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Sobre
esto, ¿consideras que este aspecto familiar tiene
un sello vallejiano como mucha gente cree reconocer?
Por supuesto, hay coincidencias con Vallejo, y también
con Valdelomar, Chocano y Oquendo de Amat. Además,
la temática familiar es igualmente recurrente
en la poesía italiana del siglo XX.
Pero,
¿de dónde surge esta particularidad clásica
en tu poesía?
Prácticamente, de mis preocupaciones y limitaciones
como hablante. Por ello volví al pasado, a la
lectura de los poetas del Siglo de Oro. Los leía
de modo sistemático, como una suerte de terapia
idiomática, que, sin darme cuenta, desembocó
en un adiestramiento estilístico.
¿Y
lo barroco, el humor?
Me parece que mi afición por cultivar las composiciones
de forma cerrada —es decir, la sextina, la villanela,
la balada— es consecuencia de ese adiestramiento
estilístico al que he aludido antes. El humor
negro lo asimilé de los dadaístas y surrealistas,
y es como una catarsis.
¿Cuáles
eran los autores que leías por ese entonces?
De los poetas antiguos, revisaba constantemente los
textos de Francisco de Medrano, manierista, cuya obra
es limitada; además, la poesía de Fernando
de Herrera —a estos autores los leí en
la Colección Rivadeneyra, en la Biblioteca Nacional—.
De Perú, a Gonzáles Prada, Adán,
Vallejo, Eguren, aunque mi interés estaba más
cercano a la producción de Moro y Wesphalen.
III. CARLOS GERMÁN
BELLI
Pocos saben de tu vida como universitario.
Entré a San Marcos a la par que otros escritores
de mi generación, e igualmente con Francisco
Pulgar Vidal, quien más tarde se consagró
a la música. Allí participé en
la publicación del periódico literario
Epsilón, con Arturo Salazar Larraín,
Romualdo y Zegarra Russo. Al tiempo me trasladé
a la Católica, donde colaboré en las revistas
Gleba y Ágora, cuyos promotores eran
Luis Alberto Ratto y César Pacheco Vélez.
Interrumpí mis estudios, pero más adelante,
cuando ya estaba casado, los reinicié en San
Marcos, donde hice mi tesis de bachillerato sobre el
surrealismo en la poesía hispanoamericana. Finalmente,
me doctoré con una tesis sobre Oquendo de Amat.
A los años me propusieron enseñar, y así
empecé como catedrático. Fueron días
bastante difíciles en San Marcos: comienzos del
80, con una situación política y social
muy delicada en el país. La Universidad no era
ajena a esto, todos lo saben. Sin embargo, dejando un
poco de lado el entorno mencionado, cuando impartía
mis clases, en medio de un ambiente heteróclito,
me daba cuenta siempre que yo era el “primer”
alumno, por todo lo que aprendía en cada lección
preparada por mí mismo. Pero al final la situación
se agravó y decidí dar un paso al costado;
así, no duré mucho en San Marcos como
profesor.
¿Cómo
afrontaron tus padres tu decisión de convertirte
en poeta?
Con angustia, con mucha angustia. Verás, ellos
eran farmacéuticos. Pero mi padre era un pintor
de los domingos, al que le gustaba pintar paisajes;
en tanto, mi madre, era una gran lectora de poesía.
Los primeros poemas que leí en mi vida los tomé
de sus álbumes de versos de cuando ella era colegiala.
Allí descubrí a Leopardo y Darío.
Recuerdo que cuando tenía 16 años, un
día llegué a la casa y la encontré
llorando: había estado leyendo mis primeros poemas
y estaba muy conmovida y emocionada. Sin embargo, cuando
pasó el tiempo, ella y mi padre se opusieron
al darse cuenta del rumbo que quería seguir,
pues pensaban que el ser escritor implicaba llevar una
vida bohemia, de excesos. Desde muy joven siempre quise
escribir: eso fue lo que representó una constante
lucha contra lo que mis padres querían para mí.
¿Qué
te dejó todo esto?
Creo que hay un misterioso hilo conductor que va orientando
nuestros pasos, sin embargo, me suscita pena que ellos
no hayan alcanzado a ver que finalmente pude conjugar
mis afanes literarios con los ideales de vida que ellos
querían para mí. Cuando mi padre falleció
yo contaba con 20 años, y cuando ocurrió
lo mismo con mi madre yo tenía 30; es decir,
aún estaba en los prolegómenos, pues recién
comenzaba a publicar.
¿Qué
opinión te genera Internet?, ¿es parte
de tu vida?
Lo es, definitivamente, y cada día me asombra
más. Por eso doy gracias a Dios por haberme permitido
estar en estos momentos y disfrutar de este tipo de
tecnología.
Es
el progreso del “Hada Cibernética”…
Creo que sí. Siempre he sido consciente de que
la vida es una potencia en los progresos que genera.
Así, de lo actual, por citarte un ejemplo, te
menciono a la computadora, que me permite cultivar de
una manera más concienzuda el género epistolar.
Pero, al final de cuentas, creo que me está malacostumbrando
a escribir mucho.
¿Cuáles
serán tus siguientes publicaciones?
En el curso de este año hay dos, una que saldrá
en Madrid, bajo el sello de Visor: una compilación
de mis poemas en forma cerrada (sextinas, villanelas,
baladas); la otra es una edición del INC, que
publicará en un único volumen tres de
mis poemarios (Sextinas y otros poemas, En alabanza
del bolo alimenticio y Canciones y otros poemas).
Finalmente, para el 2006 la editorial Pre-Textos editará
un nuevo poemario, que lleva por título El
alternado paso de hados.
©
Francisco Izquierdo, 2005
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| Francisco
Izquierdo Quea (Lima-Perú,
1980)
Bachiller en Literatura Peruana y Latinoamericana
por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Desde 2002 realiza trabajos de edición
para las áreas de Publicaciones de distintas
entidades, como ESAN, Editorial Norma y el diario
El Comercio. Es codirector de la revista
El Hablador y del periódico de
poesía La Unión Libre. |
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| Para
citar este documento:
http://www.elhablador.com/entrevista8_1.htm |
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