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Matices
dominicanos
Pasando
al turno de la República Dominicana, donde no
existe demasiada tradición poética con
la cual dialogar y cotejarse —y, por lo tanto,
donde en poesía casi todo debe ser inventado
[2]—, de
los quince poetas seleccionados por Pedro Antonio Valdez
quizá el mejor presentado, entre todos, sea Alexis
Gómez-Rosa (1950) y no precisamente uno de los
explícitos favoritos del antologador: “Ángela
Hernández [1954] es quizás y sin quizás
la poeta de mayor presencia en el periodo ocupado por
este muestrario” (95). En general, aparte de un
criterio diletante e insubstancial patente en su prólogo,
los textos escogidos por Valdez —con muy pocas
excepciones— no siempre son los más representativos
de los poetas aquí presentes. Particularmente
esto ocurre con los textos de uno de los mejores, Carlos
Rodríguez (1951-2001); para un no iniciado lector,
estamos seguros, aquellos textos elegidos jamás
lo llevarían a querer encontrarse cara a cara
con los libros de este poeta tempranamente desaparecido.
Lo mismo podríamos afirmar de los poemas atribuidos
a la propia Ángela Hernández, puesto que
posee otros infinitamente mejores. Se hacen extrañar
los textos, además, de dos poetas esenciales
de este período: Ylonka Nacidit-Perdomo (1965)
y Homero Pumarol (1971). En fin, se recomienda, además,
que para la próxima vez el prologuista cite sus
fuentes.
Entrando
de lleno a los poetas —y dejando de lado prólogo
tan insulso e inocuo—, es digno de destacarse
al poeta, cada vez más hecho a su oficio, León
Félix Batista (1964). Si no, leamos: “Cuatro
dedos entre montes y pulgar sobre los múltiplos
y trámite del zíper. Tiene cáscaras
el tronco (barranco sus venillas) exponiéndolo
a sabiendas a la masificación. Se manifiesta
y no, la intermitencia interna, con exótico danzar
de cobra ante el faquir. Por un lado está el
deseo, por otro la incidencia de objetos de libídine:
patrones de su engorde infinito y proyección.
Y finalmente encarna, desplegando sus dobleces: nudos,
sebos y follaje desatándose, masivos” (“Paja
brava”). Técnica y formato adecuados, los
de la prosa en esta singular viñeta, son un hallazgo
afortunado por parte del poeta y, esperamos, un signo
cierto de madurez en su dicción. Creemos que
más que barroco —lugar común de
la crítica al hablar de la obra de León
Félix Batista— es lo apolíneo el
próximo llamado para el poeta; es decir, a manera
de “Paja brava”: la insinuación temática,
el montaje fino de los versos, el oportuno sentido del
humor; no necesariamente la imagen, un tanto desenfocada
de sus poemas iniciales, ni el hipérbaton. Batista,
desde el interior de su propia poesía, está
llamado a la claridad (no por esto a la complaciente
o aburrida llaneza) y quizá por aquí vayan
delatándose los futuros hitos de su trabajo.
Otro
importante poeta dominicano en Los nuevos caníbales
es Manuel García Cartagena (1961), pero
básicamente por su extraordinario poema “¡Antillas!”:
“Ven a ver las mujeres de tus islas, las bellas
/ sonrisas de ojos tan oscuros que dan sueño;
/ sal a sentir la sal de este mar de soles, / sal de
ese salón donde un pródigo solenodonte
/ cacarea palabras descascaradas, / y después
vuelve a gritar / ¡Antillas! / a los cuatro vientos,
a los siete caminos, / a las treinta y seis ocasiones
de amar la vida, / y ponte a amar esta encervezada,
enrevesada, embelesada / vida de las islas, donde errar
es lo correcto”. Repetimos, espléndido
poema que ubicamos entre las coordenadas de lo que,
en nuestro ensayo del 2001, postulábamos no ocurría
y debía ocurrir con la poesía culta (no
consideramos en este rubro, por ejemplo, la bachata
[3]) que se estaba
escribiendo en la República Dominicana.
Asimismo,
el ya mencionado Alexis Gómez Rosa, efectivamente,
hoy por hoy quizá el de obra poética más
cuajada entre todo el conjunto de los poetas dominicanos.
Entronque, bisagra, verdadero entre una poesía
tópicamente política —en general
la de antes de los años 70 en toda América
Latina— y, aunque no lo sepan y de modo mucho
más sabroso, lo que intentaron borronear los
denominados poetas del “pensamiento” —liderados
por José Mármol (1960)— desde la
década de los 80 y quizá hasta ahora mismo.
Gómez Rosa tiene de Neruda la gozosa vocación
por la vida, aunque felizmente es más sustantivo
(menos adjetival) que éste y agrega a su dicción
—a sus bien adobados guisos— la imprescindible
sal dorada del Caribe. Si pudiéramos ensayar
un paralelo con alguno de sus coetáneos latinoamericanos,
aunque un poco algo mayor, sería con el peruano
Antonio Cisneros; ambos son dos nerudas desencantados,
por astutos y bien informados, pero que ponen a buen
recaudo del poder —tal como Góngora en
alguna letrilla— su queso y su vino privados.
Es decir, el gesto irónico preside a ambos poetas;
también, la sabia lección de Ezra Pound
que les enseñó a llenar la página
justo como si escribir se tratara también de
ofrecer un banquete. Leamos:
Oración
El mercado es el mercado y en él compro.
El mercado es el mercado y en él copulo.
El mercado es el mercado y en él vendo tu alma
al diablo.
En el mercado soy la espuma en el vaso de cerveza.
En el mercado soy la máscara que ausculta los
mundos interiores.
En el mercado soy la botella en la marea de tus pulsaciones,
haciendo gritar basílicas y obeliscos del siglo
XXI.
En el mercado no hay más mercado, se vende
la vida.
En el mercado me abro al viento Sur como al del Norte.
En el mercado grito y blasfemo y esas pulcras palabras
recrean la opípara mesa de la última
cena.
De
Ángela Hernández ya decíamos en
nuestro ensayo de 2001, y luego de citar algunos versos
suyos —“Lo que tengo es el vivo de los barrios.
/ La culebrilla feliz de los mercados / míseros.
Boca del alma rota por el vino. El tempranero / empeño
de quien trueca la eternidad por alimentos” (“Lo
que tengo es un pulmón cerrado como piedra”)—,
lo siguiente: “Hernández se sale del formato,
de aquel muy mal denominado lenguaje del cuerpo: golosina
de nuestra pequeña burguesía intelectual
latinoamericana. Y ella escapa del formato gracias,
sobre todo, a sus lecturas (o al estudio) del Siglo
de Oro español, particularmente del barroco.
Ahora, la tentación de Hernández es la
elocuencia, el gran formato y el versículo, para
lo que no está preparada; su mejor factura está
en el cuadro de escenas íntimas en formato pequeño;
cuando habla bajito, no pretenciosamente, se deja escuchar
mucho mejor”. En esta oportunidad, simplemente,
reeditamos lo que ya decíamos; mas haciendo hincapié
de que su poesía está pésimamente
representada en la presente muestra.
Por
otro lado, pero muy al otro, encontramos la paceana,
borgesiana —llevadas a su mínima expresión,
está claro— y aburrida poesía de
José Mármol. Lo reseñamos aquí
sólo porque su imagen como intelectual y poeta
—a través de su liderazgo ideológico
entre sus pares del 80 y un actual programa cultural
de televisión denominado Conversación
en la Catedral— mantiene muy explicable actualidad
que nosotros también ya antes habíamos
intentado desnudar: “[En relación con estos
versos: “Elévame, elévame, / elévame
y no me sueltes nunca al rumor de lo que es” (“Arte
poética”)]. Sin el “rumor de lo que
es” no existe poesía, sino entelequia,
saber libresco, mero profesionalismo o —en el
peor de los casos— pura ideología vendida
bajo la forma de unos harto canónicos versos.
Debería tener presente que, tal como en el caso
cimero de un Pedro Henríquez Ureña, su
repugnancia al positivismo (léase, en Mármol,
a la sociología) nunca se trocó en desinterés
por nada de lo humano. Sin embargo, no debemos mezquinar
en este poeta su oficio de escritor, su acertado liderazgo
—al parecer unánimemente reconocido por
su generación— en apartarse de la grandilocuencia
política o sentimentaloide o modernista tardía,
típicas de las comarcas latinoamericanas donde
el vanguardismo, como fenómeno más o menos
orgánico y no sólo aventura individual,
fue extemporáneo o no cuajó en su debido
momento, tal el caso de la literatura en la República
Dominicana” (“La poesía que vendrá”)
[4]. Los textos
suyos que ahora nos brinda Los nuevos caníbales
no exhiben mayor novedad, con la excepción —al
parecer se advirtió nuestra crítica—
de un poema (“Atina el deseo”) con el que
Mármol trata de subirse —aunque con muy
poca fortuna— al tren de lo fáctico y lo
contingente.
Por
lo demás, con la sola excepción de Carlos
Rodríguez —insistimos, pésimamente
representado en esta antología—, no hay
más autores por destacar en la sección
dominicana de esta selección de la poesía
del Caribe hispano; ni el crítico-poeta Frank
Martínez ni la poeta-crítica Martha Rivera
trasmiten algún encanto singular (la más
importante de las cualidades de un texto literario,
según Borges). Mucho menos, las inexplicables
inclusiones, entre otros, de Sabrina Román y
Médar Serrata.
_______________________
Notas
bibliográficas
[2]
Al respecto, tenemos un ensayo titulado "La poesía
que vendrá: nueva poesía dominicana".
En Babab [www.babab.com], No. 10, setiembre de 2001,
que, a su vez, es reseña de Juego de imágenes.
La nueva poesía dominicana (Santo Domingo:
Isla Negra/Hojarasca, 2001) 2da edición, antología
preparada por Frank Martínez y Néstor
E. Rodríguez. En síntesis, allí
concluíamos, quizá algo severamente: “Por
un lado, la poesía dominicana es muy seria; por
el otro, incluso cuando pretende ser espontánea
—coloquial o erótica— es cultista
y apela irremediablemente al canon. Incluso nos atreveríamos
a decir que esta poesía carece de sentido del
humor. La explicación de dicho fenómeno
probablemente es harto compleja, existen factores de
tipo cultural e histórico que deben ser considerados,
y que harían a República Dominicana muy
distinta a su vecina Cuba. Lo cierto es que la efervescencia
de José Lezama Lima no cunde en las letras dominicanas;
menos, el humor, la sencillez, el encanto y la inventiva
de su maravillosa habla popular. Todavía el habla
callejera no ha entrado creativamente a la poesía
dominicana; decimos creativa y no imitativa u oportunistamente
(demagógica, rastrera, proselitista). En definitiva,
en República Dominicana aún es importante
la “literatura”, las altas letras, como
signo de clase o de perfección profesional o
moral; cuando ya por ahí se ensaya —muy
lejos del descuido, frivolidad o facilismo— una
dicción del error o de la imperfección;
textos donde a través de las fisuras de su tartamudeo,
de su pequeña cosa, se filtra —como a través
de un tosco secante— la más fina y auténtica
de las poesías; y no las de un yo ampuloso, culto
o soberbio.
[3]
Anthony Santos sería su mejor intérprete,
poeta y filósofo; en una palabra, su mayimbe.
[4]
Obviamente, en esta “afortunada” recepción
de la poesía de José Mármol no
gravita solamente el gusto dominicano; también
entra en juego un contexto internacional, más
bien conservador, que en otro artículo —“Desde
otra margen: la última poesía española”.
Babab [www.babab.com]. No. 19, mayo de 2003— también
ya tratamos de llamar la atención: “La
poesía de la “experiencia” [aquella
que representan, por ejemplo, las obras de Luis García
Montero y Felipe Benítez Reyes] no es, pues,
sólo un periodo artístico-ideológico
del pasado y ahora alegremente superado. Sería
interesante investigar cómo —con sus propios
matices— se expresa esta misma ideología
conservadora de los 80’ en los países latinoamericanos,
y en su relación editorial con España.
Al menos en el caso de Perú y República
Dominicana, por ejemplo, dicho paralelo puede resultar
muy productivo. Investigar cómo dialoga la poesía
de la “experiencia” con sus pares: “del
pensamiento” (República Dominicana) o simplemente
de la tradición o del canon literario occidental
en el Perú. Describir sus relaciones con el periodismo,
las editoriales, otras instituciones y, claro, con un
público particular”.
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