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Si bien los testimonios coloniales no han sido directamente relacionados a la narrativa testimonial de la misma manera que las crónicas, el uso de la palabra testimonio por parte de la academia obliga a considerarlos como tales.

 

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Archivo y testimonio: sobre la literatura de resistencia

por Raúl Rodríguez Freire

 

No es el tipo de lectura en sí del testimonio lo que es válido,
sino la manera en que ésta se ajusta a las necesidades de la lucha

John Beverley (1992: 17-18)

 

• I. Presentación

En el campo de la crítica literaria, y en la academia en general, la inquietud por ordenar y clasificar los discursos producidos a lo largo de la historia parece ser una práctica bastante recurrente e, incluso, casi definitoria para la enseñanza de los saberes institucionales. De ahí que la búsqueda de una “identidad” de “género discursivo” sea una actividad que también ha afectado a la narrativa testimonial, razón por la cual las crónicas, los testimonios y aun las cartas producidas durante la época denominada “Colonia” (e, inclusive, antes de este periodo), han sido definidas por algunos intelectuales como el origen o el precedente de lo que hoy se conoce como narrativa testimonial. Otros, como Leonidas Morales, van más lejos al definir el testimonio como un discurso transhistórico, es decir, de acuerdo a Todorov, no es posible fijarlo en un único momento del tiempo, de manera que el testimonio aparece desde la existencia misma de la lengua.

La pregunta que surge al respecto, y que guiará el desarrollo de este ensayo, es la siguiente: ¿Existe relación alguna entre Naufragios de Núñez Cabeza de Vaca (2001), la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo (1983), el juicio inquisitorial a Don Carlos Ometochtzin (en Lienhard 1992: 15-16), la Historia general de las cosas de Nueva España de Bernardino de Sahún (1981), la Nueva corónica y buen gobierno de Felipe Guamán Poma de Ayala (1980), los Comentarios reales de los Incas del Inca Garcilaso de la Vega (1999), la breve crónica (también llamada Memorial) de Titu Cusi Yupanqui (1973), las respuestas de los habitantes indígenas de Chucuito a las entrevistas que les aplicó, en 1567, Garci Diez de San Miguel, por orden del gobernador del Perú (1) (con el fin de averiguar de qué manera era posible aumentar la contribución fiscal a los gastos reales), las epístolas escritas por los letrados de las elites locales dirigidas al rey o aquellas otras formuladas por los sectores menos aventajados, tales como los municipios, también dirigidas al rey (Lienhard 1992: 31-76), con textos contemporáneos como “Si me permiten hablar...” testimonio de Domitila, una mujer de las minas de Bolivia (1988), Me llamo Rigoberta Menchú, y así me nació la conciencia (1994), Mujeres en la Alborada de Yolanda Colom (2000), Hear my Testimony: María Teresa Tula, Human Rights Activist of El Salvador (1994), Apuntes de una historia de amor que no fue de Jacinta Escudos (1987), entre otros (pos supuesto, ninguna lista es exhaustiva)? Sí y no. Si la clasificación de los discursos —la identidad— es lo que se pretende, estamos, entonces, obligados a incluir todos estos textos bajo la categoría denominada “género referencial”, de manera que la respuesta sería . Pero, cuando más que forzar una clasificación, lo que se pretende es determinar las condiciones de emergencia del discurso testimonial para comprender sus implicancias sociopolíticas, la respuesta es No , pues, pertenecen cada uno a su contexto, ya que sus condiciones de existencia (de posibilidad) son diferentes, como también lo son sus objetivos, de manera que la forzada relación se diluye.

Desde una perspectiva material, lo que pretendo desarrollar, a lo largo de estas páginas, es un análisis del testimonio, considerándolo como un cuerpo discursivo que afecta y es afectado, a su vez, por otros entes (no solo) discursivos. Para ello, me centro en la filosofía spinozista, la cual considera que un cuerpo debe definirse por su potencia y no por su pertenencia a algún género identitario, pues éste no sería más que una noción abstracta y confusa (2). Un cuerpo —señala Spinoza— se define por el conjunto de las relaciones que lo componen, las que determinan qué puede hacer dicho cuerpo. En otras palabras, ¿cuál es su potencia? En este sentido, el filósofo holandés, a modo de ejemplo, advierte que si bien el caballo de carreras y el caballo de trabajo pertenecen a la misma especie sus potencias, sin embargo, son diferentes ya que el primero estaría más cerca de un galgo y el segundo de un buey. Siguiendo esta línea, pero yendo más allá de la filosofía para instaurarnos en el campo de la literatura (aunque no exclusivamente), la pretendida genealogía de lo que hoy se denomina “narrativa testimonial” no debería buscarse en los discursos producidos durante la Colonia, simplemente porque ésta NO existe.

Por el contrario, dicha narrativa emerge recién durante los años sesenta en América Latina como una especie de discurso de resistencia de los grupos subalternos, dirigido hacia una opinión pública internacional con el fin de denunciar aspectos o acciones que los sectores dominantes ocultan. Es, por ejemplo, el caso del testimonio de Hernán Valdés (Tejas Verdes 1996), en Chile, o el mismo testimonio de Rigoberta, ambos publicados fuera de sus países de origen, España y Cuba respectivamente, y cuyos objetivos eran develar las atrocidades que se cometían durante las dictaduras en los países en que se encontraban. De esta manera, no solo el contexto sino también los objetivos hacen de la narrativa testimonial un discurso radicalmente alejado de los textos coloniales señalados más arriba, donde los “sin voz” comienzan a tomar la palabra para convertirla en escritura. Ya no se trata, como diría Martin Lienhard, de un secuestro del discurso indígena; por el contrario, ahora la voz se hace cuerpo y se materializa generalmente mediante una articulación con “intelectuales” comprometidos en los mismos objetivos de develamiento. Pero uno de los aspectos más importantes de la narrativa testimonial se encuentra en el hecho de que las mujeres indígenas, doblemente subalternizadas por su condición (indígena y mujer), emergen como parte importante en la toma de la palabra (3), pues rompe las constricciones del habla al emanar de los límites de la supervivencia dictatorial.

En cuanto a la estructura del ensayo, partiré describiendo los argumentos que favorecen la crónica como antecesora de la narrativa testimonial, para luego dar paso a la emergencia de los testimonios y epístolas coloniales, también ubicados en la misma línea. La tercera parte discutirá estas estrategias disciplinarias, acentuando la discusión contemporánea sobre la narrativa testimonial, marcando, finalmente, mi posición frente a este debate.

 

• II. La crónica o el archivo de las elites

Para los estudiosos de la literatura colonial, las crónicas representan una especie de material, una fuente de primera mano para la indagación sobre los acontecimientos que, durante esa época, tuvieron lugar. Comenzando por los viajes hasta los asentamientos, pasando por las exploraciones y los enfrentamientos entre hispanos e indígenas, las crónicas, que de estos sucesos dan cuenta, representarían una fuente voluntaria capaz de constituir —al decir de Julio Aróstegui (1995: 345)— “la memoria oficial de las sociedades”. En este sentido, la crónica sería “el reflejo del “imaginario” que los componentes de un grupo construyen, de su mentalidad e ideología,” que refleja “el conflicto interno de toda sociedad”. Pero la perspectiva imperante en dichos textos no es la de todos los sectores en conflicto, sino más bien la de un sector: el dominante, ya que no cualquier persona estaba en condiciones de redactar una crónica (y menos epístolas). En un comienzo, quienes las escribieron eran principalmente hombres de la fe o de la milicia, es decir, conquistadores espirituales y territoriales, poseedores de un saber (la letra) que muy pocos manejaban durante la conquista. Por tanto, la pluralidad de miradas sobre un acontecimiento, aquí como en cualquier otro discurso, se ve restringida hacia la producción de una determinada “historia” por parte de los intereses eclesiásticos, militares o, simplemente, por sus miembros individuales. Por otra parte, durante la Colonia , las elites locales también asirán la letra en favor de sus intereses particulares redactando, tanto en su lengua nativa como foránea, de la misma manera que los criollos o los hispanos.

En términos de retórica, Roberto González Echeverría (1984) ha señalado que en la crónica se pueden distinguir dos modelos: uno de corte renacentista, marcado por un diseño providencialista y de estilo pulido, y otro de corte forense, caracterizado tanto por una distancia de las reglas del decoro, como por un acercamiento a un relato más subjetivo que vehiculiza una visión netamente personal de los acontecimientos que se narran. En él se ubicarían las crónicas que, por ejemplo, llevan por título relación, carta o memorial, lo cual da cuenta de un modelo más variado que el anterior. En cuanto a los narradores, no todos profesaban el otrora oficio de escribidor, ni todos presenciaron los hechos que describen (algunos ni siquiera viajaron a las “Indias”), ya que los “informantes” proporcionaban un buen capital experiencial del que los narradores podían echar mano (o secuestrar).

En cuanto a la crónica, como antecesora de narrativa testimonial, me interesa aquí cuenta de la ambigüedad en la que ésta se ve envuelta, producto de una mirada retrospectiva sujeta a una voluntad de fomentar determinadas lecturas desde nuestra contemporaneidad. Es decir, se trataría de un afán por crear puntos de encuentro con los orígenes de la escritura etnográfica, como también con la tradición literaria denominada heterológica, preocupada de vehiculizar la voz del otro en forma de documento (Picornell 2003). Mercé Picornell Belenguer lo señala de la siguiente manera:

La doble tradició etnográfica y literaria de la qual les cróniques han estat tractades com a precedent no pot menystenir la intencionalitat que subjeu a aquest relats de conquesta, uns relats que no són únicament descriptius, sinó fruti d'una voluntat d'informar, com en el cas de Colom, als qui l'han subvencionat, sobre els recursos mercantils de les zones que “descobreix”, i de deixar constrància escritas de les terres conquerides... Un dels llocs comuns del tractament de les cròniques en relació amb els testimonios és precisament aquest carácter “inaugural” en la representaciò del “nou mòn” (2003: 123).

Al respecto, Mercedes Serna señala que las “crónicas de Indias” recurren a modelos textuales clásicos para describir el “descubrimiento”, de la misma manera que se hacía en la tradición medieval con los clásicos paganos que pretendían recordar y transmitir. En las crónicas, por tanto, no habría una separación de la visión dominante de la historia vista como el desarrollo de un proyecto divino imperante incluso después del medioevo (4).

De ahí que para Picornell Belenguer quienes se empeñan en defender la crónica como origen de la narrativa testimonial (la búsqueda de una identidad) se apoyan en modalidades discursivas tales como a) una voluntad documental, b) una forma vivaz de presentar la información y c) la pretensión de originalidad estética en la representación del “nuevo mundo” (Picornell, 2003:124). Carmen Ochando es una de las personas ubicadas en esta línea, para quien las crónicas “rompen los moldes acartonados de la historiografía tradicional e inauguran una nueva manera de narrar la Historia ”. Para ella, los “... protagonistas de la Conquista fundaron, con las crónicas, los cimientos de la literatura del Nuevo Continente. Colón, Alonzo de Ercilla, Bartolomé de las Casas, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Pizarro, Cortés, Bernal Díaz del Castillo, y otros, inician, sin intención literaria explícita, los mitos de la literatura latinoamericana, sus ambiciones, su paisaje, sus gustos y sus disgustos... El paisaje, la naturaleza y los propios hombres que encuentran a su paso por las tierras americanas, desbordan las esperanzas de los conquistadores quienes, en su afán de incorporarse en la Historia... deslizarán su asombro en una escritura testimonial y vivificadora, cuyas bases se anclaban en la literatura y pensamiento europeo de la época” (citado en Picornell 2003: 125).

Frente a la posición de Ochando, Picornell Belenguer insiste en que no le es posible imaginar tipos de historiografía tradicional que no estén basados en crónicas. Por el contrario, “crec, més aviant, que volv manifestar la diferència d'una escriptura de la història mès litèraria que la que es deselvoluparia posteriorment, i que, fonamentaria, de fet, la disciplina. D'altra banda, si realment creim que les cròniques inauguren una forma d'explicar la història no podrem deixar [Ochando] de tener en compte que aquest inici està vinculat a l'expansió colonial, així como a la representació de una realitat “alteritzada” que la justifica: la del pobles indígenes que habiten els espais “conquerits” (Picornell 2003: 125).

El asombro volcado en una “escritura testimonial y vivificadora”, del que habla Ochando, está marcado no solo por un “afán de incorporarse en la Historia” (lo cual también es cuestionable); en gran medida, también lo está por una voluntad de poder que arrastra en sus hombros destrucción y muerte, todo lo que, por el contrario, lleva a Rigoberta Menchú a lanzarse en el proyecto de un libro que, desde su aparición en 1983, la transformó en uno de los iconos de la resistencia subalterna. En este sentido, la crónica como cuerpo discursivo se distancia radicalmente de la narrativa testimonial, debido fundamentalmente a que esta está inmersa en una empresa de denuncia, una empresa preocupada de mostrar las atrocidades que están experimentado los sectores marginados, donde la tortura y el genocidio, más que las ambiciones personales, devienen como una constante de la vida cotidiana, forzando a algunos sobrevivientes a transformarse en historiadores combativos, cuyos testimonio son, en palabras de Primo Levi, “un acto de guerra contra el fascismo” (2002: 19). Una equiparación similar a la de Ochando se desprende del argumento de Leonidas Morales, ya que cuando éste habla del testimonio como un discurso “transhistórico”, lo que hace es colocar los discursos emergidos desde la subalternidad en el mismo plano que los discursos emanados por “una voz degradada, pervertida, o incluso [de] la voz del poder hegemónico mismo, encubierta o cínicamente expuesta” (1999: 171). Solo una perspectiva elitista pretendería equiparar una narrativa hegemónica con una subalterna. He aquí el problema de la mirada clínica instaurada por el crítico literario, que intenta una operación casi quirúrgica para lograr integrar en un mismo plano (cuerpo) discursos que apuntan a cartografías socio-políticas disímiles, si es que no antagónicas.

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(1) Cfr. Lienhard 1992:17-21. Puede verificarse, para mayor información, Garci Diez de San Miguel. Visita hecha a la provincia de Chuchito en 1567. Edición de Waldemar Espinoza Soriano. Lima: Casa de la Cultura del Perú, 1964.

(2) Al respecto ver Spinoza (2000), especialmente el libro tercero. El texto original se encuentra en línea. Para una introducción a su pensamiento, me ha sido muy útil el trabajo de Gilles Deleuze. Cfr. Deleuze (1996) y el curso en Vincennes dictado el 24/01/1978 (en línea).

(3) Ver Franco 1988: 88-94.

(4) Puede consultarse, asimismo, Invernizzi 2005.

 

1 - 2 - BIBLIOGRAFIA

 

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