivistas y discriminatorios que, que se sepa, no encuentran su igual en otras partes del mundo occidental. Que Seymour Menton sirva como ejemplo: desde 1964 y, por lo menos, hasta 1999, ha venido re-publicando su antología del cuento hispanoamericano. En la selección de narraciones, que pretende abarcar todo el campo del género, las mujeres hispanoamericanas, las cuentistas, brillan por su casi total ausencia. Ni mujeres de México ni de Argentina se encuentran dignas de mención y de selección para el canon literario que se establece por un hombre, serio y responsable, de la academia norteamericana; y las lectoras interesadas en la narrativa hispanoamericana buscarán en vano narraciones escritas por sus madres y sus hermanas.

El crítico literario peruano José Miguel Oviedo excluye casi por completo a las mujeres cuando publica sus antologías “críticas” del cuento hispanoamericano, del siglo XIX y del XX, en varias ediciones desde 1989. Los criterios de selección son los de siempre y éstos no se discuten ni se cuestionan, sino que se inscriben en un sistema “homosocial” —para decir con Eve Kosofsky Sedgwick (1985)—, en el que los hombres colaboran con y ayudan a otros hombres en un sistema cerrado, patriarcal, que les ofrece privilegios y beneficios incluso en campos en un principio tan abiertos como los de las literaturas. Los esquemas heredados terminan perpetuando, en el orden simbólico, un pensamiento patriarcal y discriminatorio sin cuestionar que, de manera soberana, excluye a las mujeres del canon del cuento hispanoamericano propagado por y para hombres.

Parricidios y exclusiones

En 1996, los escritores jóvenes de “MacOndo” se manifestaron cuando Alberto Fuguet y Sergio Gómez editaron la antología de cuentos MacOndo. A finales del siglo XX, estos hispanoamericanos jóvenes, al parecer rebeldes, juveniles y radicales, también excluyen, en sus comentarios, manifiestos y en su selección de cuentos, a todas sus madres y hermanas en el mundo literario de Hispanoamérica. Los jóvenes rebeldes intentaron escenificar un “parricidio” total frente al grupo de los escritores del boom —todos hombres— que habían surgido en la década de los sesenta. Los jóvenes intentaron marcar una ruptura estético-literaria con los textos de los “genios” ya envejecidos. Cometieron un parricidio simbólico resonante —igual al cometido por los escritores del boom con muchos de sus predecesores— que atraía gran interés en el mundo literario. Sin darse cuenta de ello, sin embargo, como si fuera completamente “natural”, estos jóvenes terminaron aliándose con esos “padres” del boom aparentemente criticados. Esta alianza se dio en el hecho de eliminar de manera completa —de las proclamas, de los manifiestos, de los comentarios y de su selección de cuentos— a las mujeres: a sus “madres” y a sus “hermanas” en el universo de la narrativa hispanoamericana actual. El “parricidio” llegó a parecer superficial, porque en el silencio del acto inconsciente del “matricidio” y del “fratricidio”, los hijos se unieron con sus “padres”, como buenos herederos del sistema patriarcal. La ideología delegada sin cuestionar, el machismo y el sexismo los emparentaron —¿en misoginia?— más de lo esperado con los “progenitores” simbólicos del pasado patriarcal de los ya famosos y re -conocidos escritores del boom.

Tanto los escritores del boom como Seymour Menton, José Miguel Oviedo, Alberto Fuguet y Sergio Gómez actuaron con toda “naturalidad” en sus trabajos para antologar la narrativa hispanoamericana. Con toda la “normalidad” de los hombres en Hispanoamérica eliminaron —en las selecciones de modelos y patrones para el canon de la narrativa hispano-americana— a las escritoras hispanoamericanas, quienes de esta manera desaparecen de la historia literaria, de la narrativa y de los programas de enseñanza de la literatura hispanoamericana. Pero el canon, visto de esta manera, resulta un producto histórico, y como producto histórico de una época dada, no tiene por qué durar para perpetuar una discriminación sexual que en nuestros días carece de razón de ser.

Este sistema patriarcal y brutal de eliminación sexual, hecho por hombres en beneficio de hombres, ha sido descrito, denunciado, criticado y deconstruido por mujeres y feministas académicas en el mundo occidental durante, por lo menos, los últimos cincuenta años. Pero las amarras de la ideología, del machismo y del sexismo, que atan a muchos hombres a una “tradición” sin cuestionar, siguen vigentes entre ciertos colegas. Los árbitros del buen gusto literario —los portavoces tan serios y “representativos” de un discurso “responsable” para la narrativa hispanoamericana— terminan siendo portavoces de un gusto caduco que, por viejo y con olor a rancio, sigue en vigencia frente a todas las lectoras que ya saben más, que desde hace tiempo disfrutan también de otras lecturas alternativas, y que con distancia irónica observan el espectáculo patriarcal, y comercial, de producción y de construcción de cánones literarios para Hispanoamérica.

¿Patriarcado cultural en versión para el Perú?

Ha llegado a ser obligatorio mencionar por lo menos a Frida Kahlo entre los pintores mexicanos del siglo XX. Ya son muchos los que mencionan también a Leonora Carrington, Remedios Varo, María Izquierdo y Olga Costa, para no entrar en el universo de la pintura mexicana y de su arte de nuestros propios días. Hace tiempo que atraen interés las figuras de Tina Modotti, en el arte de la fotografía —quien encontró en México el terreno propicio para el desarrollo de su arte— y la figura encantadora de Naui Ollin en el arte del dibujo, de la pintura y de la literatura. Son algunas mujeres, y hay muchas más, que diseminan la belleza artística y literaria en el país de los hombres dominantes, dominadores y domadores de “la fiesta de las balas” en las letras de México.

En el Perú, a finales de 2004, y de manera “natural”, una presentación de México repite la exclusión total de importantes mujeres y perpetúa una representación estereotipada de la cultura del país. La revista Quehacer 151 (Lima, diciembre de 2004) dedica gran parte de la revista a lo que se titula “México lindo y querido”. En el título mismo de esta sección de la revista, se corre el peligro de derivar hacia el reino de lo emocional, a través del cliché de la canción ranchera, género literario-popular en México que no se caracteriza por ofrecer un análisis racional del país, de su historia y de sus gentes.

Parece ser completamente “natural” presentar el pensamiento mexicano del siglo XX como si fuera un resultado tan solo de discursos de ciertos “grandes hombres” de siempre —Alfonso Reyes, Leopoldo Zea, Octavio Paz, Carlos Monsiváis y otros. La represión y eliminación de las mujeres mexicanas iguala, en el mejor de los casos, a un acto de castración simbólica que sirve para enfatizar un malestar creciente en la cultura de las lectoras hispanoamericanas. En un proceso de transferencia, se proyecta una visión, desde la revista en Lima, sobre la cultura mexicana para empobrecerla. Esto se hace sin asomo de dudas, como si fuera completamente “normal” excluir a medio mundo mexicano de los cánones discursivos, y todo se hace con una seguridad categórica que durante décadas ha sido revelada como característica del discurso llamado falocéntrico en el mundo occidental.

Los aportes a los discursos mexicanos y latinoamericanos por mujeres mexicanas —Sor Juana Inés de la Cruz, Rosario Castellanos, Elena Garro, Elena Poniatowska, para mencionar tan sólo a unas pocas entre muchas— para enriquecerlos, complejizarlos y completarlos no entran para nada en la presentación en Lima de fines de 2004 de un “pensar Latinoamérica” desde la cultura de México. No se introducen aportes femeninos y feministas que desborden las restricciones tradicionales y, al parecer, “naturales”, del canon patriarcal mexicano para cuestionarlas, deconstruirlas y subvertirlas. Se esperaría ver en 2004 en Lima cierto homenaje a los aportes reconocidos de discursos desestabilizadores y desconcertadores de pensadoras mexicanas del siglo XX.

Con “naturalidad”, la narrativa mexicana del siglo XX es presentada en Lima como si fuera tan sólo y como siempre la suma de las contribuciones a la literatura de los “grandes hombres” —los patriarcas de siempre: Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, Agustín Yáñez, Juan Rulfo y Carlos Fuentes—. El procedimiento de la exclusión/eliminación iguala, en el mejor de los casos, a una castración simbólica en la historia de la literatura mexicana que sirve para borrar del “retrato de familia mexicana” a todas las “madres” y “hermanas” literarias que la narrativa incorpora a su corpus. Muchas son las mujeres que siempre han alimentado a los hombres y han enriquecido la literatura de México: en la poesía, el cuento, el ensayo, el teatro y la novela.

El gesto eliminatorio de Lima de 2004, sin embargo, se presenta con tanta “naturalidad” que se teme que los jóvenes ensayistas de ahora sirvan para perpetuar el estado de las cosas del patriarcado tradicional más allá de lo debido en los estudios literarios. Los jóvenes investigadores y profesores de ahora caen víctimas de un sistema ideológico envejecido/trasnochado que, en todo lo que aparece como “natural” y “normal”, en el decir de Bertolt Brecht, indica para la lectora los momentos más dignos de sospecha y duda, los momentos que causan cuestionamientos y exigen reconsideración. Pero todo lo que ha sido reprimido amenaza con resurgir —según el decir de un austriaco famoso, en otro momento y en otra arena— por los caminos de los procesos psíquicos de la metonimia. La vergüenza se manifestará como una reacción oportuna, entre los investigadores, y la importancia exagerada concedida a ciertas figuras históricas —como las de Ocatvio Paz y de Carlos Fuentes— puede que en un momento dado sea vista en términos caricaturescos cuando las mujeres hayan establecido una utópica visión completa y sexualmente justa de la cultura mexicana.

1 - 2
home / página 1 de 2
______________________________________________________________________________________________________________________________________________________
contacto | quiénes somos | colaboraciones | legal | libro de visitas | enlaces | © el hablador, 2003-2005 | ISSN: 1729-1763
:: Hosting provisto por Hosting Peru ::
Hosting