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La
cara de mis hijas
Este
cielo del mundo siempre alto,
Antes jamás mirado tan de cerca,
Que de repente veo en el redor,
En una y otra de mis ambas hijas,
Cuando perdidas ya las esperanzas
Que alguna vez al fin brillara acá
Una mínima luz del firmamento,
Lo oscuro en mil centellas desatando;
Que en cambio veo ahora por doquier,
A diario a tutiplén encegueciéndome
Todo aquello que ajeno yo creía,
Y en paz quedo conmigo y con el mundo
Por mirar ese lustre inalcanzable,
Aunque sea en la cara de mis hijas.
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Villanela
Llevarte
quiero dentro de mi piel,
Si bien en lontananza aún te acecho,
Para rescatar la perdido miel.
Contemplándote
como un perro fiel,
En el día te sigo trecho a trecho,
Que haberte quiero dentro de mi piel.
No más el sabor de la cruda hiel,
Y en paz quedar conmigo y ya rehecho,
Rescatando así la perdida miel.
Ni viva
aurora, ni oro, ni clavel,
Y en cambio por primera vez el hecho
De llevarte yo dentro de mi piel.
Verte de
lejos no es asunto cruel,
Sino el raro camino que me he hecho,
Para rescatar la perdida miel.
El ojo mío nunca te es infiel,
Aun estando ya distante de tu pecho,
Que haberte quiero dentro de mi piel,
Y así rescatar la perdida miel.
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El nudo
Esa
increíble infinitud del orbe
No codicio ni un mínimo pedazo,
Mas sí el espacio de tu breve cuerpo
Donde ponerme al fin a buen recaudo,
En el profundo de tus mil entrañas,
Que enteras conservaste para mí.
Al diablo el albedrío de la vida,
Sumo don de los hados celestiales,
Y nada más que estar en ti prefiero
Sujeto a tu carnal y firme lazo,
Que si vas a las últimas estrellas
Contigo ir paso a paso yo también.
Es así el vivir día y noche siempre
Bien atado a ti con el carnal nudo,
Aunque en verdad del todo libremente,
Pues de la tierra al cielo voy vengo.
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La tortilla
Si
luego de tanto escoger un huevo,
Y con él freír la rica tortilla
Sazonada bien con sal y pimienta,
Y del alma y cuerpo los profundos óleos,
Para que por fin el garguero cruce
Y sea ya el sumo bolo alimenticio
Albergado nunca en humano vientre;
¡Qué jeringa! si aquella tortilla
Segundos no más de ser comida antes,
Repentinamente una vuelta sufra
En la gran sartén del día,
Cual si un invisible tenedor filoso
Le pinche y le coja su faz recién frita,
El envés poniendo así boca arriba,
No de blancas claras ni de yemas áureas,
Mas un emplasto sí de mortal cicuta.
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Amanuense
Ya
descuajaringándome, ya hipando
Hasta las cachas de cansado ya,
Inmensos montes todo el día alzando
De acá para acullá de bofes voy,
Fuera cien mil palmos con mi lengua,
Cayéndome a pedazos tal mis padres,
Aunque en verdad yo por mi seso raso,
Y aun por lonjas y levas y mandones,
Que a la zaga me van dejando estable,
Ya a más hasta el gollete no poder,
Al pie de mis hijuelas avergonzado,
Cual un pobre amanuense del Perú. 
©
Carlos
Germán Belli, 2005
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