La verdad en literatura no es la verdad de la historia. Una ficción auténtica no lo es porque cuente la verdad, sino porque lo que cuenta nos conmueve las vísceras. Por eso es auténtica

 

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Ficción e historia a los ojos de Orejudo

por Jack Martínez



Entre la realidad y la ficción

Hecha la aclaración, se torna ineludible preguntar si la novela histórica debe exigir al autor una gran preparación documental y erudita. Esto, tomando en cuenta que una de las características de la posmodernidad es nuestra abierta manipulación de los hechos históricos. Pues “depende de cómo se presente. Si el contrato que uno firma con el público es un contrato de historiador, entonces uno debe ceñirse lo más fielmente posible a los hechos probados. Sí, ya sabemos que el discurso histórico utiliza las mismas herramientas que la ficción. Pero los hechos que presenta como ciertos han de poderse demostrar documentalmente. Otra cosa es cuando uno firma un contrato de novelista. La obligación en este caso no es la verdad, sino la efectividad. Si un escritor de novelas históricas posmodernas manipula los hechos históricos no lo hace por posmoderno, sino por novelista”.

Y lejos de reflejar o no lo ocurrido en el pasado, para Orejudo, una novela por más histórica que sea es siempre y sobre todo eso, una novela. “La verdad en literatura no es la verdad de la historia. Una ficción auténtica no lo es porque cuente la verdad, sino porque lo que cuenta nos conmueve las vísceras. Por eso es auténtica. Y para escribir ficción uno suele manipular siempre la historia. La suya, la personal, y la común a todos los hombres”. Y siguiendo esa  línea, Orejudo se pregunta “¿No son históricas en cierto modo todas las novelas? ¿No utilizan todas materiales del pasado?” y se responde: “Existe una novela histórica digamos ortodoxa, que pretende ilustrar, explicar mejor, un determinado hecho histórico. Pero ni siquiera en estos casos uno debe leer estos libros como historia, sino como ficción”.

Y es acaso por ese predominante carácter ficticio de la literatura que Antonio Orejudo se autodefine como escritor de la siguiente manera: “Yo me considero un falsificador, una persona que hace creer a los demás cosas que no son ciertas, con el único fin de divertirlos y a veces de hacerlos reflexionar. Mi moral es la moral del cantante que va de pueblo en pueblo soltando su repertorio a cambio de dinero: puedo cantar mejor o peor, pero nunca cantaré dos veces la misma canción”. Lo último, lo dice refiriéndose a la multiplicidad de estilos e historias que plagan sus novelas. Pues Orejudo nunca repite los escenarios, personajes ni contextos temporales en sus libros.

Novelas como testimonio de nuestro tiempo

Sin embargo, aún cuando para el escritor español la novela –histórica o no– no debe tener reparos en manipular la realidad, él considera que “hay algo que todos los escritores somos, lo queramos o no. Modernos. Somos modernos, es decir, dejamos voluntaria o involuntariamente testimonio de nuestro mundo, como si fuera el rastro de un caracol. Somos creadores de documentos que serán microfilmados y estudiados como curiosidad sociológica por los arqueólogos del siglo 67. Si tal cosa existe”. Para tal efecto, y reafirmando las sentencias de escritores tan clásicos como Jorge Luis Borges, Orejudo señala que “la buena literatura siempre, siempre trata de la vida. En mayor o menor medida siempre habla de un puñado de temas: la vida, la muerte, el amor, la amistad, el egoísmo, la ambición, la mentira... La vida”. Y de esta manera, no concuerda con quienes señalan que la novela histórica es simplemente una visión romántica que acusa una nostalgia por el pasado, ya que “la historia, como mi adolescencia o las historias que me contaba mi abuela, es un material, uno de tantos, con el que uno puede confeccionar una novela. Pero no deja de ser un ingrediente. Los novelistas que a mí me gustan lo absorben todo de todas partes (de la historia, de la imaginación, de lo que ven, de lo que oyen, de lo les cuentan, de lo que leen, de lo que miran...) y lo dejan cocer a fuego lento”.

Y éstas afirmaciones, finalmente, se tornan consecuentes a la poética del escritor cuando culmina diciendo que “las novelas históricas sólo me interesan si me cuentan algo de mi vida, de mi mundo, de mi presente”, aludiendo así, a la doble lectura que siempre debe tener una novela de referentes históricos, a que la sustancia de los sucesos y las características de aquellos personajes lejanos en el tiempo, se hagan contemporáneos, se actualicen. Y todo ello solo es posible, como nos lo ha hecho notar Orejudo, a través de la literatura.

 

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