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Los personajes de La palabra del mudo conforman un mundo complejo, cuya realidad en rápida transformación no puede ser comprendida y solo queda la desesperanza, la marginalidad y el fracaso; el escritor le restituye la voz al mudo para así contar lo que la gente calla o no quiere decir.

 

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Ribeyro, mujeres y desamor (*)

por: Sara Beatriz Guardia

 

Lo más característico de los relatos de Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) es la visión escéptica del mundo y la fragilidad de las ilusiones, perdidas o inalcanzables, a pesar de su pequeñez. Se sueña con tener una aventura, con poner una verdulería, cambiar de terno, en “acceder siquiera una vez a un orden superior” (Pérez 1999: 49). Personajes que siempre desean escapar del lugar en el que están, dirigirse a otro desconocido y probablemente equivocado. Seres que miran la vida a través de un prisma particular y que conviven con una suerte de soledad en la que incertidumbre y ficción se confunden, logrando un ambiente de difusos cuadros semejantes a la ciudad gris, plena de gestos inútiles y de miedo a los días vacíos. No hay personajes femeninos logrados ni historia de amor posible. Como dice Luder (1984), su alter ego: “El verdadero amor, en la medida en que excluya toda reciprocidad y toda recompensa, solo se da en la vía consanguínea. Todo el resto es desvarío, ilusión o accidente”.

Escritor de fragmentos, como él mismo se definía, su obra está signada por textos y secuencias breves, de estilo sobrio. No pretenden una crítica social ni tienen intención política; sólo desnudar la inflexibilidad del sistema social, los desniveles económicos, el racismo, describir cómo veía y sentía Lima. Textos breves en los que confluyen reflexiones filosóficas, prosa poética (Ribeyro 1975 y 1989) y relatos con un marcado “interés por vidas resignadas a su falta de grandeza, cuya peripecia puede ser contada en pocas palabras pero desde un ángulo que connota su secreto horror, su íntima y desgarradora tristeza. Humildes personajes, pequeños actos, grandes ilusiones: ese juego de elemento, típico en Ribeyro, conduce casi invariablemente a la derrota y a la convicción de que no importa cuál sea nuestra ambición —el amor, la aventura, el poder, el dinero, la figuración social—, siempre estamos solos e indefensos, asumiendo papeles cuya letra olvidamos en el momento preciso” (Oviedo 1996: 82).

Es probable que la procedencia de una antigua familia limeña venida a menos, y la muerte de su padre cuando tenía 15 años, tuvieran una importante significación en su formación y visión del mundo. Semejante al niño del cuento “Por las azoteas”, Ribeyro sueña con un mundo hecho de retazos, de objetos que no sirven, de trastos olvidados. Y desde el sentimiento de orfandad que le produjo la pérdida de su padre, exclama: “Yo he tenido muchos profesores de literatura. Pero he tenido solamente un maestro. Y este maestro fue mi padre” (Luchting 1988: 352).

En 1948, cuando ya había abandonado los estudios de leyes por la literatura, el general Odría dio un golpe de estado que depuso al presidente Bustamante. El ochenio odriísta se caracterizó por una total ausencia de libertades políticas y una sistemática represión a sus opositores. Inmovilización social y ausencia de producción cultural. En estas circunstancias, en 1952, Ribeyro viajó becado a España para seguir cursos de periodismo. Ocho meses después continuó su travesía por distintas ciudades: París, Amberes, Amsterdam, Londres, Munich. Al margen de un breve regreso al Perú, y más concretamente a la Universidad de Huamanga, Ribeyro permaneció en París más de treinta años hasta su retorno a Lima en 1992, dos años antes de su muerte.

Desde el inicio de su producción literaria, con Los gallinazos sin plumas publicado en Lima en 1955, sus protagonistas de cuentos y novelas son los marginados, los excluidos y abandonados. Personajes sin brillo, postergados por la vida, desalentados y apáticos, condenados al fracaso sin que nadie ni nada pueda impedirlo. Toda la obra de Ribeyro está impregnada de este pesimismo y del escepticismo neorrealista urbano de la Generación del 50; década que representó profundos cambios signados por una liberación económica que produjo una migración masiva del campo a la ciudad y el incremento de zonas marginales, llamadas Pueblos Jóvenes, que se multiplicaron en los arenales que circundan Lima. Para Wáshington Delgado, la Generación del 50 “trataba de reflejar la nueva realidad peruana mediante agudas incisiones psicológicas o por el uso de novedosísimas técnicas literarias como el monólogo interior, los diálogos superpuestos, los avances y retrocesos en el tiempo y la variedad de puntos de vista en la narración” (Delgado 1996: 115).

Su extensa obra cuentística está recopilada en cuatro volúmenes titulada La palabra del mudo (1973-1977), la más importante, “sobre todo sus tres primeros tomos teniendo como cima creadora el tercero, con cuentos que brillan entre los mejores de Hispanoamérica: ‘Silvio en El Rosedal', ‘La juventud en la otra ribera', ‘Tristes querellas en la vieja quinta', etc.” (González Vigil 1992); Prosas apátridas (1975); La caza sutil (1976), colección de veintiún artículos publicados en el periódico El Comercio; Dichos de Luder (1989); un diario titulado La tentación del fracaso (1992). Dos piezas de teatro: Santiago el pajarero (1958) y Atusparia (1981). Completan su obra tres novelas que funcionan como un macrocosmos de la realidad peruana de entonces: Crónica de San Gabriel (1960), Los geniecillos dominicales (1965) y Cambio de guardia (1976).

Los personajes de La palabra del mudo conforman un mundo complejo, cuya realidad en rápida transformación no puede ser comprendida y solo queda la desesperanza, la marginalidad y el fracaso. Es entonces que el escritor le restituye la voz al mudo para así contar lo que la gente calla o no quiere decir. Gente común y corriente que tiene nombres comunes y corrientes que Ribeyro utiliza para aludir a sus rasgos esenciales. Plácido Huamán, nos sugiere un pacífico profesor limeño en “La juventud en la otra ribera”; “Silvio en El Rosedal” indica las iniciales SER que el personaje encuentra en el rosedal de la hacienda. “Nombres no tan evidentes pero con bastante poder de sugerencia en cuanto a la idiosincrasia de sus dueños son también‘Memo García' para el mediocre solterón y ‘Doña Francisca viuda de Morales' para la solitaria y obesa anciana. ‘Diego Santos de Molina' para el aristocrático hispanista” (Cabrejos 1981: 79).

Como la mayoría de los escritores de su generación, describe Lima, la otrora Ciudad de los Reyes, convertida en una ciudad desordenada y caótica. “Limeños a los que se les ha desmoronado la ciudad, algunos de ellos habitantes de ‘barrios sin historia'. Individuos solitarios que no se identifican con su oficio, observadores más que minuciosos, que no aceptan y disfrazan sus propios sentimientos. Hombres —pocas veces construye personajes femeninos— que se ven a sí mismos como individuos víctimas del mundo exterior. Generalmente antihéroes” (Carrillo 1999).

“Entre mis personajes no hay triunfadores”, dice en una entrevista Ribeyro. Frase que podría sintetizar su pesimismo y desaliento. Sin embargo, a propósito de la novela de Flaubert La educación sentimental (1868), calificada por Georg Lukács como la “novela psicológica de la desilusión”, Ribeyro dice de Flaubert lo que también podría servir para él mismo: “este descreído que invocaba a Dios en su correspondencia, fue, en realidad, un cúmulo de contradicciones. La última de todas es que en su obra que podría definirse como una teoría del desengaño, pueda deducirse una filosofía de la ilusión” (Ribeyro 1976: 31). Igualmente, Ribeyro, como él mismo lo señala, no era pesimista: “Yo no me considero realmente un pesimista —dice—, sino como un escéptico optimista. Lo que puede parecer contradictorio. Esta especie, más numerosa de lo que se cree, conserva cierta esperanza secreta de que las cosas tal vez se arreglen” (Ribeyro 1976: 1449).

 

• I. Mujeres y desamor

Aunque Ribeyro le otorga al amor la posibilidad de constituirse en fuente de conocimiento, y compara la relación amorosa con un libro donde se aprende sobre uno sí mismo y el mundo, “una puerta que abre perspectivas que jamás había visto uno” (Coaguila 1996: 72), no hay en su narrativa “una sola historia de amor logrado, quizá porque donde empieza la felicidad termina el cuento. En el mejor de los casos, la relación amorosa adopta la consistencia de un sueño (Pérez 1999: 69).

Tampoco encontramos personajes femeninos completos, generosos, amables, lúdicos. Son mujeres crueles con quienes se comparte el infierno. Cuando le reprochan a Luder que no se separe de una amiga que lo atormenta, responde: “No puedo. A fuerza de padecerlo nuestro infierno personal se nos vuelve imprescindible”. Y cuando espera pacientemente que su amiga termine los reproches violentos que le hace por un asunto nimio, señala: “Las mujeres serian mas bellas si se dieran cuenta hasta que punto la maldad las afea”.

En su obra las mujeres tienen un lado negativo, un poco perverso —le dice Jorge Coaguila a Ribeyro en una entrevista—, y para reafirmar sus palabras cita: “Por ejemplo, en Crónica de San Gabriel, el tío Felipe le dice al protagonista Lucho: “No creas en la honestidad de las mujeres. ¿Sabes que no hay mujer honrada sino mal seducida? Todas, óyelo bien, todas son en el fondo igualmente corrompidas” (capítulo I). Otro caso: en el cuento “Al pie del acantilado”, el personaje Samuel le dice al narrador: “Las mujeres, ¿para qué sirven las mujeres? Ellas nos hacen maldecir y nos meten el odio en los ojos” (Coaguila 1996: 60). Un esquivo Ribeyro responde: “Bueno, no lo sé”.

El entrevistador vuelve a la carga: “En la citada novela Crónica de San Gabriel, Leticia juega con los sentimientos de Lucho. En otra novela, en Los geniecillos dominicales, la prostituta Estrella se aprovecha y traiciona al personaje principal: Lugo Tótem. En el drama Santiago el pajarero, Rosaluz deja a su novio, por razones económicas, para comprometerse con el Duque de San Carlos. En el cuento ‘Alienación', Queca rechaza por racismo al zambo Roberto López; en el relato ‘La solución', la esposa es infiel o en ‘La juventud en la otra ribera', Solange se burla del doctor Plácido Huamán, el protagonista. Es decir, la mujer en su obra cumple un rol negativo”, concluye. Con los ejemplos sobre la mesa, Ribeyro termina por admitir: “Negativo, pero ambiguo”, y agrega que no ha sido su intención mostrar una imagen negativa de la mujer ni exaltar sus virtudes, aunque es cierto: “las mujeres han sido un poco como las malas de la película” (Coaguila 1996: 61).

En primer lugar habría que decir que Ribeyro no les otorga voz a las mujeres como lo hace con los hombres privados de las palabras, marginados y condenados a una existencia gris. A ellos les ha restituido la voz, la posibilidad de expresar sus anhelos y angustias, incluso “ se ha ocupado frecuentemente de auscultar el mundo íntimo de los locos, los necios, los tímidos, los niños desvalidos, los enfermos o los viejos al borde de la muerte” (Reisz 1996: 90). En cambio las mujeres no poseen voz propia y la que tienen está sofocada, apagada; son mujeres que no se rebelan contra la sociedad ni sus imposiciones, pues no dejan entrever sus pensamientos más íntimos ni manifiestan sus sentimientos, a la vez que no nos hablan de su actitud hacia otras mujeres. Son el reflejo más fiel de la visión patriarcal y machista, y de estereotipos femeninos que con pocas variantes existen en el discurso hegemónico masculino que organiza los roles públicos y privados, donde las relaciones de género operan con un lenguaje particular que enmascara y esconde pensamientos, sentimientos y deseos.

Estas mujeres siempre ocupan un lugar secundario al lado del hombre. Hombres por demás solitarios “ante el fracaso de sus proyectos, la pérdida de sus ilusiones, la falta de amor, el deterioro corporal o moral, la vejez y la muerte. Solos con sus debilidades, sus cobardías, su miedo de morir y su miedo de vivir en la inalterable grisura de las existencias comunes. Aliviadas una que otra vez por los raros momentos de comunión afectiva con otros solitarios” (Reisz 1996: 91.)

Al describir el inicio del día en Gallinazos sin plumas (1) , Ribeyro nos sitúa en una barriada limeña donde confundidos en la niebla caminan los marginales, muertos en vida, perfiles casi fantasmales. Aquí no existen mujeres, solo algunas “beatas (que) se arrastran penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias” (91) (2). Mundo solitario y violento. Cuando, “En la comisaría” (1955), Ricardo le reprocha a Martín que le haya pegado a su esposa, éste le responde que estaba borracho. Además, agrega, solo le he dado “una patadita en el estómago”:

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NOTAS:

(*) Toda la obra de Ribeyro está impregnada de este pesimismo y del escepticismo neorrealista urbano; que representó profundos cambios signados por una liberación económica que produjo una migración masiva del campo a la ciudad y el incremento de zonas marginales, llamadas pueblos jóvenes.

(1) Publicado con otros siete cuentos en 1955.

(2) Todas las citas de los cuentos de Ribeyro que pertenecen a la antología editada por María Teresa Pérez, publicada en Madrid por Editorial Cátedra en 1999, aparecerán en adelante sólo con el número de página.

 

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