a césar calvo,
con torpeza.
se escribe un poema
para quitarle la ropa a una muchacha
y hacerle el amor sobre sus palabras
y hacerle el amor sobre las hojas que crepitan
como si fuera otoño
pero también se escribe un poema
para tener algo que decirle a la muchacha
porque sus labios son así
y la ternura de sus senos
es como la segunda madre
y sus ojos…
etcétera.
Contemplación
Salpica del cristalino manantial
un chorro de luz pura:
mi pequeño hijo nada,
y la belleza se convierte
en una valoración ingenua.
Sobre este espejo elemental
no existe la tristeza,
y aún nada de lo dicho en este poema
importa.
Sonido del agua –diría Bashō -,
¡claro!
(sonido del agua).
Variación de Li Po
No hace poco que nos hemos separado
y en mi puerta ya crecen crisantemos silvestres.
En la espesura, aves de hielo chillan inmortales
y sin descanso nos cuentan sus desdichas.
El rocío tenue ensombrece a las luciérnagas;
el frío marchita el campo solitario.
Mis mangas de seda se han humedecido
con mis lágrimas incontenibles
¡y ni el paso del tiempo detiene el río de mi pena!
Variación de Matsuo Bashō
En la cumbre más alta de Yamagata, el templo Ryusyaku levita sobre el vacío. Bien vale andar los siete ri para llegar hasta él, siguiendo la senda del silencio. Ni siquiera las rocas más filudas nos amilanan en la subida, arrancando las raíces de los pinos y robles, tan viejos como la misma montaña. Las primeras nevadas han pintado de invierno la cima, y allí, sobre la roca madre, el templo nos reclama; pero sus puertas están cerradas: la música lejana se ha callado y el viento ya no golpea sobre las tranquilas sombras.
Decido dar la vuelta por un risco, para subir por los peñascos hasta el santuario. Cansado frente a la hermosura quieta del paisaje, mi corazón se detiene:
Tregua de hielo:
¡quien más que la cigarra
perfora las rocas!
© Diego Alonso Sánchez, 2010
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