|
Discursos
oblicuos y justicia
Si
bien hemos mostrado grosso modo cómo
la firma del testimonio se escinde en una a-firmación,
por parte del testigo, y una con-firmación por
parte del testimoniante, observamos paralelamente dos
hechos curiosos, hechos propios del testimonio, porque
a diferencia de lo que se podría pensar, la relación
testigo-testimoniante no es inyectiva, es decir, que
parta oralmente del punto A (testigo) y termine en escritura
en el punto B (testimoniante). La firma en los textos
testimoniales es dos en una y una en dos, de ahí
que estos dos hechos curiosos que trataremos de explicar
coexistan mutuamente, porque al final se entrelazan
en complejísimas filigranas que se alimentan
mutuamente como un proceso dialéctico, que arrastran
desde ambos polos —a-firmación y con-firmación—
los elementos para constituir la firma.
El
primero aspecto de esta dialéctica es con respecto
a la legalidad. La con-firmación de
Barnet que describimos anteriormente, es dada por otros
textos, que cumplen no sólo la función
de con-firmar las expectativas del investigador, sino
también de darle un carácter “legal”.
En el caso de Leizaola, la legalidad viene expresada
cuando en otro pie de página extenso —desde
la página 39 hasta la página 47—,
presentan con-textos —documentos— legales
cómo fueron adquiridos los terrenos de El Pedregal.
Estos dos ejemplos nos indican que gran parte de la
con-firmación es con-firmada por algún
poder —legal— que usa el testimoniante,
básicamente a través de otros textos —libros—
y con-textos —documentos, archivos, cartografías,
fotos, etc.— asumidos por los poderes institucionales
como legales; de ahí que el testimonio
como libro no sólo sea un trabajo de investigación
en el cual, el testimoniante, trate de mostrar al testigo
más allá de un mero contador de cuento,
sino que lo que narre un testigo “seleccionado”
(6), sabe el
testimoniante que influirá dentro de las estructuras
de poder, influirá dentro de los aspectos legales
de una comunidad o de un individuo, por lo que, en la
medida en que el testigo narre, progresivamente el testimoniante
legaliza lo narrado, o en otras palabras, en la medida
en que el testigo habla, el testimoniante ordena “legalmente”
a través de textos y con-texto las posibles historias
ilegales del narrador.
La
legalidad, lo legal de la con-firmación
imprime una acción de poder —institucional,
histórico, documental— al testimonio; y
de fuerza —coerción, cambio, movimiento—
tal y como podemos inferir del análisis que realiza
Derrida de lo legal: “Hay ciertamente leyes que
no se aplican, pero no hay ley sin aplicabilidad, y
no hay aplicabilidad, o enforceability de la
ley, sin fuerza, sea ésta directa o no, física
o simbólica, exterior o interior, brutal o sutilmente
discursiva —o incluso hermenéutica—,
coercitiva o regulativa, etc.” (Derrida, 1997:16).
Por lo que lo legal que instauran los investigadores
testimoniantes, se soporta sobre el “derecho”,
la fuerza, y por ende en un poder que se ha institucionalizado
y no es negado —político, histórico,
académico, legal—; a su vez, este poder
puede generar movimientos que afectarán las percepciones
legales y tradicionales de la comunidad a las cuales
el testigo, el que a-firma, hace referencia y clasifica
(7).
El
segundo hecho dialéctico deriva no por la escisión
del testimonio en una a-firmación y en una con-firmación,
sino más bien por la estructuración de
búsqueda de unidad. Tanto la a-firmación
del testigo como la con-firmación del testimoniante
generan un discurso de dualidades; es decir, el testimonio
presenta una doble afirmación —doble firma,
doble discursividad, doble visión, doble realidad—
que se desenvuelve como una dialéctica compleja
—casi del tipo hegeliano, de conciencia/autoconciencia,
amo/siervo—, y a este respecto, nos explica Derrida:
“No es necesario recordar que los discursos sobre
la doble afirmación, sobre el don más
allá del intercambio y de la distribución,
sobre lo indecible, lo inconmensurable y lo incalculable,
sobre la singularidad, la diferencia y la heterogeneidad,
son también discursos al menos oblicuos sobre
la justicia” (Derrida, 1997, 21). Por lo tanto,
una doble afirmación, como los testimonios, implicaría
discursos oblicuos en búsqueda de justicia.
El testigo que a-firma, muestra elementos desapercibidos
u obviados por los poderes institucionales, por el devenir
de la academia, por las posiciones de legalidad aceptadas,
a la vez que el testimoniante en la medida en que con-firma,
ejecuta posibles presiones para que esos elementos que
rescata del testigo y en la medida en que lo rescata
le da legalidad —bien sea por vías “positivas”
o “negativas” (8)—
desarrollen estrategias en contra o a favor de ciertas
instituciones por justicia. No podemos perder
del horizonte que una gran mayoría de los testimonios
busca una justicia —social, política,
divina— que ha sido negada a un testigo personalmente,
o que un testigo observa cómo en ciertos momentos
se realizan actos de injusticia contra su comunidad
o una comunidad; es decir, la justicia puede ser una
petición personal o colectiva.
Tanto
en la obra de Barnet como en la de Leizaola, la justicia
se percibe como una petición social. En el caso
del esclavo cimarrón, en una vindicación
de la negritud, así como de su particular
sentir y aceptar las culturas negroides que convirtieron
a Cuba en lo que es, en una sociedad que asimiló
lucumíes, congos, mandingas, junto con su religión,
advocaciones y ritos que el cimarrón explica
y acepta, aunque en varias ocasiones Montejo no comulgue
con ellas. Similarmente, Reyes busca vindicar
la negritud, lo indígena, pero especialmente
ciertas tradiciones vinculadas con las curaciones
no académicas, alejadas de los médicos,
fundamentadas en rezos, en ceremonias sincréticas,
en ritos plurales, con el apoyo de ciertos usos de matas,
hierbas y flores. Ambos testigos a-firman una serie
de situaciones propias y derivadas de la comunidad,
pero a la vez invitan a pensar en torno a lo que no
es admitido por la sociedad “moderna”, académica,
de cierto poder, con cierta legalidad, en torno a casos
como son la santería, ritos yorubas, y curaciones
por rezo y “sobadas”. Pensamos que se plantean
en estos testimonios unas prácticas extra-cátedra,
y se busca legalizarlas como justicia, porque son, existen
y se realizan. Lo anterior plantea una justicia
democrática con respecto a ciertas tomas
de decisiones, como la decisión de ir a un curandero
o a un médico. La persona irá a un curandero,
sea académica o no, pero con la conciencia de
que hay una legalidad tanto en el médico
como en el curioso para ejercer.
Estos
dos escritos testimoniales, imprimirán una legalidad
a lo narrado, y a la vez participarán en una
justicia implícita en lo escrito para
su comunidad; permitiéndoles disentir y tomas
decisiones más democráticas —ritos,
curaciones—. Por lo que el testimonio, implica
en un primer momento una dialéctica entre el
quien a-firma y el quien con-firma, dialéctica
que busca una legalidad y una justicia
de los hechos narrados; pero, al llegar aquí,
percibimos que es sólo parte de un camino más
complejo, sentimos que el testimonio está inconcluso
porque estamos descuidando al lector, al individuo,
aquel que sentenciará bajo la forma de re-afirmar
o no lo que lee como testimonio.
Partimos
de que el lector será quien re-afirma las lecturas,
quien termina de dar sentido al testimonio,
autentificándolo o no, según su lectura
en un primer momento, según su cosmovisión
en un segundo momento. Quizá esta imagen de que
sea el lector el último en firmar el testimonio,
no sólo complica la propuesta inicial de doble
firma, sino que implica que al testimonio no puede “caer”
en cualquier tipo de lectura. El testimonio aspira a
una lectura sui génesis que tratará
de obtener inicialmente a través de un posible
pacto —concepto que la acerca y la aleja
a la vez de la firma— que se realiza entre el
texto y el lector, y que da pie para que un pensador,
como Philippe Lejeune, reorganice ciertas posiciones
teóricas en torno a la autobiografía,
biografía, memoria, novela personal, poema autobiográfico,
diario íntimo y autorretrato. Lejeune comienza
su ensayo titulado El pacto autobiográfico
colocándose como un lector:
Textualmente
parto de la posición del lector: no se trata
ni de partir de la interioridad de un autor (la cual
constituye precisamente el problema), ni de establecer
los cánones de un género literario.
Al partir de la situación del lector (que es
la mía, la única que conozco bien),
tengo la oportunidad de captar con más claridad
el funcionamiento de los textos (sus diferencias de
funcionamiento), puesto que han sido escritos para
nosotros, lectores, y que al leerlos, somos nosotros
quienes los hacemos funcionar. (Lejeune, Antropos:
48)
Partimos
de las observaciones de Lejeune, pero curiosamente también
partimos del olvido de éste con respecto al testimonio
en dicho artículo. Olvido que no logra estructurar
dentro de su propuesta; dejándonos un vacío
que trataremos de responder en la medida en que nosotros
como lectores re-afirmemos o no los testimonios.
¿Por
qué re-afirmar? Porque si bien hemos presentado
el testimonio como una obra textual que se caracteriza,
inicialmente por una doble firma, y que interiormente
se desenvuelve como un a-firmar del testigo, y un con-firmar
del testimoniante; sólo en la voz final del lector
ambas firmas se consolidan. Pareciera por lo
tanto que el re-afirmar, fuera una instancia “superior”
de poder, que de una u otra manera hemos dejado en el
con-firmar, por lo que nos queda preguntar: ¿la
re-afirmación, qué firma, una instancia
legal, de poder, psicológica, académica,
estética, comunicativa… etcétera.
Para
comenzar el análisis partiremos de las reflexiones
que realizó George Yúdice en Testimonio
y concientización . En dicho ensayo Yúdice
nos plantea el testimonio como un proceso cuyo producto
final es la construcción de un sujeto a partir
de encuentros con la tradición y con la estética
de un lector que se conciencia en la medida en que lee
los testimonios de individuos que lo representan culturalmente.
Contrasta
sobremanera los testimonios que surgen de luchas comunitarias
a nivel local y cuyo propósito no es representar
sino contribuir mediante su acción a la transformación
social y conciencial. El énfasis no cae sobre
la fidelidad a un orden de cosas ni sobre la función
de portavoz, ni sobre la ejemplaridad —los tres
sentidos de representación— sino sobre
la creación de solidaridad, de una identidad
que se está formando en y a través de
la lucha. El título de este ensayo, pues inspira
en la formación de esta identidad. La praxis
testimonial correspondiente a una estética
de autoformación. (…) El “pueblo”
a que se refiere éste y otros testimonios consiste
en los sectores oprimidos no sólo en términos
de clase sino también —y en varios casos
más significativamente— en términos
de sexo, región, religión, etnia, etc.
No se trata de un todo abstracto e ideal. Más
que representación, estos textos enfocan las
maneras en que diversos grupos oprimidos de mujeres,
campesinos, indígenas, trabajadores, domésticas,
fieles, squatters, etc., practican su identidad no
sólo como resistencia a la opresión
sino también como cultura afirmativa, como
estética práctica (VV AA, Yúdice,
1992: 213).
Hallamos
por lo tanto dos hechos con respecto al lector insinuados
por Yúdice. Por un lado, la construcción
derivada del lector a partir de las lecturas del testimonio,
construcción que genera una conciencia
del hecho testimoniado —no sólo para el
lector que se identifica con el testimonio del indígena,
del campesino, del marginado, por pertenecer al grupo
que se testimonia; sino también puede generar
un concienciar en un lector ajeno a la pertenencia del
grupo testimoniado, por lo que una vez leído
el texto testimonio, un lector puede identificarse
con las causas de un pueblo, o con el un portavoz del
mismo, aunque posea una cultura, formación, religión
e identidad totalmente distinta a lo a-firmado y con-firmado—.
Y, por otro lado, la lectura del testimonio genera una
estética práctica, entendiendo por ésta,
una identificación afectiva que instiga al lector
a realizar movimiento(s) social(es) y no quedarse dentro
de una mera contemplación hedónica del
texto leído.
La
fuerza conmovedora del testimonio
Podemos
decir en un primer momento, que re-afirmar implica el
concienciar un hecho testimoniado, es decir, una vez
terminado de leer el testimonio, el lector —en
este particular caso yo— tiene la oportunidad
de pensar acerca de toda las opresiones, injurias, injusticias,
negligencias que se han realizado en la historia con
respecto a ciertas situaciones, actos y acontecimientos
culturales y humanos; y no me queda más que,
al terminar de leer Cimarrón, hacer
un gesto negativo con mi cabeza y pensar la(s) tragedia(s)
que el hombre vive a partir del no reconocimiento del
otro como ser humano, o del no reconocimiento
de la diversidad cultural o étnica, o de la aceptación
de la esclavitud; pero, ¿podemos asumir la esclavitud
como un hecho natural después de leer Cimarrón?
¿Puede una persona, después de leer testimonios
sobre la esclavitud, afirmar como Aristóteles
(9) que ésta
es natural? Por otra parte, al leer Tío Veneno,
tomo conciencia de lo efímero en que pueden caer
ciertas tradiciones por los afanes modernizadores, de
cómo a veces la plutocracia tergiversa, en su
beneficio, vidas, terrenos, costumbres; igualmente,
observar cómo las políticas subrepticiamente
se introduce en las familias para separarlas y a veces
para enfrentarlas, pero también afirma y me conciencia
de la idiosincrasia del venezolano, de la modernidad
y de que hubo una Caracas que muchos conocieron y ya
no está.
Conjuntamente
en la medida en que rea-firmo, a través de un
concienciar las lecturas de los testimonios me planteo:
¿cómo puedo ejercer una estética
práctica al respecto? ¿Cuál estética
práctica puedo ejercer en torno a la esclavitud,
o a las pérdidas de tradiciones de El Pedregal,
de Chacao, de Venezuela? Quizá en primera instancia
no haga una estética práctica como praxis
social, no practique un movimiento de masa para rescatar
lo que se pierde, de las injusticias, de las tergiversaciones
históricas, ¿o quizá sí?,
y si es así, será en la medida en que
escribo estas páginas, y es así como también
me formo como un sujeto de acción, un sujeto
que convive con otros y genera cambios, como lo explica
reiteradamente Touraine.
El
individuo no es más que la unidad particular
donde se mezcla la vida y el pensamiento, la experiencia
y la conciencia. El sujeto significa el paso del ello
al yo, significa el control ejercido sobre la vivencia
para que haya un sentido personal, para que el individuo
se transforme en actor que se inserta en relaciones
sociales a las que transforma, pero sin identificarse
nunca completamente con algún grupo, con alguna
colectividad. Pues el actor no es aquel que obra con
arreglo al lugar que ocupa en la organización
social, sino aquel que modifica el ambiente material
y sobre todo social en el cual está colocado
al transformar la división del trabajo, los
criterios de decisión, las relaciones de dominación
o las orientaciones culturales (Touraine 2000; 207-208)
El
lector toma esta decisión en intimidad. Realmente
es difícil asumir como un deber ser
una estética práctica —además
sabemos que la estética no acepta “deberes
ser” dentro de su estructura— o convertirnos
en sujeto de acción al finalizar una lectura
de testimonio. Por lo que no necesariamente debemos
ejecutar una praxis, pero lo que sí podemos asegurar,
a partir de nuestra experiencia estética, es
que la lectura de testimonio —hablo desde mi recepción—
no dejará la satisfacción hedónica
que nos puedan generar otros tipos de lecturas “parecidas”
como autobiografías, biografías, diarios,
memorias; que si bien es cierto, en algunos momentos
nos dejan planteamientos en los que reflexionamos constantemente,
también lo es que la mayoría pueden entrar
dentro de un juicio estético clásico donde
podemos enunciar algunos ejemplos: me gustaron los tres
tomos de la autobiografía de Canetti, me gustó
el diario de Anais Nin, me fastidió un tanto
la lectura de las memorias de Yourcenar recopiladas
en su libro Recuerdos, muchas de las biografías
de Stefan Zweig me parecen interesantes y otras insulsas,
en fin, todas las enunciaciones anteriores llevan el
gusto en el enunciado, un sujeto estético
que no puede abrir brecha hacia el sujeto de acción;
pero, me es difícil precisar si me gustó
o no Cimarrón y/o Tío Veneno,
siento que ambas obras no se limitan a “entretenerme”,
por lo que no me exigen un “simple” juicio
estético contemplativo de si me gustó
o no; sino algo práctico, activo, por lo menos,
comunicar el hecho, polemizarlo, concienciar...
El
testimonio no es un texto que se regodee en una estética
del desciframiento. Dentro de una estética conceptual
o sujetiva, la estética que cubre el testimonio
busca una acción —una vindicación
o reivindicación de justicia— una dignidad,
una puesta en escena de algo que ocurre y que nos debe
afectar, porque compartimos el mundo con los demás,
y esto va más allá de una acción
gnoseológica de verdad o no; ya que el testimonio
—como nos advierte Yúdice— “...
no responde al imperativo de producir la verdad cognitiva
—ni tampoco de deshacerla— su modus
operandi es la construcción comunicativa
de una praxis solidaria y enmancipadora”. (VV.
AA., Yúdice, 1992; 216). El re-afirmar por lo
tanto, no queda en una mera apropiación sujetiva
y hedónica de lo escrito, re-afirmar implicaría
en un primer momento el concienciar del hecho testimoniado,
y en un segundo momento trasmitir, comunicar,
poner en praxis, transformarnos en sujeto de acción,
enjuiciar, polemizar legalidades, justicias, estéticas,
culturas, afecciones, sensibilidades en torno a lo testimoniado.
Naturalmente el lector tendrá siempre la potestad
final de re-afirmar o no el testimonio, lo que no implica
que el texto no haya llevado su cometido praxístico
como tal.
Podemos,
por lo tanto, sintetizar todo esta especulación
teórica en torno al testimonio dentro del siguiente
esquema, sabiendo los peligros que la esquematización
conlleva:
Obviamente
este esquema explicativo deja por fuera otras series
de interrogantes en torno a los textos que se denominan
testimonios; pero creemos que es una propuesta que logra
explicar las características sui génesis
de estos particulares textos. Sabemos que ciertos tipos
de testimonios se nos escapan, como aquellos que no
necesariamente tienen doble firmas, aquellos que no
necesariamente confirman desde la historicidad, la academia
o buscan legalidad o justicia, aquellos testimonios
que no implican vivencialidades, ni experiencias, ni
sucesos, o testimonios que no necesariamente nos conciencian
sobre un proceso cultural o humano, y menos nos hacen
plantear una estética práctica, como pueden
ser los testimonios ficcionales como Seva de
Luis López Nieves, entre otros. Todas estas brechas
quedan abiertas, pero pensamos que éstas pueden
existir porque el texto, como todo texto, como toda
escritura, tiene “derecho” a desprenderse
de ciertos ajustes, sujeciones y géneros, por
lo que un testimonio puede convertirse en una novela
hedónica, no necesariamente relatar experiencias
o vivencias cónsonas con la historia, sino inventadas,
pero esto en lugar de lanzarnos hacia posibles contradicciones,
sencillamente nos haría preguntar: ¿estos
textos serían testimoniales?
Para
terminar, regreso a mi recuerdo de la pelota, al objeto
testimonio del que partió mi reflexión,
pelota que vi a mis doce años. Durante un tiempo
largo siempre aseguré que la había tocado
y tercamente quedo pensando .en ella y en la serie mundial
de 1973, pero necesitaba confirmar mi recuerdo, por
lo que al buscar la información, al legalizar
el recuerdo sobre las series mundiales confirmé:
a) que la serie mundial de 1973 implicó a los
Atléticos de Oakland, contra los Mets de New
York, y que los Atléticos ganaron cuatro juegos
a tres; b) que la primera serie mundial que jugó
Concepción fue la de 1975, en la que los Rojos
ganaron a los Medias Rojas de Boston cuatro partidos
a tres, y Concepción bateó 179 de average,
sin cometer errores; c) que los Rojos vuelven a la serie
mundial de 1976, esta vez contra los Yankees de New
York, y ganan cuatro partidos consecutivos. Ahí
Concepción jugó sin error y bateó
357 de average. Después de investigar,
entro en duda —cartesiana— acerca del objeto
testimonial de la pelota Wilson firmada, ¿en
1973, o seré yo que confundí el 3 con
un 5 o un 6? No tengo el objeto testimonial, por lo
que sólo puedo recurrir a mi memoria —porosa
para el olvido, como dice Borges en algún texto
que no recuerdo— y a la legalidad de
la historia del deporte para finalmente aceptar o no,
reafirmar o no, comunicar o no, lo vivido en
un patio de un liceo en 1980.
©
Álvaro Martín Navarro, 2005
_______________________
Notas
bibliográficas
(6)
No hay que perder de vista que no cualquiera es “testigo”
de los hechos, sino aquel que ha sobrevivido ha ciertas
experiencias históricas o culturales, y que por
ese hecho está en una posición particular
para de narrar; en el caso de Montejo y Reyes lo referimos
cuando lo nombramos como el “último><
cimarrón, y el “ultimo” testigo de
los cambios modernizadores de El Pedregal.
(7)
Si bien es cierto que los conceptos de fuerza y poder
tiende a confundirse dentro de ciertos órdenes
cognoscitivos, quizá la pequeña explicación
que da Elías Canetti en su libro de ensayos titulado:
Masa y poder nos ayude aclarar éste
punto. “Con fuerza se asocia la idea de algo que
está próximo y presente. Es más
coercitiva e inmediata que el poder. Se habla, con mayor
énfasis, de fuerza física. A niveles inferiores
y de animales, es mejor hablar de fuerza que de poder.
Una presa es agarrada por la fuerza y llevada a la boca
con fuerza. Cuando la fuerza dura más tiempo
se convierte en poder”. (Canetti,1987:277)
(8)
En el caso de la obra de Leizaola, se observa una presión
“positiva” institucional, ya que es la Fundación
Cultural Chacao, la que promociona el libro, buscando
una cierta genealogía para crear “historia”
de una municipalidad autónoma y que cobra vida
en la década de los años noventa, generando
roces con el antiguo municipio Sucre que ostentaba el
poder de Chacao. Un caso de presión “negativa”
—que tiende a ser los más comunes—
podemos referirnos al libro Me llamo Rigoberta Menchú
y así me nació la conciencia., el
cual creó una serie de conmociones institucionales
en varias partes del mundo, cuando se relató
cómo la institucionalidad gubernamental guatelmateca
atacaba a los pueblos Quiché.
(9)
Aristóteles, en su Política,
afirma: “De aquí se deduce claramente cuál
es la naturaleza y la facultad del esclavo: el que por
naturaleza no pertenece a sí mismo, sino a otro,
siendo un hombre, ése es naturalmente esclavo;
es hombre de otro el que, siendo hombre, es una posesión,
y la posesión es un instrumento activo e independiente.”
(Libro I, 1254ª). Naturalmente respetamos las consideraciones
culturales que hace que Aristóteles asuma esta
definición, pero en la actualidad no es imposible
asumirla, por los testimonios que se han generado a
partir de la esclavitud en todo el mundo.
1
- 2 -
BIBLIOGRAFÍA |