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Lo que ambas novelas cuestionan es el uso de la categoría de autor y, por otro lado, nos invitan a pensar la posibilidad de construir un relato que de sentido a la vida a partir del punto de vista de la muerte, es decir, elaborar el sentido a partir de un final.

 

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Miradas imposibles, ¿sentido posible? Aproximaciones desde Memorias póstumas de Blas Cubas de Machado de Assis y La lluvia amarilla de Julio Llamazares

por Claudia Salazar Jiménez

 

A life is not a plot
Susan Sontag

Cien años de distancia separan la publicación de las dos novelas que me permitirán iluminar las reflexiones de este ensayo. Memorias póstumas de Blas Cubas, fue publicada en 1881 por Machado de Assis, mientras que La lluvia amarilla , de Julio Llamazares, hizo su aparición en el año 1988. A pesar de las diferencias que podría implicar esta distancia cronológica, encuentro interesantes confluencias entre ambas novelas. Lo que veremos en detalle en las páginas que siguen es la manera en que estas dos narraciones construyen el sentido a partir de voces narrativas que podrían ser consideradas “imposibles”, configurando subjetividades a partir de la representación textual de lo que se recuerda. Posiciones imposibles que constituyen una subjetividad.

Memorias póstumas de Blas Cubas, como su propio título lo señala, se configura como un relato de memoria narrado por un autor que ya ha fallecido. Imposibilidad de una voz que surge desde la muerte para contarnos detalles de su vida. Blas Cubas ha muerto a los sesenta y cuatro años, y aparece como una voz desde el más allá que escribe sus memorias.

El paratexto de las memorias es de una peculiaridad interesante, que incide en la creación del efecto de realidad para colaborar en la verosimilitud de lo narrado. En la dedicatoria, por ejemplo, Blas Cubas se dirige al primer gusano que “royó las frías carnes de mi cadáver”. Incluso en el prólogo que continúa a la dedicatoria —que corresponde a la cuarta edición— Machado de Assis hace breves comentarios sobre la publicación en folletos de las primeras versiones del texto. Machado finaliza su prólogo situando a Blas Cubas como verdadero autor del texto. En una breve nota al lector, Blas Cubas, ya instaurado como la voz autorial, se exime de relatar la manera en que logró componer sus memorias en el otro mundo; como si la autoridad de la autoría lo eximiera de algún trazo de verosimilitud del relato que va a proseguir.

A lo largo de los 160 capítulos que conforman sus memorias, Blas Cubas nos narra su vida, la cual transcurre sin mayores acontecimientos. Iniciado a partir del momento de su funeral, el relato de Blas Cubas se articula más por asociación de ideas que por una linealidad temporal. Infancia mimada, amores juveniles y de madurez, breves coqueteos con la política, estudios, intereses filosóficos y su propia muerte, son los hitos de una existencia que puede calificarse de poco “novelesca” a no ser precisamente por el matiz distintivo que adquiere su relato desde el punto de vista imposible de la muerte.

La lluvia amarilla, por su parte, se presenta también como un relato de memoria, aunque su elaboración es un tanto más problemática, ya que su punto de enunciación surge a partir del último habitante de un poblado abandonado en los Pirineos. Andrés de Casas Sosa, el narrador de la novela, ha visto el deterioro de Ainielle, el pueblo donde ha pasado toda su vida. Ha visto cómo Ainielle ha sido abandonado poco a poco, de manera que sólo su propio recuerdo es lo que mantiene “vivo” al pueblo que tanto quiere y al que ha permanecido fiel. El relato de Andrés compartirá detalles de su infancia y de su vida adulta, volviéndose más lento y detenido a partir del suicidio de Sabina, su esposa y última persona que lo acompañaba en el pueblo. La dolorosa soledad en la que transcurren los últimos diez años de la vida de Andrés afecta su percepción, su memoria y su sanidad mental, de manera que su relato confunde las coordenadas temporales. En esta novela, el acto de escritura se da en un tiempo “abandonado” y ya “vacío” .

Lo que ambas novelas cuestionan es el uso de la categoría de autor y, por otro lado, nos invitan a pensar la posibilidad de construir un relato que dé sentido a la vida a partir del punto de vista de la muerte, es decir, elaborar el sentido a partir de un final. Si, como señala Ricoeur (1998), narrar el pasado es recoger el horizonte de posibilidades que nos permite impulsarnos y dar significación a nuestras proyecciones hacia el futuro, la ilusión de coherencia que transmite el relato de una vida por medio de la construcción de una trama narrativa, encuentra en estos textos un giro particular. Siempre esperamos que el secreto de lo que se cuenta sea revelado al final, pero estas novelas nos ponen en guardia frente a esta creencia articulándose a través de la mirada de la muerte, que no es el final esperado sino su punto de origen.

Pero antes de comentar el uso de la muerte como punto de vista organizador del sentido, veamos en primer lugar las luces que nos dan estas narraciones sobre el asunto de la autoría; pues luego, encontraremos que hay estrechas relaciones de este tema con la construcción del sentido especialmente si tomamos en cuenta lo que afirma Walter Benjamin (1968) en su brillante ensayo “El narrador”: “La muerte es la sanción de todo lo que el narrador puede contar. Él ha tomado su autoridad desde la muerte” (94) . En este punto, entonces, me parece pertinente evocar los conocidos ensayos de Roland Barthes (1986) “La muerte del autor” que, coincidentemente, lleva el mismo título del primer capítulo de las Memorias de Blas Cubas, y de Michel de Foucault “¿Qué es un autor?”

Barthes (1986) señala que a través del acto de escritura la voz pierde su origen y es el lugar donde el autor se encuentra con su propia muerte. El lenguaje adquiere autonomía, de manera que al acto de habla se configura como un proceso vacío. En el instante de la escritura, se pierde el individuo y surge el sujeto como una posición dentro del discurso. Esta operación permitiría liberar al texto de un significado teleológico, liberarlo de un supuesto “secreto” que estaría escondido en su interior. Rehusar esta asignación de un sentido único y cerrado implica, para Barthes, rehusar la noción de autoridad, ya sea bajo el nombre de Dios, la ciencia, la Ley, etcétera. En otras palabras, liberar al texto del peso del autor, es liberarlo del peso de la Ley.

Por su parte, Foucault (1977) alude a la idea de la muerte del autor, pero su interés está orientado a analizar la noción de autoría como una función del discurso. Para Foucault, la función-autor permite ubicar al texto en determinados parámetros que le impone la sociedad, haciéndolo domesticable, fijando su manera de existencia, operación y circulación. Autoría aquí significa una clasificación, una puesta en orden.

Siguiendo el razonamiento de Barthes y Foucault, es pertinente afirmar que la autoría se constituye como una especie de ficción necesaria que acude en ayuda de la creación de un sentido posible para el texto. Barthes, llevando al extremo su idea de la muerte del autor, afirma que el texto está conformado por un plural de sentido cuyo punto de recolección no sería la voz del origen —el autor que es aniquilado por su concepto de escritura— sino por el lector, que le confiere su unidad final, constituyéndose en su síntoma. Cabría preguntar aquí si Barthes no estaría sustituyendo la autoridad del autor por la tiranía del lector. Parece difícil para él deshacerse de la idea de autoridad final, precisamente por la necesidad del final para la búsqueda del sentido. Lo que escucha Blas Cubas en su delirio: “Descíframe o te devoro” (Machado: 1968, 12) parece retumbar en la mente del lector, como si hubiera algo de monstruoso escondiéndose en cada texto. ¿Y si el tirano escondido es el texto mismo? Tiranía de la necesidad de un final que, como dice Barbara Herrnstein (1968), confiere estabilidad, resolución y equilibrio al texto. ¿Hasta que punto es necesaria la idea del final para constituir el sentido de una narración?

Es interesante observar lo que dice Žižek (1992) sobre la relación autor-lector en El sublime objeto de la ideología. El ensayista hace referencia a la idea de transferencia objetiva, recordando la función del coro en la tragedia griega. Este tipo de transferencia es necesaria en cuanto otra entidad asume por mí (espectador-lector) lo que yo debería experimentar. El autor resurge como ficción necesaria para canalizar el pathos que resulta de la operación comunicativa, dando una vuelta de tuerca a este circuito. A mi entender, esta necesidad de la autoría es patente en las novelas que nos ocupan. ¿Muerte del autor o resurrección de su función?

Blas Cubas y Andrés de Casas Sosa, en cuanto autores implícitos de sus memorias, se configuran como sujetos a partir de los relatos que elaboran. No es casual la elección de la primera persona como sujeto enunciador de ambos textos. Es sabido que la primera persona permite una aproximación más intima y fidedigna (o crea tal ilusión) del lector a los hechos narrados. Además, las marcas deícticas del relato de memoria (“yo estuve ahí”) crean una confluencia de sujeto, espacio y tiempo que refuerza la verosimilitud de lo que se cuenta. Dice Blas Cubas, apelando a su posición de difunto como clave de verosimilitud:

 

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