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Postal,
desde...
“Ella,
que hasta ahora había permanecido indiferente
y soñolienta, estaba como transfigurada”.
Alejo
Carpentier, Los pasos perdidos, 1953.
Tampoco
estuve lejos de sospecharlo,
lejos de voltear y clavar mi interés
en su ademán transfigurado.
Tan sólo calculo el gesto voluble a toda hora.
Luego, sin duda, sería la noche…
Intuyo la probabilidad de quedarme,
detenerme ahí,
eludiendo su presencia de mujer fortuita
y, en seguida, indicarle que regreso de inmediato,
que he olvidado en el lodo
mi poca certeza de animal exacto.
Así, ambos,
de súbito quizá,
repasaríamos el azar por un instante:
Yo, torpe. Ella, irresoluta.
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Repertorio urgente
en la noche alta
—Conjugaciones de la Postal—
A Ana Gabriela Padilla
I
No a los valles conjurados.
No he venido a eso.
II
Luego del punto ciego
de intuirnos en azar o sudor de acaso,
debimos —seguro— habernos sido descubiertos
y vueltos a cubrir
en esto que, sin tildes,
nos hace hoy sobrevolar el beso grave
por el límite suave de su peso.
III
Cosas hay que nos acusan…
El pómulo abierto
en su temblor entero.
La marca felina, su duro fervor voraz.
La garra del estrépito
en la ancha espalda.
Cierto hueco de hambre
a lo mutuo destinado.
No otra sino esta espiral sedienta
del nautilo que crece y nos conjuga adentro:
sed tuya en mí
y tuya de mí en vos.
Sed
de Ella en él
—se dirá—
y suya de él en Ella:
La Sospechada,
la única amada desde antes.
IV
Porque detrás del averno
reducido a hielo por este fuego cierto,
un ritmo de asensos
nos atrae a sus fauces:
nuestro viaje
hacia el NO mayúsculo,
libre, inexplorado.
El sí reconquistado,
más allá del don cesante de la muerte.
La nada adánica, a secas,
con su soplo álgido de barro;
álgido Adán, yo mismo,
en tu soplo raudo.
A
eso, ciertamente, fue que vine.
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Dora Maar
Harto
de tanto segundo piso, yo,
individuo anónimo en el suburbio,
derivo la grisación del espacio.
Por la avenida recoleta, sigo.
El
cese de lo visto abulta el ojo:
cero abolido es hoy sobre el asfalto,
resabio en voluntad devenido, así.
No el ocre denso del mimbresqueleto,
ni otras las horas de los otros. Nadie.
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Del Zen al Tsé-Tsé
A
Julio Serrano
Verdugo
de la vida,
el lenguaje: su opacidad de mosca,
eso que separa los objetos
sin rehuir de la materia.
(El
trajín de tanta cosa hueca.
Ése
que, flaco de sí y muerto,
decide esto por aquello
y nombra y ya se eleva
en inmodesto cacareo
hacia su empeño idiota de conceptos).
Nunca,
Julio,
lo
creímos nuestro. No.
Ni a su suerte.
Ni cuando, en la picota,
a nuestra hora, se nos dijo:
—¡Lenguaje nuestro, poetas…! —mientras
ellos,
los enfáticos, los jergosos de su puta ciencia,
repartían los dones del disfraz y la carantamaula,
para que, pronto,
nada de esa calistenia
nos fuera sostén de qué, de quién,
a cuenta de cuál desesperanza.
Pero
algo hay que supimos
cada uno por su lado:
antes del adjetivo
exacto y aplaudido
(antes
del besuqueo estético
con la vedette estática),
vivir
es necesario. Dolerse,
a su imagen, uno mismo.
Curados
del sueño,
en la víspera,
no nos fue urgente código ninguno.
Se lloró, allí, lejos del tapujo. Hablamos
del plan de irme o de quedarme.
Hablamos del peso acre de quien
acecha mi cuerpo descompuesto:
Ella,
la
de mi odio blando
contra
el oído suyo. La
del
signo encorvado e insoluble.
(¿Fueron
sus ganas de ausentarse
mi moneda? ¿Acaso fue mi saldo
esta pinche sobrevida inútil?).
©
Ezequiel
D’León Masís,
2005
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