Nº 19
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entrevistas
 
Las frustraciones de un tiempo inevitable
 
 

Cero 

En toda historia hay siempre un encuentro. A veces son dos tipos y una conversación en medio de la nada. A veces es algo que empieza a suceder hasta el infinito, lentamente, en la cabeza de uno de ellos como un recuerdo, como una forma de testimonio de lo que es y no dejará de ser nunca.  

En esta hay alguien que se llama Rafael Delucchi. Un gordo aventurero, un actor extra, un guionista, un tipo bonachón que soñó siempre con dirigir películas, un criador de otorongos, un papá cool. Y está también el hombre que lo imagina, el que lo coloca al centro de un mundo anárquico, delirante, lleno de terror, aquel que una noche, después de muchos años, lo encuentra por cosas del azar en un bar y decide escribir una novela. Su nombre es Rodrigo Núñez Carvallo y es también muchas imágenes: alguien unido a un cigarro al interior de una habitación llena de cuadros, alguien sentado en un mueble frente a una pantalla de laptop, alguien que recibe a los amigos y se pone a pintar, despreocupado, absorto, nunca solo. Pero es sobre todo la imagen de un hombre que aguarda gran parte de su vida para escribir.    

Uno. El lugar

La cita la habíamos pactado para un jueves a las 5:30 de la tarde. En su casa de Barranco. Su respuesta había sido “Normal”, “Los espero”, y la dirección del lugar. Era simplemente yo, pero no quise hacer la aclaración en ese momento. Algo tarde, aquel día, llegué a un pequeño edificio y pregunté por él en la puerta. Llevaba conmigo una grabadora, algunos cigarros y una mochila cuyo contenido se reducía únicamente a Sueños bárbaros, la novela que acababa de leer y por el cual decidí entrevistarlo. Conocía sus otros libros, La comedia del desierto y El sembrador de huarangos, publicados ambos en la década pasada, pero desde el principio intuí el carácter ambicioso de Sueños bárbaros, algo que iba más allá de un simple relato, una novela que podía ser muchas más novelas a la vez, un documento testimonial sobre una época traumática del Perú, un libro que se leía, en el fondo, como una película. La lectura no de un guion, sino de las propias escenas de la cinta, de muchas imágenes superpuestas, mezcladas entre sí, de los colores moviéndose continuamente, de la viva representación de un mundo que olvidamos ha sido construido por palabras. Es la novela más película que he leído. Y a mí me interesaba saber sobre los hechos reales, los personajes reales, las historias ocultas detrás de ese libro.  

El tipo de la puerta me dice que puedo entrar. No toques, sólo abre, me indica, y eso hago. Lo primero que observo es una sala y un hombre sentado en un mueble rojo frente a su laptop. Nos saludamos. ¿Vienes solo?, pregunta. Sí. Conversamos un rato. Tienes cara de ser de la Católica, dice. Se ríe un poco, y yo también. Le respondo que no, que soy de San Marcos. Mejor, bromea. No, mentira. Siéntate. Me invita algo de tomar. Para los cigarros, me dice, eso de fumar sin líquido jode la garganta. Afirmo con la cabeza.  
Bien, ¿de qué quieres hablar? 
Esto no será exclusivamente sobre el libro, le digo, pienso algo más biográfico, general. Ya sabes, cosas tuyas, familia, cómo empezó todo.  
Ok. 

Él cierra la laptop. Yo me acomodo en la silla y enciendo la grabadora. 

Dos. Umbral 

Pero no comenzamos desde el inicio. Núñez Carvallo me cuenta acerca de una revista que sacó hace varios años, llamada Umbral, junto a su amigo Alberto Benavides.  

“Era una publicación de ideas, literatura, crónicas. Estuve metido poco más de ocho años, desde 1999 hasta 2008. Fue una gran experiencia, viajé por todo el Perú.” 
“Sí, es que se nos ocurrió que cada número fuera una región, un departamento, y aprovechar esto para conocer y divulgar aportes nacionales que no llegaban a Lima (y que siguen sin llegar).”  
“Paralelamente, comencé a pintar. O sea de forma oficial, porque antes sólo dibujaba cuando estaba borracho. Y nada más. Entonces Alberto me dijo: oye, deberíamos ilustrar la revista con tus dibujos. Lo pensé y me di cuenta que podía hacerlo. Pero siempre con algo. En realidad, me bastaba solamente una copa de vino para dibujar.”  
“No solo el alcohol, también los tronchos.”  
“Lo que sucede es que para mí la pintura se encuentra vinculada con lo fortuito. En cambio, desde niño siempre dije que quería ser escritor. Yo sentía que me dictaban, como si una voz detrás me ordenara las palabras.” 
“Claro, eso de la inspiración me pasaba a mí. Es que escribir es una de las cosas más jodidas que existen en este planeta. Siempre vas a perder plata, nadie lo duda, porque hacerte de un mercado resulta verdaderamente difícil. Las posibilidades de éxito, digamos, son tres entre mil escritores. Me refiero a aquellos que pueden vivir de sus libros. Es un riesgo que sencillamente uno se corre, y que mucho tiene que ver con el mercado que tenemos en este país, donde todos quieren su buen pedazo de la torta.”  
“Además la gente lee poco, eso también es cierto. Se publica demasiado, y la mayoría son malos libros. No hay control de calidad. Alguien tiene que hacer algo. Lo peor es que se ha llegado a una situación extrema en la que el autor debe pagar por su edición. Entonces cualquiera puede escribir cuatro líneas y piensa que eso es poesía. No lo sé. Para mí la poesía tiene que entroncarse con alguna tradición. Yo diría que en la actualidad se asemeja mucho a la filosofía. Idea concentrada bellamente o también de manera arisca, violenta, crítica. Se trata de nuevas formas de ver el mundo, de percibirlo.” 
“Por eso, encontrar lo nuevo. Llevar a cabo descubrimientos. La poesía no puede ser una repetición de viejos estereotipos.” 
“He leído bastante poesía de gente joven, porque en Umbral me llegaba una cantidad enorme de textos. Como no podíamos publicarlos a todos, debíamos seleccionar con rigor. Pero, para serte honesto, a veces nos era difícil encontrar buenos poemas, o un simple verso siquiera. Se trataba en muchos casos de la búsqueda de una línea, ¿me entiendes? Creo que eso es lo que hace falta en las editoriales: mayor seriedad al escoger a sus autores.”  
“Sí, al final la revista se acabó, como todo. Las cosas deben terminar en algún punto para que cada uno pueda continuar con su camino. No me quedé en el aire, sin embargo. Esta vez, me puse a pintar de verdad.”  

Tres. La depresión de los cuadros y el relato feliz

Vender cuadros es mucho más fácil que vender libros, recalca Núñez Carvallo con un cigarro recién encendido. Me sirvo un vaso de gaseosa y me lo llevo a la boca. De hecho que a veces te da más, le digo después. No, no me da más a veces, me da más siempre, contesta riéndose. Observo de nuevo la habitación. Los varios cuadros sobre los muebles, apilados unos contra otros encima de estantes, paisajes hechos con acuarela, retratos de Lima, de poetas. Núñez Carvallo está rodeado de su pintura, pienso y, en seguida, busco lo que imaginaba iba a encontrar: libros. Además de unos cuantos, distingo uno en especial que, debido a la posición en la que ha sido dejado (de pie al lado de una lámpara que lo alumbra en primer plano), reconozco de inmediato. Se trata de La casa de Dostoievsky, del chileno Jorge Edwards. Eso y nada más. Pienso que, al fin y al cabo, es evidente que un tipo como él, totalmente alejado del academicismo, de la estúpida pretensión intelectual y, sobre todo, de aquella idea tan común que contempla a los libros como fuentes predilectas de cultura y racionalidad, no ostente esa típica obsesión de los escritores por coleccionar libros y libros en sus bibliotecas (es decir que, para empezar, poseen bibliotecas). Núñez Carvallo, en lugar de todo eso, tiene óleos, revistas, muchas cosas desperdigadas por ahí y dos gatos. Pero es, ante todo, como le gusta imaginar, un escritor. Un escritor que pinta.  

Entonces decidí que debía hacerlo en serio, me vuelve a decir, quería una actividad que permitiera financiar mi literatura. Al inicio no estaba muy seguro acerca del estilo que más se me podía acomodar. La pintura abstracta, por ejemplo, me gustaba mucho, pero eso no vende. La gente lo ve con cierta distancia. Debía ser algo que tuviera que ver conmigo, con mis cosas. Le di algunas vueltas al asunto y resolví que lo mejor era retratar Barranco, el lugar del que nunca me he movido. Así que me puse a pintar. En ese tiempo también ya empezaba a cranear la novela. La tenía armada en mi cabeza, su estructura estaba casi definida, aunque en una novela los resultados posteriores son completamente diferentes a los que uno imaginó en un principio. Es que, en realidad, las mejores novelas son aquellas en las que el final no está premeditado, aquellas que buscan su propio camino.  

Tiene mucho que ver el azar, le digo. 

Y el inconsciente. Pero tampoco se puede ser un improvisado. Considero que algo valioso resulta aquello de vivir para escribir, porque llega un momento en que la demanda que te exige una novela no es solamente tres horitas diarias frente a la computadora. Yo no entiendo cómo existen profesores universitarios que pueden escribir novelas: un texto de esa magnitud requiere, muchas veces, las veinticuatro horas del día. O sea, puedes hacer otras cosas. Por ejemplo yo me dedicaba a pintar, pero seguía, en el fondo, pensando en el libro. Es algo que no te deja nunca.  

Quieres decir que tu relación con la escritura es más feliz que con la pintura, le pregunto. 

De hecho que sí. Para lograr terminar una novela (más aún una tan extensa como Sueños bárbaros) se necesita realizar una acumulación muy grande de energía, lo que resulta para mí muy complicado porque soy un tipo profundamente perezoso. La disciplina, en este sentido, toma una vital importancia; por eso imagino que debo tener mucha pasión por la literatura. Es lo único que me ordena. Además, con Sueños bárbaros, me sucedió que la escribí en un momento muy feliz de mi vida. Y eso es bueno, motiva un montón. La realidad adquiere otro significado. Te escapas a las nueve de la noche, luego de haber estado todo el día escribiendo, para tomarte una chela, encontrarte con los amigos, ver alguna chica rica por ahí. Para mí, la literatura está vinculada a la felicidad. La pintura, en cambio, la relaciono con la depresión. Es como una gran terapia frente a la tristeza. Yo no puedo escribir deprimido; o sea, puedo, pero me salen cosas amargas, siempre malas. Con la pintura, las mejores cosas surgen cuando estás hasta el culo. Alguien te chotea, te quedas en la nada, ¿qué haces? Pintas. Entonces, recién en ese punto, comienzan a brotar cosas maravillosas, que, supongo, nacen del desgarramiento de cada persona. La literatura, en mi caso, no tiene esa capacidad. Yo lo veo más cercano a lo festivo, a los buenos estados de ánimo. Se escribe mejor cuando estás bien.   

Esto explica por qué en tu pintura está retratado, de alguna manera, también lo literario. Tienes cuadros de Westphalen, de Javier Heraud.      

En cierta medida. En el 2005, por ejemplo, hice un cuadro que es “La última cena de los poetas”, en donde retraté a veintisiete autores de la literatura universal. Te lo regalo si adivinas quiénes son todos (en este momento, Núñez Carvallo me señala un cuadro que no había notado hasta ahora. En lugar de los doce apóstoles, se ven rostros de poetas reconocidos como César Vallejo, Dante Alighieri, alguien que asumo debe ser Rimbaud -es el único que está encima de la mesa con una botella en la mano-, y en el medio, con una especie de libro, se encuentra Francisco de Quevedo. Por allí también aparecen Pablo Neruda, Fernando Pessoa y otros más. Entonces le digo que de hecho nadie ha podido identificar a cada uno.) Nadie. Ni el más culto en cuanto a iconografía literaria… Así que este es mi parnaso. Creo que, en poesía, he leído lo que he debido leer, que son en su mayoría clásicos. Y también, por supuesto, cosas de toda índole de los muchachos peruanos, de los cuales tres o cuatro llaman la atención. De ahí no más.  

Saco un cigarro de la cajetilla y lo enciendo. Vuelvo a observar el cuadro de los poetas. Es una fiesta. Un cuadro de la felicidad mundana, imagino entonces, pintado desde la depresión. Todos los poetas están locos, pienso inmediatamente sin motivo alguno. Y también sin motivo alguno, se lo digo.  

Cuatro. Mayo del 68, el mito de Inkarrí y un hermano que ya no está

Núñez Carvallo me dice que eran siete. Se quita los lentes y los coloca en la pequeña mesa de en medio, pensativo. Siete hermanos y el último era yo. Después, se queda en silencio un momento, agudiza la vista. Siete hermanos y uno de ellos fue poeta. Hernando. Perteneció a la denominada generación del 60. Le pregunto entonces por la obra, por las ediciones de los libros y todo eso. Me dice que nunca publicó en vida, que su único poemario es póstumo, editado por la familia en 1986. Se llama El sello de la luna, es un gran libro, me asegura. Casi nadie lo tiene, está agotado. Hernando fue un excelente poeta, sentencia al final.  

Me interesa saber qué tan involucrado estaba con aquella generación, con quiénes mantuvo cierto vínculo, bajo qué circunstancias. 

Fue muy cercano a Cisneros, Hinostroza, César Calvo, e incluso a Heraud, me dice. Se reunían en “La casa de la poesía”, en Barranco. También fue discípulo de Arguedas y un gran pintor. Estudió primero antropología en la Católica, después se cambió a San Marcos. Te estoy hablando, señala, de la época luz de San Marcos, por lo menos en las carreras sociológicas. Muelle, Matos Mar, el mismo Arguedas. Venían, a su vez, muy seguido los franceses. Allí mi hermano estudió junto a Ortiz Rescaniere, con quien descubrió el mito de Inkarrí. Además dominaba bastante bien el quechua, me explica Núñez Carvallo. Enciende otro cigarro y añade: en aquella generación, que fue muy rica intelectualmente, se encontraban también Juan Ossio y Rodrigo Montoya. 

A propósito, estoy escribiendo una novela sobre él. La tengo un poco estancada, otros proyectos me impiden acabarla; pero, respecto a la historia, creo que tendrá mucho que ver con la época, 1968, y todo lo que eso implicó para los muchachos que, como mi hermano, buscaban materializar un ideal. Lo que sucede, me aclara, es que Hernando era una persona a quien le encantaba viajar, se recorrió gran parte del Perú junto a sus amigos antropólogos. Después, se fue a París, a La Sorbona, para realizar estudios de postgrado. Entonces le cayó encima Mayo del 68. De eso pienso escribir. Él estuvo allí, me dice Núñez Carvallo, incluso existen fotografías de la revista Life en donde se le observa entre los manifestantes.  

Hernando, sin embargo, no estaba bien. Tuvo su primer episodio esquizofrénico precisamente en París, al año siguiente. Y esto, evidentemente, lo llevó a una desestructuración de sus facultades creativas. Pero no se detuvo. En medio de su locura continuó escribiendo, a veces cosas disímiles, desordenadas, y otras, por el contrario, muy bacanes. Le pregunto entonces por su relación con él, qué recuerdos le quedan de aquella época. Yo tenía cerca de dieciséis años, contesta. Viví con él, ¿me entiendes? Fue una persona extremadamente inteligente, además de precoz, lo que, en algunos casos, está emparentado con la predisposición esquizofrénica. Recuerdo que en la adolescencia ya escribía grandes poemas. Había uno de ellos que era la cagada, dedicado al supositorio, un soneto que comenzaba con esta frase: “Un supositorio depositado en su sitio”. Hay muchas cosas por contar de Hernando, comenta al final. Pero por encima de todo está su poesía, y su pintura. Murió antes de cumplir los cuarenta, demasiado joven. 

Núñez Carvallo me dice que quiere enseñarme algo de él, se levanta del mueble. Yo tomo un poco de gaseosa. Y espero. 

Un poema. Titulado “La instalación de un telar nuevo”.

Se paran los palos y se anudan
Se instala el telar como un atardecer
Rojo o sonrosado
O como un muro nuevo.
El telar pellizca la tela
Se le vibrar sus ondas
Anochecen peces rojos y
Las cubiertas azules
-prácticamente todo es una alforja
Un manto al revés
Una frazada en una sábana que pesa
Cubierta en gris o un gigante
Agazapado que se eleva.
(texto de Hernando Núñez Carvallo, en El sello de la luna)

Cinco. Álbum de familia  
 
Me imagino que todos te preguntarán por él, le digo. Es un tema que no se puede evitar: tu papá en la casa, la vida familiar, siete hijos y una esposa. Cómo era todo eso, le pregunto. Núñez Carvallo no responde de inmediato. Aspira el humo varias veces. Luego se ríe. Los gatos, más allá, comienzan a pelearse. Él se levanta de nuevo. Seguro tienen hambre, me explica. Busca la comida en un recipiente transparente y los llama. A ver, comienza diciendo después, en realidad, mi viejo Estuardo era un viejo común y corriente, como todos los viejos del mundo, la única diferencia es que a la hora del almuerzo en lugar de conversar sobre el partido de fútbol, te hablaba de los poetas, de Novalis, del romanticismo alemán, y yo obviamente estaba perdidazo, no entendía nada… Pero algo de eso supongo que me quedó, añade entre risas.  

Cualquiera podría pensar, le digo, que con un padre como Estuardo Núñez muchas cosas en la casa estarían vinculadas con la literatura. Ni creas, me responde, lo que pasa es que había una biblioteca muy grande, donde encontrabas de todo, desde libros que mi padre se había comprado de chico (era de los que guardaba su propina para comprarse novelitas) hasta textos más densos de crítica. Mi madre también leyó mucho de niña. Los hermanos Grimm, Hans Christian Andersen, esas cosas. La biblioteca, entonces, era una habitación muy importante dentro de la casa, como la sala familiar, porque mi viejo trabajaba todo el día pero llegaba a las nueve de la noche y se metía de frente a la biblioteca con mi madre. Él en el escritorio y ella en un sillón. Juntos se acompañaban hasta la una o dos de la mañana. Él, normalmente, escribía o investigaba. Y ella se dedicaba siempre a dibujar, o a imaginar relatos que apuntaba en libretas de block.  

Carlota Carvallo de Núñez fue una escritora de cuentos para niños, además de pintora. En sus cuadros, firmaba como Cota. Tuve mucha suerte, me dice ahora Núñez Carvallo, de tener a esa vieja. Gran educadora, de una intuición psicológica de los cojones. Aparte que era muy simpática, graciosa. Mi padre se sacó la lotería con ella, confiesa, porque además era alta, bastante guapa. Incluso ya mayor seguía conservando su belleza, a los cincuenta años veías en ella una hermosura distinta, de señora, que en el fondo era su hermosura de espíritu, a pesar de las arrugas. Recuerdo, comenta, que cuando no tenía nada que hacer, le gustaba ver televisión con audífonos (para no molestar al viejo) y quedarse dormida. Él ojeaba por ratos la tele y no decía nada. Seguía trabajando.  

Nunca hubo obligación de leer ni mierda. Al que no le gustaba, no leía. Así de simple. Incluso creo que uno de mis hermanos jamás cogió un libro. Pero, le pregunto, digamos que el resto de ustedes sí tuvieron una formación, hasta cierto punto, libresca. Algunos leyeron más que otros, obviamente. El mayor siempre leyó mucho. Mi hermana Charo no tanto, pero le encantaban las novelitas rosa, me acuerdo que las escondía debajo del colchón, porque dos de las cosas que mi viejo no aceptaba eran el cómic y la novela rosa. Se trataban, para él, de subgéneros embrutecedores. Así que Superman y Corín Tellado estaban prohibidos en la casa, bromea. Ahora, nadie te iba a perseguir tampoco, los leías a escondidas, más que nada, por vergüenza propia. A mí, por ejemplo, me gustaba Archie.  

Te confieso, sin embargo, me dice Núñez Carvallo, que esa restricción de los cómics me cagó mi sentido de apreciación. Me ha costado mucho entender el valor que poseen. De una u otra manera, mi subjetividad se puso en contra. Ahora los leo sin tanto prejuicio, casi de forma normal, pero me siguen pareciendo que son un sub-arte, admite riéndose. Evidentemente, hay excepciones. Hay excepciones en todo.  

Seis. Delucchi

Una noche de 1996, Núñez Carvallo entra al Juanito para tomarse unas cervezas. Allí también se encuentra Rafael Delucchi. Ambos se habían conocido mucho tiempo atrás, en una reunión de Izquierda Unida en Barranco. Aquella vez, congeniaron muy rápido. Delucchi le llevaba cerca de quince años, era un tipo atento, muy educado, amiguero. Le gustaba el cine. Después de eso, Núñez Carvallo empezó a buscarlo, o viceversa. Delucchi le tiraba piedritas en la ventana, y el otro salía. Sin embargo, por diferentes motivos, el tiempo, los trabajos, la vida de casa, se dejaron de ver por un largo periodo, hasta esa noche en el Juanito.  

Se encontraron de casualidad después de años. Delucchi le contó que estaba escribiendo cuentos, que siempre había escrito. Núñez Carvallo le comentó que también. Delucchi, después de algunas cervezas, le pidió que le ayudara a corregir los textos, que podían ser leídos a su vez como guiones. A partir de esa noche comenzaron a verse con mayor frecuencia. Vivían muy cerca. Núñez Carvallo iba siempre a su casa, un lugar que quedaba en La Bajada de la Oroya, y que, con los años, se había vuelto en un centro de reunión para gente joven. Todos se juntaban allí. Y fue a partir de esas visitas, precisamente, que la novela comenzó a germinarse de manera silenciosa en su cabeza.  

Delucchi hizo de todo, me comenta ahora, era una persona demasiado aventurera. Yo lo veía como mi alter ego, algo así como el padre que hubiera querido tener (y no un crítico literario). Es cierto que tenía otorongos y que los trasladaba en su Land Rover. Escribía guiones, había llevado un curso de cine en Cuba. No sé si lo terminó. Era, además, un gran narrador oral. Conocía las tácticas para llamar la atención del oyente. Siempre fue, por lo demás, un tipo marginal dentro del medio cinematográfico. Tiene una película, pero no la he podido conseguir. El gordo era muy improvisado, me imagino por eso que debe ser mala. Él mismo fungía de director, productor, actor. Por lo general esas cosas terminan saliendo hasta el culo: faltan escenas, todo se monta a la mala, me dice Núñez Carvallo, y luego agrega, de manera definitiva: murió unos años después de habérmelo reencontrado, el 1 de octubre de 2001, fuimos muy amigos y yo lo admiré mucho, su personaje es una especie de homenaje a la persona real.  

Siete. Sueños bárbaros y los demás

Rafael Delucchi es el narrador y protagonista de Sueños bárbaros. Y es también un sujeto con una inmensa frustración: la de querer ser director de cine en un tiempo encarnado por la infamia. Una época oscura en la historia de un país que lo castraba todo, y en el que un grupo de amigos entienden que la única manera posible de enfrentarse al espanto resulta, paradójicamente, huir de él a través del arte. Inmersos en una ciudad al borde del colapso a manos de Sendero, Delucchi y Pipo, además de algunas personas más, se embarcan en un proyecto casi imposible: realizar una película sobre cómo se hace una película. Todo esto con un presupuesto económico que no va más allá de sus bolsillos y una guerra que va adoptando, conforme pasa el tiempo, visos apocalípticos. Juntos habilitan un espacio en la casa de Barranco que Delucchi obtuvo casi de forma azarosa y se dedican por completo al cine. Hablan de películas, trasladan cámaras, crean escenografías, escriben guiones, guardan rollos enteros; se convierten, así, en tipos que sólo viven por el cine, enfrentados sin miedo al mundo.  

Lo peor, me indica Núñez Carvallo, es que se podría decir que así eran las cosas en esa época. El noventa y cinco porciento de la novela es real, con acontecimientos y personas. Sólo inventé a uno de ellos: Orestes Mariño. De ahí gran parte de los hechos verdaderamente ocurrieron. Hace una pausa, le pido entonces que me cuente sobre los protagonistas de la novela, acerca de sus vidas reales, lo que pasó después de la publicación del libro.

A ver, dice en voz baja.
Y uno por uno, empieza a hablarme de ellos.

Pipo Gallo
Somos amigos desde que yo tengo veintiocho años. Ahora, en el libro aparece como un tipo que conoce un culo de cine, pero no es verdad, él sabe de televisión, no tanto de películas. Lo puse por joder, porque siempre desprecié el interés que tiene por la televisión (que, por cierto, me parece un arte subalterno, salvo algunas series ya clásicas). Pipo también fue pataclaun hace varios años. Respecto a la novela, te confesaré que no le gustó mucho su personaje. Él es buen amigo y simplemente se hizo el huevón. Pero sé que se sintió medio incómodo. Quizá porque el libro retrata un Pipo que él quiso ser y no pudo. En este momento estamos un poco alejados. Supongo que no siempre será así.   

Juan Bullita 
Yo tengo con él una historia muy bonita. Bullita era, en efecto, el crítico del cineclub de San Marcos, cuyas sesiones se hacían en el Ministerio de Trabajo. Algo que ahora se le escapa a la gente es que las películas de este cineclub educaron a toda una generación. La concurrencia era masiva. Sábados a las cinco de la tarde y ocho de la noche. Estaba tan lleno que tenías que hacer cola. Lo que relato en la novela acerca de sus parlamentos es verídico. Bullita se mandaba unos rollos alucinantes que pocos entendían y muchos silbaban. Hablaba como veinte minutos de su interpretación, por ejemplo, sobre el cine de Robert Aldrich, ¿te imaginas eso? La gente iba al cine porque costaba un sol cincuenta, y todos eran estudiantes sin mucha cultura cinematográfica. Pero también es verdad que sus discursos ayudaron a varios… Por otro lado, sé que Bullita vivió en Barranco. Era gay, no lo he querido decir porque existen otros gays en la novela, no había necesidad de colocar a uno más. Dejo entre líneas la idea de que sufría un Edipo muy grande, pues dormía con la madre, eso es algo que me lo contó Constantino Carvallo. Lo de su muerte también es verdad, aunque por partes. Al parecer fue el mismo Constantino quien lo buscó cuando Bullita desapareció. Meto a Delucchi, Watanabe, Chacho León y a Durant, pero ellos no participaron del episodio. Lo que sí he podido comprobar es la forma en la que se suicida, lo del hotel y las pastillas, además del poemario. 

Giovanna Pisano 
La conozco de esa época, fuimos amigos. Sé que tampoco le ha gustado para nada su personaje. Tal vez porque la puse un poco antipática. No lo sé. No podía representar a todo el mundo maravilloso. Creo que eso le ha llegado al pincho. Por ahí me contaron que ha optado por no leer todo el libro.    

Cristina 
Fue la mujer de Rafael. Venía de una familia muy adinerada. Eran suizos. De ahí nada más.        

Núñez Carvallo termina de hablar. Deja el cigarro en el cenicero. Y en un intento de culminar el relato, añade que ha querido tener cierta lealtad con la historia del cine, y poner a la gente con sus nombres, para que también instruya un poco, me dice, sobre lo que sucedió en aquella época, porque muchas de esas cosas terminan perdiéndose si no están contadas. Le comento que además le da más fuerza a lo que se relata. Claro, responde, lo testimonial es importante, lo que tú has visto y puedes decir, todo eso se nota en la prosa. Al final, me pregunta si está bien con esto. Le digo que sí. Apago la grabadora. Conversamos un rato más. Cosas generales sobre algunos escritores latinoamericanos. Escritores sin nervio. Me dice que le llega al pincho Fuguet, demasiado repetitivo. Me dice que Piglia es muy intelectual para su gusto. Me dice que no soporta a Paz Soldán. Y los españoles no han sacado nada bueno, concluye. ¿Bolaño? Yo le hubiera quitado cien páginas a Los detectives salvajes. Me río. Eso ya es un consenso entre muchos, comento.  

Nos damos un apretón de manos, y me voy. Al cerrar la puerta, percibo que puedo estar seguro de pocas cosas, y una de ellas, imagino, es que dejo atrás al mismo tipo en medio de sus cuadros, el humo de los cigarros y el desorden inevitable del tiempo, al mismo hombre que prefiere pasarse las horas escribiendo, como si nada existiera allá fuera, a alguien sencillamente empecinado frente a su laptop y nada más.

 
 
© Juan Francisco Ugarte, 2011
 
 
Juan Francisco Ugarte: (Lima, Perú - 1988): Estudiante de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Paticipó como reseñista y editor en el proyecto virtual Porta9. Ha publicado textos de crítica literaria en revistas como Letras.S5 y El Hablador. Actualmente forma parte del comité editorial de esta revista. 
 
 
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El Hablador 2003-2011 © Todos los derechos reservados | ISSN: 1729-1763
           
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