Fotos: Norman Córdova

 

Lima ha crecido, pero las condiciones de vida se mantienen casi similares. Ahora ha surgido una serie de urbanización media informal que ha deformado los proyectos urbanísticos

 

 

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Me he propuesto hacer literatura no peruana, muy conscientemente

por Giancarlo Stagnaro y Johnny Zevallos

 

Enrique Congrains Martin (Lima, 1932) ha protagonizado uno de los retornos literarios más insólitos de 2006. Insólito en el sentido de que estamos frente a un escritor aparentemente distinto del iniciador de la temática urbana en la narrativa peruana contemporánea, puesto que acaba de incursionar, con tres nuevos libros, en un campo totalmente alejado del convencional realismo literario: Gallinita portahuevos, El narrador de historias y 999 palabras para el planeta Tierra. El humor, el absurdo y los futuros posibles caracterizan esta nueva etapa, quizás la más productiva y la más entusiástica en cuanto a la propia vitalidad literaria de Congrains se refiere.

Precisamente, iniciamos la conversación por el más reciente de sus libros: 999 palabras para el planeta Tierra, donde el argumento roza con la ciencia ficción. Una nave espacial alienígena causa una polémica colectiva entre las naciones de la Tierra, al encargarles la redacción estricta de un artículo de 999 palabras que describa y explique la civilización humana. La novela versa sobre nuestra imposibilidad para ponernos de acuerdo sobre el contenido del texto.

999 palabras… plantea la posibilidad de vida en otros planetas, pero sobre todo a partir de la búsqueda de inteligencia extraterrestre. ¿Cuál es el sentido de la aparición en nuestro planeta de la nave editora?

Parto de una cosa lógica. Si se ha desarrollado vida inteligente, es lógico que alguna inteligencia superior inicie el proyecto de una enciclopedia intergaláctica que incluya a los planetas con vida inteligente. Por eso, la novela comienza cuando encuentren planetas con esta característica y lo inviten a poner su página en la gran enciclopedia intergaláctica.

Al comienzo de la novela hay algo como una pugna en la que se mete Estados Unidos. Esta nave espacial no tripulada llega al norte de Nazca para invitarnos justamente a participar en la enciclopedia. Los norteamericanos la localizan con satélites. El embajador norteamericano se entrevista con el presidente peruano y le dice que se quieren llevar la nave espacial a Estados Unidos, con la intención de desarmarla y de extraerle toda su tecnología (aunque esto no lo dice). En compensación, Estados Unidos le regalará al Perú un submarino nuclear. El presidente peruano rechaza totalmente la propuesta. Aquí funciona esa idea tan absurda de los estadounidenses para trasladar la nave a una base secreta, desarmarla y extraerle sus secretos tecnológicos.

Sin embargo, cualquier intento de haber atacado a la nave espacial hubiera podido crear —esto no se dice en la novela— la destrucción del planeta. A lo que me refiero es que 999 palabras… es una sátira porque hasta los homosexuales quiere que se mencione en el artículo una pequeña nota a favor de ellos diciendo que el placer erótico se obtiene tanto por vía heterosexual como por vía homosexual, los gitanos reclaman que se les reconozca como nacionalidad, las mujeres arman una cadena en Internet exigiendo que el artículo sea redactado tanto por hombres y mujeres, etcétera…

Lo que estás mencionando se puede interpretar como que la diversidad cultural humana es básicamente conflictiva…

Por supuesto, es una de las premisas que fluye de la novela. Creo que si esto se diera en la realidad, seríamos incapaces de escribir el artículo, porque la nave espacial nos pone como condición que tenga 999 palabras, que es la cuota para todos los planetas y que se ha escrito en absoluto consenso. O sea, que no sea escrito desde el punto de vista occidental u oriental, sino que sea desde el punto de vista que guste a toda a la humanidad, por ejemplo, que guste a palestinos y judíos (risas).

También podemos plantear otra lectura: hasta tratar de resolver los antagonismos sociales, económicos, étnicos y culturales quizá sea la utopía absoluta del hombre, la más imposible de alcanzar. Siempre vamos a estar en permanente desacuerdo…

Hay desacuerdos entre padres e hijos, porque el hijo que se deje llevar por el padre de la mano se jode. El hijo tiene que romper un poco con la familia, desprenderse o apoyarse en ella para pegar un salto e ir mucho más lejos. En mi caso, mi madre ultracatólica me traumatizó cuando me dijo que uno de sus ideales era que yo fuera miembro de la Acción Católica. Además, yo estudié en los maristas de San Isidro y era consciente de que los hermanos eran gente que no sabía dónde estaba parada. Españoles pobrísimos que en realidad se habían metido en la hermandad para huir un poco del hambre de la guerra civil española. Pero eran unos ignorantes. Me acuerdo haber escrito cuentos en secundaria, habérselos dado a un hermano y éste, tan cretino, me dijo que les faltaba la moraleja final (risas). Ahora, yo soy ateo.

Los cincuenta en balance

Todos los críticos coinciden en que con Lima hora cero se funda la narrativa urbana en el Perú. Es la primera vez que la ciudad entra en la literatura peruana. ¿Usted comparte esta afirmación?

Sí, pero no creo que yo tenga que llevarme todo el mérito, está repartido con Julio Ramón Ribeyro (Los gallinazos sin plumas).

Este libro se publicó 2 o 3 años antes, lo cual no le quita el mérito a Ribeyro. Por ejemplo, en el cuento “Lima hora cero”, se describe la manera en que el migrante ocupa un terreno. El siguiente, “Los Palominos”, trata sobre la excursión de una familia de una casa. “El niño de junto al cielo” es el descubrimiento del caos y el engaño de la ciudad…

Lo que me llama la atención es que estableces una secuencialidad en Lima hora cero , que de hecho no tuve intención de buscar. Jamás fue idea mía, pero me parece que esa forma de enfocarla es muy válida y que para mí es todo un descubrimiento. No había visto esta secuencia, siempre como cuatro cuentos bastante independientes en el universo de Lima… Ahora, en cuanto a “El niño de junto al cielo”, el cuento “oficializado”, en el sentido de que aparece en todas las antologías, eso me parece pura pereza mental de los antologadores, porque para mí no es el mejor cuento. Mi mejor cuento es “Domingo en la jaula de cera”, que no aparece en Lima hora cero, sino en una antología del cuento hispanoamericano.

¿Qué tan fuerte ha sido influjo del neorrealismo en estos primeros libros?

Evidentemente fui marcado por dos autores: John Steinbeck (Las viñas de la ira) y Erskine Caldwell (El camino del tabaco). También veía cine italiano. Sin embargo, creo que más fuerte era la realidad de Lima en esos años, porque veo en éstos esa mirada neorrealista, hasta naturalista, para revelar la miseria moral de la gente.

Toda mi obra narrativa constituye en el fondo un rechazo al mundo de clase media de donde yo provengo. Como anécdota, antes de publicar No una, sino muchas muertes se la di a leer a mi madre y a mi hermano. Ellos me sugirieron que no lo publicase porque les pareció una novela demasiado chocante. En el prólogo que hace Mario Vargas Llosa, dice que es una novela muy fuerte. No creo que ello sea así. Ha pasado mucho tiempo, pero en el caso de esta novela, el papel de Maruja tiene algo que ver con las mujeres líderes en los asentamientos humanos.

También hay otro elemento de premonición, esta vez de tipo ecológico. Un gran amigo mío, Gregorio Martínez, encuentra que “Kikuyo” —no el libro sino el cuento— trata sobre el reino vegetal en pugna con el mundo humano. Cuando yo lo escribí, la idea de ecología no existía. De hecho, el primer libro que se escribe en el mundo sobre esta problemática se titula Primavera silenciosa, de Rachel Carson.

¿Pero hubo alguna suerte de influencia o aspecto que despertó ese interés en la vida de los migrantes?

No hubiera escrito estos libros si no fuera por la tremenda influencia que yo recibí: la figura periodística de Alfonso Tealdo. Él creó dos revistas muy importantes que, por lo menos en mi caso, tuvieron un impacto determinante: una se llamaba Ya y la otra Pan, publicaciones de crítica social muy avanzada. El cuento “Lima hora cero” está inspirado en una nota que sale en Ya acerca de una invasión junto al Rímac. Eran revistas en los antípodas de Etiqueta Negra o Gatopardo. Otra figura capital, que se portó muy generosamente conmigo, fue Sebastián Salazar Bondy. Él y Juan Mejía Baca me apoyaron mucho para promover mi obra.

Ambos vendían tus libros…

Mejía Baca sí, pero estoy hablando de él como promotor cultural. Cuando llega Borges a Lima, Mejía Baca, en una iniciativa inconcebible para un librero de esa época, reúne a un grupo de escritores, entre ellos yo, y nos reunimos con Borges en la cafetería que quedaba en la esquina de la librería de Juan Mejia Baca, en los jirones Azángaro con Cusco, mirando hacia el parque Universitario.

¿Y todo ese movimiento era en el Centro de Lima?

Sí, en el bar Palermo he conocido y he estado con Alejandro Romualdo, Pepe Bonilla, Carlos Eduardo Zavaleta. En esa época todavía estaban los del grupo Narración: Eduardo Gonzales Viaña, Juan Morillo…

En el momento de la escritura eras metódico o tenías también tu momento de relajo, te ibas a hacer tertulia…

Nunca he sido bohemio, por razones de salud. Soy asmático, el trago me hace mucho daño. Siempre llevaba una vida muy metódica y sana gracias al asma.

 

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