Aclimataciones
y prejuicios
Pasando
de lleno a la generación de poetas-críticos
de los noventa (José Homero, Ernesto Lumbreras
y Jorge Fernández Granados), constatamos que
los tres —aun viviendo en plena época
de los desbarajustes de las utopías, de las
megalópolis como México D.F. y de la
pérdida del aura— son dignos herederos
de la supuestamente poesía meditativa que caracteriza
a estas latitudes. José Homero, por ejemplo,
resume de este modo su poética:
“Aun cuando como crítico escribo sobre
el neobarroco, no sé, me oculta la necesidad
de volver al poema las emociones y también
de recusar tanta teoría y también ese
escamoteo referencial vuelto tópico. El referente
siempre será huidizo por más que se
indique, ¿para qué la complicación?”
(193-4). Que,
en otras palabras, no es otra cosa que apelar a la
lección magistral de César Vallejo,
vanguardista no deshumanizado, que en su poesía
aclimata —entre otras muchas cosas— la
imposibilidad de hacer literatura (“quiero escribir,
pero me sale espuma”); mejor dicho, el no querer
hacer literatura, con un hedonismo por las palabras
que le viene especialmente de Góngora. Algunos
poetas latinoamericanos transitan actualmente por
aquí, por esta productiva aleación de
lo aparente disímil o contradictorio; fusión
de poéticas, lo podríamos denominar,
que es uno de los aspectos del típico hibridismo
posmoderno.
Por su parte, la reflexión de Ernesto Lumbreras
tiene la principal virtud de reflejarse también
en sus poemas (éstos van, reiteramos, después
de la exposición y entrevista a cada uno de
los convidados). Y éste no es un hecho banal,
ni mucho menos, ya que en gran parte de la poesía
en español de hoy día (incluida España),
aunque especialmente en el Cono Sur, se confunde manifiesto
con poesía o, a la inversa, creación
de lenguaje con verborreica teorización. En
ninguno de los otros invitados de su generación
percibimos esta coherencia que, no está demás
decirlo, no hace sino hablar positivamente del oficio
de Lumbreras. En segundo lugar, resaltaríamos
algo que ya encontrábamos, aunque insinuado,
en la intervención de Víctor Sosa, y
es el asumir de un modo más funcional —y
sin énfasis— propuestas como la siguiente:
“Me agrada la idea de
que el poeta es una anécdota del poema”
(216). Postura,
sin duda, de raigambre borgesiana (aquello de “el
lenguaje y la tradición” en “Borges
y yo”, donde, a buena cuenta, lo imaginario
es más consistente antológicamente que
la fama —“Borges”— y que la
anécdota —“yo”—); pero,
a su vez, combinada en el discurso y la poesía
de Lumbreras con una franca apertura al mundo exterior
y psicológico (testimonio, sentimiento, experiencia,
obsesión, etcétera), tal como se nos
revela en este singular pasaje: “La
poesía es destino, es una metáfora de
la luz. Pero no siempre al abrir una ventana se le
encuentra. A veces, ocurre a menudo, se nos presenta
como una legión de fantasmas, al cerrar esa
misma ventana” (216).
Es decir, en la obra de Lumbreras creemos se cumple
aquella aclimatación de la que también
hablábamos antes, la coincidencia, aunque sea
efímera, de Borges y Vallejo.
Por su parte, Jorge Fernández Granados, después
de autoproclamarse en su tratado “un
prejuiciado romántico” (225),
intenta trazar —aplicando, aunque con creativas
variantes, el ABC of reading de Ezra Pound—
un esquema de lo que es la poesía mexicana
contemporánea. De esta manera, en consonancia
a los conceptos usados por Pound en su estudio (fanopoeia,
melopoeia y logopoeia), Fernández Granados
postula que cada una de estas diferentes —y
no pocas veces complementarias, aunque una de ellas
sea la predominante— maneras de “cargar
el lenguaje con sentido al grado máximo”
se encuentran en México distribuidas históricamente
por regiones: “Norte:
la imagen [fanopoeia]. Sur: la experiencia [referencial].
Oeste: el vocablo [¿melopoeia?]. Este: la idea
[logopoeia]” (232).
Puntualizando el crítico, entre otros curiosos
razonamientos, que respecto a la poesía del
oeste: “Con la sola y
enorme excepción de Octavio Paz, parece que
los Constructores de lenguajes no provienen
de movimientos o escuelas que hayan tenido en México
mucha fuerza. Por esto mismo, resulta significativa
su conformación y vigencia en la generación
emergente de poetas mexicanos” (236).
Y concluyendo que es la logopoeia, o “poesía
del intelecto”, la que mejor se ha aclimatado
a este suelo: “El núcleo
radiante en la tradición de la poesía
mexicana que alimenta esta región es la generación
de los Contemporáneos” (237).
No es lugar aquí para discutir en detalle este
esquema de Fernández Granados. Sólo
nos restaría agregar que nos parece sugestivo;
aunque, haciendo la salvedad de que a su perspectiva
estructuralista le falta lamentablemente el específico
sustrato sociocultural de México, lo que haría
que su fanopoeia, melopoeia o logopoeia no sea intercambiable,
por ejemplo, con la de Argentina, Bolivia o Brasil.
En general, este aspecto sociocultural está
descuidado o soslayado —poniendo énfasis,
casi exclusivo, en el aporte cosmopolita— por
la mayoría de los entrevistados.
En
todo caso, dicho esquema sirve para comprender, un
poco más, al menos la poesía de su propio
autor. Aunque los poemas que se incluyen en esta antología
ilustran, más bien, el paso que va de su prejuiciado
romanticismo a su prejuiciado intelectualismo, en
nuestra reseña sobre Reversible monuments.
Contemporary Mexican Poetry ya habíamos
mencionado que en Fernández Granados hallábamos:
“Hedonismo por las palabras de ascendencia barroca;
aunque su poesía transluce muy poca experiencia
vital. Neobarroco —más bien lite—
demasiado elocuente y, sobre todo, fatalmente libresco”.
Efectivamente, muy poco convincentemente romántico,
desde el principio parece haberse avizorado, en este
autor, una salida por el intelectualismo.
Conclusión
En general, después de este corte oblicuo a
Poética mexicana contemporánea,
comprobamos lo que para la poesía mexicana
de esta misma época ya antes habíamos
observado: la flagrante vigencia de la obra de Octavio
Paz, es decir, de su legado neorromántico,
surrealista o preindustrial. Tal como allí
mismo nos advertía una voz anónima:
“Los mexicanos no tuvimos
ojos para lo demás, el expresionismo abstracto,
el pop art, el happening transformado
en performance. Las nuevas lecturas fueron
ignoradas por ese deslumbramiento ante el surrealismo”
(Granados: 2003),
algo análogo ocurre también con la crítica,
por lo menos con la que tenemos a mano en este libro
de Víctor Toledo. Sin embargo, junto con esta
falta general de sentido del humor —que se toma
demasiado en serio, solemnemente, a la poesía
y al poeta—, advertimos también, particularmente
entre los más jóvenes, algunas voces
lúcidas y auténticas; sobre todo quizá
las de José Homero y Ernesto Lumbreras. La
del primero por lo sanamente adolescente, desinhibida
y probablemente no menos certera: “Los
poco reflexivos poetas mexicanos se juzgan ahora críticos
sólo porque pergeñan temas de la filosofía
negativa y salpican sus notas con referencias a la
vanguardia, a Girondo y Wittgenstein, como antes citaban
a Bachelard. Es claro que quien no tiene ideas no
puede escribir. Yo me cito a mí mismo”
(197). La del
segundo porque creemos que es, y probablemente no
sólo en el ámbito de esta antología,
la más integrada de todas, típica de
un sujeto que ha encontrado sentirse a gusto en su
propio pellejo, el de ser un reflexivo poeta y, a
la vez, un inspirado lector.
©
Pedro Granados*, 2004
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