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Resurrección de los muertos será sólo el primer reencuentro con la obra de Churata, que resucita hoy por una compensación del olvido en que estuvo sumergido

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Apreciaciones en torno a Resurrección de los muertos,de Gamaliel Churata

por Aldo Medinaceli

 

¿Se podrían fronterizar las radiaciones del Baghavad Ghita a la sola India,
 del Cantar de los Cantares a los hebreos o reducir las cosmogonías
 del Popol Vuh o del Manuscrito de Huarochirí a su íntimo espacio de creación?
Coincidamos en que todas estas expresiones son tan universales
como gajos culturales y a esa laga sumemos a El Pez de Oro,
que con el parcial subtítulo de obra andinista o —más aún— indigenista,
no ocupa hoy el sitial que le está reservado en las creaciones humanas.
Esto a los 37 años de la muerte de su autor, Gamaliel Churata,
y a la próxima aparición de Resurrección de los muertos.

 

I. Apuntes biográficos

Con el signo de los iluminados, más de una tierra se disputa la cuna de Gamaliel Churata. Se sabe que las sierras puneñas fraguaron aquella alma de arena, pero lo más verosímil es que haya nacido, por azar, en la ciudad de Arequipa, el 19 de junio de 1897 y bautizado nueve días después, con el nombre de Arturo Pablo Peralta Miranda. Aquel nombre, que tantas veces abandonaría para firmar sus epifanías como Juan Cajal, El hombre de la Calle, simplemente P., Gonzáles Saavedra y, luego, Gamaliel Churata. En la niñez recibió una arraigada inculcación religiosa, que luego se trasmutaría en misticismo andino: la intensa fe del fabricante de calzados Demetrio Peralta —con una severa crisis católica que derivó en militancia protestante— se irradiaría en las venas del hijo. Además, existió un poderoso faro de guía asumido, inmejorablemente, por el mítico profesor puneño José Antonio Encinas, quien pasaría a la historia como el sembrador de una nueva sensibilidad en el alma de sus discípulos, generando así una camada de artistas y hombres de fe puneños y que acerca de Churata escribía entonces: “Nada de dobleces tiene su espíritu; ninguna encrucijada guarda su conciencia. Sus impulsos, sus tendencias, sus rebeldías, surgen a la superficie espontáneamente. (...) Reinaba en él la más perfecta armonía”. Esta ausencia de hipocresía sería el gesto fundamental de su estilo recto, doloroso y climático —humano en suma— y de su prosa magnética de música y métrica desbordadas.

Arturo Peralta fundó, a sus doce años, junto a Encinas, el periódico El Profeta, publicación escolar de corte regional. Aunque destacaba como alumno brillante y en ocasiones polémico en la escuela de Puno, no culminó la primaria, debido a su naturaleza autodidacta y al fervor que le producía la experiencia directa. Además de estar invirtiendo sus días en manchar páginas y páginas con la densa luz de El pez de oro, libro que comenzara a escribir desde siempre, en su primera niñez. Su hermano, el poeta Alejandro Peralta, escribía en la Biografía polémica acerca de Gamaliel: “¿Qué es del atolondrado? Se transformó en ovillo / no quiere saber nada del colegio y sus libros / Se le ve por los cerros / cumbres y precipicios / habla con los harapos / las chozas y los indios / Sostiene largas pláticas con la tierra y los ríos / le anochece en el hombre y en el grito”. Y de esas vivencias nacería el grupo Bohemia Andina y la revista literaria La Tea, descontinuada en el número decimotercero, por el retiro de su director hacia tierras argentinas primero y luego bolivianas, no sin antes haber demostrado una personalidad controversial, confesando abiertamente que: “a los quince años desafiaba a duelo a un gamonal, a causa de los indios, y a los diecisiete me encarcelaban a causa de haber insultado el gobierno de Benavides”.

En Potosí corren voces de que Gamaliel Churata huyó de Puno por un duelo de honor con tan mal sino que terminó con su oponente muerto —correrías de poblado— o se habla de que estuvo perseguido por las dictaduras militares del Perú. Lo cierto es que Churata —exiliado— arribó a Potosí para generar un movimiento estético y revolucionario, que luego se traduciría en una de las máximas generaciones de escritores que haya producido Bolivia: Gesta Bárbara.

En dicha ciudad altiplánica encontró a quizás su primer colega y camarada, de quien luego dijera al regresar a su patria: “añoré la fraternidad de Carlos Medinaceli, fraternidad hecha de trabajo y de ambición de sabiduría. Él deletreaba entonces el francés, que llegó a dominar; yo husmeaba el latín, y le sigo husmeando. Arcades ambo. ¡Ay! Acaso también hice alguna falta a este niño grande, que era todo cerebración con ausencia de voluntad sólo explicable en su naturaleza sutil”. Probablemente Medinaceli necesitó el apoyo intelectual y humano de aquel compañero de adolescencia, rebelde y genial, en sus largas internaciones aisladas junto a papeles y sus juicios éticos. Juntos fundaron Gesta Bárbara; y bárbaros e ingenuos fueron gestando ese parnaso andino, entre litros de chicha e interminables conversaciones, como un juego que terminaría en decepción para aquellos que lo adoptaron con demasiada seriedad, pero que Arturo Peralta continuaría hasta el último de sus días, predicando que no hacía falta cruzar el océano para hablar del ser humano.

Ya en las publicaciones de Gesta Bárbara, el nombre que figuraba en su certificado de bautizo comenzaba a desvanecerse para dar paso al creador, al verdadero hombre que elige su destino y su ser; sus primeros artículos aparecieron firmados como Juan Cajal, pues era cajista de imprenta y se mimetizaba entre el pueblo como un Juan de todos.

En 1919 retornó al Perú, luego de haber atravesado de paso la urbe bonaerense y entablada relaciones con los intelectuales y activistas de la época, recordando siempre las calles polvorientas de Potosí con ternura. Aquellas intensas noches de bohemia en el cuartel central de la calle Millares 101 de esa urbe desvencijada (todo ello para lamentar luego de que muchos de sus compañeros de gesta no hayan logrado salir de la seducción artificial del alcohol y la tozuda mudez). Ya establecido nuevamente en Puno trabajó como bibliotecario durante casi diez años y continuó con el oficio familiar de la fabricación de calzados. Fundó, asimismo, otra institución filosófica y artística que significó el grupo Orkopata para el continente. De allí se desprendieron los 34 números del Boletín Titikaka, que dieron la vuelta al mundo y comenzaron a resonar esos nuevos ismos originales del Ande: el polémico indigenismo y el, aún hoy, ignoto andinismo, fragmentando innecesariamente en retazos de humanidad la esencia universal de sus postulados.

De su vida personal se sabe que estuvo casado con Brunilda, con quien tuvo dos hijos: Teófano y Quemensa, los cuales morirían trágicamente, sumándose a ellos la muerte temprana de su amada Brunilda. Fue expulsado de su puesto de bibliotecario, su casa fue saqueada y finalmente lo obligaron a exilarse a Bolivia en 1932, como perseguido político para establecerse en la ciudad de La Paz. Allí pasó la mitad de su vida, escribiendo en diarios y apoyando a movimientos sociales —la revolución de 1952 lo encontró con la juventud ida pero con las mismas fuerzas de siempre—. Diez de Medina habla de seis mil artículos desperdigados en la prensa boliviana, cifra nada exagerada tratándose de un creador hiperquinético, que muy bien pudo haber escrito un artículo día por medio durante sus treinta años de estadía casi invisible. Lo más probable es que durante ese tiempo, en sus momentos de soledad nocturna, escribiera la epopeya de 18 volúmenes que permanece inédita y de la cual sólo se conoce el primer germen: El pez de oro.

Gamaliel Churata murió en Lima, el 9 de noviembre de 1969 y más tarde sus restos fueron trasladados a su natal Puno. Su estrella negra lo persiguió hasta la fosa, sus restos fueron profanados y se dice que están esparcidos por toda esa tierra, quizás designio, tal vez detalle. Hoy su nombre continúa siendo una interrogante en las lides académicas y una sordera en las sociedades del continente.

II. La célula de El pez de oro

Nadie ha logrado alcanzar el elogio acertado para El pez de oro, pues no se trata de un libro que se elogie, sino de un alma que se recibe. En sus páginas está el cofre perdido de las ágrafas culturas andinas, extraviadas bajo toneladas de arena y convertidas en vasija de museo: remotas, misteriosas y —por tanto— olvidables. De ahí que no sea exageración que tanto Diez de Medina como Cinthia Vich lo llamen Biblia de los Andes o de la Americanidad, o que José Luis Lescano lo nombre el Corán andino, ya que el legado allí presente sobrepasa a cualquier hombre y se fusiona simplemente con el folclor humano, diluyéndose en las aguas míticas donde nadan las batallas de Aquiles, los molinos del Caballero de la Triste Figura o las escenas mágicas de los Upanishads. En un sentido más literario, José Varallanos llama a Churata el James Joyce sudamericano, mientras que Marcelo Arduz afirma que El pez de oro se trata del Ulises andino (hablando ya de su forma vanguardista y del surrealismo que esconde su prosa imantada). De la misma manera, su empresa significa para las lenguas andinas lo que por la española hizo Miguel de Cervantes. Pero estas comparaciones son sólo vagas ideas de un objeto humano que toca la célula primigenia de la que devenimos todos.

De su publicación se sabe que el primer manuscrito fue destruido por “marejada fascista” en la casa del autor en Puno, treinta años antes de su primera publicación, junto a otros textos nunca repetidos. Y que el libro vería la luz en la ciudad de La Paz en 1957, firmado con un nombre entonces exótico y desconcertante: Gamaliel Churata. Seudónimo que unía dos partes del orbe en un simple movimiento lingüístico: un arcángel católico y un vocablo aymara reunidos en un sólo ser. Tal vocablo expresaba toda una actitud: “El brindado”. Aquel término dado o entregado al mundo como obsequio fraternal, en pos de restaurar alguna escisión de la Historia: la carencia de valores morales plasmados e imágenes míticas en una comunidad con demasiada energía reprimida. En suma, aquellas páginas amarillentas escondían el sentir y la lógica de toda una geografía humana, desamblando sus células hasta la mínima porción en ataques de trascendente esquizofrenia, indagando tras los cristales borrosos que limitan a la desusada razón, intentando construir un armazón imaginario para la estructura esencial del instinto, y concluyendo que las letras son sólo puertas y que en la experiencia real está el verdadero existir: doliéndose. Pues vivir duele y aquel que lo ignora sufre la ceguera de la vida puramente mental, pariendo aire con una sonrisa hecha de droga, desdeñando a la madre que con los dedos apretados da a luz a un ser que cuando despierta llora.

No importa que en sus páginas reivindique —justa y ruidosamente— al pueblo andino en su totalidad, si en su juego ficcional el opresor es tratado con tanta o mayor ternura y comprensión. ¿Acaso los descendientes troyanos leen con absurdo rencor las páginas del rapsoda porque en ellas se lee un sutil guiño a favor de los aqueos? ¿O se reconoce odio macerado hacia el pirata Francis Drake por parte de los Buendía en Cien años de soledad? Si la mucosa dorada que envuelve las frases de El pez de oro no está hecha de resentimientos ni de actitudes personalistas. En su latir se desvanecen todas las líneas entre sujeto y prójimo, su forma y fondo van hacia el núcleo vital donde el tiempo es siempre sincrónico y las deidades no viven en cimas encubiertas tras nubes. Su carácter vanguardista radica en el descenso de los dioses pero no como cadáveres nihilistas sino como revitalizadores de la divinidad humana. En sus tablones se escenifican duelos actuales y resonancias políticas —es cierto— pero no ver más allá de eso es confesión de un espejo negro. La acústica de El pez de oro conversa con el otro lado de los astros, riega las conexiones nerviosas adelgazadas por milenios que están entre piel propia y piel ajena. Sus amarillentas páginas contienen una vertiente que espera ser bebida, hoy más que nunca, por las partes en discusión que en ceguera se ahogan en desiertos de excesivo ego y escasa alma.

Percibir tan sólo el hipo político y el conflicto coyuntural en las páginas de la obra sería quitarle su columna vertebral, desdeñar el verdadero relieve biológico y humano en una obra que tanto es relato, poema, ensayo, diario y todas las etiquetas que se le puedan colocar, imponiendo al final su propia esencia de no ser un género solamente sino una auténtica creación fundacional de arte.

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