O padre o hijo o hermano
Rezumada la sangre
Llueve sobre el pecho abierto del pedernal
Es el mismo otro los que hablan en cada margen de la atalaya
y replican asmáticamente
De los ojos del cuervo he bebido la sal
desmesurado en cada cicatriz
donde se cuece la sombra del hombre
Es ave que tuerce e hila cenizas
sin distinguir la izquierda de la izquierda
por derrotero que se ciñe invertebrado
y es cieno donde el fuego labra cada resquemor
Una cruz sobre la lengua
—través tartamudo—
brilla amoratada
O madre o hija o hermana
Golpe de lágrima que se yergue en el viento que humana forma intenta
Son cálamo que pernocta en el mar y mirada febril
Rancio escampe el de los cuerpos
El rostro enclavado en el atrio
Era piedad de estuario
De los ojos del cuervo he bebido la sal
Carne del espíritu que cimienta
Dijeron paso magro y casi occipital
Con el nombre de quien hemos creído soy claman conjura
Te he amado
Recuérdalo
Te he amado
Era estirpe desierto en el cáñamo y no herencia
donde place el abismo desde el que se habla
Era se dijo tahúr enmohecido y vientre corrugado en el que resquebrajado verbo se alimenta
La lluvia no cesa
es ventosa de ciénaga y sien dispersa
Hablo desde el abismo
donde un terso silencio negro habita mi cuerpo
y una dehesa mi tacto
De los ojos del cuervo
Yo el mismo otro también he bebido la sal
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"Y nosotros, que pensamos en una felicidad ascendente,
sentiríamos la misma conmoción
que casi nos consterna
cuando algo jubiloso se derrumba",
R. M. Rilke
Esta voz que escuchas es la de un dios decapitado
que ha besado los ojos bífidos de la Muerte
y toda piel desgajada sobre la dársena.
He sido dos veces dios más que Dios;
he soñado con una humanidad empalada en su lengua,
mientras el piélago que magullaba entre los dientes sellaba su garganta
y acariciaba mis caderas;
he visto al fuego palidecer ante mi tacto sordomudo
y bebido el silencio de plumajes envenenados como si fueran dones:
“Si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación”,
César Vallejo
mi semejante.
Porque es la serpiente plañidera,
como el muerto en el espejo,
el mismo rostro que no deja ver su ceño
ni las impías nervaduras que dibujan la médula
en la que habita el abismo.
Esta es la voz de un dios decapitado
que llagó el amor más humano
y no supo asir zurdo y diestro:
fueron tarsos y desterrados los golpes,
ciegos los caballos que engulleron
los días donde he perdido el nombre de mis cicatrices
siendo un dios acéfalo del que yo mismo huyo.
© José Agustín Haya de la Torre, 2009 |