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Las frustraciones del sujeto homoerótico del siglo XIX podría leerse en paralelo a la decepción de las elites cultas por la mercantilización de la novela en la década de los años 90, y su esfuerzo por hacer de la literatura, todavía, un artefacto social y cultural necesarios.

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Grecia Cáceres y La espera posible: del a-indigenismo a las políticas culturales de género

por Nelson Ramírez

 

It is a truth universally acknowledged,
that a single man in possession of a good
fortune must be in want of a wife.
Jane Austen

Introducción

Carl Gustav Jung, estudioso de las literaturas de la antigüedad, señalaba hacia 1912 de las dificultades que un individuo enfrenta para estimar el espíritu de su propia época. No obstante, reconocía que, en la sucesión de preguntas revolucionarias que esa última mitad de siglo había dado a luz: “[t]here was the ‘sexual question’”, asunto clave del Zeitgeist de su tiempo que, para el prolífico psiquiatra suizo amante del ocultismo y los fenómenos del espíritu que se distanciara de la escuela freudiana, “[h]a engendrado toda una especie nueva de literatura”, en la que, por supuesto, cuenta y reconoce la deuda con el psicoanálisis de su colega austriaco(1).

No es casual que por esos años, de 1911 a 1921, Gide haga una apología de la homosexualidad en sus ensayos publicados en el volumen Corydon (1924), Mann acompañara al circunspecto Gustav von Aschenbach a Venecia a sucumbir de una pasión de pira griega por el efebo polaco Tadzio, y el primero de los dos tomos de Sodoma y Gomorra (1921-1922), una de las siete partes de En busca del tiempo perdido (1913-1927), de Proust, sea de las primeras novelas en reflexionar proféticamente sobre la diferencia homosexual en la formación futura de las identidades socioculturales. El siglo XX ha llenado bibliotecas con discusiones sobre el tema en distintos campos disciplinarios: sexología, psicología, historia, filosofía, antropología, etc. Freud, Bataille, Kinsey, Masters & Johnson, Foucault y Butler constituyen sólo algunas figuras mayores que lo abordan.

La homosexualidad será tratada en la novela hispanoamericana, para mencionar casos emblemáticos, por José Diez Canseco en Duque (1934), José Lezama Lima en Paradiso (1966), Mario Vargas Llosa en Conversación en La Catedral (1967), José Donoso en El lugar sin límites (1967) y Manuel Puig en El beso de la mujer araña (1976), entre otros. La carga homoerótica en Lezama es adyacente al moldeo obseso del lenguaje y la imagen; la bisexualidad del padre de Zavalita en Vargas Llosa, subtema, arteria que corta una de las avenidas de Lima centrales en la novela: el represivo régimen de la dictadura de Odría. En Donoso, márgenes femeninos y representantes del orden social masculino, incluido el poder político, (des) ordenan sus identidades en el prostíbulo al entrar en contacto con la sexualidad polirmorfa del travesti la Manuela (Manuel González), acompañada por su hija, la Japonesita; en Puig, también, la homosexualidad, esta vez en el esquema brutal de una dictadura, ocupa un lugar protagónico desde la celda que comparten Molina y Valentín.

Su trato, entonces, en la novela del último decenio del siglo XX, que discutiré en La espera posible (1998), de Grecia Cáceres, es de larga data, a no ser por algunos rasgos distintivos de consideración, uno de ellos, la naturaleza del contexto sociocultural, político y económico en que se escribe: de reformas neoliberales y tendencias globales, en el que la “novela gay” en los anaqueles de las megalibrerías devino en todo un subgénero. Naturalmente, esa categoría de análisis no funciona de la misma manera aplicada a una novela de la británica Jeanette Winterson, por ejemplo, o de otros países centrales, que a una pensada en América Latina, como La espera posible.

A pesar de las dificultades simbólicas que afrontó el género, hubo un significativo aumento de producción en el marco neoliberal de la década de 1990, en que nuevos nombres aparecen dinamizando una activa entrega plurigeneracional(2), incluidos poetas, como la propia Cáceres, y otros de larga trayectoria que incursionaron en el género novelesco(3). Asimismo, publican los autores de la llamada “narrativa joven” hispanoamericana, fenómeno artístico, editorial y de mercado que, con esa etiqueta, circuló en la prensa y esferas culturales, designando el trabajo de Alberto Fuguet de Chile, Edmundo Paz Soldán de Bolivia, Rodrigo Fresán y Federico Andahazi de Argentina, Iván Thays, Óscar Malca y Patricia de Souza de Perú, Jorge Volpi de México, Zoé Valdés de Cuba (un tanto mayor), entre otros.

 

I. Lesbos en la escena nacional

Escritores de más amplia difusión internacional habían representado la homosexualidad masculina pocos años antes: rodeado de escándalo mediático y bestsellerismo, Jaime Bayly, en No se lo digas a nadie (1994); y para lectores de mayor rigor estético, Mario Bellatin, en Salón de belleza (1994). La primera constituyó un fenómeno sociocultural de dimensiones nacionales debido a su fama mediática. Además de España, en el Perú llegó a un público masivo, el cual, en gran medida, leyó una novela atraído por el escándalo y el querer descifrar a qué celebridad, actor o futbolista reconocían como amante en el roman à clef del popular presentador de televisión. El tema de la homosexualidad/bisexualidad se discutió en los medios y sectores populares como si fuera la primera vez que se tratara en literatura.

Tanto Carmen Ollé con Las dos caras del deseo (1994) como Laura Riesco con Ximena de dos caminos (1994), siendo mayor el tema de la homosexualidad en el mundo representado de la primera que en la segunda, trabajan las pulsiones lésbicas de sus personajes en uno de los momentos iniciales para esa representación en la novela peruana. Grecia Cáceres (Lima, 1968) seguirá en esa tendencia con La espera posible (1998), su primera novela(4). La espera posible relee un discurso basado en el sujeto marginal histórico de la nación, el indigenismo literario —que a su vez ha ido perdiendo legitimidad—, y concede densidad simbólica a discursos emergentes: el feminista, el gay/lesbian, junto a uno que para entonces ha sido relegado a casi estatus de anexo al entretenimiento mediático(5), el género novela en el mercado nacional/global (audiencia peruana, academia euronorteamericana, ferias de libro, corporaciones editoriales, megalibrerías, etc.), en la sociedad audiovisual, redefiniéndose en diálogo con las nuevas tecnologías de información en un mundo post-McLuhan.

En The Origins of The English Novel: 1600-1740 (1987), Michael McKeon concuerda con el canónico estudio de Ian Watt (The Rise of the Novel) sobre el surgimiento de la novela inglesa del siglo XVIII. De un lado, resultante de un cambio operado por el paso del imaginario neoplatónico de los arquetipos a una conciencia de marcado individualismo industrial; y, de otro, producto de las dinámicas de diálogo entre el desarrollo de la industria editorial y la formación de un público lector. Pero, a su vez, McKeon propone ir más allá:

[...] what is required is a theory not just of the rise of the novel but of how categories, wether ‘literary’ or ‘social,’ exist in history: how they first coalesce by being understood in terms of —as transformations of— other forms that have thus far been taken to define the field of possibility. What sort of guidance does genre theory provide for the pursuit of such an understanding? (4).

El concepto de categoría social en un momento histórico específico, el de la primacía del capitalismo occidental de fines de siglo XX, entonces, resulta conveniente para observar cómo la categoría “novela” y su recapitalización simbólica en los espacios letrados del Perú de los noventas se verán repotenciadas a través de otras categorías formales y temáticas. Una de ellas —además de la novela Joven Urbano Marginal (JUM), que acuña Marcel Velázquez Castro—, la novela de problemática gay o novela del “sujeto homoerótico”, como la llama el mencionado crítico(6). A su vez, los géneros policial, histórico, del sicariato, de ambientación extranjera, las excéntricas como las de Bellatin, etc.

El género novela experimenta una descapitalización a niveles macro. No debe/no puede asumir más el rol de mediador entre sociedad y Estado que se le asignó en los sesentas y setentas —la novela del boom como uno de los exponentes en el amplio corpus—, cuando funcionaba en la esfera pública como caja de resonancia destinada a posibilitar las buscadas transformaciones estructurales del país. Pero, asimismo, obtiene una recapitalización porque en medio de la euforia de las bondades prometidas por el modelo neoliberal, con la novela como género literario que privilegia el mercado, hallará múltiples canales y discursos para encontrar su legitimidad y agencia. Uno de ellos, la discusión de subjetividades marginales desde las políticas de género.

En Desire and Domestic Fiction: A Political History of the Novel (1987), marcada por Foucault, Nancy Armstrong sostiene: “[…] political events cannot be understood apart from women’s history, from the history of women’s literature, or from changing representations of the household. Nor can a history of the novel be historical if it fails to take into account the history of sexuality” (10). Dicha voluntad historiográfica de las representaciones del sujeto femenino en la novela inglesa del XVIII y XIX coloca a la mujer y su sexualidad en el centro del escenario, señala las limitaciones de críticos de la década de 1950 como Watt, y ejemplifica una de las tantas voces que vienen pavimentando el camino para las lecturas feministas de las últimas décadas. En la novela peruana última, esa intención política de historizar a partir de una narradora actual, mediante un falso omnisciente focalizado en su bisabuela Isabel — identidades de género: femenino/gay y categorías: literatura (novela indigenista/francesa, inglesa, poesía), historia, periodismo y fotografía—, la veremos articulada en La espera posible.

II. Del indigenismo a los géneros

Centrales buena parte del siglo XX a las capas letradas, la literatura en general, y el indigenismo literario en particular, en los 60 y 70 sirvieron de base a críticos como Antonio Cornejo Polar y Ángel Rama para formular sus teorías de alcances nacionales y continentales: “heterogeneidad cultural”, literaturas de “doble estatuto sociocultural” y “totalidad contradictoria” en el peruano; “transculturación narrativa” en el uruguayo. Este instrumental metodológico de análisis de la pluralidad discursiva latinoamericana empieza a compartir escenario en los 90 con otras aproximaciones epistemológicas que ponen énfasis en el factor mediático y las comunicaciones (Martín-Barbero, Sarlo, Castells, et al.). Ello no significa que el racismo, la discriminación y marginación social, económica y cultural (y de valores simbólicos de las literaturas) hayan sido superados, mas sí que, en una de las varias diferencias de época, para los escritores surgidos en la década, en la esfera pública ya no haya eco a su discurso en condición de intelectuales(7). El régimen de Fujimori favorece a expertos y tecnócratas, en la sociedad campea una moral de mercado y la misma novela se reconfigura a partir de su propia marginalidad. En otras palabras, escritor a tus novelas.

El a-indigenismo(8) estético de la novela de Cáceres tiene como trasfondo historicista el indigenismo político de las primeras décadas del siglo pasado. El texto reescribe motivos del indigenismo literario, desprovisto de su ethos, consciente de no poder ni querer serlo, en un registro que trabaja otros actores y prácticas: el sujeto femenino, heterosexual y homoerótico (de la élite hacendada), que aparece consumiendo libros de literatura, eje de su construcción simbólica. La transgresión de roles de género podría leerse paralelo a reivindicación étnica (cuyo índice ha sido mayor en las últimas décadas) y a la apuesta por el fortalecimiento de la novela como artefacto cultural.

El texto adopta una actitud discursiva, como señalé, a-indigenista, marcadamente diferenciada de la obra arguediana de exaltación de la cultura quechua. No toca el carácter mítico-mágico tradicional de hombre y naturaleza, claves de su imaginario que Tomás Escajadillo incluso vinculó con el realismo mágico(9); tampoco su estado de opresión en campo/mina/ciudad en el satírico realismo (mágico-realista) del indigenismo scorziano.

El proyecto de reconstrucción nacional de fines del XIX y principios del XX, tras la derrota ante Chile, reflejado en el pensamiento anárquico y socialista de los intelectuales de influencia contra el conservadurismo (González Prada, Zulen y Mariátegui, el “caso indígena”), lo encarnará las correrías activistas de Vicente, uno de los personajes. Mucho ha recorrido el siglo desde que Mariátegui en 1926, en “El debate y el proceso de la instrucción pública en el Perú”, escribía para la revista Mundial criticando la adopción, además de lo hispano, de modelos franceses y norteamericanos, en detrimento de lo nacional, que no incluía, por lo demás, al indio:

La Educación nacional, por consiguiente, no tiene un espíritu nacional: tiene más bien un espíritu colonial y colonizador. Cuando en sus programas de Instrucción pública, el Estado se refiere a los indios, no se refiere a ellos como a peruanos iguales a todos los demás. Los considera como una raza inferior. La República no se diferencia en este terreno del Virreynato (354).

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1 En el péndulo entre en el espíritu de la orgía dionisiaca que desencadenó el ascetismo estoico en religiones emparentadas, el mitraísmo y cristianismo, y una segunda ola dionisiaca en el Renacimiento, etc., según Jung, el siglo XX permite el aporte del psicoanálisis freudiano como método para tratar la neurosis en el ser humano, de importancia clave en la política mundial, en lo que fácilmente, según afirmaba, podría estudiarse a partir de una “teoría política de la neurosis”. Véase “The Eros Theory”, ensayo publicado en Psychology of the Unconscious: a study of the transformations and symbolisms of the libido (1912). Two Essays on Analytical Psychology, pp. 19-20.

2 Los más renombrados novelistas peruanos publican en la década: Vargas Llosa, Bryce Echenique, Gutiérrez, Reynoso y Rivera Martínez; asimismo, Ampuero, Cueto, Goldemberg, y los noveles Thays, Malca, De Souza, Elmore, entre otros.

3 Abelardo Sánchez León publica Por la puerta falsa (1991) y La soledad del nadador; Carmen Ollé, Las dos caras del deseo (1994) y Pista falsa (1999), entre otros. Véase Antonio Cornejo Polar y Jorge Cornejo Polar, Literatura peruana del siglo XVI a siglo XX (2000), p. 277.

4 Se inicia en las letras con el poemario De las causas y los principios. Venenos/embelesos (1992). También ha escrito en francés, Violeta (L’èclose, 2003; publicada en castellano como La vida Violeta, estruendomudo, 2007), y Fin d’après-midi (L’èclose, 2005).

5 La television y el cine domina los imaginarios masivos. La mayor facilidad de adaptación del género al cine redistribuye los capitales simbólicos en por lo menos tres sentidos: a) difunde una noción de valor de la narrativa en el mundo “útil” del mercado (audiovisual), b) la imagen del arte letrado se distancia como medio de entretenimiento y placer que recae en el cine, c) el cuestionamiento de la homofobia, el falogocentrismo, la violencia política e institucional, el desempleo, la pobreza, en fin, los temas de la novela llegan a diversos públicos masivos.

6 Véase El revés del marfil: nacionalidad, etnicidad y género en la literatura peruana. Lima: Universidad Nacional Federico Villarreal/Editorial Universitaria, 2002.

7 En una tradición como lo fue en décadas previas, es decir, en ideas y actuaciones políticas. Vargas Llosa será una de las excepciones en la década. Véase David Sobrevilla, “Intelectuales en el Perú: literatura, sociedad y política”, en Patio de Letras, Año II, vol. II, #1, marzo 2004, pp. 33-44.

8 Debido a una actitud conciliatoria, de mayor conciencia del multiculturalismo peruano en la zona andina, y también en favor de la literatura, otras novelas ambientadas en los Andes que podrían categorizarse de seguir una tendencia a-indigenista en los 90 son País de Jauja (1994), de Edgardo Rivera Martínez, y la ya mecionada Ximena de dos caminos (1994) de Riesco. La primera relata la historia de Claudio, de 15 años, y sus vacaciones en el verano de 1947 en Jauja, su ciudad natal, donde vive la fusión cultural de los Andes y el mundo clásico grecolatino. Interpreta al piano Bach, Mozart; ama tanto la literatura clásica occidental como los mitos andinos. La segunda, desde los ojos de la niña Ximena en el Perú de los Andes de los 40, observa narrativas diversas: mito griego, leyenda indígena, novela inglesa, filme, deseo homoerótico y la dura realidad indígena.

9 Escajadillo, en La narrativa indigenista peruana, relaciona el “neo-indigenismo” de Arguedas con el “realismo mágico”. En su texto alude al concepto de lo “real maravilloso americano” planteado por Carpentier, basándose en la lectura del crítico chileno Fernando Alegría: “Apoyemos nuestra argumentación en dos referencias pertinentes. En la tercera edición de su influyente Historia de la novela hispanoamericana formula el crítico Fernando Alegría el siguiente juicio: ‘Arguedas es el representante máximo del nuevo realismo mágico hispanoamericano’ ” (58).

 

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