El problema no es dónde ni quién los venda, sino quiénes permiten que esto suceda y quiénes refuerzan, con su consumo, el mantenimiento de la piratería..

 

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Piratas y pirateados. Libros informales e industria editorial

por Jack Martínez (*)

 

En los últimos tiempos, los campos feriales aludidos también ofrecen un surtido de obras de publicación reciente que encajan en lo que se denomina la oferta de la industria editorial formal, aunque debemos señalar que esa oferta tiene como principal finalidad encubrir la masiva venta de libros piratas que se comercializan en dichos campos feriales. Si los campos feriales aludidos no ofrecieran libros piratas, no existirían. (8)

Es evidente que se pueden encontrar libros piratas en dichos campos feriales, pero no creemos que su desaparición conlleve también la eliminación de la piratería. El problema no es dónde ni quién los venda, sino quiénes permiten que esto suceda y quiénes refuerzan, con su consumo, el mantenimiento de la piratería.

Esta idea sustenta un problema bicefálico: por una parte, todo lo tocante a la economía; y por otro existe también un grave vacío ético y moral, cuya solución requiere de una toma de conciencia por parte de los productores y vendedores de libros piratas.

Mención aparte merecen los compradores, quienes son responsables, en igual o mayor parte, al momento de adquirir libros pirateados. El consumidor es cómplice y no se percata que con la compra de piratería contribuye al elevamiento de los precios, ya que las editoriales reducen sus tirajes y los libros se hacen más caros.

El escritor, el gran perjudicado

En esta segunda parte analizaremos los perjuicios que deja el mercado pirata en el Perú: en la estructura literaria, moral y económica. Una visión superficial del problema puede señalar que los (económicamente) más perjudicados por la piratería son las editoriales y, por ende, sus trabajadores. Pero el escritor, el que está detrás de todo el impulso del libo, es quien sufre directamente el robo que le hacen los piratas. Porque una editorial puede reponerse con la venta de otros libros, ya que no todos los títulos son pirateados, sino sólo los de mayor demanda y cuya reproducción sea accesible. Pero para el autor, es su obra.

Entonces, la piratería se convierte en un obstáculo insalvable para el impulso de la literatura en nuestro país. Los escritores, al no encontrar un respaldo sólido que les permita desarrollarse profesionalmente, muchas veces desisten en publicar.

El problema se agrava si hablamos del nacimiento de nuevos escritores. Las expectativas son mínimas. Si su libro tiene “éxito”, la piratería se entromete inmediatamente y llena de ejemplares informales los puestos de los campos feriales, vendiendo una cantidad mucho mayor a la de los originales.

El novel se siente defraudado, la motivación desaparece. Porque si bien es cierto su libro es muy difundido, por otra parte, la retribución económica no obedece a la acogida real del texto.

Lamentablemente, frente a esto, los nuevos escritores no ven en países como el nuestro la oportunidad de desarrollar plenamente su literatura. La piratería, aunada al escaso número de lectores que acceden a un original, no brinda garantías para avizorar un éxito siquiera relativo.

Alternativas y resistencias

Sin embargo, hay quienes combaten el problema directamente, es decir, no esperan la defensa del Estado o la intervención de editoriales en contra de la piratería. Oswaldo Reynoso, por ejemplo, en su calidad de escritor (cuyo libro Los inocentes era altamente pirateado), propone medidas alternativas.

“Cuando me enteré que algunos de mis libros habían sido pirateados, resolví autopiratearme. Ofrezco, pues, libros bien editados y a precios a veces más bajos que los ilegales. El resultado ha sido favorable. Han desaparecido mis libros del mercado de piratas y he acrecentado las ventas que por lo general hago con el lema: del autor al lector”, sostiene.

Reynoso se refiere a productos económicos, no editados con la calidad convencional de un original, pero llega a diferenciarse de los piratas. Lo más importante, en este caso, es que los derechos de autor se mantienen y los lectores pueden adquirir sus libros a menor precio.

El autor de En octubre no hay milagros cree que la única manera de combatir la piratería en el Perú consiste en poner en la plaza libros bien editados, cuyos precios le hagan competencia a los libros piratas, pero que, además, retribuyan económicamente al autor.

Al respecto, recuerda que en los últimos años han empezado a aparecer ediciones de libros a precios relativamente cómodos. Podemos citar como ejemplo el caso de la editorial Norma, que vende los libros de Gabriel García Márquez a precios accesibles.

Las editoriales y la Ley del Libro

En el caso de las editoriales formales, estas empresas, en su mayoría transnacionales, dejan de percibir una gran cantidad de dinero, ya que los títulos que publican (y justamente los más comerciales) se encuentran, también y a menor costo, en el mercado informal.

Las cifras, en perjuicio de las editoriales formales son contundentes. En 2001, el sector editorial perdió 12.5 millones de dólares porque la piratería alcanzó a cubrir el 40% del mercado editorial. (9)

Pero quién es el responsable de la existencia de la piratería y, por ende, del descalabro económico que sufren las editoriales. Mario Vargas Llosa, en el prologo hecho al libro El otro sendero, de Hernando de Soto, intenta una respuesta: “Porque en países como el Perú el problema no es la economía informal, sino el Estado. Aquélla es, más bien, una respuesta popular espontánea y creativa ante la incapacidad estatal para satisfacer las aspiraciones más elementales de los pobres”. (10)

La responsabilidad recae sobre el Estado y las autoridades competentes. Analicemos al respecto la famosa y relativamente nueva Ley del Libro (Ley Nº 28086). La CPL señala, respecto a la ley, que esta norma, en su artículo 31º, dispone que “el Estado promueve el respeto a los derechos de la propiedad intelectual y combate la piratería en todas sus modalidades”. Sin embargo, el Perú no cuenta con los medios técnicos y económicos, ni con una orientación clara, para desarrollar una política coherente, sistemática y eficaz que erradique el flagelo de la piratería. Es más, existe un amplio sector de la opinión pública —en el que se cuentan algunas autoridades gubernamentales, líderes de opinión y algunos periodistas— que no es consciente de la gravedad de este problema y considera que la sociedad debe ser permisiva con los piratas de libros, con la presunta finalidad de favorecer a los ciudadanos de los sectores sociales de menores ingresos que, según se dice, no tendrían acceso al libro de otra forma.

Aparentemente, dicha ley no cuenta con un apoyo general, como lo señala la CPL en su página web. Incluso muchas autoridades creen que la piratería es un alivio, porque permite que los lectores con pocos recursos económicos puedan también acceder a la cultura. El hecho de vender a menos precio para apoyar a los menos favorecidos es una idea coherente, pero no si aquella acción es ilícita y va en detrimento de terceros, en este caso, en contra el autor.
Centrémonos en los puntos más importantes que tienen como objetivo erradicar la piratería. La ya nombrada Ley del Libro contiene:

1.- La exoneración del Impuesto General a las Ventas, a la importación y/o venta en el país de los libros y productos editoriales afines. Esta exoneración dispuesta en este artículo regirá por un período de doce años contados a partir de la vigencia de la ley (capítulo 1, artículo 19).

2.- Los editores de libros tendrán derecho a un reintegro tributario equivalente al Impuesto General a las Ventas consignado separadamente en los comprobantes de pago correspondientes a sus adquisiciones e importaciones de bienes de capital, materia prima, insumos, servicios de preprensa electrónica y servicios gráficos destinados a la realización del proyecto editorial (artículo 20).

3.- En lo que se refiere a la distribución. Los libros y productos editoriales afines editados y/o impresos en el Perú podrán gozar de tarifa postal preferencial, de acuerdo con los convenios que se suscriban con las empresas concesionarias del servicio postal (artículo 24).

En los dos primeros puntos, al ser eliminadas las tarifas arancelarias, se estima que el precio de venta se reduciría en un 10.5%. Porcentaje considerable que, sin duda, permitirá tener un mayor acceso, de parte de los lectores, a los libros originales.

Acerca del tercer punto, se considera que normalmente las tarifas por el envío de textos al interior del país son las mismas que se cobran por cualquier otro producto. Esto ocasiona que los libros cuesten mucho más que en su lugar de producción. Aparentemente, estos precios disminuirían con la vigencia de dicha ley. Disminución que permitirá una mayor difusión del libro, principalmente, en el resto del Perú.
Por otro lado, el siguiente es un artículo que se refiere al destino de los libros piratas incautados.

4.– Los libros y productos editoriales afines que sean decomisados por la autoridad competente, serán remitidos a Promolibro, que determina su distribución a las bibliotecas públicas y/o de centros educativos, previo consentimiento del autor, y en ausencia de éste, previo consentimiento del derecho-habiente o de los titulares de los derechos de autor, determinando así su disponibilidad y de acuerdo al reglamento (capítulo 5, artículo 34).

Contrariamente a este artículo, sostenemos que los libros piratas deberían ser incinerados o destruidos, pero no reenviados a las bibliotecas o escuelas públicas. El hecho de tratarse de productos ilegales es motivo suficiente como para desaparecerlos y no hacer, por el contrario, que algunos lectores tengan acceso a ellos. El efecto es contraproducente si se quiere alejar a la gente de consumir libros piratas.

Siguiendo con el problema legal, pero ahora en cuanto a su aplicación, debemos señalar que ya se han realizado algunos operativos policiales. Por ejemplo, el 15 de octubre del año pasado se intervino el campo ferial del jirón Quilca, en el Cercado de Lima. Como aparece en la edición del diario El Comercio del día siguiente, "apenas dos de los 59 puestos que expenden libros en el Bulevar de la Cultura no vendían libros piratas o, al menos, no los tenían cuando fueron intervenidos ayer por la Policía y el Ministerio Público. Sin embargo, a los 57 restantes, se les incautó aproximadamente dos toneladas de libros piratas, que luego fueron almacenados en los depósitos de la fiscalía hasta que se determine cuál será su destino final".

En lo que concierne a la ley, lamentablemente, los escasos operativos realizados hasta la fecha no hacen mella en la industria pirata.

En conclusión, al margen de estas intervenciones policiales, y por más que se hagan más frecuentes, la piratería es un problema que tiene como defensor implicado y motivo principal al consumidor. Aquí no hay distingos de mayor o menor poder adquisitivo, porque tanto en las avenidas de los distritos pudientes como en los campos feriales se dispensan los libros piratas, a diestra y siniestra.

Mientras haya compradores —y ese definitivamente es un problema ético—, siempre existirá quien produzca un libro pirata. Ni las leyes ni las estrategias editoriales (11) podrán eliminar la piratería por completo.

Si los compradores de libros piratas dejaran de consumirlos, esta industria informal no tendría ninguna razón de ser. Como consecuencia, las editoriales formales deberían cubrir esa demanda y el tiraje de los ejemplares sería mucho mayor, lo cual abarataría el precio del libro original.

© Jack Martínez, 2005

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(8) Ídem.

(9) Sysel Ruiz Peña. Impacto de la piratería.

(10) Hernando de Soto. El otro sendero, p. XVIII.

(11) Como el caso de la publicación del libro Memorias de mis putas tristes, donde la estrategia consistió en esperar que los libros pirateados salgan primero y luego revisar nuevamente el texto original, afianzar el estilo, corregir la ortografía y principalmente cambiar el desenlace de la historia.

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Jack Martinez (Lima-Perú, 1983) Estudia Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Psicología en la Universidad Federico Villarreal. Fue colaborador de la agenda Mes Cultural y forma parte del comité editorial de El Hablador.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/pirata1.htm


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