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Partimos de la premisa de que tanto Crónica de una muerte anunciada como Cien años de soledad, a pesar de los años que las distancian, tienen una marca de su autor textual que se deja ver en el proceso de construcción de la historia que se cuenta.

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Historia y memoria en Crónica de una muerte anunciada y Cien años de soledad

por Gloria Macedo

 

Aunque son muchos los estudios dedicados a la narrativa de Gabriel García Márquez, una obra como la suya no se agota. Por eso tomamos Crónica de una muerte anunciada (1981) para analizar el proceso de construcción de la historia y la participación de la memoria individual (narrador) y la colectiva (pueblo) en el transcurso de búsqueda de la verdad.

La novela expone los elementos de su construcción a partir de la búsqueda de recreación de la historia y de un acontecimiento en particular: el asesinato de Santiago Nasar. El narrador testigo de la historia vuelve al pueblo de su infancia para verificar los datos del pasado y también se vale de un documento incompleto, el sumario, que lo ayudará a saber la verdad de lo que sucedió.

Tomamos a Cien años de soledad (1967), del mismo autor, como punto de referencia, pues también en esta novela están presentes algunos de los temas mencionados arriba, aunque tratados de otra manera, ya que ambos libros tienen diferentes pretensiones. Sin embargo, ambos coinciden en que refieren la historia de un pueblo (que para algunos es Colombia y por extensión América Latina) y además exponen una documentación (manuscritos o sumario) que remite a su proceso de creación y también al de la propia historia.

Partimos de la premisa de que tanto Crónica de una muerte anunciada como Cien años de soledad, a pesar de los años que las distancian, tienen una marca de su autor textual que se deja ver en el proceso de construcción de la historia que se cuenta.

1. La reconstrucción de la historia

1.1. El proceso narrativo: historia y discurso
En Crónica de una muerte anunciada (1) la historia se enuncia en presente y se actualizan los hechos del pasado. Lo interesante en esta novela no es solo la historia que cuenta, sino la manera cómo se hace. Atendiendo al contenido, la novela desarrolla dos historias:
  1. La del narrador contando cómo sucede la muerte de Santiago Nasar.
  2. La del narrador contando cómo recopiló la información, sobre la muerte de Santiago, varios años después.

La primera es la historia del asesinato de Nasar y su muerte pública por la honra de Ángela Vicario a cargo de los hermanos gemelos de esta.

La segunda, explica que el título de la novela sea propiamente una crónica, que cuenta la reconstrucción de una historia basada en un hecho real (para la novela). El personaje central (no decimos protagonista) es el narrador, amigo de la víctima, quien va en busca de la verdad, para lo cual recurre al sumario y a las versiones de varios de los pobladores.

Esta diferenciación de las historias nos permitirá analizar, más adelante, la pertinencia de la crónica como medio de elaboración del relato.

1.2. El narrador

Tanto Cien años como Crónica empiezan in media res y el narrador ya conoce el final en cada una de ellas. En el primer caso se trata de un narrador omnisciente; en el segundo, en cambio, es un narrador que al mismo tiempo es personaje y testigo de los hechos.

El narrador de Cien años de soledad es –y esto tiene que ver la propuesta narrativa– más ambicioso, en comparación con el de Crónica. Es, como dice Marina Gálvez Acero: “en Cien años de soledad el autor ha narrado, desde diferentes perspectivas, los distintos niveles de la realidad objetiva (la individual, la familiar y la colectiva de los Buendía y los macondinos) y los distintos niveles de la realidad subjetiva (los mítico-legendarios, los milagrosos, los fantásticos y mágicos)” (150). En cambio, Crónica se restringe a un campo más pequeño, aunque también funciona en el simbólico, sobre todo si lo relacionamos con la religión cristiana. Cabe mencionar el empleo de nombres de personajes bíblicos como el propio Santiago, Pedro y Pablo Vicario, Poncio Vicario, Cristo Bedoya. Y, también, la referencia a lo cristiano como Ángela, Divina Flora, la hacienda El Divino Rostro y la presencia del obispo.

Otra característica que diferencia las dos novelas en cuestión es que el narrador de Cien años, a pesar de que pueda estar contándonos sucesos increíbles, no cuestiona ningún hecho ni actitud de sus personajes. Esto permite que el lector pueda libremente determinar el mundo posible de la novela cuya verosimilitud es coherente. En todo caso, ser creíble, para el narrador, no resulta un problema.

Lo contrario sucede con el narrador de Crónica, ya que, a pesar de que se esfuerza en ser confiable –para lo cual recurre a documentos y a testimonios de los pobladores de Riohacha–, finalmente su propia versión resulta muy cuestionable. Incluso llega a crear suspicacias. Para René Campos “Al analizar su versión [del narrador] de los hechos, emergen ciertas fisuras o espacios de ambigüedad que instantáneamente lo convierten en un productor de texto no confiable y equívoco, es decir, sospechoso” (223). Así, la posición ambigua del narrador hace que dudemos de él y también de todo el pueblo presente en “el castigo de Santiago”. A propósito de esto, Armando Silva dice que “Crónica sería pues la historia de una perversión colectiva que compromete a su mismo narrador” (22).

El narrador sugiere con su posición indefinida que Santiago era víctima y no victimario. Y, sobre todo, abre el camino de la sospecha sobre el culpable del asesinato, y las dudas recaerán, también, en él mismo.

1.3. La crónica

La novela es la crónica de una muerte que se anuncia desde el título y en el relato mismo, desde el comienzo, reiterativamente, hasta el final. Antes de que empiece con el título ya se sabe lo que se va a contar. A diferencia de las novelas de folletín del siglo XIX, por ejemplo, donde se esperaba la publicación próxima para conocer las aventuras de los héroes, esta novela nos adelanta el final. Al término del primer capítulo ya sabemos que Santiago fue muerto.

Por su parte, el instructor del sumario, ni bien acontece el asesinato, recoge la información del momento. El narrador, muchos años después, recurre al sumario, pero también a la memoria, al recuerdo de Ángela, Plácida Linero y los vecinos, e investiga sobre cómo ven el pasado y los hechos que ocurrieron el día de la llegada del obispo.

El punto de vista, a diferencia de Cien años donde el narrador es omnisciente, es el de un personaje testigo, es decir, es un discurso de verdad parcial. Por ejemplo, este narrador filtra la duda de la versión de Ángela Vicario de que Santiago fuera “su autor” como ella lo llama, porque alude que Santiago nunca le hizo una referencia sobre el asunto ni a él ni a su grupo de amigos.

1.3.1. El título

Como título, Cien años de soledad remite más a un aspecto temático (2); en cambio Crónica se refiere al proceso de elaboración de la narración. En el caso de esta última Hugo Méndez llama la atención sobre el título: “[GM] lo ha llamado crónica y no novela para prestarles realidad histórica a los sucesos que narra” (p. 936). Sin embargo, las dos coinciden en guardar relación con el “archivo”.

Razón tiene González Echevarría al decir que la literatura latinoamericana asume la forma de documento: “La característica más persistente de los libros que han recibido el nombre de novelas en la era moderna es que siempre han pretendido no ser literatura” (p. 30). En el caso de Crónica, se trata de una crónica fallida, si atendemos al hecho de que no se señala al culpable verdadero, y funciona como un acto lúdico del narrador cuya intención sólo ha sido recrearse con la escritura, porque además hay que tomar en cuenta que una crónica se escribe, no sólo se narra. Y en ese sentido, si el narrador no tiene propósitos periodísticos, ni policiales, al menos sí los tiene literarios.

La redacción primera del sumario fue hecha por el instructor, de quien se dice tenía un gusto especial por la literatura: “El nombre del juez no apareció en ninguno [de los pliegos que debió tener el sumario], pero es evidente que era un hombre abrasado por la fiebre de la literatura. Sin duda, había leído a los clásicos españoles, y algunos latinos, y conocía muy bien a Nietzsche, que era el autor de moda entre los magistrados de su tiempo” y, luego, la novela fue acondicionada según las intenciones del narrador cronista. Es decir, la versión que contiene la “crónica”, como producto final ha sido dos veces “novelada”.

1.4. El testimonio

Atendiendo a la interpretación que sugiere el mismo libro, de que los autores del crimen hayan sido “todos” los que sabían sobre las intenciones de los Vicario, el testimonio de los pobladores de Riohacha es clave en la reconstrucción de la  historia para que el narrador pueda armar su crónica.

Casi siempre el testimonio es recogido y copiado con las mismas palabras que supuestamente usaron los testimoniantes. Pero, ¿por qué hemos de creerle a este narrador? ¿Cómo sabemos que en realidad dice todo lo que sabe o le contaron? Hay que tomar en cuenta que conocemos las voces de los personajes sólo a través de la voz de este narrador y no de uno que se encuentra fuera del espacio donde se realizan las acciones.

Además, por el simple hecho de no descubrir nada diferente de lo que dice el sumario, ya no es muy confiable. Ciñéndonos, estrictamente, a la información que nos proporciona, tal vez, nos hubiera bastado con el sumario. En este punto se vuelven obvias sus pretensiones meramente literarias de recreación de la historia.

Como parte de la narración, el testimonio tiene la función de crear expectativa al contrastar las versiones de los personajes. Para Richard Predmore, “Por toda la novela abundan testimonios encontrados, que crean un ambiente de incertidumbre propicio a mantener en vilo la atención del lector a pesar de la conocida puntualidad del crimen mismo” (p. 704).
El testimonio, que por definición tiene pretensiones de verdad y debe conducir a ella, es utilizado como artificio retórico, es decir, como técnica narrativa, mas no como instrumento de verificación, porque es empleado según las intenciones del narrador cronista.

1.5. La mujer

Algunos críticos han señalado que el papel de la mujer en Cien años se restringe al rol sexual que tradicionalmente le ha dado la sociedad. Ileana Rodríguez señala que en García Márquez “mientras los hombres hacen la historia, las mujeres se ocupan de su condición sexual” (p. 87).

En el caso de Crónica,según la orientación ideológica la víctima es claramente Santiago Nasar y para muchos de los testigos de la novela este papel va a ser asumido también por Bayardo San Román y no por Ángela Vicario. En general, las acciones que realizan las mujeres generan desconfianza. Los sueños de Santiago van a ser malinterpretados por su madre Plácida Linero, quien más adelante, en el momento decisivo, le va a cerrar la puerta creyendo que él ya se encontraba dentro de la casa. Además, cabe la posibilidad de que Ángela haya culpado a Santiago siendo él inocente y que, tal vez, pudo haber callado o retrasado su confesión, evitando su muerte. Victoria Guzmán y su hija Divina Flor tampoco dan aviso sobre las intenciones de los Vicario porque, como confiesa muchos años después esta última, en el fondo su madre quería que lo mataran, tal vez con la intención de preservar el honor de su hija, pues Santiago era un potencial agresor en ese sentido.

Como vemos, la mujer, discursivamente, cumple el papel de permitir la continuidad de la historia y su fatalidad. Paradójicamente realiza esta función con su no-actuación, es decir al no inmiscuirse en la cadena de acciones.

1.6.  El destino

Tanto en Cien años como en Crónica hay una idea de destino inevitable (3). En la primera novela sabemos que el término de la estirpe de los Buendía y la destrucción de Macondo ya están escritos y solo esperan actualizarse en la historia para desaparecer.

En Cien años,los personajes cumplen un destino que los aventaja por un siglo: “Nadie debe conocer su sentido mientras no hayan cumplido cien años”, dice Melquíades (p.183). Es como una presentación parodiada del destino. Por ejemplo el de Aureliano José va a estar determinado por la lectura que se hace de las barajas, el decir el destino, y no propiamente la posición de dichas cartas:

Carmelita Montiel, una virgen de veinte años, acababa de bañarse con agua de azahares y estaba regando hojas de romero en la cama de Pilar Ternera, cuando sonó el disparo. Aureliano José estaba destinado a conocer con ella la felicidad que le negó Amaranta, a tener siete hijos y a morirse de viejo en sus brazos, pero la bala del fusil que le entró por la espalda y le despedazó el pecho, estaba dirigida por una mala interpretación de las barajas. El capitán Aquiles Ricardo, que era en realidad quien estaba destinado a morir esa noche, murió en efecto cuatro horas antes que Aureliano José (p. 153).

El final de la vida de este Buendía lo determina la palabra que evoca el destino, el cual está basado en la repetición, como cuando Aureliano recuerda un sueño dentro de otro sueño, o como cuando Úrsula, anciana, tiene la impresión de ya haber vivido lo que está ocurriendo en ese momento.

En el caso de Crónica habría que recordar que los hermanos Vicario le avisaban a todos sobre su propósito porque pensaban que alguien les podía impedir que maten a Santiago. Sin embargo, al no darse esta situación no les queda más que cumplir con la misión de “devolver el honor a su hermana”, aunque lo contradictorio es que su deshonra se hace pública con el asesinato de Nasar, y de ser cierta, ni siquiera queda en secreto.

Al ser devuelta por Bayardo ya se produjo la deshonra, pero se termina de completar al suponer que hay un culpable y que vive sin castigo. Con esa información se cierra el círculo porque, como se comenta en la novela, había la posibilidad de que la virginidad de Ángela habría sido causada por algún accidente, sin embargo, esta hipótesis ya no tiene validez.
De otro lado, todas las acciones que realizó Nasar el día de su muerte estuvieron condicionadas por la llegada del obispo. Su itinerario cambió y después de sortear de una casualidad en otra no puede evitar cruzarse con los Vicario en la puerta de su casa.

Al leer la novela se tiene la sensación de un cumplimiento necesario de lo que debe ser, sea esto justo o no.

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(1) En adelante sólo Crónica. Del mismo modo llamaremos a Cien años de soledad sólo Cien años.

(2) Para Carmen Arnau el título funciona como una condena. El mundo mítico de Gabriel García Márquez (1971:71).

(3) Hay comentarios que opinan lo contrario: “Respecto de los manuscritos, Farías resalta el hecho de que estos son elaborados después de que Macondo ya había alcanzado un nivel definido como sociedad patriarcal, lo que descarta la posibilidad de que García Márquez tenga una concepción de la historia como destino. Esto significa que los manuscritos son solo ordenación del desarrollo de Macondo una vez puestos sus fundamentos de sociedad opresora y jerárquica, en ese sentido las predicciones contenidas en ellos son solo el desarrollo de las posibilidades negativas de base que conllevaba la estirpe de los Buendía”. Jesús Díaz Caballero, “Los manuscritos de Melquíades: una interpretación hegeliano marxista de Cien años de soledad” (1987, p. 203).

 

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