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En
los últimos tiempos, los campos feriales aludidos
también ofrecen un surtido de obras de publicación
reciente que encajan en lo que se denomina la oferta
de la industria editorial formal, aunque debemos señalar
que esa oferta tiene como principal finalidad encubrir
la masiva venta de libros piratas que se comercializan
en dichos campos feriales. Si los campos feriales aludidos
no ofrecieran libros piratas, no existirían.
(8)
Es
evidente que se pueden encontrar libros piratas en dichos
campos feriales, pero no creemos que su desaparición
conlleve también la eliminación de la
piratería. El problema no es dónde ni
quién los venda, sino quiénes permiten
que esto suceda y quiénes refuerzan, con su consumo,
el mantenimiento de la piratería.
Esta
idea sustenta un problema bicefálico: por una
parte, todo lo tocante a la economía; y por otro
existe también un grave vacío ético
y moral, cuya solución requiere de una toma de
conciencia por parte de los productores y vendedores
de libros piratas.
Mención
aparte merecen los compradores, quienes son responsables,
en igual o mayor parte, al momento de adquirir libros
pirateados. El consumidor es cómplice y no se
percata que con la compra de piratería contribuye
al elevamiento de los precios, ya que las editoriales
reducen sus tirajes y los libros se hacen más
caros.
El
escritor, el gran perjudicado
En
esta segunda parte analizaremos los perjuicios que deja
el mercado pirata en el Perú: en la estructura
literaria, moral y económica. Una visión
superficial del problema puede señalar que los
(económicamente) más perjudicados por
la piratería son las editoriales y, por ende,
sus trabajadores. Pero el escritor, el que está
detrás de todo el impulso del libo, es quien
sufre directamente el robo que le hacen los piratas.
Porque una editorial puede reponerse con la venta de
otros libros, ya que no todos los títulos son
pirateados, sino sólo los de mayor demanda y
cuya reproducción sea accesible. Pero para el
autor, es su obra.
Entonces,
la piratería se convierte en un obstáculo
insalvable para el impulso de la literatura en nuestro
país. Los escritores, al no encontrar un respaldo
sólido que les permita desarrollarse profesionalmente,
muchas veces desisten en publicar.
El
problema se agrava si hablamos del nacimiento de nuevos
escritores. Las expectativas son mínimas. Si
su libro tiene “éxito”, la piratería
se entromete inmediatamente y llena de ejemplares informales
los puestos de los campos feriales, vendiendo una cantidad
mucho mayor a la de los originales.
El
novel se siente defraudado, la motivación desaparece.
Porque si bien es cierto su libro es muy difundido,
por otra parte, la retribución económica
no obedece a la acogida real del texto.
Lamentablemente,
frente a esto, los nuevos escritores no ven en países
como el nuestro la oportunidad de desarrollar plenamente
su literatura. La piratería, aunada al escaso
número de lectores que acceden a un original,
no brinda garantías para avizorar un éxito
siquiera relativo.
Alternativas
y resistencias
Sin
embargo, hay quienes combaten el problema directamente,
es decir, no esperan la defensa del Estado o la intervención
de editoriales en contra de la piratería. Oswaldo
Reynoso, por ejemplo, en su calidad de escritor (cuyo
libro Los inocentes era altamente pirateado),
propone medidas alternativas.
“Cuando
me enteré que algunos de mis libros habían
sido pirateados, resolví autopiratearme. Ofrezco,
pues, libros bien editados y a precios a veces más
bajos que los ilegales. El resultado ha sido favorable.
Han desaparecido mis libros del mercado de piratas y
he acrecentado las ventas que por lo general hago con
el lema: del autor al lector”, sostiene.
Reynoso
se refiere a productos económicos, no editados
con la calidad convencional de un original, pero llega
a diferenciarse de los piratas. Lo más importante,
en este caso, es que los derechos de autor se mantienen
y los lectores pueden adquirir sus libros a menor precio.
El
autor de En octubre no hay milagros cree que
la única manera de combatir la piratería
en el Perú consiste en poner en la plaza libros
bien editados, cuyos precios le hagan competencia a
los libros piratas, pero que, además, retribuyan
económicamente al autor.
Al
respecto, recuerda que en los últimos años
han empezado a aparecer ediciones de libros a precios
relativamente cómodos. Podemos citar como ejemplo
el caso de la editorial Norma, que vende los libros
de Gabriel García Márquez a precios accesibles.
Las editoriales y la Ley
del Libro
En
el caso de las editoriales formales, estas empresas,
en su mayoría transnacionales, dejan de percibir
una gran cantidad de dinero, ya que los títulos
que publican (y justamente los más comerciales)
se encuentran, también y a menor costo, en el
mercado informal.
Las
cifras, en perjuicio de las editoriales formales son
contundentes. En 2001, el sector editorial perdió
12.5 millones de dólares porque la piratería
alcanzó a cubrir el 40% del mercado editorial.
(9)
Pero
quién es el responsable de la existencia de la
piratería y, por ende, del descalabro económico
que sufren las editoriales. Mario Vargas Llosa, en el
prologo hecho al libro El otro sendero, de
Hernando de Soto, intenta una respuesta: “Porque
en países como el Perú el problema no
es la economía informal, sino el Estado. Aquélla
es, más bien, una respuesta popular espontánea
y creativa ante la incapacidad estatal para satisfacer
las aspiraciones más elementales de los pobres”.
(10)
La
responsabilidad recae sobre el Estado y las autoridades
competentes. Analicemos al respecto la famosa y relativamente
nueva Ley del Libro (Ley Nº 28086). La
CPL señala, respecto a la ley, que esta norma,
en su artículo 31º, dispone que “el
Estado promueve el respeto a los derechos de la propiedad
intelectual y combate la piratería en todas sus
modalidades”. Sin embargo, el Perú no cuenta
con los medios técnicos y económicos,
ni con una orientación clara, para desarrollar
una política coherente, sistemática y
eficaz que erradique el flagelo de la piratería.
Es
más, existe un amplio sector de la opinión
pública —en el que se cuentan algunas autoridades
gubernamentales, líderes de opinión y
algunos periodistas— que no es consciente de la
gravedad de este problema y considera que la sociedad
debe ser permisiva con los piratas de libros, con la
presunta finalidad de favorecer a los ciudadanos de
los sectores sociales de menores ingresos que, según
se dice, no tendrían acceso al libro de otra
forma.
Aparentemente,
dicha ley no cuenta con un apoyo general, como lo señala
la CPL en su página
web. Incluso muchas autoridades creen que la piratería
es un alivio, porque permite que los lectores con pocos
recursos económicos puedan también acceder
a la cultura. El hecho de vender a menos precio para
apoyar a los menos favorecidos es una idea coherente,
pero no si aquella acción es ilícita y
va en detrimento de terceros, en este caso, en contra
el autor.
Centrémonos en los puntos más importantes
que tienen como objetivo erradicar la piratería.
La ya nombrada Ley del Libro contiene:
1.-
La exoneración del Impuesto General a las Ventas,
a la importación y/o venta en el país
de los libros y productos editoriales afines. Esta exoneración
dispuesta en este artículo regirá por
un período de doce años contados a partir
de la vigencia de la ley (capítulo 1, artículo
19).
2.- Los editores de libros tendrán derecho a
un reintegro tributario equivalente al Impuesto General
a las Ventas consignado separadamente en los comprobantes
de pago correspondientes a sus adquisiciones e importaciones
de bienes de capital, materia prima, insumos, servicios
de preprensa electrónica y servicios gráficos
destinados a la realización del proyecto editorial
(artículo 20).
3.-
En lo que se refiere a la distribución. Los libros
y productos editoriales afines editados y/o impresos
en el Perú podrán gozar de tarifa postal
preferencial, de acuerdo con los convenios que se suscriban
con las empresas concesionarias del servicio postal
(artículo 24).
En
los dos primeros puntos, al ser eliminadas las tarifas
arancelarias, se estima que el precio de venta se reduciría
en un 10.5%. Porcentaje considerable que, sin duda,
permitirá tener un mayor acceso, de parte de
los lectores, a los libros originales.
Acerca del tercer punto, se considera que normalmente
las tarifas por el envío de textos al interior
del país son las mismas que se cobran por cualquier
otro producto. Esto ocasiona que los libros cuesten
mucho más que en su lugar de producción.
Aparentemente, estos precios disminuirían con
la vigencia de dicha ley. Disminución que permitirá
una mayor difusión del libro, principalmente,
en el resto del Perú.
Por otro lado, el siguiente es un artículo que
se refiere al destino de los libros piratas incautados.
4.–
Los libros y productos editoriales afines que sean decomisados
por la autoridad competente, serán remitidos
a Promolibro, que determina su distribución a
las bibliotecas públicas y/o de centros educativos,
previo consentimiento del autor, y en ausencia de éste,
previo consentimiento del derecho-habiente o de los
titulares de los derechos de autor, determinando así
su disponibilidad y de acuerdo al reglamento (capítulo
5, artículo 34).
Contrariamente
a este artículo, sostenemos que los libros piratas
deberían ser incinerados o destruidos, pero no
reenviados a las bibliotecas o escuelas públicas.
El hecho de tratarse de productos ilegales es motivo
suficiente como para desaparecerlos y no hacer, por
el contrario, que algunos lectores tengan acceso a ellos.
El efecto es contraproducente si se quiere alejar a
la gente de consumir libros piratas.
Siguiendo
con el problema legal, pero ahora en cuanto a su aplicación,
debemos señalar que ya se han realizado algunos
operativos policiales. Por ejemplo, el 15 de octubre
del año pasado se intervino el campo ferial del
jirón Quilca, en el Cercado de Lima. Como aparece
en la edición del diario El Comercio del
día siguiente, "apenas dos de los 59 puestos
que expenden libros en el Bulevar de la Cultura no vendían
libros piratas o, al menos, no los tenían cuando
fueron intervenidos ayer por la Policía y el
Ministerio Público. Sin embargo, a los 57 restantes,
se les incautó aproximadamente dos toneladas
de libros piratas, que luego fueron almacenados en los
depósitos de la fiscalía hasta que se
determine cuál será su destino final".
En
lo que concierne a la ley, lamentablemente, los escasos
operativos realizados hasta la fecha no hacen mella
en la industria pirata.
En
conclusión, al margen de estas intervenciones
policiales, y por más que se hagan más
frecuentes, la piratería es un problema que tiene
como defensor implicado y motivo principal al consumidor.
Aquí no hay distingos de mayor o menor poder
adquisitivo, porque tanto en las avenidas de los distritos
pudientes como en los campos feriales se dispensan los
libros piratas, a diestra y siniestra.
Mientras haya compradores —y ese definitivamente
es un problema ético—, siempre existirá
quien produzca un libro pirata. Ni las leyes ni las
estrategias editoriales (11)
podrán eliminar la piratería por completo.
Si
los compradores de libros piratas dejaran de consumirlos,
esta industria informal no tendría ninguna razón
de ser. Como consecuencia, las editoriales formales
deberían cubrir esa demanda y el tiraje de los
ejemplares sería mucho mayor, lo cual abarataría
el precio del libro original. 
©
Jack Martínez, 2005
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(8)
Ídem.
(9) Sysel Ruiz
Peña. Impacto de la piratería.
(10) Hernando
de Soto. El otro sendero, p. XVIII.
(11) Como el
caso de la publicación del libro Memorias
de mis putas tristes, donde la estrategia consistió
en esperar que los libros pirateados salgan primero
y luego revisar nuevamente el texto original, afianzar
el estilo, corregir la ortografía y principalmente
cambiar el desenlace de la historia.
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| Jack
Martinez (Lima-Perú,
1983) Estudia
Literatura en la Universidad Nacional Mayor de
San Marcos y Psicología en la Universidad
Federico Villarreal. Fue colaborador de la agenda
Mes Cultural y forma parte del comité
editorial de El Hablador. |
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Para
citar este documento:
http://www.elhablador.com/pirata1.htm
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