“ Tenía 17 años cuando apareció su primer libro, El mendigo de la belleza, “me consideraron un niño prodigio, y sin embargo no era sino un huérfano”, escribió en su Currículum Vitae.”

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Attila József, o una lucidez desesperada

por Rafael Ojeda

 

¡No hago pactos! ¡Déjenme ser feliz!

Attilla József

 

Hace cien años nació Attila József, poeta cuya vida reproduce el período más doloroso y mustio de la historia húngara. Tal vez por ello aún resulte un enigma cómo la fatalidad, el abandono y la desprotección pueden habernos dejado versos tan bellos, que discurren en ese tránsito espectral de Eros, Pathos y Thánatos, pero no como sintomatologías freudianas, sino en un plano esencial en el que todo, hasta lo más amargo, adquiere inusitadas cuotas de dulzura.

Una suerte de Modigliani de la poesía, un Maiakovski sombrío o un Villon comprometido y defensor de causas perdidas, en el que convergen exacerbados el fervor político, las pulsiones de creación y de muerte. Donde los estigmas de la primera gran guerra, la pobreza y el acecho del fascismo, marcarían su obra y breve destino personal, como el símbolo más sensible de su generación trágica, en una Europa que enloquecería prontamente. Y cuya precocidad lo llevará a publicar sus primeros poemas en la principal revista literaria de Hungría, “Nyugat” [Occidente], cuando tenía apenas 16 años.

Mas hablar de precocidad en la poesía, nos refiere frecuentemente a la irreverente y genial figura de Arthur Rimbaud, a la cohorte simbolista y la Comuna de París, haciéndonos olvidar a otros, como Thomas Chatterton, aquel niño inglés que a los 16 había escrito los poemas de Rowley, haciéndolos pasar por manuscritos del siglo XV, y que repudiado tras descubrirse el engaño, fue arrastrado por todos desde la miseria hacia el suicidio, cuando tenía tan solo 18 años, escribiendo en su poema de “Despedida”: “Adiós, Bristol, inmunda ciudad de ladrillos. / Amantes de la riqueza, adoradores del engaño, / Rechazaron a puntapiés al niño que divulgó / viejas acusaciones” (...) “No permitas que me equivoque. / Ten misericordia, Cielo, cuando deje de vivir. / Y perdonen este último acto de miseria”.

Desde muy niño Attila dio muestras de inusitada inteligencia, ya a los 12 años había escrito sus primeros poemas, y pese a  la pobreza, el infortunio y los trastornos de la pubertad, que habían afectado su mente llevándolo a intentar quitarse la vida en varias ocasiones, fue un estudiante brillante.  En su “Currículum vitae”, escrito en febrero de 1937 para un banco en el que solicitara trabajo, relata: “Al terminar el sexto grado abandoné el liceo y el internado, pues en mi aislamiento me sentía desocupado, no estudiaba, pues me sabía la lección tan  pronto el profesor la explicaba ”, había aprobado el examen de séptimo y octavo grado de una sola vez  terminando la escuela rápidamente.

Poeta proletario lo llamaron. Nació un 11 de abril de 1905, en un suburbio obrero y miserable de Budapest, Ferencváros, lugar en cuya estación de niño robaba madera y carbón para calentarse y salvar del frío a su madre y dos hermanas. Su padre, un jabonero medio rumano medio székely —es decir húgrio habitante de Transilvania—, abandonó a su familia cuando József  tenía apenas tres años. Fue   declarado huérfano por la asistencia pública, que lo envió a Öcsöd, pueblo de las llanuras de Hungría donde fue criado por campesinos y tuvo que trabajar cuidando cerdos —como lo hacían los niños pobres del campo para sobrevivir— hasta los 7 años; edad en la que su madre Borbála Pöcze llega a dicha ciudad para rescatarlo y llevarlo a estudiar a Budapest.

Borbála hacía trabajos domésticos para mantener a sus hijos, pero la pobreza y el terrible “ciempiés” del cáncer le devoraron el vientre, matándola durante la navidad de 1919. “Mi madre era menuda y murió pronto / porque todas las lavanderas mueren pronto / la carga hace temblar sus piernas / y la cabeza les duele de planchar” (...) “De tanto lavar su espalda se encorvó / yo no sabía que era tan joven / en su sueño llevaba un limpio delantal”.

Esta vez el asilo de huérfanos elegiría como su tutor a su cuñado. Más tarde tuvo que partir a ciudad de Makó, donde pudo obtener una plaza de estudio gratuita. Tenía 17 años cuando apareció su primer libro, El mendigo de la belleza, “me consideraron un niño prodigio, y sin embargo no era sino un huérfano”, escribió en su Currículum Vital.

Pero él, un ortodoxo de religión, fue perseguido y acusado de haber blasfemado contra Dios en un poema. El Tribunal Supremo lo absolvió, pero eso no pudo evitar que los versos de  “Corazón puro ”, escrito a los 17 años,  le valieran el odio de un profesor suyo, quien le dijera que mientras él  viviese, jamás sería maestro de liceo: “a un hombre que escribe tales cosas nosotros no le podemos confiar la educación de generaciones futuras”. Entonces, fue expulsado de Universidad de Szeged, pero, no obstante ello, el público aclamará el poema, considerándolo una suerte de manifiesto de la generación de posguerra en Europa Central. Y el crítico Paul Ignotus, —hijo del fundador de “Nyugat”, revista forjadora de la nueva literatura “magyar” en torno a los emblemáticos Ady, Babits y Kassák—, lo presentará después como modelo para la nueva poesía.

El poema en versión de Alberto Bixio, traductor de la “Autobiografía” de Koestler citada, reza: “No tengo Dios, no tengo rey / mi madre nunca usó anillo, / no tengo choza ni lugar donde morir, / no doy besos no tengo amante. // Durante tres días mastiqué mi pulgar / por falta de un mendrugo de pan. / Aunque tengo veinte años y soy fuerte y sano, / mis veinte años están en venta // Si nadie quiere comprarlos, / el demonio tiene derecho a hacer su oferta: / entonces, usando de mi sentido común, / robaré y mataré inocentemente. // Hasta que me cuelguen alto de una cuerda, y yazga en la bendita tierra..., / Y crezcan venenosas hierbas / desde mi corazón sencillo y puro.”

Ni en sus visiones más sombrías y apocalípticas, Attila sacrifica la frescura ni la pureza ni el lirismo salvaje característicos en algunos de sus poemas : La opresión, como una bandada de buitres, / convierte en carroña los corazones; / y la miseria se escurre por todo el globo, como saliva por el rostro de un idiota.” Algo también sensible en la retórica aterradora de los versos de “No soy yo quien grita”: “¡Cuidado! ¡Cuidado¡ ¡El diablo ha enloquecido! /Escóndete en el fondo limpio de los manantiales, fúndete al cristal de la ventana, / ocúltate tras los fuegos de los diamantes, / bajo las piedras, entre los insectos, / escóndete en el pan recién salido del horno. / Oh, Tú, pobre, mi pobre. / Con el fresco aguacero fíltrate en la tierra. / En vano hundes tu rostro en ti mismo, sólo podrás lavarlo en otro rostro...”

Pero, tras esa violencia profética presente en sus mayores textos juveniles, hay un vacío ontológico que lo acosa, una desolación que irá agudizándose con el paso de los años, y se concretará en la imagen glaciar de los versos de “Sin esperanza” : “Mi corazón sentado en la rama de la nada / su pequeño cuerpo estremece silencioso”, o en la invocación existencialista de “Resurge en la corriente”: “Asústame Dios mío, / Necesito de tu ira. / Resurge en la corriente, / que no te arrastre el curso de la nada”, o en el tono lírico de Quizás desaparezca prontamente: “Quizás como la huella en el bosque de la fiera / desaparezca un día / Y mis procesiones se esfumen / con el viento.”

A partir de 1925, año en el que aparece su segundo libro, No soy yo quien grita, pese a su miseria y constantes quiebres de salud —aunque la pobreza lo acompañará a lo largo de toda su vida—, Attila viaja a Viena, donde estudia, vende periódicos y hace la limpieza en una academia húngara del lugar para subsistir. Luego será profesor particular, y gracias a una beca financiada por un barón mecenas de las letras húngaras, partirá a París, donde estudiará en la Sorbona, y conocerá, entre otros, a Tristán Tzara. Para regresar luego a Budapest, y estudiar en la facultad, evitando los exámenes de profesorado, debido a la amenaza de aquel profesor que le impedirían dedicarse a la docencia. En 1929 publica “No tengo padre ni madre”, volumen de rasgos surrealistas heredados de su reciente experiencia parisina.

Arthur Koestler, quien con Andor Németh, lo conocieran cuando Attila tenía 27 años, y viera en él a un intelectual apasionado por discutir incansablemente hasta las tres o cuatro de la mañana, a “un perfecto acróbata de la dialéctica” que permanentemente estaba huyendo de la poesía para dar en lo cerebral y de lo cerebral para dar en la poesía, lo describe así en su “Autobiografía”: “rostro alargado, de frente amplia, ojos serenos y pardos y rasgos regulares, tranquilos (...) en su aspecto sereno nada indicaba que había estado varios meses en un manicomio, enfermo de desilusión y que se encaminaba a un fin trágico”(...) “A decir verdad, en la época de nuestra amistad era un hombre perfectamente normal, salvo sus obsesiones intelectuales. Entre éstas últimas las dominantes eran el psicoanálisis y la dialéctica hegelianomarxista”.   Creía que lo que le confería carácter a la poesía última de József, era esa milagrosa conjunción de lo intelectual y lo melancólico: “...sus poemas más complejos y cerebrales, sus poemas marxistas y freudianos, suenan como canciones folklóricas y a veces hasta como canciones de cuna; «la ideología» está completamente disuelta en la música. El ritmo de Attila casi siempre se traduce automáticamente en canto”.

Su producción poética intensa pero desigual, es una concreción de influencias surrealistas, expresionistas, baladas del folklore húngaro, y de una estética obrerista distante del realismo socialista vigente en su época. Su estilo casi autobiográfico, intimista y políticamente comprometido, reside en una luctuosa y dulce originalidad, que lo hace descollar sobre sus coetáneos. Es decir, en ese talento para hacer de lo horroroso imágenes sublimes, envolviendo lo irrelevante, lo cotidiano, en fuertes dosis de ternura. Algo que asume niveles paradigmáticos en los siguientes versos:

“Bella es la noche. Duerme tranquila, dulcemente. / Mis vecinos se acuestan. / Los adoquinadores caminaron a paso lento. / Lejos la piedra resonaba pura, / y el martillo / y la calle, / y ahora hay este silencio. / Hace tiempo que no te veo. // Tus brazos laboriosos son tan frescos / como este río del gran silencio / que no murmura y se aleja lentamente, / tan lentamente que a su lado se duermen los árboles, / y luego los peces / y yo me quedo solo, solo. // Estoy cansado de tanto trabajar, / También voy a dormirme. / Duerme tranquila, dulcemente. / Seguramente tú estás triste, / y por eso estoy triste también. // Hay silencio. / Ahora las flores nos perdonan”.

Al aparecer en 1931, “Abate el capitalismo, no te quejes”, es censurado por su carácter político. Attila formó parte activa de la efervescencia política y revolucionaria que recorría la Europa de su tiempo, lo que hizo que él, un lector de Marx y Freud –aunque Koestler diría que murió víctima de ambos-, se afiliara al clandestino partido comunista húngaro, del que será expulsado por la facción sectaria de éste en 1933, que vio peligrosa su tendencia trotskista. En tanto él, un socialista puro que detestaba “el ‘bonapartismo' de Stalin con la pasión de un jacobino”, un revolucionario con el corazón destrozado y más dolido aún por la miseria de su patria y la amenaza del fascismo en el mundo, nunca se alejará emocionalmente de sus  antiguos camaradas: “Abajo el capitalismo / ¡Carne y poder a los obreros!”. “Se agitan los imperios capitalistas, / rechinan sus colmillos que desgarran al mundo”. “!Anda poesía, participa en la lucha de clases! / ¡Iras ascendiendo junto con la masa!”.

Por ello, tampoco estuvo distante de las angustias de otros pueblos. Durante un tiempo trabajaría en la traducción de una comedia de Lope de Vega que quedaría inconclusa, pero su poesía, como la de muchos otros poetas de su generación, tuvo resonancias de la Guerra Civil Española, directamente en los versos de “Epitafio de un labriego español”, que en palabras de Fayad Jamís dicen: “Franco, el general, me enroló, feroz soldado, en sus filas. / Temí ser fusilado. No era posible huir. / Temí: luché con él contra la libertad, contra el derecho / tras los muros de Irún. Y así también me halló la muerte.

En una “Antología de la poesía húngara”, publicada en 1981, Éva Tóth, desde una lectura afectada de visiones ideológicas y asonante con la canonización “post morten” que los comunistas húngaros hicieran de él; lo presenta como representante de rango mundial de la nueva clase obrera: “József recorre, pues, la escala entera de la “miseria nacional”, el hambre y la esquizofrenia (...) los conflictos y frustraciones de raíz individual y social, son analizados por él en poemas tan musicales que a veces presentan la sencillez de una canción popular. Su poesía de amor es única y novedosa por la pureza hímnica y la determinación biológica y social”, con esa conclusión en extremo determinista, Éva identifica en su desafortunada vida, el génesis de la genial obra de József, y su poética, “que moviliza como consignas combativas, cual coro de recitadores obreros, y lo llevan a elaborar síntesis socio históricas que lo elevan a la cima de la poesía filosófica húngara”. Sin embargo, en vida fue mal visto e incomprendido por sus compañeros de partido, que criticaron su poesía por su pesimismo y ser insuficientemente de agitación, siendo paulatinamente puesto de lado y marginado, siendo excluido también del Congreso de Escritores Soviéticos, de 1935, realizado en Moscú, al que asistió en su lugar el poeta Gyula Illyés.

Sus últimos libros serán Noche de arrabal (1932), Danza del oso (1934) y Duele mucho (1936). Para eso Attila ya había roto con la gente de “Nyugat ”. Es posible que la belleza extraordinaria de su última poesía haya surgido de la búsqueda de salvación en la palabra, que al final le fue insuficiente, y que debido al morbo congregado en torno a su trágico fin, muchos críticos tengan especial predilección por este período en el que descubren una complejidad simbólica depurada y una intensidad inédita hasta entonces en József y en la poesía contemporánea, en esa simbiosis de lo intelectual y lo lírico, de lo ideológico y lo amoroso. Pero contra eso, diré que él no buscaba redención en la poesía, sino en la vida real. Por ello, quitándole dramatismo al asunto, escribirá: “Sí soy poeta, ¿pero a mí qué puede interesarme la poesía en sí misma? No sería tan bello si la estrella del río nocturno subiese al cielo...”

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