Las Tradiciones de Ricardo Palma, desde una perspectiva romántica, responden a la necesidad de darle un “carácter nacional” a nuestra literatura. Cumplido su objetivo, se abandona la producción de esta temática.

 

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Apuntes para un proceso de la narrativa histórica en el Perú

por Mario Suárez Simich

 

 
Las diversas formas de ficcionar recurriendo a la temática histórica, aunque de manera cíclica, han estado siempre presentes en la tradición narrativa peruana. Este carácter cíclico obedece a la propia naturaleza del subgénero, al cual se recurre en diferentes y determinados momentos sociopolíticos internos o externos que afectan a una nación o a un conjunto de ellas. En Europa, la aparición de la novela histórica surge junto con la formación de las nacionalidades. En el Perú, las Tradiciones de Ricardo Palma, desde una perspectiva romántica, responden a la necesidad de darle un “carácter nacional” a nuestra literatura. Cumplido su objetivo, se abandona la producción de esta temática.

Debido a ello, el estudio de estos textos debe hacerse planteando como objetivo una visión de conjunto que nos permita singularizar los factores que generaron dicha producción en un momento dado y sistematizar el proceso seguido a lo largo de la tradición. Este proceso se obtendrá, en nuestra opinión, al individualizar las visiones del “presente histórico” y la manera en que se relaciona éste con las visiones del “pasado histórico” en los momentos de surgimiento y elaboración de este tipo de ficción.

La independencia como una guerra civil y la República criolla
 
Aunque hubo constantes levantamientos indígenas y mestizos desde el tiempo de la Conquista española, a partir de las últimas décadas del siglo XVIII y hasta 1824 se consolida la independencia del Perú y se inicia el período denominado republicano. Es el comienzo de la nueva nación. Pero los bandos enfrentados en la guerra en la cual se decidió esta independencia estaban representados y liderados por españoles, ya de origen peninsular o por los llamados criollos, hijos de peninsulares nacidos en América. Ambos pertenecientes a la clase social que detentaba el poder desde los tiempos de la Conquista. Las diferencias entre ellos eran más económicas que ideológicas, lo que convirtió el conflicto en una guerra civil encubierta. A consecuencia de ello, el nuevo régimen que se instauró no significó un cambio real del sistema, sino su continuación, dirigida por la misma clase: la República criolla. Esta es la razón principal por la cual la “guerra de la independencia” careciera de épica.

Los antiguos criollos, ahora “peruanos nuevos”, tuvieron, desde el principio de su proyecto, la necesidad de buscar, registrar y asumir una nueva identidad cultural que justificara sus “diferencias” con los españoles de la Península. Esta necesidad hizo que los nuevos “escritores peruanos” se volcaran al costumbrismo. Felipe Pardo y Aliaga (1806-1868) y Manuel Ascencio Segura (1805-1871) son considerados los más importantes representantes de esta tendencia y el género costumbrista por excelencia fue el teatro.

Rebeldes españoles o criollos avant la lettre
 
Es necesario señalar que la novela (creación, distribución y comercialización) estuvo prohibida durante el Virreinato por la Iglesia y el Estado; era, pues, un género casi desconocido o de difícil acceso para los lectores de esta época. Lo que unido a la carencia de una “épica republicana” hizo que este género no fuera de interés para los escritores republicanos. Sin embargo, en 1844 y por entregas, Segura publica en el diario El Comercio de Lima una novela histórica que hasta momento puede considerarse como la primera novela peruana: Gonzalo Pizarro. Antes de analizar la novela cito la declaración de intenciones que hace el autor al empezar el tercer capítulo/entrega.

No es el deseo de adquirir nombradía literaria, ni de ostentar conocimientos, que estamos muy distantes de tener, lo que nos ha obligado a tomar la pluma para redactar esta novela. Nuestro intento ha sido únicamente presentar en ella un breve extracto de la historia de nuestra patria hasta la época de Gonzalo Pizarro, adornándola con algunas situaciones dramáticas, sacadas de ellas misma, a fin, de hacer más popular y agradable su lectura. También desearíamos que este nuestro trabajo, mal urdido y peor desempeñado, pudiese servir de estímulo para que muchos de nuestros compatriotas, de más capacidad y luces que nosotros, ejercitasen tan bellas cualidades sacando a la luz las discordias civiles de nuestros padres, que se presentan abundantemente a este género de composiciones. (Segura 2004:22)
 

Es, como se ve, un reconocimiento, en tono generacional, de alguien que no se siente en la capacidad de desarrollar la novela como género y una invitación a abordarla desde una perspectiva histórica. Es un primer y escueto planteamiento sobre narrativa histórica en la tradición literaria del Perú. El autor, además, considera a los conquistadores españoles como “padres”: esta relación literario-filial va a estar presente en otros textos.

El argumento de Gonzalo Pizarro es simple. Narra a grandes rasgos la rebelión del hermano del descubridor del Perú, pero el enfoque que hace del momento histórico va a servir para determinar la visión de los criollos frente a la historia pasada y su relación con el presente político del autor, lo cual constituye una de las funciones de la narrativa histórica. Ya escoger a Gonzalo Pizarro y a Francisco de Carbajal como personajes principales es significativo: ambos fueron los líderes de una de las muchas rebeliones protagonizadas por conquistadores peninsulares contra la Corona española, a las cuales se les denomina “guerras civiles”. Tuvieron su origen en un cambio de legislación que perjudicaba a los “conquistadores de la tierra” restándoles privilegios. En algunos casos, la intención de los sublevados llegó a ser la de “alzarse con el Perú”, es decir, nombrar un “príncipe” y una nueva aristocracia para romper con la metrópoli.

Ricardo Palma, en sus Tradiciones, también toma como personajes a Gonzalo Pizarro y a Carbajal, a quien moteja como “El demonio de los Andes”. Con toda seguridad bebe de las mismas fuentes históricas que Segura. Hace lo mismo con Lope de Aguirre, unos de los personajes que más ha atraído la atención de los historiadores y novelistas de España y América por su demencial y sangrienta trayectoria. Ambos escritores, Segura y Palma, tratan con benevolencia a éstos y otros sublevados; inclusive el autor de las Tradiciones escribió una novela histórica titulada Los Marañones, que se perdió en el incendio del distrito de Miraflores en los días de la guerra con Chile. En ella narraba la expedición de Ursúa en busca de El Dorado, que acabó con el motín y rebelión de Aguirre. Según José Antonio Bravo, especialista en la obra de Palma y que ha rastreado la información existente sobre esta novela perdida que su autor no reescribió, Los Marañones sería precursora de lo que se denomina ensayo novelado, un subgénero de la novela histórica.

La coincidencia en los personajes, la benevolencia en el trato literario y los atisbos de admiración, más sesgados en el caso de Aguirre, no son casuales. En la visión de los escritores de la nueva república, estos rebeldes no eran otra cosa que “próceres” de su causa, criollos avant la lettre que, como ellos, buscaron la independencia de la Corona. Pero en Gonzalo Pizarro hay una serie de elementos que permiten señalar una contextualización con el tiempo en que fue escrita.

Desde que Bolívar dejara el gobierno y hasta 1844, año de publicación de esta novela, el Perú se vio envuelto en una lucha entre diferentes caudillos que buscaban hacerse con el poder; a estos años se les conoce como los de “la anarquía”. De esos tiempos de anarquía fue testigo Segura que, como muchos criollos, ve peligrar la existencia de la república. Los responsables de esta situación son para él los “caudillos” por su falta de liderazgo y pobreza de miras, así como los personajes cercanos al caudillo, que por carecer de voluntad propia, capacidad y defender intereses propios se someten a los dictámenes de éstos, lo cual motiva la ruina de su causa y del país. El que mejor representa esta situación es el “prócer criollo” Gonzalo Pizarro, quien al decir de las crónicas y de los historiadores estuvo a punto de alzarse con el Perú, pero lo perdió su indecisión y los malos consejeros. A Segura le interesa poco recrear los avatares de Pizarro como personaje histórico, le interesa más su significado como un ejemplo no a seguir. Por eso se empeña tanto en señalar sus errores políticos y tácticos como la naturaleza servil e interesada de quienes le rodean.

 
—¿Qué situación más miserable y más ridícula que la de aquellos hombres que sin tener lazos sinceros ni de amistad con los gobernantes, se hallan en la fatigosa obligación de estudiar a cada instante sus pensamientos para ampliarlos, sus pasiones para halagarlas y hasta sus palabras y sus gestos para repetirlos y contrahacerlos? Y sin embargo, ¡tiene mil envidiosos una vida tan infeliz! ¿Qué atractivo puede tener los títulos, el fausto y la opulencia, cuando desaparece la dignidad del hombre? El valido que con un semblante irritado llena de pavor a los que se les acercan, desarruga la frente y finge una sonrisa acariciadora para llegar arrastrándose a las plantas de su amo. ¡Traidores y embusteros! ¡Feliz el que manda, si puede encontrar un verdadero amigo entre vosotros! (26)

 
Esta alocución y otras parecidas hechas por los personajes son a su vez comentadas por el narrador, que intenta contextualizarlas de manera indirecta con el presente del autor. Segura hace del discurso de sus personajes y del narrador una especie de El Príncipe, de Maquiavelo, un catálogo de reglas que debe seguir quien detenta el poder.


… Si Vuesa Señoría quiere conservar su puesto por el bien de estos pueblos y por su propia seguridad; es preciso que olvide Vuesa Señoría para siempre esos perniciosos sentimientos de humanidad, que nunca debe albergarse en el corazón de un poderoso. El hombre que manda no debe sentir sino calcular… ( 28).

El resultado de esa toma de conciencia es lo que lleva a Segura a dejar el teatro y los artículos de costumbres para abordar la novela histórica; el género, la historia peruana como materia de ficción, se vuelve una necesidad para los criollos.

Ricardo Palma: de la ilusión criolla a la realidad de 1879
 
Parte de la trayectoria vital del escritor Ricardo Palma (1833-1919) también coincide con los años de anarquía y vive en primera persona la conmoción nacional que sacude al Perú después de la guerra con Chile librada en 1879 y que significó el fin de la República criolla. Es, por una parte, heredero de la necesidad que tuvo Segura de acercarse a la Historia y, por otra, un romántico tardío que, a diferencia de los románticos europeos, tuvo que hacer de historiador y escritor para sacar adelante su proyecto narrativo: las Tradiciones peruanas.

De los cinco mil años de historia de este país, la historia del Perú que podían conocer los románticos iba, con inmensas lagunas, de fines del siglo XV a principios del XIX: menos de cuatro siglos. Y conocer es un decir. La historia como ciencia surge en la Europa del siglo XVIII y en el Perú de los románticos, un siglo después, todo estaba por hacer. Por esta razón, quien quisiese hacer narrativa histórica tendría que convertirse primero en “historiador” espontáneo y enfrentarse con archivos, legajos y demás expedientes de acuerdo con lo que a su buen entender podría ser la Historia. Palma lo hizo así, sin método ni sistema, por intuición (en eso sí se comportó como un romántico). Entró en los archivos como un niño en el desván de la abuela y cogió de ellos lo que más llamó su atención, lo que le gustaba o lo que le parecía divertido. Hasta su trabajo más serio, Anales de la Inquisición de Lima, está teñido de esa visión. Esa es una de las razones de las recriminaciones que le hacía Manuel González Prada (1848-1918).

De retazos de historia sin hilvanar salen sus Tradiciones. Y eso era el Perú de Palma, un país des/compuesto en/de retazos sin hilvanar, imposible de abarcar en una novela como las de Walter Scott o el resto de románticos. Por eso tuvo que reinventar, también por necesidad, su propio género, la tradición; ya que no podía concentrar, había que aglutinar textos históricos. Y es que la historia social del Perú estaba, en esos años, lejos de apuntar el surgimiento de una identidad nacional que fuera el producto de la fusión de todos los estamentos que la formaban. Los románticos no podían hacer más. A pesar de estos graves condicionamientos, y ese es el mérito indiscutible de Ricardo Palma, las Tradiciones son la piedra angular de la narrativa peruana. Este reconocimiento no impide que las nuevas generaciones de escritores peruanos establezcan un diálogo crítico con su obra. Eso también es parte de la tradición.

A Palma se le ha criticado por muchas razones, en especial por su apego, simpatía e idealización de la época virreinal: 339 tradiciones de las 453 corresponden a ese período. Él era un criollo cultural y escribió de acuerdo con la visión que le correspondía como tal. El error viene de aquellos que interpretaron y difundieron sus Tradiciones como sinónimo de peruanidad, de quienes redujeron esa peruanidad hasta equipararla con lo que se ha denominado “el criollismo”; fueron ellos los equivocados, no Palma. Puede reprochársele sí la falta de una visión crítica con los sucesos históricos y procesos políticos que le fueron más próximos, para con los cuales tuvo una leve ironía, una fina condescendencia y una preocupante complicidad. Analizaremos como ejemplo “Historia de un cañoncito”. Como dato extratextual hay que decir que Palma conspiró contra el personaje real de esta historia, el mariscal Ramón Castilla, por lo que fue desterrado a Chile.

 

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