El
intento contra la heroecentricidad consiste en invertir
la jerarquía: es el personaje quien nos lleva
hasta el mundo. Aquí de lo que se trata no
es de antihéroes, quienes, al fin de cuentas,
siguen siendo el centro de sus novelas, sino de una
instancia imparcial que nos lleva hasta el mundo sin
determinar nuestra percepción de lectores y
sin que la suya esté determinada por el narrador;
de esta manera desaparece la investigación
psicológica. Robbe-Grillet dice en el antes
citado manifiesto: "Mientras que el protagonista
tradicional está constantemente tergiversado,
abrumado o destruido por las 'interpretaciones' que
el autor sugiere para él, y en todo momento
relegado a otra parte intangible e inestable, cada
vez más lejano e indistinto, el protagonista
del futuro, por lo contrario, se quedará en
el mismo sitio. Los comentarios estarán todos
en otra parte; comparados con su irrefutable presencia,
aparecerán como inútiles, superfluos
y hasta deshonestos" (p. 274). De este modo el
personaje se libera de su destino trágico,
puede intentar el asombro en el descubrimiento del
mundo, tratar de llegar a "lo que es" o
simplemente a verlo de una forma distinta, despsicologizada,
no condicionada, intentando que la realidad aparezca
por sí misma. Este esfuerzo se lograría
como se dijo, en la realización de la búsqueda
del mundo y no de otra manera. Así, el protagonista
principal se convierte en un anónimo investigador,
no tiene nombre o si lo tiene es muy común
y despersonalizado. Esto ocurre en las novelas de
Robbe-Grillet, en las de Nathalie Sarraute hay nombres
muy comunes designando personajes. Juan es en castellano
el nombre más común de todos, y Juan
es el nombre del protagonista en Una piel...
equivalente en consecuencia al de un sujeto anónimo.
Anónimo
entonces es el protagonista para evitar la complicidad
del lector (su comodidad detentada en las novelas
tradicionales, por donde era llevado de la mano del
narrador), pero también investigador debido
a su constante afán por saber, por descubrir
el mundo de una manera más directa. Todos los
objetos son observados con una "intensidad enloquecida",
como dice Weightman, como con la sospecha de un investigador
policiaco buscando la explicación de un enigma
en todas las cosas, llevándonos constantemente
a pistas falsas, si es que se quiere significar las
cosas en función al hombre, o a pistas sin
contenido, es decir, a la significación de
su propia existencia; las cosas, el mundo material,
existen independientemente del hombre. Es así
como debemos significar las descripciones aparentemente
sin sentido funcional en Una piel..., todas existentes
a partir de un "antipersonaje", de un vehículo
casi anónimo cuya actividad principal consiste
en mostrarnos el mundo. Pero ¿cómo nos
lo muestra?
El
siguiente elemento me permite confirmar está
lectura: el personaje puede asumir el asombro ante
el mundo a través de su caminar sin rumbo fijo,
gesto que se repite en ambos pun-tos de nuestra comparación.
Juan camina y las descripciones que a partir de allí
surgen no parecen tener nada que ver con la historia.
Lo que ocurre es que, por un lado, las descripciones
tienen la significación de no tenerla, como
se dijo ya, las cosas son simplemente, sin antropomorfizaciones
ni metáforas (casi siempre), y por otro lado,
como para el nouveau roman, el caminar indica
un cuestionamiento del entorno, un abandonarlo para
verlo mejor, para encontrarlo en la fuga. Janvier
dice que el deambular es una expresión de impotencia
para comprender, una imposibilidad de "vivir
con", una clara inadaptación (p. 26);
es decir una marginación, autoimpuesta o forzada,
en la que el vagar proporciona la lucidez necesaria
para comprender.
Caminar
es entonces un intento de organizar el espacio; este
es el sentido que debemos encontrarle a, por ejemplo,
el largo recorrido de Juan por las calles de la ciudad
que va desde la página 91 hasta la 94 de la
edición que manejo, y es el sentido que le
añade un valor a estos párrafos por
lo menos distinto al no despreciable valor estilístico
de la prosa de Loayza en estas páginas. Fijémonos
en este pasaje:
Juan
caminó calle abajo hasta llegar al parque
donde el pajarraco monumental parecía bizquear
tratando de mirar al mismo tiempo el mar y la ciudad.
Dobló a la izquierda y caminó unas
cuadras más; en el paradero inicial varios
ómnibus aguardaban como grandes animales
rojos y amarillos. Juan se detuvo para mirar un
momento la quebrada, el barranco, cubierto de pobre
vegetación / En la quebrada, tomó
la ancha calzada que va hacia el mar, y luego, en
una curva amplia, corre paralela a la playa. Al
comienzo Juan bajó lentamente, pero su propio
peso lo hizo apresurarse. Se sentó en el
muro de la curva, la respiración agitada.
A un lado estaba la orilla estrecha, llena de grandes
piedras redondas que iba hasta los baños
de Miraflores; al otro seguía la calzada,
pero ya sin asfalto, hasta una construcción
gris, de madera, que entraba al mar. A ese lado
la orilla era más ancha y corría en
alto sobre la playa de piedras
(p. 91).
Bien, a estas alturas quizás ya se haya entendido
por qué es que no se cumplió con el
convencional trámite de siquiera esbozar el
argumento de la novela. Hacerlo quizás sería
una contradicción, sería prestar atención
a lo que, desde esta perspectiva, es menos importante.
El intento de este ensayo ha sido hasta aquí
ligar el texto de Loayza con uno "mayor"
(en el sentido de que pretende abarcar varios textos),
a partir de tres elementos imbricados: la importancia
de la descripción, la "desheroecentricidad"
y el deambular como forma de conocer el mundo.
Por
supuesto, no pretendo decir que Una piel de serpiente
encaje de manera perfecta dentro de los parámetros
del nouveau roman. Por otro lado, parece que
Loayza rechazaba conscientemente la poética
aludida (2).
Esto, sin embargo, no es lo importante. El objetivo
de este ensayo es posibilitar una explicación
de esta novela incomprendida por la crítica
a partir de elementos que la signifiquen, que le den
un sentido, un marco poético y conceptual que
lo fije a otro tipo de interpretaciones y valoraciones
menos distantes.
El
asunto de fondo es aquí, como dije al principio,
la relación entre un libro y la comunidad literaria.
Todo texto se produce en un contexto determinado,
y se ampara en una poética de la cual vendría
a ser una manifestación o contrapropuesta.
La relación entre texto y poética condiciona,
a veces de manera muy drástica, el triunfo
o fracaso de aquel en la comunidad literaria. Dicha
poética contiene las "definiciones esenciales"
que requiere la crítica para su labor; como
dice Walter Mignolo: "la comunidad interpretativo-literaria
necesita de definiciones esenciales de la literatura
o de la poesía. Sin ellas no podrían
establecerse los criterios necesarios para tomar decisiones
con respecto a la adecuación de una obra a
un universo de sentido, ni podrían tampoco
asignarse valores. Las definiciones esenciales son
entonces necesarias para la comprensión hermenéutica"
(Mignolo, p.35).
La
poética para decirlo burdamente
se manifiesta como una especie de plantilla, de filtro
privilegiado por donde debe pasar la novela cuestionada
y quedar más o menos intacta, sin restos importantes.
La relación entonces entre un texto y la crítica
entraña una cierta correspondencia y una capacidad
de ser analizada; en este sentido, el conocimiento
de la poética a la que alude un texto literario
es indispensable para el establecimiento de su sentido.
Por este motivo con este trabajo se propone que el
problema de las lecturas de la novela en cuestión
tiene que ver con la incomprensión, el desconocimiento
o la poca importancia que se le da a los lazos que
entabla dicha novela con las normas del nouveau
roman.
Pero
hay otro motivo para la señalada inquietud
de la crítica en relación con el texto
de Loayza: agregado al hecho de la no adecuación
a los parámetros de sentido común literario
con que los críticos afrontan la novela del
peruano, está el hecho de que la novela no
contenga dentro de sí un metadiscurso al cual
la crítica pueda aludir para, desde su exterioridad
objetiva, asegurar una posición. Es decir,
en este caso la crítica de Loayza no posee
no encuentra nada en el interior del texto
que le asegura su exterioridad de marco que fije alguna
significación y otorgue valor. Esta forma de
actuar de la crítica es paradójica y
pone en entredicho su autoridad en general a través
del cuestionamiento de los límites entre el
adentro y el afuera; como Derrida indica: "El
afuera mantiene con el adentro una relación
que, como siempre, no es de mera exterioridad. El
sentido del afuera siempre estuvo en el adentro, prisionero
fuera del afuera, y recíprocamente" (p.
46).
Sin
embargo, definir estos límites es básico
para la creación de un objeto capaz de ser
analizado, tanto como para la metodología que
lo analiza. Esta definición implica que toquemos
tan solo por los bordes la noción
de "parergon". El marco o parergon,
como diría Kant, que se opone al ergon
vendría a ser una categoría cuya función
es determinar qué es lo específico y
qué lo no específico, que es lo universal
y qué lo particular, en la relación
establecida entre una perspectiva y un objeto. De
esta manera el marco surge de la necesidad que tiene
lo interior para definirse, responde a una cierta
carencia intrínseca; pero, de la misma manera,
surge de lo exterior como una tensión de diferenciación
con respecto del marco; presa de estas dos tensiones,
de las que él es el creador, dicho marco desaparece
en el momento de su mayor presencia.
En
este caso, lo que nos interesa de la noción
de marco o parergon es el hecho de que, por un lado,
ella crea la posibilidad de la crítica con
respecto de la obra literaria, y por otro, difumina
los límites entre ambos en tanto que, de alguna
manera, lo externo de la crítica es una creación
del vacío de lo interno en la obra y viceversa.
La relación que habría entre Una
piel de serpiente y las normas del nouveau
roman corresponde a la del interior con su déficit
y lo exterior, a la del ergon con el parergon,
respectivamente; aquella necesita de estas para adquirir
significación. En cierta forma podría
decirse que lo más importante (lo central interno)
de la novela es su alusión a dicha poética
(lo externo), en este sentido lo suplementario es
esencial, y ello a través de la inversión
jerárquica de la descripción subordinando
a la narración.
Pero
sucede que dicha inversión implica una subversión
extraordinaria con respecto de la narrativa tradicional
y la crítica que la respalda y se apoya en
ella; esto explica las conservadoras opiniones que
hemos citado y la relación tan distante entre
Loayza y algunos de sus críticos benefactores.
Una piel de serpiente necesita, entonces, de
una crítica que muestre su poética,
que desde afuera, con "objetividad", establezca
los vínculos y distanciamientos de Loayza con
respecto del nouveau roman.
Sin
embargo, como esa exterioridad solo puede sustentarse
en lo más interior de la novela (en este caso
las descripciones que nos sirvieron de entrada) nuestra
escritura podrá leerse "como una parte
de la obra mejor que como una descripción de
esta" (Culler, p.175). Por tal motivo y
solo por tal no puede llamarse a esto un intento
o ensayo "sobre" la novela de Loayza, sino
más bien "al lado de" ella.
Este
intento "al lado de", puede explicarse con
una referencia que me sirva de metáfora. Hablo
del cuento de Borges "Pierre Menard: el autor
del Quijote". Nuestra lectura, entonces, sigue
de algún modo las técnicas que dicho
personaje propuso al escribir un par de capítulos
del Quijote. Adjudicarle a Menard la clásica
novela española implica colocarla dentro de
un contexto inesperado, distinto, absolutamente enriquecedor,
el de la cultura de principios del siglo XX. A esta
técnica de lectura Borges la llama la "del
anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas".
Este ensayo no se atreve a tanto, el cotejo aquí
realizado pretende cierto rigor que, sin embargo,
no descarta otro tipo de contextualizaciones, por
ejemplo aquellas que escapan a lo propiamente literario.
Podríamos,
en ese sentido, citar a Lucien Goldman para quien,
en su texto Para una sociología de la literatura,
habría una correspondencia explicativa entre
ciertos fenómenos modernos, tales como la economía
de monopolios y trusts y, en el plano literario,
la aparición de la "novela de disolución
del personaje" (Goldman, 238). Este autor también
observa la posibilidad de insertar (y así explicar)
la nueva novela en el desarrollo del capitalismo de
organización y de la sociedad de consumo. Desde
esta perspectiva, el problema de la significación
de Una piel de serpiente con sus procedimientos
formales extraídos de la poética de
Michel Butor en su inserción dentro de
la literatura peruana, es un punto de partida para
futuras investigaciones cuyo valor podría radicar
en la descripción de una vertiente literaria
marginal y sus relaciones con el proceso de modernización
narrativa peruana. Pero dichas investigaciones necesitan
de hipótesis que aún no han sido formuladas;
su formulación y contraste pertenecen a un
trabajo posterior.
©
Marcos Mondoñedo*, 2003
__________
(2)
Un comentario marginal de Luchting nos da la pauta
de que, cuando Loayza escribía esta novela,
radicaba en España y, pese a que la información
sobre dicha poética no le era ajena, sus propuestas
no las consideraba de interés ni muy factibles.
(Cf. Luchting, nota 7, p. 221). |